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LAM:
COMO UN LABERINTO
"Mucha gente me
pregunta qué quieren decir cada uno de los elementos de
La Jungla. En los cuerpos, por ejemplo, me
he inspirado en la caña de azúcar. Mas, cada vez que se
mira este cuadro, se puede interpretar de una manera
diferente. Creo que es bastante sugerente a los
trópicos, es como toda una sinfonía. Claro, no puedo
explicar nota por nota, pues para los oídos sensibles
–al igual que para los ojos sensibles- existe una
poesía escondida en la obra".
Fernando Rodríguez Sosa |
La
Habana
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«Wifredo no mira:
siente.»(1) Quizás ésta sea la frase que más
ilustrativamente defina la personalidad artística de
este hombre que muy pronto arribará a su setenta y ocho
aniversario. Basta un rápido recorrido por su producción
–desde sus primeros dibujos de adolescente hasta sus
últimas cerámicas y temperas— para comprobar que en su
obra hay algo más que una simple representación de sus
ancestros, de sus leyendas, de sus esperanzas...
Lam va más allá de
su simbolismo. Lam siente sus paisajes
tropicales, donde lo vegetal se une a lo animal por ese
toque mágico de la mano del pintor. Lam siente
esa explosión telúrica, que expresa una fusión de razas,
mitos, religiones. Lam siente suya esa luz
transparente que le permite ver entre las palmas, ese
sol que hace –como por arte de magia– más clara y
brillante la mañana, esa gama de verde que inunda el
horizonte.
Mas lo
sorprendente es que Wifredo, sin estar, haya estado
siempre en Cuba. Y esto no es un simple juego de
palabras. Si bien es cierto que desde hace muchos años
se convirtió en «un verdadero judío errante, en un
trotamundos» --como él mismo me dice– su raíz ha estado
permanentemente en su Sagua la Grande natal, donde nació
un 8 de diciembre, en último de los ocho hijos de un
matrimonio chino-mestizo.
—A menudo me
preguntan cómo he podido mantener la cubanía en mi obra
a pesar de vivir fuera del país. Es un balance mental.
Me creo bastante inteligente como para no caer en
trampas. Los poetas o pintores que celebran a Rimbaud,
al otro día de llegar a París, no los trato, pues me
pregunto si sentirán realmente lo que hacen. Yo sigo
siendo el guajiro de Sagua la Grande.
Lam no se cansa de
repetir esa frase final. En los últimos años es casi un
lugar común en todas las entrevistas con el pintor. Pero
no sólo repetirla, sino llevarla a la práctica.
Conversar con él significa pasar de las anécdotas de la
Guerra Civil Española –donde participó como miliciano– a
su receta -«un secreto de un secreto»– de un buen plato
de quimbombó. Como buen cubano sabe enlazar, con gracia,
los temas más diversos. Es, como alguien decía, viejo,
niño y sabio a la vez.(2) Ahora, es cierto, ha
perdido algo de su vitalidad –desde hace casi tres años
padece una hemiplejia del lado izquierdo de su cuerpo–,
pero aún así la memoria guarda los secretos del arte.
—Qué le parece
empezar por este tema: ¿el arte guarda muchos secretos
para usted?
—No lo creo. La
pintura, por ejemplo, no pienso que tenga en el orden
físico muchos secretos para mí. Todos los materiales me
son particulares, por la simple razón de que me
considero un hombre dotado para pintar. No es un
misterio la materia, sino la concepción del cuadro. Sé
de antemano que si voy a dar un rojo o un amarillo debo
darlo con blanco de plata. Picasso decía que uno debía
sacarse lo que llevaba adentro por una gran necesidad de
equilibrio con uno mismo.
—Pero cuando se
enfrenta a una tela en blanco, ¿cómo aborda la creación?
—Mi procedimiento
es el siguiente: empiezo a descubrir lo que hago y una
cosa me da base para otra. No son cosas elaboradas de
antemano, pues serían muy frías. Puedo pensar en un
tema, pero no sé con qué elementos lo voy a
abordar. —Puedo, incluso, cambiar de técnica
después de comenzar un cuadro, lo cual no tiene más que
una dificultad: un mayor trabajo.
