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YO NO SÉ SI TENGA AMOR
LA ETERNIDAD
Pudiéramos ser los cubanos el pueblo
privilegiado del recién comenzado milenio. Pudiera ser
Cuba el país donde con certeza no resulte exagerado
afirmar: «yo sé que tiene amor la eternidad». Porque una
isla que atesora entre sus mejores aforismos el que
reza: «Sólo la verdad nos pondrá la toga viril»,
pudiera estar preparada, quizás como ningún otro país,
para la gran cosecha del cariño a que nos convoca la
época en aras de que lleguemos a ser lo que no hemos
sido hasta ahora: los más inteligentes y piadosos
habitantes de la Tierra.
Ricardo Riverón
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La Habana
Estoy seguro de que
los orígenes de mi embotada melomanía se remontan a
aquellos días de niñez cuando, medio furtivamente, me
deleitaba con la casi buena interpretación que bajo la
ducha mi madre hacía del inmortal bolero de Álvaro
Carrillo Sabor a mí: Pasarán más de mil años,
muchos más, / yo no sé si tenga amor la eternidad,
entonaba, y para mí estaba más que claro que sí, que lo
tendría. Aunque tal vez ese regusto casi enfermizo por
cualquier texto o acto que proclamara la permanencia del
amor consiga localizarlo más atrás, a inicios de esta
era, cuando en el remoto cuerpo de uno de los
ancestrales seres que han reencarnado en mi persona,
pude haber escuchado totalmente arrobado, a la par que
presenciaba milagros, en boca de un carpintero de Judea,
una doctrina que proclamaba al amor como única instancia
posible para la salvación humana.
Lo cierto es que el primer milenio de nuestra era
amaneció signado por el inabarcable amor que la doctrina
cristiana le proponía a los hombres, y pese a ello, si
analizamos la suerte corrida por aquel Mesías
a mano de sus compatriotas, adquiere plena vigencia (la
vigencia de entonces, claro) la dubitativa expresión del
citado bolero: Yo no sé si tenga amor la eternidad.
Y es que la eternidad, o su mayor porción, estábamos por
vivirla aún. Y sobrevendría: la encarnizada persecución
de los cristianos, las invasiones bárbaras, el
descubrimiento de América con el consecuente y casi
total exterminio de las razas aborígenes y la trata de
africanos, la Santa Inquisición, las Cruzadas, el
fascismo, las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el
apartheid, las carnicerías llevadas a cabo por los
khmer rojos en Cambodia, el ataque al World
Trade Center y tanta muerte y crueldad que, ante el
aturdido recuento, el elemento de duda del verso casi
desaparece barrido por un «Yo sé que no tendrá –ni casi
nunca tuvo– amor la eternidad».
Porque sí, pasaron más de mil años, muchos más, y aunque
en contraposición con lo anterior seguimos también
repitiendo, del bolero, su primera y más bella frase:
tanto tiempo disfrutamos este amor, lo cierto es que
traspasado el umbral del tercer milenio no nos queda
otra opción que seguir confiando en el futuro para ver
si antes del apocalipsis ecológico, terrorista y
neoliberal en que ya estamos inmersos, alcanzamos a
concretar el reinado del amor, aunque sea en el átomo de
eternidad que nos toca o sobre unos pocos kilómetros
cuadrados del infeliz planeta.
Ciertamente, si atendemos a que Jesucristo, Simón
Bolívar, Mahatma Gandhi, Bartolomé de las Casas, la
madre Teresa de Calcuta, Vladímir Ilich Lenin, Benito
Juárez, José Martí, Che Guevara, Fidel Castro, los
médicos internacionalistas cubanos que prestan servicio
en Centroamérica, los voluntarios que marcharon a la
guerra civil española y tantos otros han sabido
contagiarle a sus respectivos y eternos instantes el
amoroso murmullo de la solidaridad, podremos concluir
que lo escaso de estas actitudes nunca bastaría para que
renunciáramos a las más sustanciosas utopías tejidas por
el ser humano en la larga rueca de más de veinte siglos.
Sólo que, llegados a este punto y puestos ante nuestras
realidades concretas, ¿qué cuota de amor, entrega,
poesía y solidaridad nos trae a los latinoamericanos el
entrante milenio? Si analizamos la lista, larga en
exceso, de los frustrados programas sociales que el
difunto siglo XX dejó aleteando
sobre estas devastadas esperanzas, sabremos que los
principales anhelos de la patria común con que soñaron
los grandes libertadores, junto a todos los ideales de
florecimiento espiritual de nuestra «raza cósmica»,
vinieron postergándose hasta los días de hoy, cuando el
arribo del nuevo guarismo podría hacernos suponer, no se
sabe por cuál misterio de la ingenuidad y la redondez
del cero, que aún el sol brilla intensamente en el
horizonte anunciando un mañana posible.
Algo resulta incuestionable, gracias, sobre todo, al
pragmático y acerado predominio del «buen vecino» del
norte: en nuestras tierras, los modelos consumistas y su
consecuente tiranía del mercado consolidaron su
despiadado protagonismo con la democracia como bandera.
