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SAN CRISTOBAL PATRON DE
LA
HABANA
Álvaro de la Iglesia
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A
Gustavo Quevedo, bibliotecario
de "La Discusión" |
San Cristóbal, que tan singular veneración mereció
siempre al pueblo español y a otros pueblos europeos, no
nació en España, pero tampoco en Europa. Su origen, a
tenor de lo que rezan los sagrados textos, no tiene nada
de ilustre. Descendía de cananeos, antropófagos o
cinocéfalos. Es decir, sus antepasados comían
gente, vivían en los árboles, como corresponde a la
distinguida familia en que Darwin ha buscado y creído
encontrar el eslabón de la especie humana.
La historia no va tan allá como el Flox Santorum
en busca de la ejecutoria de la nobleza de nuestro santo
patrono. Dice que nació en Siria o Palestina, que fue
bautizado por San Babilas obispo de Antioquia y que
murió hacia el año 250 de nuestra era.
De cualquier modo que sea, San Cristóbal aparece en
Antioquia predicando el Evangelio, sin que sepamos donde
lo aprendió para enseñarlo. Su sola aspiración es
extender todo lo posible el imperio de Cristo sobre la
tierra.
De Antioquía, donde recibe de Babilas el bautismo, pasa
a Licia, región del Asia Menor sobre el mar Egeo, sujeta
al yugo romano, y da principio a su predicación entre
los idólatras.
Como conviene a un catequista de aquellos tiempos,
necesitado de deslumbrar a un pueblo del que han de
surgir los primeros neófitos, el apóstol empieza
realizando un estupendo prodigio: planta su báculo en
tierra y éste, ante el concurso asombrado, crece hasta
convertirse en árbol corpulento y frondoso.
Por este hecho que resulta mucho más fácil de creer hoy
que se conocen todas las diabluras de los derviches
indios, píntase a San Cristóbal sirviéndose de un árbol
como báculo. En lo que no están de acuerdo todos los
pintores, es en la clase de árbol.
El clamor popular lleva pronto el eco de aquel milagro a
oídos de Dago, gobernador de Licia, quien no tanto por
bárbaro, como por fiel cumplidor de los decretos de Cayo
Mesio Quinto Trajano Decio, emperador que ordenó la
séptima persecución de los cristianos, pone preso a
nuestro santo y dispone de su martirio que supera en
crueldad a los más tremendos excesos del fanatismo
religioso. ¡Caso singular! La persecución de los
cristianos en los primeros siglos de Roma, viene a ser
tan sangrienta y tan cruel, como la que siglos después
ha de realizar el cristianismo con los herejes.
Acuestan a San Cristóbal sobre un potro de hierro
caldeado al rojo blanco y en aquel lecho infernal, canta
el apóstol alabanzas a Dios cual si se hallase sobre
cojines de seda. Su carne de santidad apaga el fuego. Le
encajan en la cabeza un casco de hierro candente y el
santo lo encuentra tan ligero y sano como una corona de
rosas. Por último, un grupo de arqueros lo hace blanco
de sus flechas que pasan sobre él sin herirlo.
Desesperado el gobernador a quien lo sobrenatural burla
e irrita, hace degollar a Cristóbal, que esta vez se
rinde bajo el acero. Esta es la sencilla biografía de
San Cristóbal a quien celebra la iglesia griega el 9 de
Mayo, y la católica el 25 de Julio. Se le invoca contra
la peste y para conjurar a los espíritus guardadores
de tesoros escondidos. Ya lo saben aquellos que
persiguen el hallazgo de una botija.
San Cristóbal en la iconografía católica es un gigante
que apoyado en un grueso árbol o simplemente en un
tronco, lleva sobre su hombro izquierdo a Cristo niño,
al niño de la bola, porque tiene en la mano la
del mundo. Así se personifico el mártir de Licia en una
antiquísima estatua colosal que existía a la entrada de
Nuestra Señora de París y que fue destruida en 1784.
La leyenda popular, que es la tradición, ha embellecido
la biografía del santo con un curioso episodio cuyo
simbolismo no se ocultará al lector. Yendo San Cristóbal
de jornada para su predicación, encuentra a su paso un
río y a la orilla, un hermoso niño que lleva una bola en
la mano y que le suplica lo pase al otro lado. El santo
lo hace con gusto, pero lleno de asombro al notar el
enorme peso de aquella criatura, que no levanta tres
palmos del suelo.
Apoyado en su báculo y llevando al niño sobre el hombro,
detiénese en la mitad del río abrumado por el cansancio,
exclamando:
-¡Cristo, valme!... ¡Cuánto pesas!
Y el niño prodigioso repone:
-Cristóbal te llamarás...
La tradición no es erudita. Desde luego que para aceptar
esta leyenda, de puro origen español, es necesario
aceptar dos cosas igualmente absurdas: que el santo de
Siria hablaba el castellano, un castellano del día
(salvo el valme) cuando aún no había nacido el
romance y que San Cristóbal, no se llamaba Cristóbal,
sino que se llamó así desde aquel día. ¿Cómo se llamaba
entonces?