—¿Recuerda
alguna obra en que esto haya sucedido?
—Sí. Belial
(1947) –inspirado en una leyenda caldea, en la cual se
representa a Satanás— al principio era diferente. Cuando
la terminé, cubrí con pintura blanca la parte superior e
hice una nueva cabeza para balancear su estructura.
—¿Ha pensado alguna
vez a qué atribuir su afición por la pintura?
—El hecho de que
yo pinte no sé por qué se ha producido. Creo que he
nacido pintor. Ésta es una vocación bastante misteriosa
y me di, cuenta desde mi más temprana edad, que no
podría ser otra cosa que pintor o poeta. No obstante, en
cierto orden, he sido un desamparado, porque nací en
Sagua, donde nadie hablaba de la pintura o de las cosas
que rodean este oficio. Pinto desde los seis años y
tenía tantos deseos de hacerlo que olvidaba todo lo
demás. Hacía retratos y paisajes, mas nunca pinté como
niño. Mi preocupación por la pintura, en general, era
mucho más profunda.
1902-1915: Lam vive
en Sagua la Grande, donde se despierta su interés por la
pintura. 1914: realiza un retrato de su padre. 1916: se
traslada con parte de su familia a La Habana. 1918-1923:
frecuenta la Escuela de Bellas Artes. 1920-1923: expone
en el Salón de la Asociación de Pintores y Escultores de
La Habana. 1923-1938: vive en España, donde participa en
la Guerra Civil Española en defensa de la República. Su
esposa y su hijo mueren tuberculosos.
—¿Por qué decide
partir hacia España?
—Me interesaba
estudiar, no hacer cuadros. Quería conocer el oficio del
pintor, como dicen en Francia el métier del
pintor. No tenía un ideal artístico en ese momento. Oía
hablar de la pintura y me daba cuenta que era color,
pero también otras cosas. Está de más decirte que un
pintor que sólo utilice el color no dice nada. Son cosas
más profundas, que se ensanchan en uno mismo. Pues,
llegué a España en el otoño, con muy poco dinero y una
ayuda económica del Ayuntamiento de Sagua, que consistía
en cuarenta pesos al mes durante un par de años, lo
cual, te imaginarás, no servía para nada.
—Recuerdo una
anécdota. Cuando en los periódicos españoles salía mi
nombre completo –Wifredo Oscar de la Concepción Lam
Castilla-, y como parece que el apellido Castilla es
muy distinguido y aristocrático en España, la Casa de
los Castilla me invitó a Madrid. Les contesté que no
tenía otra casa que una de madera, muy grande, en Sagua:
la casa de mi madre.
—Por cierto, ¿su
nombre es Wifredo o Wilfredo?
—Es
Wilfredo, pero al llegar a España me quitaron la l. Creo
que por Wifredo el Velloso, conde de Barcelona,
quien logró cierta independencia de los reyes francos.
En alemán, mi nombre verdadero, Wilfredo, quiere decir
«el hombre que busca la paz».
—¿Por buscar la paz
participó en la Guerra Civil Española?
—Y porque estaba
totalmente identificado con la lucha del pueblo español.
Después de vivir en el país, sentía las injusticias en
carne propia como un español más. Mi mujer y mi hijo
murieron porque nunca los pude llevar a una clínica,
pues hacía falta dinero y una «palanca» Muchos dicen que
integré las Brigadas Internacionales, pero realmente
estuve en las milicias, en el Quinto Regimiento.
—¿Qué le debe a España desde el punto de vista
artístico?
—En España aprendí
a admirar la pintura. Cuando llegué, por primera vez,
sentía que todo me pertenecía. Visitaba el Museo del
Prado y me pasaba horas y horas frente a sus tesoros.
Allí tuve un maestro, Fernando Álvarez de Sotomayor,
pero por muy poco tiempo. Mis verdaderos maestros fueron
la naturaleza, los museos y la lectura. No obstante,
España me dio la fuerza y la estructura de la pintura.
1933: Picasso y
Lam exponen en la Galería Perls de Nueva York. Un año
antes conoce al autor de Guernica. Se introduce
en el movimiento surrealista. 1940-1942: viaja por
Estados Unidos y las Antillas. Decide abandonar Europa.
