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EL PINTOR PINTADO POR EL CINEASTA

El documental de Solás sobre Lam busca atrapar las simbiosis, el mestizaje, la idiosincrasia, el barroquismo... en fin, la cubanidad como concepto, un empeño que muy pocos filmes posteriores se atreverían a postular con semejante ambición y autenticidad.


Joel del Río|
La Habana


El cine cubano demoró un tanto en vincularse con la obra de Wifredo Lam, pero cuando ocurrió fue definitivo el acercamiento de nuestro séptimo arte al autor de La jungla, ese primer manifiesto plástico del Tercer Mundo, poesía hecha pintura, porque la poesía, según afirmaba el pintor, “es la lengua más antigua y elocuente de los hombres”, y como el cine artístico había demostrado también su afinidad con la metáfora, pues solo faltaba que un realizador sensible, culto y afín con el mundo cultural del pintor, como Humberto Solás, pusiera en imágenes y textos los espacios íntimos, junto a los interregnos de transculturación y mestizaje, que animaron las grandes obras de Lam.
Después de consagrarse tempranamente con Lucía, y de buscar la polémica y la otredad en Un día de noviembre, luego de terminar la barroca Cantata de Chile y el documental musical, teatral y dancístico Simparelé, Humberto Solás acometió en 1979 el mediometraje (45 minutos) ficcionado/documental Wifredo Lam, en el cual continuaba desarrollando la investigación iniciada por el cineasta, años atrás, sobre la cualidad sintetizadora del cine, en tanto resumen de las demás manifestaciones artísticas.
A propósito de su filme, escribió Solás en la revista Cine Cubano: “El arte de Lam, como toda gran experiencia artística, nos remite a la danza, la música, la poesía y, por tanto, el cine era el instrumento capaz de evidenciar esta particular emoción. Mis conversaciones con Wifredo tuvieron la especial virtud de revelarme una actitud ética del artista que todos podíamos asumir: el arte como una batalla de alto compromiso moral, y la profesión como una disciplina abnegada y ajena a toda concesión”.
Como casi todos los documentales firmados por Solás, desde los primeros hasta los últimos, este también aparece contaminado por elementos de ficción y de la puesta en escena (actúan Eslinda Núñez y bailarines del Conjunto de Danza Moderna). Es como si el cineasta quisiera evadir esa cierta estrechez fenoménina inherente al documental convencional valiéndose de la crónica más elíptica, metafórica y recreada, al tiempo que le imprime al tema testimoniado las especificidades de otras artes como la danza, la pintura (esplendorosa fotografía de Jorge Herrera), la arquitectura o la música (impresionante banda sonora de Leo Brouwer). Similares caminos había recorrido la filmografía solasiana en Minerva traduce el mar (a partir de un texto de Lezama), Variaciones, Crear dos, tres...
Polémico, pero al fin y al cabo iluminado adaptador de Cirilo Villaverde, Alejo Carpentier y Miguel de Carrión, alimentado por la figuración, las composiciones y las luminiscencias de Landaluce, Chartrand, Collazo, Menocal, Víctor Manuel, Fidelio o Carlos Enríquez (presentes en los claroscuros de Lucía, Cecilia, Amada, Un hombre de éxito o El siglo de las luces), Humberto Solás estaba excepcional preparado, como afirmó en algún momento el crítico José Antonio González, para realizar Wifredo Lam, “no solo por su conocimiento y refinado gusto por las artes plásticas en general (hecho que ha marcado hondamente su vida y su sensibilidad), sino por la admiración y respeto, por el cariño y el conocimiento que siente el cineasta por la obra del pintor. Pero en este documental hay más —continúa diciendo el respetado crítico—hay un intento de utilizar la capacidad sintetizadora del cine en relación con otras manifestaciones artísticas. En él, Solás recorre la experiencia de Lam partiendo de su pintura y escultura, del sincretismo racial y cultural que alcanza su inmersión en las primeras vanguardias del siglo XX. Y existe en esta elaboración intelectual un torrente emotivo que se debe sin dudas al uso brillante de textos y música, pero también a la conjugación de escenas de ficción, que poseen una sorpresiva dimensión pictórica”.
En 1979, además del estreno de Wifredo Lam, que apenas se reconoció en su momento como la obra maestra de la documentalística cubana que es, se estrenaba en Estados Unidos comercialmente, con notable acogida de la prensa especializada, La muerte de un burócrata; provoca enorme polémica en Cuba la exhibición de Retrato de Teresa; se celebran las primeras ediciones del Concurso Caracol (de los artistas de la radio, la televisión y el cine cubanos) y del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y se filma el primer largometraje de dibujos animados cubano Elpidio Valdés, de Juan Padrón. El cine de la Isla parecía iniciar en 1979 una nueva etapa que superaría la grisura artística de los años setenta, marcados, de un lado, por los largometrajes de orientación histórica (Una pelea cubana contra los demonios, La última cena, Rancheador, El otro Francisco, Maluala, Mella) y desde otro ángulo, por la búsqueda de una dramaturgia que consiguiera plasmar la cotidianidad contemporánea (Un día de noviembre, Ustedes tienen la palabra, De cierta manera, el propio Retrato de Teresa). El documental de Solás sobre Lam busca atrapar las simbiosis, el mestizaje, la idiosincrasia, el barroquismo, en fin, la cubanidad como concepto, un empeño que muy pocos filmes posteriores se atreverían a postular con semejante ambición y autenticidad.

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