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¿LA ATLÁNTIDA DE
CORCHO?
He leído con
interés el artículo de Eliseo Alberto “La nueva
Atlántida”, aparecido esta semana en el diario español
El País. Aprecio en dicho texto una
auténtica angustia por el destino de Cuba y un esfuerzo
por distanciarse de la retórica anticubana, aunque, al
propio tiempo, algunas reflexiones de su autor
requieran, por los errores de apreciación que contienen,
ser sometidas a discusión.
Manuel Henríquez Lagarde
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La
Habana
Loable es sin dudas la visión que del bloqueo
ofrece el escritor cubano residente en
México: “Todos los otoños, cuando comienzan a
caer las hojas de los sauces, masacradas por el frío, la
Organización de las Naciones Unidas somete a juicio de
la comunidad internacional una contundente resolución en
contra del bloqueo (embargo) económico que el Gobierno
de los Estados Unidos impone al pueblo de Cuba desde
hace casi cuarenta años. Luego de varias rondas de
retórica, la abrumadora mayoría de los países
representados ante la Asamblea General siempre condena
la postura de los norteamericanos por considerarla
cuando menos un abuso. Lo es sin dudas”.
El autor no sólo
llama al bloqueo por su nombre, sino que además, al
igual que la mayoría de los países representados en la
Asamblea General, condena sin medias tintas el abuso que
este significa cuando afirma: “Sólo un verdugo o un
prepotente se atrevería a argumentar, amparado en su
fuerza, que la mejor manera de salir de un supuesto
tirano es ahogando de sed al pueblo que sojuzga”.
Y si el autor de
Caracol Beach no desarrolló aún más sus argumentos
probablemente se deba, entre otras razones, a que aún en
las más “democráticas” y ejemplares redacciones, —en pos
de privilegiar algunas formas de pensamiento en
detrimento de otras—, suele contabilizarse la “libertad
de expresión” en líneas y palabras.
Me permito ilustrar
este punto con una anécdota personal. Hace algún tiempo
le solicité a los editores del periódico que ahora
publica “La Nueva Atlántida” el derecho a replicar un
artículo, lleno de calumnias contra
Cuba, aparecido en sus páginas. Después de enviar mi
respuesta, que
no
pasaba de tres folios, a la redacción de El País, sus editores accedieron
publicarla con la condición de que la misma fuera
reducida a la mitad. Hecho esto, exigieron una nueva
reducción que dejaba en casi un cuarto mi réplica
inicial. Al final, el extracto de mi texto, donde Cuba
era mirada desde dentro, nunca se publicó. Algo
similar, sucedió con un artículo de Ignacio Ramonet,
director del periódico Le Monde Diplomatique,
enviado a esa misma publicación a raíz de los sucesos
del pasado 11 de abril en Venezuela,
manipulación que ya denunciamos en La Jiribilla. El texto vio la luz
varios días después, cuando su experiencia de primera
mano —Ramonet había estado en Caracas una semana antes
del golpe—, ya apenas si tenía sentido.
No sé
hasta qué punto esta política de El País haya
influido en Eliseo
Alberto. El hecho es que pasa por alto que el otoño y la primavera, que
tan poéticamente describe, están más relacionados de lo
que aparentan. Después de leer "La nueva
Atlántida" cualquiera podría pensar que, tal cual sucede en la isla
caribeña, en la escena de la política de agresión a Cuba
solo existen dos estaciones. Sin embargo, cada nueva
primavera ginebrina viene siempre precedida del cruento
invierno desatado por las
gestiones y chantajes que, procedentes del norte, se
desencadenan sobre las desabrigadas y sumisas
oligarquías de algunos
países del sur. Con la operación
ginebrina el gobierno de los Estados Unidos pretende
justificar el bloqueo y una escalada de hostilidad que
podría llevar incluso a la agresión directa.
Bueno es destacar, no
obstante,
que
resulta insostenible establecer un paralelo entre la
Comisión de Derechos Humanos de Ginebra
y lo que ocurre en la Asamblea General de las Naciones
Unidas en Nueva York: en el primer caso los países
son abiertamente presionados y chantajeados por la
nación más poderosa del planeta,
mientras
en el
segundo
se vota contra el bloqueo a partir de un mínimo sentido
ético. Cuba, a diferencia de Estados Unidos, no soborna,
presiona ni chantajea a nadie. No son tampoco “los
voceros” los que desde La Habana sonríen o se indignan:
si alguien lo hace, es la principal víctima de la guerra
económica promovida por Estados Unidos, la abrumadora
mayoría de una población que conoce la obra de la
Revolución Cubana en materia de derechos humanos.
De igual forma, no es
conveniente olvidar que consumada la
"primavera" se aproximan, como acaba de
ocurrir recientemente, ardientes y amenazantes veranos.
Es una vieja historia que se remonta a algo más de dos
siglos. Desde los tiempos en que Quincy Adams
aguardaba, en
newtoniano delirio la caída de la fruta
madura, la Isla ha sido una constante
obsesión para las administraciones norteamericanas.
