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EL PASADO COMO FUTURO
(SIN FUTURO)


Enrique Ubieta | La Habana

Las revoluciones apelan a las masas, a los individuos sociales. Las contrarrevoluciones, a las individualidades contables, que falsamente presentan como reales. Las primeras se sustentan en un ideal, enarbolan el optimismo, cultivan una fe racional en la posibilidad transformadora de los seres humanos. Son eventos colectivos, movilizadores. Las segundas, repudian el ideal, evitan una formulación integradora de voluntades (se distancian en lo posible de los conceptos de nación y de clase), difunden el escepticismo, la desesperanza. Son eventos desmovilizadores.
El programa contrarrevolucionario es un anti-programa. No puede enarbolar ideales alternativos. Nadie está dispuesto a morir por las pequeñas e individualistas pretensiones del vecino. Su tarea no es agrupar, sino disgregar, es una misión corrosiva: sembrar la duda y la desilusión, crear espacios individuales opuestos al proyecto colectivo o propicios para la corrupción, rescribir la historia, no sólo para decir que el pasado no fue tan malo, en una primera aproximación, o que fue muy bueno, en una segunda, sino para destruir cualquier visión heroica de los sucesos históricos, y más importante aún, “humanizar” y hacer desaparecer a los héroes, mostrándolos como antihéroes.
Su tarea consiste en minimizar la historia, arrebatándole todas las mayúsculas. No hay Patria, no hay Ideales, no hay Héroes, no hay Historia: la patria tiene el tamaño de nuestro cuerpo, o al menos, no excede el breve espacio de la familia y de los amigos más cercanos; los ideales son personales y pueden condensarse en dos básicos, salud y dinero; la mayor heroicidad es trabajar duro por uno mismo; la única historia admisible es la de nuestra pequeña biografía. Para ello, las teorías de la llamada postmodernidad proveen a las ciencias sociales de una amplia gama de recursos seudo científicos que parcelan, dividen, y minimalizan los diferentes objetos de estudio, hasta hacerlos ininteligibles.
Por cierto, las contrarrevoluciones apelan constantemente a Dios, pero son esencialmente ateas: no creen en la trascendencia, sólo en la fuerza de sus brazos, y en la utilidad inmediata. Su consigna es que todos los revolucionarios somos simuladores, y a cambio, entronizan el cinismo. Si no hay futuro, ¿qué puede quedar sino el presente, la orgía de un presente desmemorioso, la frivolidad de lo inmediato, el goce del instante, la ausencia de responsabilidad? No hay futuro señor lector, ocúpese de usted mismo, de su ahora, déjenos pensar a nosotros; disfrute su trago, baile hasta desfallecer, entregue su cuerpo al placer de los sentidos; luche a brazo partido, eso sí, por prolongar ese estado de beatitud sensorial, y en el empeño, aplaste sin compasión al prójimo. En los años finales del siglo pasado fue tal la fuerza alcanzada por la contrarrevolución, que quienes se opusieron a la traición fueron declarados idiotas.
¿Qué significa entonces para los cubanos la propuesta contrarrevolucionaria de futuro? El pasado, por supuesto. Pero un pasado aún más agobiante que el que tuvimos: un pasado sin futuro. El país de los burdeles. Si ahora nos miran con el ceño fruncido al señalar la reaparición de unas peculiares prostitutas, no es porque se nos repruebe; en realidad nos miran así porque saben que siempre lucharemos por erradicar la explotación humana en cualquiera de sus formas y porque nos duele. En esa mirada hay una sonrisa cínica, desmovilizadora: ya ven, el pasado vuelve, y será el futuro. El país de la charada. Todo el andamiaje intelectual que se gastan los ideólogos de la desesperanza, después de girar y girar en un torbellino de palabras desaparece en la nada: un nacionalismo suave, más pragmático y menos soñador, que acepte la imperfección de la vida, la imposibilidad de la justicia, la inevitabilidad (y la “utilidad” para algunos) de la absorción imperialista.
Ya ni siquiera se trata de una imposible ausencia de ideales en el ser humano, hecho para empeños siempre mayores, sino de un dilema de sobrevivencia, ¿pueden los hombres y las mujeres reducir su vida al goce inmediato, sin una perspectiva de futuro? ¿Puede una nación que nació de una Revolución radicalizada en sucesivas etapas históricas, desentenderse de la solidaridad, y olvidar su pasado, es decir, olvidarse, anularse, desaparecer? Ellos cuentan, lo sabemos, con macetas dispuestos a vender la patria, ya que antes habían vendido el alma (y estarían dispuestos a vender al vecino), y apuestan al escepticismo que siempre anida en ciertos individuos. Nosotros contamos con una mayoría insobornable de pueblo, que es el corazón de la patria. No es una lucha abstracta entre el bien y el mal, uno utópico, el otro realista. La humanidad tiene ante sí un único camino transitable, el de la solidaridad.

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