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LA
CONSPIRACIÓN CONTRA CHÁVEZ
(artículo original del 12 de abril)
Ignacio Ramonet
Director de Le Monde Diplomatique,
fundador de Attac, y uno de los promotores del
Foro Social Mundial de Porto Alegre.
Por primera vez en más de diez años, un golpe de estado
militar derroca en América latina a un presidente
democráticamente elegido que trataba de poner en marcha
un programa moderado de transformación social. Hugo
Chávez, presidente legítimo de Venezuela, no ha dimitido
como se ha afirmado, sino que ha sido arrestado por una
junta militar y se halla preso e incomunicado en una
base del ejército. Tampoco ha mandado disparar contra
los manifestantes como lo claman mentirosamente algunos
canales de televisión (me refiero al montaje trucado y
falseado que Globovisión ha difundido mundialmente para
acusar a Chávez), las pruebas existen que los primeros
disparos partieron de francotiradores disimulados entre
los manifestantes antichavistas contra la Guardia
nacional y los partidarios del presidente entre los
cuales se producen los primeros cuatro muertos…
Este
gravísimo golpe a la democracia, con su aspecto
caricatural (una junta militar presidida por el jefe de
la patronal!), hace retroceder todo el continente
latino-americano a una era política que pensábamos
superada, los años más negros de la violencia, del
pinochetismo y de la represión. Es una terrible
advertencia para todo dirigente latinoamericano que
intente ahora oponerse al modelo ultraliberal y critique
la globalización. Esa advertencia se dirige, en primer
lugar, a Luiz Inacio « Lula » da Silva, del partido de
los Trabajadores (PT) de Brasil, que las encuestas de
opinión colocan en cabeza de las intenciones de voto
para la próxima elección presidencial de octubre…
Toda
esta conjura se veía venir. Estaba yo en Caracas hace
menos de una semana. Me habían invitado a dar unas
conferencias y aproveché para observar de cerca el
proceso de cambio que estaba impulsando Chávez y que
tanta resistencia suscitaba en las clases acomodadas y
en los medios de comunicación. No había regresado a
Venezuela desde 1999, justo después de la elección
triunfal de Hugo Chávez. Se percibía inmediatamente una
atmósfera de tensión extrema. El golpe venía.
Venezuela, país tan rico, tan afortunado y tan hermoso,
posee una estructura de la riqueza escandalosamente
desigual. Entre el setenta y el ochenta por ciento de la
población vive por debajo del límite de pobreza. Durante
cuarenta años, dos partidos – Acción democrática
(social-demócrata) y Copei (demócrata-cristiano) – se
habían repartido el poder y la fabulosa riqueza
nacional. Aquí los niveles de corrupción habían
alcanzado dimensiones inauditas.
Mientras
recorríamos de noche las calles de Caracas, en su
todoterreno conducido por él, Hugo Chávez me decía que
Venezuela había recibido, desde 1960 hasta 1998, en
ingresos de divisas por venta de petróleo, el
equivalente de unos 15 planes Marshall… « Con un
único Plan Marshall, afirmaba Chávez, se pudo
reconstruir toda Europa destruida por la segunda guerra
mundial. Y con quince planes Marshall, en Venezuela,
solo se ha conseguido que unos cuantos corruptos hayan
amasado algunas de las mayores fortunas del mundo
mientras la mayoría de la población yace en la más
profunda miseria… »
Ese
sistema de clientelismo y de corrupción, combatido
frontalmente por Chávez durante la campana electoral de
1998, acabó por derrumbarse. Los dos partidos
comprometidos con el desastre – AD y Copei - fueron
barridos y desaparecieron. Chávez fue elegido presidente
con un programa de transformación social y con el
proyecto de hacer de Venezuela un país menos desigual,
más justo y más libre. Algunos pensaron que, como tantos
otros, una vez establecido en el poder, Chávez se
olvidaría de sus promesas y todo seguiría como siempre.