De tal suerte, casi resulta lugar común reseñar que,
partiendo de la Alianza para el Progreso en los sesenta,
con sus ridículos e inoperantes programas económicos, y
pasando, a vuelo rasante, por el sostenimiento de
numerosos gobiernos gorilas y títeres en esa y la
siguiente década; la intervención militar directa; la
monstruosa acumulación de una acromegálica e impagable
deuda externa; las guerras de las drogas y las galaxias;
el terrorismo de estado; el robo de cerebros; la fuga de
capitales o el Tratado de Libre Comercio hasta llegar a
los actuales programas de ajuste económico y reducción
de las principales acciones de desarrollo social, nadie
vacila en concluir que nuestros pueblos han visto cada
día más mermadas sus soberanías y más lejano el amor que
malamente podría caber en los diminutos micrones de
eternidad que al parecer les corresponde en el
implacable sistema de distribución de las cosas,
esenciales y suntuarias, inventadas para hacer la vida
medianamente habitable.
Una mirada cargada de especulación al nuevo milenio
podría traernos, entre las cosas buenas y soñadas: un
nuevo boom de la literatura latinoamericana, sólo
que menos propenso a la «aristocratización», el regreso
a la fe y la praxis del socialismo; un salto largo de
Carl Lewis o Iván Pedroso, sin el viento a favor, de más
de diez metros; la dignificación que toda la humanidad
le debe a África; un robot, al alcance de todos los
bolsillos, capaz de calmar la depresión y las ansias
suicidas; la telepatía; la quiebra de Hollywood; la
telequinesis; la vacuna contra el SIDA; la posibilidad
de sembrar margaritas en Mercurio o en Plutón y, en mi
caso particular, el reecuentro con unos induplicables
ojos azules de mujer que supieron inyectarle luceros y
locura a mi espíritu en bancarrota.
Pero lo más seguro es que el milenio 2001-3001 nos
obligue a resolver de inmediato, en aras de la
conservación de la especie, problemas como el
calentamiento global, la globalización de la
desigualdad, el terrorismo, la anarquía con que han
crecido los rimables conceptos de recesión y
especulación para propinarle un vigoroso espaldarazo a
sus irreconciliables antípodas opulencia-miseria; la
búsqueda, en estos primeros años, de un condón a prueba
de ponches, la reivindicación y pase a retiro de cuanta
mujer o niña practique «el oficio más antiguo del
mundo», la alfabetización de todo el que no sepa dibujar
un corazón atravesado por dos flechas con un nombre de
distinto sexo en cada ventrículo, la salvación de
quienes no deben morir a destiempo, los mal llamados
«conflictos de baja intensidad» al estilo Chechenia,
Bosnia-Herzegovina y Kosovo, la Ley de Ajuste Cubano, el
secuestro de niños, los dogmas e intolerancias que la
centuria importó del medioevo, y, finalmente, la falta
de ternura con que el hombre a veces trata a sus
congéneres.
Pudiéramos ser los cubanos el pueblo privilegiado del
recién comenzado milenio. Pudiera ser Cuba el país donde
con certeza no resulte exagerado afirmar: «yo sé que
tiene amor la eternidad». Porque una isla que atesora
entre sus mejores aforismos el que reza: «Sólo la verdad
nos pondrá la toga viril», del luminoso y caballeresco
José de la Luz y Caballero, o la inmedible sentencia que
ese otro grande, José Martí, inscribiera para siempre en
el azul insular: «Sólo el amor engendra melodías»,
pudiera estar preparada, quizás como ningún otro país,
para la gran cosecha del cariño a que nos convoca la
época en aras de que lleguemos a ser lo que no hemos
sido hasta ahora: los más inteligentes y piadosos
habitantes de la Tierra.
Amor y Verdad, los dos conceptos contenidos en las
inolvidables frases del párrafo anterior, probablemente
sólo puedan ser llevados a la categoría de práctica
social, al menos en los albores de este milenio, en un
país como Cuba. Porque un país sin analfabetos, casi sin
mendigos, sin niños dedicados a la prostitución o
sometidos a la inhumana explotación, con despreciables
niveles de consumo de estupefacientes y un bajísimo
índice de mortalidad infantil en contraposición con el
retoñar diario de hospitales gratuitos, de médicos de la
familia y médicos internacionalistas, de fábricas, de
escuelas de todo tipo, de científicos, de artistas y de
hombres y mujeres que cada día trabajan unidos en aras
de izar las banderas de la identidad y la ternura, es un
estado que puede proclamar, sin temor al pecado de la
inmodestia, que cada día rinde culto a las dos altas
máximas. Un país que ha hecho suyo un código ético donde
la dignidad nacional, la solidaridad y la valentía se
definen en los primeros por
cuantos, no mentiría si proclamara que ya tiene abiertos
los surcos donde probablemente germinen las semillas que
a todos alimenten.
La disyuntiva está clara. Sólo los actos de amor podrán
salvar a la especie humana de su cataclismo vital, ético
y ecológico. O se vive con amor o no se vive, parece ser
el mensaje que nos van dejando las catástrofes que el
odio ha engendrado y la naturaleza nos viene cobrando.
Si el mismo odio –léase también egoísmo– que pintó de
rojo el rostro de los dos milenios anteriores prevalece,
el hombre estará definitivamente perdido y no sólo «no
tendrá amor la eternidad» sino que no habrá muchos
minutos de eternidad para que subsista cualquier cosa. Y
en ese erial a donde seguramente llegará el mensaje de
otras galaxias y civilizaciones, tal vez más racionales,
nosotros, los otrora hermosos terrícolas, ya con los
radares desactivados y las pupilas ausentes de luz, no
responderemos a sus señales, porque polvo seremos, sí,
mas no polvo enamorado.
Santa Clara, 13 de
enero de 2001 |