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SI
VES EL MONTE DE VENUS...
"Sobre
las apologías de las opciones y orientaciones
sexuales... defiendo la libertad de cada ser
humano, hombre o mujer, a escoger el sendero, o las vías
que desee tomar... Basta de dogmas, de exclusiones, y de
ghettos".
Conversación con la escritora y periodista Mercedes
Santos Moray.
Rafael Grillo|
La
Habana
El
verdadero lector —quizás ese “lector macho” del que
hablara Cortázar1— no suele leer los libros
porque les “caigan” en las manos. Él se mueve entre los
vastos pasadizos de la literatura —tal vez el mundo,
como la biblioteca borgiana— haciendo uso de su olfato
entrenado y la elección consciente. Aunque, en ciertas
ocasiones, pareciera que son los libros quiénes lo
buscan. Los que intentan colársele a través de los
intersticios misteriosos del inconsciente y la
casualidad, esos contrarios antonomásicos de la
pretensión humana de regir su destino.
No
se habla con mucha frecuencia del veleidoso proceso que
termina uniendo a un libro con su lector. Por eso me
siento tentado a describir mi encuentro con El Monte
de Venus. Y porque fueron las circunstancias de
esa reunión —ya antes de haber disfrutado la novela—las
razones más profundas que me forzaron, en definitiva,
tras cerrar la última página, a querer compartir sus
claves íntimas con la autora, Mercedes Santos Moray.
Supe del Monte de Venus por la propia Mercedes,
quien me había revelado el argumento del libro: una
historia de amor homosexual, entre dos mujeres. Aún
cuando esta novela tenía el incuestionable atractivo de
dejar prácticamente consolidado dentro de la narrativa
actual de la Isla el tema lésbico2, no me
apresuré tras ella, prejuiciado tal vez por el
sensacionalismo que muchas veces acompaña a este tipo de
ofertas.
Mas, por esos mismos días, leía sobre la mitología de
los griegos —¡ah, “divinos”!— y me topé con el relato
que acompaña al nacimiento de Afrodita, deidad del amor,
homóloga de la romana Venus: Gea (la Tierra) incitó a
sus hijos contra Urano, personificación del cielo.
Cronos, el más joven de ellos, con una hoz que su madre
le había dado castró a su padre cuando éste intentaba
acoplarse a Gea (¡¿un amor incestuoso y violencia contra
el procreador pre-edípicos?!), arrojando los órganos
sexuales cortados al mar. Alrededor de ellos se amontonó
la espuma, de la cual surgió Afrodita.
A
partir de ese instante se depositó persistente en mi
conciencia, y sin que pudiera defenderme de ello, una
línea de los Versos Sencillos de José Martí, de
esas que, de tan repetidas, uno ni se ha detenido en
escudriñarlas: “Si ves un monte de espumas” (¿si ves
un monte de Venus?)3. Y la aparentemente
conocida metáfora se cubrió de luces, y de sombras,
nuevas. ¿Cómo había podido permanecer hasta ahora
ignorante de tal grandiosa muestra del ingenio
martiano, que acierta a definir, mediante una afiliación
contradictoria de lo erguido y lo yacente, lo inmortal y
lo efímero, lo inconmovible y lo que se disipa, lo
masculino y lo femenino, su poesía toda: “es mi verso lo
que ves”?
Fueron estas circunstancias que se me antojan
milagrosas, esta suerte de feliz conjunción —¿astral?—
del llamado “azar concurrente” y la más pura “asociación
libre”, las que colocaron, o, dicho más enfáticamente,
atravesaron, de una vez, la empinada cuesta del libro de
Mercedes Santos Moray, en el camino de este lector con
ínfulas.