Vuelve a Cuba. 1943: concluye La jungla,
comenzada al final del año anterior.
La jungla
—se ha dicho en infinitas ocasiones— es el testimonio
plástico por excelencia del Tercer Mundo. Este óleo
sobre papel, de 228 x 240 cm, actualmente en el Museo de
Arte Moderno de Nueva York, es toda una denuncia. Una
denuncia social y plástica.
«No
tengo otro cuadro síntesis como La jungla», me
explica Wifredo, mientras busca la reproducción en una
de las tantas monografías dedicadas a su arte. «Es
una de mis obras más divulgadas y también a la que más
amor le tengo, porque me ha abierto un camino.»
Aquí aparece
La
jungla. Está la caña, está la luna, están los senos
de mujer. Están los símbolos más diversos en una mezcla idiosincrática, están los dioses míticos creados por el
artista, está la razón de ser.
—No puedo dar un
cliché. Mucha gente me pregunta qué quieren decir cada
uno de los elementos del cuadro. En los cuerpos, por
ejemplo, me he inspirado en la caña de azúcar, que
pilotea toda nuestra economía. Mas, cada vez que se mira
este cuadro, se puede interpretar de una manera
diferente. Creo que es bastante sugerente a los
trópicos, es como toda una sinfonía. Claro, no puedo
explicar nota por nota, pues para los oídos sensibles
–al igual que para los ojos sensibles- existe una
poesía escondida en la obra.
El propio
Lam me cuenta que La jungla no fue realizado por
encargo. Tenía, entonces, un contrato con la Galería
Pierre Matisse de Nueva York, a la cual debía
suministrar periódicamente sus obras. Para hacer este
cuadro, hoy valorado en un millón de dólares, no tenía
incluso materiales, por eso fue pintado sobre papel
kraft de envolver y posteriormente montado sobre
tela.
—La jungla lo pinté en un momento de predisposición. No tenía
mucha «plata». Sin embargo, hacerlo fue como un drenaje
de las cosas que me imponían mi integración a Cuba. No
sé si sabes que el título fue muy controvertido, lo
discutí con Prat Puig, quien me decía que en la zona
oriental de Cuba sí existía el ambiente representado en
la obra.
—Generalmente se toma
La jungla como punto de
referencia en la producción del artista. Así, se habla
de un período anterior y posterior a la famosa obra.
¿Qué piensa Wifredo Lam de este análisis?
—Estoy de
acuerdo, ¿por qué no estarlo? Es curioso que a todos los
grandes pintores se les identifique con una de sus
obras. A Velázquez, con Las Meninas; a
Goya con El fusilamiento del 2 de mayo; a
Leonardo, con La Gioconda... Antes de La
jungla se desarrolla mi período de formación como
pintor. Como potencial plástico y moderno –y realmente
no soy muy modesto—no conozco otra obra de la pintura
moderna que pueda apoyarse en esos valores.
1944: expone, por
primera vez, en la Galería Pierre Matisse de Nueva York.
Visita Haití, donde residirá posteriormente de manera
eventual. 1947-1952: vive en Cuba, Francia y Estados
Unidos. 1951: obtiene primer Premio en el Salón Nacional
de La Habana. 1952: se establece definitivamente en
París. 1953: recibe el premio italiano Lissone. 1954:
participa regularmente en el Salón de Mayo en París.
1955: expone en la Universidad de La Habana —en muestra
organizada contra la dictadura de Batista— y en el Museo
de Bellas Artes de Caracas. 1956: visita el Mato Grosso.
1960: contrae matrimonio con Lou Laurin. De esta unión
nacen tres hijos: Eskil, Timur Erik y Jonás.
Cuando Lam
conoció a Picasso, en 1938, este último le manifestó:
«si no hubieras venido con la carta de Manolo(3)
en tu bolsillo, te hubiera visto en la calle y me
hubiera dicho: «quiero ser amigo de este hombre».
Ahora, más de cuarenta años después, el artista
recuerda:
—Picasso
dijo en una ocasión que el único pintor que se paseaba
por su cabeza era yo. Esa opinión fue de gran
satisfacción para mí, porque me demostraba que mi lucha
y mi empeño tocaban al espectador.