Una prueba de la
actualidad de esta obcecación son las recientes
acusaciones del subsecretario de Estado para armamentos,
John Bolton quien, sin pruebas de ningún tipo — como
reconoció posteriormente el secretario de Estado Collin
Powell—, pretendió incluir a Cuba en el llamado “Eje del
mal” bajo la acusación de realizar programas limitados
de armas biológicas y exportar material biotecnológico
con fines militares a otros países. Otra, las
amenazas
de Otto Reich, subsecretario de Estado para el
hemisferio occidental, ferviente embustero
vinculado al terrorismo y a las operaciones de la CIA en
América Latina durante la guerra fría.
El
paralelo entre
“las
cúpulas políticas de La Habana o la Florida” tampoco
resiste el menor análisis.
No es posible colocar en el mismo plano al gobierno
cubano, ejemplo de eticidad, de principios y de apego a
la verdad,
y a los
que
en Miami
y
otros lugares,
se benefician
con la “industria del anticastrismo”.
Por
otra parte, la emigración cubana en los Estados Unidos
no es una criatura de la Revolución. Antes de
1959, Cuba, después de México, era el segundo país
latinoamericano emisor de emigrantes hacia los Estados
Unidos. Y en esa época,
como ahora, el fenómeno migratorio tenía un
sustento fundamentalmente económico.
La Habana no trata de
imponer una postal republicana de un exilio rencoroso y
revanchista y como prueba de ello
ahí
están
los diálogos iniciados en 1978 y continuados en los
Encuentros de la Nación y la Emigración efectuados a
inicios de la década de los noventa.
De
más está decir que
la
Cuba
prerrevolucionaria
no era propiamente un abrazo: no fue una
sociedad
unida y amorosa la que
fue barrida
por
la Revolución.
Una nación herida por las diferencias
sociales, la ilegalidad y la injusticia,
no era un espacio muy
propicio para los abrazos. Y si bien los orishas eran, y
siguen siendo, los mismos en todas partes, las
peticiones y encomiendas —que se les hacían y se les
hacen—, no resultan en cambio tan semejantes.
Tampoco es exacto que Cuba ha dejado de ser noticia. Lo
es muchas veces a través de lamentables manipulaciones.
Al mismo tiempo, la permanencia del proceso
iniciado en 1959 pone en tela de juicio la sinceridad e
inteligencia de algunos editores. ¿Cómo explicar que, a
pesar de tormentas, maremotos, hojas que caen y rosas
que se marchitan, la Isla y sus utopías
permanezcan
a flote? Tras años de predicciones que auguraban su
inevitable final, podría resultar paradójico
dedicar espacio a reflejar con un mínimo
de objetividad la resistencia cubana.
Coincidimos en cambio con la amargura de Eliseo Alberto
al verificar la “extraña resignación mundial”, el “qué
le vamos a hacer”, que hoy recorre el planeta. Por
suerte, Cuba marcha a contracorriente de lamentos
y resignaciones y así lo demuestran, aún en medio de
difíciles circunstancias económicas, su empeño
actual
por
perfeccionar su obra de justicia social.
No
cabe duda que el amor con que veteranos izquierdistas
continúan defendiendo a Cuba es inversamente
proporcional al odio y el resentimiento que la altura
moral y la consecuencia del proceso revolucionario
cubano provoca en muchos ex partidarios de la izquierda.
Es imposible hablar
de una Cuba solitaria. En su existencia
misma están
depositadas también las esperanzas de cientos de
millones de personas en el mundo que
conocen la miseria porque la sufren en carne propia en la
cotidianidad de algunas “democracias”.
La Isla
está viva y vigente, y así lo demuestra la implacable
agresividad de sus enemigos y la fiel solidaridad de sus
amigos. Cuando se derrumbó el Muro de Berlín, el
socialismo en Europa y se desintegró la URSS, se nos
quiso ver como museo de algo que debía ser desterrado al
pasado —el socialismo—,
en
un mundo
que exaltaba el mercado y la globalización neoliberal
como
definitiva
y moderna o postmoderna
solución.
Trece
años después, y ante el fracaso del modelo neoliberal y
los abismos de pobreza e injusticia que este ha creado,
la Isla es, para mucha gente en el mundo, una inevitable
referencia de futuro:
la
demostración concreta de que un país pequeño
y
pobre,
e incluso
bloqueado, puede garantizar, para todos sus ciudadanos
sin excepción, derechos que hoy se le niegan a
la inmensa
mayoría
de la población mundial.
A los
cubanos no nos gusta vivir en guerra. Cuba no inventa
ninguna guerra. Como se sabe, no son los “ideólogos” de La Habana
quienes han promovido las invasiones, ataques terroristas,
y agresiones de toda índole ocurridas durante las
últimas cuatro décadas.
Es la Isla,
nuestra isla, la que
padece la hostilidad y el bloqueo de la poderosa nación
del Norte. Es a
Cuba a quien se acusa sin pruebas de desarrollar programas de
fabricación de armas biológicas. Es a
ella a la que se
pretende sentar
en el banquillo de los acusados de la Comisión de los
Derechos Humanos de Ginebra por el simple hecho de
existir y continuar desafiando el imposible.
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