LA
MUJER ES UN ENIGMA
Es
un error asociar solamente la denominación de Monte de
Venus con el abultamiento de tejido adiposo, cubierto de
vellos, que redondea el pubis femenino y es asiento de
sensuales placeres para su poseedora; y también para el
Otro, cuando lo degusta o lo palpa. Aquellos que se
sienten atraídos por la ancestral tentación de creer en
la lectura del destino a través del relieve y los surcos
de la palma de las manos —quiromancia— no ignoran que
bajo el dedo pulgar se localiza una zona llamada
igualmente Monte de Venus.
Siempre que una persona es dueña de un Monte de Venus
prominente, se le atribuyen como rasgos: un temperamento
artístico, buena salud, carácter fuerte y sensualidad
siempre despierta. No hube de examinar la mano de
Mercedes Santos Moray, cuando me la tendió en el gesto
de saludo, para adivinar que estaba ante alguien así. No
debe creerse a pie juntillas en los refranes: la verdad
es que las primeras impresiones, muchas veces, no
engañan.
Suelo sentirme a gusto ante mujeres de esas
características, por tanto el rapport, como
dirían los — otros ¡ah, divinos!— franceses4
fue inmediato, y sin resquemores me coloqué frente a la
Esfinge, solo que esta vez, en el enfrentamiento contra
el eterno enigma femenino, Edipo, o sea: moi meme,
le daba “una vuelta de tuerca” a Sófocles —algo así
como, yendo “en busca de autor”, toparse con Henry James5—,
y me colocaba en el lugar de quien hace las
preguntas:
—Siendo esta su primera incursión en la novela, se
lanzó, nada menos, que a contar la historia de una
relación amorosa entre dos mujeres. ¿Por qué asumir el
riesgo de abordar un tema tan tabú, e incluso, sin
apenas antecedentes en la tradición literaria cubana?
-Los temas persiguen a la
escritura. Hacía más de 17 años que había dejado la
docencia universitaria. Unos amigos trataron de
reinsertarme en mis orígenes, me invitaron a participar
en un libro testimonial en homenaje a la doctora Rosario
Novoa; lo hice, y asistí a la presentación del título,
en la Colina, en diciembre de 1994.
Allí me encontré, nuevamente, con tirios y troyanos.
Contemplé el panorama y pensé que debía escribir...Nació
primero el cuento (publicado en una antología de
premiados y también en el número de diciembre de 1996,
por El Caimán Barbudo), que mandé al concurso
convocado por Colombia y el Instituto Cubano del Libro,
donde mi relato fue mención, con Redonet en el jurado,
precisamente, quien al leerlo me sugirió convertir El
Monte de Venus en una novela, y así lo hice. Debo
decirte que en Cuba, aunque silenciadas, ha habido
escritoras valientes, como Ofelia Rodríguez Acosta, que
escribió una novela, La vida manda, editada a
fines de los años 20, pero en Madrid... acá sigue
inédita...
—¿Qué pensaría si a su novela se le colgara la etiqueta
de “literatura homoerótica femenina”?
-Ya se la han colgado, como le
colgarán otras. Sobre eso, no me detengo... sé que
siempre aparecen “clasificaciones” de obras, temas y
autores... Pero el tiempo y los lectores deciden... No
me preocupan, a estas alturas de mi vida, “las
etiquetas”, sino escribir...
—Dos facetas que distinguen al Monte de Venus de otras
obras que eligen el mismo leit motiv son: una,
evitar el regodeo, intencionado y no siempre
justificado, en las aristas morbosas del asunto
—ofensivo para cierto tipo de lectores, pero de gancho
seguro para otro grupo— y dos, no hacer una apología
exclusiva de esta vertiente del amor erótico ¿Estaría
de acuerdo conmigo?
-No me interesa “escandalizar” ni
tampoco “herir a nadie”. Cierto que si se hubiera
“calentado más” el argumento hubiera tenido “más”
gancho, y seguro una rápida publicación, dentro y fuera
de Cuba. Pero por ahí no iba mi intención...