Lam me ha dicho que
se encuentra identificado con la obra del poeta Aimé
Césaire. Cuando le pregunto por qué, me responde:
—Es
difícil, no puedo explicarlo todo. Aimé Césaire es un
poeta que encontró su isla tropical, Martinica, después
de estudiar en Francia, y le dio una gran fuerza de
gravedad en su obra. Me parece que él en la literatura y
yo en la plástica hemos tocado todo el panorama de dos
emigrados, al retornar al país natal, con la fuerza
necesaria.
En
1950, en un ensayo capital sobre el artista, Fernando
Ortiz afirmaba que «Lam en su arte es realidad y es
promesa». Al respecto, opina el pintor:
—Fernando
Ortiz quería decir que el panorama cubano era muy vasto,
muy rico, y que yo tendría bastante tiempo para llegar.
¿Llegar a dónde?, te preguntarás. A la realización del
individuo, a la realización de mi obra cuyo destino
sería la geografía cubana.
1963: visita Cuba
invitado por el Gobierno Revolucionario. 1964-1965:
divide su tiempo entre Albisola Mare y París. Recibe el
premio Guggenheim International Award, en Nueva York, y
el premio Marzotto, en Valdagno. 1966: regresa a Cuba,
donde pinta la obra El Tercer Mundo. 1967: de
nuevo en La Habana para la organización del Salón de
Mayo. 1968: participa en el Congreso Cultural de La
Habana. 1973: Radio-Televisión Sueca le realiza un
cortometraje de media hora de duración. 1975: expone en
el Museo de Cerámica de Albisola Mare. 1977: recibe el
Premio Internacional de Pintura Contemporánea y Gráfica
de Baia Domitia y el Premio Nacional Polifemo
Arte-Cultura-Scienza de Sperlonga. Inaugura en La Habana
una muestra de sus grabados en el Museo Nacional de
Bellas Artes. 1978: el ICAIC filma un cortometraje sobre
su vida. Por primera vez se presenta en México una
retrospectiva de su obra. 1980: regresa a La Habana para
someterse a tratamiento médico en el Hospital Frank
País.
—Lam, ¿por momentos
no le molesta la fama?
—Ser
célebre es algo engorroso. En Asuán, por ejemplo, había
gente que se me acercaba y me decía: «usted es Lam». Yo
les preguntaba cómo me conocían y me contestaban que me
habían visto en un periódico. Vivir en un país
capitalista y saber que todo lo que tocas o firmas se
convierte en dinero, y que la gente por eso quiere
explotarte, es algo «enmierdante», como dicen en
Francia. Aquí, en Cuba, soy otro de tantos, puedo ser
independiente...
—¿Por eso admira tanto a la Revolución...?
—Por eso
y por otras muchas cosas. Es grandioso ver cómo un
pueblo pequeño ha podido hacer lo que está haciendo.
Admiro mucho a los revolucionarios cubanos y, sobre
todo, a Fidel, por su honradez y sinceridad.
—¿Es cierto que lee y ha leído mucho?
—Mucho. Leo, y la
lectura me inquieta, me deja una interrogación. Ahora
estoy leyendo un libro sobre el origen del hombre
americano, muy científico, en el cual se plantea que no
se puede hablar del hombre sin antes referirse al
ambiente. Te diría, incluso, que me gustaría vivir dos
mil años para leer todos los libros que me faltan y para
ver el desarrollo del hombre.
—Una última pregunta:
¿quién es usted, Lam?
—¡Coño! ¡No me estás
mirando! Soy como un laberinto que no sé nada, que no sé
adónde voy
–me dice y ríe, por primera vez, en toda la entrevista.
Su respuesta me
confirma, de nuevo, que Lam no mira, siente.
Notas
1
Cita del poeta martiniqués Aimé Césaire.
2
Ver Manuel Pereira. «Lam en el Caribe». Cuba
Internacional, febrero de 1978, p. 28-33.
3
Se refiere al escultor Manolo Hugué,
quien en 1937 le entrega a Lam una carta de
recomendación para Pablo Picasso.
Tomado de la
antología en preparación Wifredo Lam: la cosecha de
un brujo del investigador José Manuel Noceda.
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