Pero este comandante, de origen muy humilde, admirador
de los grandes Libertadores latinoamericanos estaba
decidido a no defraudar a sus electores más modestos,
esos habitantes de los barrios de latas, los
« ranchitos », que veían en él la última esperanza para
salir de la pobreza, la incultura y la humillación. « La
lucha por la justicia, la lucha por la igualdad y la
lucha por la libertad, me decía Chávez, algunos
la llaman socialismo. Otros cristianismo. Nosotros la
llamamos bolivarismo. »
Su
gobierno lanzó toda una serie de reformas sociales :
escuelas en los barrios olvidados, realizaciones en
favor de los indígenas, micro-créditos para la muy
pequeña empresa, ley de tierras en favor de los
campesinos sin tierra, construcción de apartamentos para
clases humildes, mejora de las infraestructuras en el
interior del país, etc… « Hemos disminuido el
desempleo, me decía Chávez. Hemos creado mas de
450 000 nuevos puestos de trabajo. En los dos últimos
años, Venezuela subió cuatro puestos en el índice de
desarrollo humano, pasando del 65 al 61. El número de
niños escolarizados aumentó en 25%. Mas de 1,5 millones
de niños que no iban a la escuela están ahora
escolarizados, y reciben ropa, desayuno, comida y
merienda. Hemos llevado a cabo campañas masivas de
vacunación en los sectores más marginados de la
población. La mortalidad infantil disminuyó de manera
notable. Estamos construyendo más de 135 000 viviendas
para familias pobres. Estamos repartiendo tierras a los
campesinos sin tierra. Hemos creado un Banco de la mujer
que otorga micro-créditos. En el año 2001, Venezuela fue
uno de los países con mayor crecimiento económico del
continente, cerca del 3%… Estamos sacando al país de la
postración y del retraso.»
A medida que todas estas reformas se ponían en práctica,
muchos de los que habían sostenido al presidente Chávez
dejaban de apoyarlo. Lo trataban de « caudillo »
o de « autócrata » cuando nunca había reinado tal
libertad en Venezuela, libertad total de expresión, de
opinión, de manifestación. No había ningún preso de
opinión o preso político en el país. Ni uno! Pero la
minúscula y poderosa clase rica y la clase media alta,
esencialmente blancas, como muchos intelectuales, veían
con pavor la perspectiva de ver subir en la escala
social a la gente de color, cobriza o negra, que aquí,
como en toda América latina, ocupa los lugares
inferiores de la sociedad. Habría que compartir
privilegios, y eso parecía inaceptable. « Hay un
increíble racismo en esta sociedad, me decía Chávez,
a mi me llaman « el Mono », o « el Negro »,
no soportan, no aceptan que un mestizo como yo haya sido
elegido presidente. »
Así se llegó a la situación del 11 de abril. Una
situación de confrontación de clase contra clase. Por un
lado el presidente Chávez, democráticamente elegido,
apoyado por una parte mayoritaria del pueblo común. Por
el otro, una alianza conservadora que ya se formó en
1973 contra el presidente Allende en Chile: la burguesía
que ocupaba las calles del barrio rico con cacerolas
apoyada por la patronal; los medios de comunicación
(prensa, radio y televisión) ferozmente hostiles a
Chávez, mintiendo descomunalmente, inventando rumores y
calumnias; y la aristocracia obrera (trabajadores del
petróleo, como en Chile los del cobre) movilizados por
la CTV el sindicato considerado como más corrupto de
América latina…
Esta
alianza reaccionaria declaró una guerra sin cuartel al
presidente Chávez, con el descarado apoyo de algunos
medios internacionales (por ejemplo, el canal CNN en
español) y con el sostén mal disimulado de los Estados
Unidos. Washington en su voluntad actual de dominar el
mundo después del 11 de septiembre, no podía soportar, y
así lo dijo explícitamente el secretario de Estado Colin
Powell hace unas semanas, la independencia diplomática
recobrada de Venezuela, su papel en la OPEP y el aumento
del precio de petróleo, su falta de apoyo al Plan
Colombia contra las guerrillas colombianas, sus buenas
relaciones con Cuba, su actitud militante contra la
globalización neoliberal, su constante denuncia del
nuevo desorden internacional…
Esta agresividad de Estados Unidos preocupaba a Chávez:
« Lo de la huelga general del 9 de abril es solo una
etapa de la gran ofensiva norteamericana contra mí y
contra la revolución bolivariana. Y seguirán inventando
cualquier cantidad de cosas. No le extrañe que mañana
inventen que yo tengo a Ben Laden en Venezuela. No le
extrañe que hasta saquen algún documento demostrando con
datos y pruebas que Ben Laden y un grupo de terroristas
de Al-Qaida están en las montañas de Venezuela… »
Hace
unos meses, la administración Bush nombró subsecretario
de Estado para los asuntos americanos, - es decir
procónsul de Estados Unidos en América latina – a Otto
Reich, un personaje peligroso, antiguo colaborador de
Ronald Reagan, conspirador en el asunto Irán-Contra,
experto en organización de sabotajes y de atentados,
especialista en todas las artes de la contra-revolución.
Otto Reich ha sido el arquitecto del golpe militar de
Caracas. Un crimen de estado que ha destruido la única
experiencia de socialismo democrático en vigor en
América latina desde la que había intentado, en 1973,
Salvador Allende. |