Y
sobre las apologías de las opciones y orientaciones
sexuales... puedo decirte que lo que defiendo es la
libertad de cada ser humano, hombre o mujer, a escoger
el sendero, o las vías que desee tomar... Basta de
dogmas, de exclusiones, y de ghettos...
—Podemos decir que, a medio camino entre la variante
sublimada de las Memorias de Adriano de
Marguerite Yourcenar y el naturalismo del Jaime Baily en
No se lo digas a nadie , la novela parece
reclamar, sobre todo, una visión comprensiva, exorcizada
de escándalo y perplejidad, sobre la pasión
homoerótica ¿ Fue su interés legitimar ante los
lectores esta forma de relación amorosa?
-Un amigo mío, joven de 27 años,
economista, heterosexual, que no alardea de ser “un
civilizado”, me dijo que mi novela “legitimaba, desde
los sentimientos, esa relación y que eso, precisamente,
no me lo iban a perdonar...”
Pues sí, legítimo desde el sujeto íntimo, desde la zona
afectiva, del sentimiento. Esa es como cualquier otra
relación de pareja, una de las maneras en que se
manifiesta el amor, que incluye el sexo, pero que no se
detiene solo en el nivel físico, sino que profundiza, y
busca la espiritualidad, la comunicación entre los
miembros de la dupla...
Tal vez él tuviera razón, y fuera esta perspectiva el
principal escollo que presentó mi novela ante algunos
editores, dentro y fuera de Cuba.
—“Amar a una mujer es un enigma”. Esta fórmula, que
vale tanto para el amor homo como heterosexual, y
despunta como una de las tesis de la novela, qué
significa puesta en boca de una mujer.
—Eso mismo, y lo digo porque soy mujer y estoy muy feliz
de serlo. Cada una de nosotras es un enigma, y muy pocas
veces se logra dar respuesta a los sentimientos,
apetitos, fantasías, verdades de una mujer...
—Cuando se acude a la narración en primera persona,
suele identificarse al autor con los personajes de su
obra ¿Qué respondería ante una sugerencia así?
—Buena pregunta... En una de nuestras más prestigiosas
editoriales, cuando rechazaron la novela, no sin debate
en el consejo de esa institución, donde Imeldo Alvarez
la defendió, verbalmente y por escrito (y por eso le
pedí que fuera él quien la presentara el 14 de julio,
cuando se hizo el primer “lanzamiento”), al demandar que
me dieran una respuesta, en la valoración decían que la
autora-personaje era la única que hablaba, mientras su
“partner” callaba...
Algunos amigos querían que yo protestara y alguien, más
belicoso, que hasta hiciera una demanda por
“difamación”...
Pero era perder el tiempo porque, lamentablemente para
la persona que firmó ese informe, lo único que hubiera
sido válido era mandarle a pasar un curso de Teoría
Literaria y Narratología, para que supiese que se debe
hablar del narrador-personaje y no del autor.
¿Sabes en cuántas criaturas de esa novela mía estoy yo?
¿En qué situaciones y personajes hay o no ficción o
cuánto hay de testimonio? ¿Cuánto de mi experiencia
individual hay y cuánto de la experiencia de mis amigos
y compañeros, amigas y compañeras de carrera en la
Escuela de Letras y de Artes de la Universidad de La
Habana, mejor dicho, de la desaparecida Facultad de
Humanidades?
Puedo decir que la realidad siempre superó, con creces,
a la escritura, y que, en mi novela, está sólo un por
ciento ínfimo de cuanto podríamos recordar... Es un
tributo a gente que está muerta, físicamente, en Cuba y
fuera de la Isla... y a otros que, aunque viven, también
han muerto... Y siempre habrá, también, gente
desmemoriada, pero sin almohadilla de olor... o, tal
vez, ya con demasiado “olor de santidad”...
