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MARÍA FÉLIX EN LA HABANA
María Félix deslumbró a La Habana. Su presencia hizo
época en esta Villa, que la recuerda joven, como a esos
personajes extinguidos que ella representaba.
Josefina Ortega |
La
Habana
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Tras varios
anuncios de su visita siempre pospuesta, el 26 de
octubre de 1949 llegó a La Habana la actriz mexicana
María Félix. Tal fue su recibimiento que, a poco de su
llegada, exclamó asombrada: "Yo tenía referencias de
cómo me querían en La Habana pero lo de esta tarde ha
sido más de lo que esperaba". Desde el avión hasta el
automóvil que la condujo al Hotel Nacional, hubo
necesidad de ponerle protección policial, pues el ímpetu
de sus admiradores amenazó con perturbar la integridad
física de la estrella. Se cuenta que algunos hasta le
halaron el vestido para guardar un recuerdo de María
Bonita.
La Doña llegó al cine en un ascenso tan vertiginoso y
radiante como ninguna actriz de su tierra. Nacida en
1915, en Los Alamos, estado de Sonora, María de los
Ángeles Félix Guareña debutó con El peñón de las
animas, rodada en 1942 bajo la dirección de Miguel
Zocarías, en la que actuó junto a Jorge Negrete. En 1943
la cinta Doña Bárbara, dirigida por Fernando
Fuentes, la colocaría entre las primerísimas figuras de
la cinematografía azteca. La mujer de todos,
La devoradora, La diosa arrodillada, Doña
Diabla, Enamorada... fueron algunas de las
películas que harían de María Félix un mito que hizo
suspirar a varias generaciones de latinoamericanos. Su
radiante belleza la convirtió en leyenda. Por ello no es
de extrañar que su presencia en La Habana fuera todo un
acontecimiento.
Al escribir sobre ella, Mario Rodríguez Alemán aseguró
que si puede hablarse de la existencia de un star
system en el cine mexicano, María Félix sería una de
sus máximas figuras. Desde su debut fue devorada por la
maquinaria comercial que la transformó en un símbolo
sexual, en la imagen por excelencia de la vampiresa. El
crítico cubano comentó que la Félix fue siempre actriz
de una sola cuerda, que impresionaba por su belleza,
pero desencantaba con sus lentos diálogos, casi
estáticos, con gestos que parecían haber sido aprendidos
de memoria. Durante su visita los periodistas le
preguntaron sobre Agustín Lara, su esposo, compositor de
moda entonces, y respondió: "Yo deslumbro por la belleza
que gentilmente me reconocen. Agustín se destaca por su
talento. Existen momentos en que los encantos físicos no
marchan en antagonismo con el intelecto". Se dice que
desairó a más de un vanidoso al no asistir a las citas
sociales con las que quisieron agasajarla. Sólo aceptó
ir al cabaret Tropicana donde fue recibida con
estruendosos aplausos. Cuenta Nicolás Guillén en una
crónica de la época, que con la prensa fue amable y
explícita.
En el verano de 1955 regresó a La Habana convertida en
una estrella de fama mundial. En esta ocasión actuó en
la pista del cabaret Montmatre y en el escenario de
Radiocentro. En el cabaret, mientras se abrochaba su
collar de perlas y charlaba con unos amigos, alguien le
dijo: "María, milagro que a usted le gustan las perlas.
Dicen que traen mala suerte". La estrella respondió con
gestos de majestad ofendida: "estas perlas son
legítimas. Tener que usar perlas falsas sí es mala
suerte. Buena suerte es poderlas usar legítimas".
María Félix deslumbró a La Habana. Su presencia hizo
época en esta Villa, que la recuerda joven, como a esos
personajes extinguidos que ella representaba.
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