Ahora bien, Cristóbal, en latín Christophorus,
significa que lleva a Cristo. De eso debió nacer
la leyenda que hemos referido y de ello nace el símbolo,
muy singular por cierto, que acompaña al Santo. Este
atraviesa las aguas de un río llevando a Cristo. Otro
Cristóbal, el insigne navegante, atraviesa igualmente el
Océano para traer a este lado del mundo la religión del
Crucificado. Tan pesado como el niño al Apóstol, resulta
a Colón abrumadora su misión; pero ambos la realizan. La
leyenda ha encontrado una maravillosa semejanza entre
aquel predicador del Evangelio y el descubridor de
América y ciertamente, símbolos mucho más traídos por
los cabellos hemos visto.
Hablemos ahora de la imagen de San Cristóbal que se
venera en La Habana, hace cerca de tres siglos.
La primitiva iglesia parroquial de La Habana, fue
destruida por los piratas en 1538. No tuvieron mucho que
destruir, porque era una casa de guano. Pero tal vez se
alabara allí a Dios con más devoción y fe que en
nuestros días bajo las bóvedas de una magnífica
basílica.
Estaba situada donde hoy se alza el palacio presidencial
y allí mismo, con donativos del vecindario y un legado
de Juan de Rojas, se construyó la nueva iglesia,
concluida en 1581. Tampoco era más que una pobre casita
de aquellos tiempos. Sin embargo, para ella fue
encargada a España la imagen de San Cristóbal. Se
comisionó para la dirección de esa obra a don Simón
Fernández Leyton, procurador general de la ciudad de La
Habana en la villa y corte de Madrid, durante el reinado
de Felipe II. Este Fernández Leyton, fue uno de los
regidores habaneros que suscribieron el acta pidiendo la
canonización de San Francisco Solano, religioso del
convento de San Francisco de esta ciudad. El acta lleva
fecha de 1º de febrero de 1632.
Fue el escultor de la imagen de San Cristóbal, Martín
Andújar, natural de Chinchilla en la Mancha y la ejecutó
en Sevilla, que entonces reunía en su seno los más
reputados artistas.
El grupo escultórico consta de ciento setenta y tantas
piezas. El santo era tan corpulento, que se hacía en
extremo trabajoso su transporte en las procesiones.
Llegó a La Habana, según aparece de documentos de
aquella remota época, en 1633, y algo después se le
encomendó al maestro escultor José Ignacio Valentín
Sánchez que rebajara la imagen, lo que, aun hecho con
gran habilidad, no deja de notarse por la visible
desproporción que ostenta entre la cabeza y el cuerpo.
Al realizar Sánchez este trabajo, encontró en un hueco
abierto en el pecho de San Cristóbal, un papel en que el
escultor sevillano Andújar pedía rogasen a Dios por su
alma. El Cabildo ordenó entonces a su mayordomo don
Gaspar Pren y Gato, que, de los fondos propios, mandase
aplicar cien misas en sufragio del alma de Andújar.
La imagen había costado en España 402 pesos, 5 reales y
a ese costo, hubo que añadir 450 pesos entregados a Luis
Esquivel por su pintura y barnizado, con más, 382 pesos,
4 reales, invertidos en oro y otros adornos, de manera
que el importe total de la obra ascendió a 1,235 peses,
1 real.
San Cristóbal figuró ya en la nueva iglesia parroquial
terminada bajo los auspicios del obispo Santo Matías y
que fue inaugurada en 1666. Aun cuando era
incomparablemente mejor que la antigua, de ella dice un
historiador: en aquella iglesia se portó tan
groseramente la mano de su artífice que, desnuda del
ornato del culto, se tomaría por una hermosa bodega.
Ocupaba el mismo lugar de la anterior. Al norte estaba
el Cementerio cercado de tapias, con puerta a la calle
del Sumidero (hoy O'Reilly) y la torre al oeste, a la
izquierda de la puerta principal de la iglesia que abría
a Mercaderes.
Tan humilde templo contenía, empero, muchas y muy
valiosas alhajas y ricos ornamentos. El sagrario, todo
de plata, que regaló el obispo Laso de la Vega y
Cancino, tenía un valor de diez mil pesos,
correspondiendo esa riqueza con la gran lámpara central
que alumbraba el tabernáculo.
Terminaremos estos apuntes acerca de San Cristóbal,
diciendo que la fiesta del patrono, por no aparecer
junta con la del Apóstol Santiago, patrón de España, el
25 de Julio, fue trasladada al 16 de Noviembre por un
breve pontificio, y en ese día continúa celebrándose.
Cuanto a la imagen, se conserva en excelente estado a
pesar de tener sobre sus andas la friolera de 282 años.
Tomado de Tradiciones cubanas II. Editora
latinoamericana
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