DESBROZANDO LAS ESPINAS DEL MONTE
—En su novela las amantes se ven enfrentadas a su
contexto (familiar, social y político) y obligadas a la
expresión subterránea de sus sentimientos auténticos, y
creí entender como uno de sus planteamientos básicos
que el amor es siempre inocente y está por encima de
cualquier enjuiciamiento moral ¿Coincidiría con mi
interpretación?
—Imagínate... la novela se contextualiza, en su eje
temático, a fines de los 60 hacia los complejos 70... Y
si hoy, todavía, resulta polémico y, para muchos, tabú,
¡cómo era entonces!...
Sí
creo que el amor, cuando es verdadero, siempre es limpio
y hermoso, sea como fuese su vía de expresión, y que no
se detiene ante juicios “morales” que, como cualquier
construcción histórica y cultural, responden a un
proceso y no a una verdad absoluta... Además sé, lo sé
muy bien, que a la vida no la para nadie...
—Ese entorno social donde están insertados los
personajes no es tratado como un simple marco o
trasfondo para el desenvolvimiento de sus pasiones y
peripecias ¿Pretendía con la novela hacer una
valoración crítica del período histórico en que
transcurre la trama?
—Algunos críticos han señalado que la crítica epocal
solo se da en pinceladas, y en alguna editora me
pidieron que profundizara más en el fenómeno
social...Pero esa no era mi intención. No pretendí hacer
un manual de ética, ni un ensayo sociológico, sino
narrar, desde la posición subjetiva de dos jóvenes, la
pasión que las unió en medio de un contexto nada
permisivo, sembrado de incertidumbres, represiones,
mezquindades, infamias y, también, envidia, porque nunca
he visto a nadie más miserablemente peligroso que el
ladrón que grita en público “persigan al ladrón”, y que
se inhibe... Es una especie tan pródiga como el
marabú...
La
visión crítica, insertada en la historia de amor que
cuenta la novela, del período entre el año 66 y el 76,
sí toca puntos neurálgicos... pero no da protagonismo a
los persecutores, sino espacio a las amantes... Como se
dice en mi novela, “sin inquisidores se perderían
toneladas de heroísmo”, sin embargo, como siempre
resultan tan “protagónicos” en la realidad, no quise
que, también, en mi escritura, lo fueran... Al fin, la
gente así ni merece lágrimas ni lástima, solo el
silencio que es una crítica más aterradora que la
muerte, porque los condena al olvido...
—Creo que a la hora de valorar su arrojo como
narradora no debe uno limitarse a subrayar los aspectos
de contenido. También desde el punto de vista formal hay
atrevimientos. Pienso en la utilización del estilo
cortado, ese que hiciera famoso a Azorín, pero que
provoca el desconcierto de los lectores cuando lo
utilizan otros menos diestros. En el caso de su novela
me parece acertado en tanto acentúa la cuerda lírica
sobre la que se sostiene lo narrado, casi como si se
hubiera pretendido escribir un largo poema en prosa ¿Es
esto lo que justifica su utilización o intervinieron
otras condicionantes?
Conozco de críticos que no gustan de ese estilo
cortado...
—Yo creo que tú has captado la intención de la búsqueda
del lirismo, porque, como también me lo ha dicho alguien
a quien quiero y respeto tanto como el maestro Ramiro
Guerra, mi relato es un poema en prosa... Puedo confesar
que cuando comencé a escribir el cuento original, recién
me había leído y releído Jardín, y en eso hay un
pequeño, aunque no sé si logrado, homenaje a la Loynaz...
—El Monte de Venus es un libro muy en sintonía
con el regusto posmoderno por la cita culta. Se
encuentra entrecruzado por múltiples referencias
literarias, musicales, cinematográficas, filosóficas...
Tanto que pudiera llegar a ser tildado de “literatura
para intelectuales”, y separarse de la posibilidad de
ser acogido por “el gran público” ¿Qué alegaría ante tal
valoración? Y, en definitiva, ¿qué resonancias ha
recogido de sus lectores?
