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ENCUENTROS, DESENCUENTROS
«LA CUBA POSIBLE» SEGÚN ENCUENTRO
La voluntad de incorporar al patrimonio nacional lo más
valioso de la obra creada en el exterior, forma parte de
un proceso de acercamiento entre la emigración y la
Isla, que se ha ido desarrollando desde Cuba sobre la
base de contactos cada vez más estrechos y
desprejuiciados.
Coincidiendo con un momento de consolidación de este
proceso, surgió en Madrid, en 1996, la revista
Encuentro de la Cultura Cubana con la intención
aparente de establecer un vínculo entre lo que considera
como dos bandos, «el de los que viven en la Isla y el de
los que lo hacen en el exilio».
Esta investigación, demuestra lo que se esconde detrás
de esas pretensiones: cuál es la agenda política de la
revista, sus financistas, el lugar que ocupa en la
estrategia de agresión del Gobierno norteamericano
contra Cuba, y cómo actúa en calidad de instrumento para
frustrar, desviar y desnaturalizar los vínculos que se
han ido estableciendo con la emigración.
José Antonio García Miranda |
La
Habana
«LA CUBA POSIBLE» SEGÚN ENCUENTRO
Las especulaciones y los vaticinios sobre el futuro de
la Isla, verdadero rosario de remedios y profecías,
constituyen otro de los contenidos recurrentes en las
páginas de Encuentro, y repetirán como un eco el
propósito de subvertir la Revolución, a pesar de que la
propia revista expresa «que no representa ni está
vinculada a ningún partido u organización política de
Cuba o del exilio».
En el No. 4-5,
Rafael Rojas, en su artículo «Entre la
revolución y la reforma», asegura que:
[...] la Revolución cubana dejó de existir hace algún
tiempo. Francois Furet ha dicho, con lucidez, que la
pasión revolucionaria, como todas las pasiones, es una
conjura pasajera contra las desdichas de la historia»
[...].
Por eso Cuba parece vivir en una tierra de nadie, en
un tiempo muerto, entre la Revolución que fue y la
Reforma que todavía no es. Y ese limbo puede ser
extremadamente peligroso, porque la historia reciente
indica que como únicamente se sale de ahí es por medio
de otra Revolución.
En ese mismo número, Marifeli Pérez-Stable, en «La Cuba
posible», escribe:
A medida que la caída del régimen actual se hace más
inminente, el tema de la responsabilidad de los
intelectuales en su formación, apoyo y mantenimiento
se vuelve más urgente.
[...] la negativa del gobierno a permitir la creación
de la pequeña empresa privada nacional es aún más
reveladora de la voluntad de la dirigencia de mantener
el poder a expensas del mejoramiento económico del
país
Miguel Saludes García, por su parte, expresa en su
artículo «Encuentros que no lo son», publicado en el No.
11 de la revista Encuentro:
No son agentes solapados sino activistas de aquello
que predican abiertamente. Desde afuera es más fácil
hacerlo. Desde dentro es bien difícil lograrlo. No
obstante, muchos de los que están afuera, precisamente
porque no han tenido otra opción ante tanto acoso, nos
apoyan desde allí donde se encuentren. Este apoyo nos
llega incluso de personas no cubanas que radican en
esas capitales ya sea Madrid, París o, muy poco, en
New York [...].
Pero hay cosas que por principio no se pueden aceptar
y es esa actitud desleal de quienes miran con vista
alta a los que en Cuba encuentran fuerza y motivo
para, a pesar de lo quimérico, buscar caminos que
propugnen un cambio a la democracia. [...] ¿Qué no son
muchos? Y si fueran sólo los cuatro mencionados en el
ensayo, basta para que sean tomados en cuenta con
seriedad y respeto [...].
Sea la revista [Encuentro] una voz de esos que
aún no la poseen en Cuba y altavoz de los que ya la
tienen pero se les dificulta el expresarla. No sea
instrumento del silencio y mucho menos de los que se
prestan para aplastarles en medio de tanta
desinformación e intereses torcidos.
No faltan las exhortaciones a la sedición en los números
de Encuentro. Un ejemplo es el artículo de
Madeline Cámara sobre María Elena Cruz Varela, «Hacia
una utopía de la resistencia», publicado en el No. 4-5:
Cuando la poeta, dirigiéndose a su audiencia en la
referida «Alocución», asegura: «Tú eres la dignidad
personal, la conciencia cívica de tu patria.
Recupérate», está poniendo en práctica una estrategia
de convocación política. Pero cualquier acción que
resulte de ello aspira a ser cualitativamente distinta
que las movilizaciones masivas o los asentimientos
tácitos que durante años se han tomado como signos de
consenso del pueblo cubano con el proceso
revolucionario.
Se incluyen además ataques a relevantes figuras por su
actitud solidaria hacia la Revolución Cubana y hacia
cualquier otra causa progresista del mundo
contemporáneo. Manuel Díaz Martínez, en «Carta abierta
a José Saramago», publicada en el No. 11, se dirige al
Premio Nobel de Literatura en estos términos:
En primer lugar, te agradeceré que le pidas
[refiriéndose a Fidel] la excarcelación de todos los
cubanos presos por no opinar como él, entre los cuales
están los cuatro miembros del Grupo de Trabajo de la
oposición pacífica interna [...]; en segundo lugar te
agradeceré que le pidas el restablecimiento de la
libertad de prensa y que deje de perseguir a los
periodistas independientes, a los cuales obliga a
exiliarse cuando no los encarcela; en tercer lugar, te
agradeceré que le pidas que respete el derecho de los
ciudadanos a asociarse libremente con fines pacíficos;
y en cuarto lugar, te agradeceré que le pidas que
permita a los cubanos hacer inversiones en Cuba como
se lo permite a los extranjeros.
Y Rafael Rojas, en «Las ventajas de una buena derecha»,
artículo aparecido en el No. 20, arremete contra Saramago y Manuel Vázquez Montalbán:
Debido a esa incapacidad y, también, como ha señalado
recientemente el antropólogo mexicano Roger Bartra, a
cierta «resurrección paternalista del mito del buen
salvaje», intelectuales de la izquierda europea, como
José Saramago y Manuel Vázquez Montalbán, que respetan
las reglas del juego democrático en sus países,
simpatizan con movimientos políticos, como el
zapatista o como el castrista, que entorpecen las
democracias mexicana y cubana. Esos comportamientos
esquizoides, motivados por desinformación, mitomanía o
cinismo, serán más cuestionables en la medida en que
los espacios públicos de aquellos estados nacionales,
resistentes a la globalización, se vuelvan más
transparentes.
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