—Debo decirte que uno de los argumentos negativos que me
dieron sobre la novela, en una de las editoriales, es
que era “muy culta”...
Sé
de críticas sobre el uso y abuso de tantos referentes.
Pero fue todo empleado para dar la atmósfera de aquella
época, cuando los jóvenes estudiantes de Letras éramos
así: autosuficientes, insolentes y verdadera y
orgánicamente cultos...
Sobre la resonancia en el público puedo decirte que mi
mayor alegría es ver que sus lectores son, sobre todo,
jóvenes menores de 25 años...
Las opiniones sobre mi novela están divididas... Me han
dicho que es como la guerra de dos mundos: los que la
detestan y la niegan, y los que la defienden, a capa,
espada y pedradas... en contra y a favor, pero no hay
indiferencia... existe, es polémica... y además está
virtualmente agotada de las librerías...
—Pasando ahora a los “lectores con cetro autorizado”, ¿a
qué motivos atribuye que la novela haya quedado,
hasta el momento, ausente del debate crítico?
—Eso de los “cetros autorizados” me espanta... Podríamos
parafrasear y decir, “de las academias, líbrame
señor...”
En
el número 7, de diciembre del 2001, en la revista
Extramuros apareció la primera crítica: “Una novela
singular”, de Virgilio López Lemus, quien la presentó en
su segundo lanzamiento, donde por cierto, había un
público más “popular” que en la primera presentación:
hombres, mujeres, de diversa extracción social,
profesiones, trabajos, estudios, años, intereses, y me
sorprendió la acogida... También en la sala Lezama Lima,
en la XI Feria Internacional del Libro. Ya veo que no es
tan de “elite” como se pensaba...
Después, en febrero del 2002, Susana Montero presentó su
ponencia sobre mi novela en el evento que convoca
anualmente la profesora Luisa Campuzano en Casa de las
Américas.
María del Carmen Mestas me hizo una entrevista, que está
por salir, para la revista Mujeres. Y antes de
editarse y después, me han hecho entrevistas para radio,
como las de Ignacio Cruz y Luis Leonel León...
No
me preocupa la ausencia de debate... ni tampoco el
silencio. Lo esperaba... Yo, a nadie, le pediré que
escriba sobre un libro mío...
A
LA VIDA NO LA PARA NADIE
—El camino de los libros a través de las editoriales
suele estar colmado de espinas. ¿Fue así la travesía, o
dicho mejor: la ascensión, del Monte de Venus?
—Sí, muchas espinas, dentro y fuera de Cuba para esa
novela. En el exterior, outside, me pedían más
sexo caliente, politización del tema, incluso hubo quien
me pidió que la llevara al estilo de Zoe Valdés...
Yo
creo que cada escritor y escritora tiene su lenguaje,
sus temas y sus objetivos, logre, o no, una buena obra.
Y a mí no me interesa escribir como lo hacen los
demás...
Acá dentro, inside, ¿qué decirte?... Es triste
ver cómo los prejuicios, tabúes, y hasta las miserias
personales pesan sobre los libros... Pero soy de las que
creen que cada obra encuentra su editor... y yo esperé
sólo 6 años... Sé que un libro como Juegos y otros
poemas de Mirta Aguirre esperó 12...
—Se plantea que esta novela forma parte de una trilogía,
¿quisiera adelantarme algo de esos otros proyectos en
germen?
—No soy de las autoras que hablan sobre sus proyectos
“en germen”, sino sobre las obras que ya tiene escritas,
y las otras dos novelas están hechas, y esperando ver
cómo vencen los escollos para convertirse en libros. Me
gustaría que se publicaran en Cuba, y no sólo en el
extranjero...
La
segunda parte de la trilogía se llama Donde habita el
olvido y la tercera Dios te ama. Si en El
Monte de Venus el tema era la sexualidad, en las
otras es la patria y la fe...
Son una trilogía no porque sigan tratando el
“lesbianismo”, sino porque Marta María, que es el
personaje del Monte... vive y relata su
experiencia en un país extranjero, reflexiona sobre Cuba
y Miami, y toca otras aristas de nuestra realidad, eso
en Donde habita...
Y
en la otra, el tema es el análisis de la solidaridad y
de la insolidaridad en la Cuba de los 90, y la presencia
de Dios, contextualizado el relato con las misas de Juan
Pablo II, cuando estuvo aquí en el 98...
En
esta, Marta María no es la protagonista, es la voz
narrativa y un personaje secundario que aparece y
desaparece de los capítulos... donde están San Juan,
con su primera carta bíblica, y la Epístola de Santiago,
con una tesis: “donde hay amor, no hay miedo”.
Lamento que algunos lectores se defrauden... porque en
esa novela no hay picadillo de soya, ni homosexualidad,
ni camellos, ni jineteras, ni turistas, pero sí les
aseguro que está Cuba...
Mercedes Santos Moray (La Habana, 1944).
Filóloga, periodista, Dra.
en Ciencias Históricas. Ha obtenido importantes
premios literarios y periodísticos etre los que
cuentan: Premio Razón de Ser con su proyecto de libro
sobre Maria Luisa Bemberg, Premio Nacional de
Periodismo Cultural José A. Fernández de Castro,
Premio Abril por el conjunto de su obra sobre José
Martí. Tiene publicados: Martí, a la luz del sol,
UNAM, México, 1996 y Editora Política, Cuba, 1998;
Sin esperanzas y sin miedo, Lugus, Canadá, 1996
(poesía) ; Cómo el zunzún era su corazón, Gente
Nueva, 1998; entre otros.
NOTAS:
1
Sería prudente recordar, dada la temática de este
artículo, que la dicotomía lector macho-lector hembra,
introducida por Julio Cortázar en la novela Rayuela,
no se refiere en lo absoluto a identidades de género
sino a actitudes ante el hecho literario. El argentino
reclamaba para su obra un lector del primer tipo,
queriendo significar un lector inquieto, activo,
participante en la extracción de los significantes y la
reconstrucción del sentido.
2
”Dicho tema había llegado a alcanzar en la última
década del pasado siglo una relativa frecuencia,
fundamentalmente (aunque no únicamente) en el discurso
de las escritoras, si bien su primera aparición en Cuba
dentro del género novelesco databa de 1922, año en que
fue publicada la obra de Graziella Garbalosa, La
gozadora del dolor”. ( Palabras pronunciadas por
Susana Montero en una ponencia presentada en febrero de
este año durante el Coloquio Internacional Erotismo
y Representación de la mujer en la cultura
latinoamericana y caribeña)
3
No me parece descabellado —si se tiene en cuenta
la erudición martiana— conjeturar una intencionalidad
consciente de José Martí en la elaboración de esa
metáfora con el sentido de permitir la interpretación
aquí presentada. Si no fuera así, y dejando aparte
suspicacias que serían superfluas, valdría achacarle a
su intuición poética la capacidad de destapar una verdad
sobre el alma humana que ya reconocería la vieja
doctrina dualista oriental del Tao, con el Ying y el
Yang, encarnando, entre otras cosas, la antítesis
masculino-femenino, y resuelta como una unidad
indisoluble.
4
Guiños volcados desde el interior de la novela:
La protagonista del Monte de Venus posee una
admiración manifiesta hacia la lengua francesa y la
cultura griega.
5
e juega con el título de una pieza teatral,
favorita de la protagonista de la novela, Seis
personajes en busca de autor del dramaturgo italiano
Luigi Pirandello; se alude igualmente a Otra vuelta
de tuerca , novela de Henri James en la que este va
develando al lector, de forma un tanto críptica, la
extraña personalidad de la protagonista, y a la tragedia
clásica griega Edipo Rey de Sófocles .
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