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LA CIUDAD DE LAS COLUMNAS
Una de las más singulares
constantes del estilo habanero: la increíble profusión
de columnas, en una ciudad que es emporio de columnas,
selva de columnas, columnata infinita, última urbe en
tener columnas en tal demasía; columnas que, por lo
demás, al haber salido de los patios originales, han ido
trazando una historia de la decadencia de la columna a
través de las edades
Alejo Carpentier |
La
Habana
I
"El aspecto de La Habana, cuando se entra en su puerto
escribía Alejandro de Humboldt en los primerísimos años
del siglo pasado es uno de los más rientes y de los más
pintorescos que puedan gozarse en el litoral de la
América equinoccial, al norte del Ecuador. Este lugar,
celebrado por los viajeros de todas las naciones, no
tiene el lujo de vegetación que las orillas del río de
Guayaquil, ni la salvaje majestad de las costas rocosas
de Río de Janeiro, puertos del hemisferio austral, pero
la gracia que, en nuestros climas, embellece los
paisajes de naturaleza culta, se mezcla aquí a la
majestad de las formas vegetales, al vigor orgánico que
caracteriza la zona tórrida. Solicitado por tan suaves
impresiones, el europeo se olvida del peligro que le
amenaza en el seno de las ciudades populosas de las
Antillas; trata de entender los elementos diversos de un
vasto paisaje, contemplar esas fortalezas que coronan
las rocas al este del puerto, ese lago interior, rodeado
de poblados y de haciendas, esas palmeras que se elevan
a una prodigiosa altura; esta ciudad, medio oculta por
una selva de mástiles y los velámenes de las naves..."
Pero añade el amigo de Goethe, dos páginas más adelante,
al referirse a la calle de los mercaderes: "Aquí, como
en nuestras más antiguas ciudades de Europa, sólo con
suma lentitud se logra enmendar el mal trazado de las
calles".
Urbanismo, urbanistas, ciencia de la urbanización.
Todavía recordamos las conjugaciones que de la palabra
urbanismo se daban, con espesos caracteres entintados,
en los ya clásicos artículos que publicaba Le Corbusier,
hace más de cuarenta años, en las páginas del Esprit
Neuveau. Tanto se viene hablando de urbanismo, desde
entonces, que hemos acabado por creer que jamás ha
existido, antes, una visión urbanística, o al menos, un
instituto del urbanismo. Humboldt se quejaba, en su
tiempo, del mal trazado de las calles habaneras.
Pero llega uno a preguntarse, hoy, si no se ocultaba una
gran sabiduría en ese mal trazado que aún parece dictado
por la necesidad primordial -tropical- de jugar al
escondite con el sol, burlándose superficies,
arrancándole sombras, huyendo de sus tórridos anuncios
de crepúsculos, con una ingeniosa multiplicación de
aquellas esquinas de fraile que tanto se siguen
cotizando, aun ahora, en la vieja ciudad de lo que fuera
intramuros hasta comienzos del siglo. Hubo
además, mucho embadurno -en azafrán oscuro, azul sepia,
castaños claros, verdes de oliva- hasta los comienzos de
este siglo. Pero ahora que esos embadurnos se han
quedado en los pueblos de provincia, entendemos, acaso,
que eran una forma del brise-soleil,
neutralizador de reverberaciones, como lo fueron
también, durante tanto tiempo, los medios puntos
de polícroma cristalería criolla que volvemos a
encontrar, como constantes plásticas definidoras, en la
pintura de Amelia Peláez o René Portocarrero. Mal
trazadas estarían, acaso, las calles de La Habana
visitadas por Humboldt. Pero las que nos quedan, con
todo y mal trazadas como pudieron estar, nos brindan una
impresión de paz y de frescor que difícilmente
hallaríamos en donde los urbanistas conscientes
ejercieron su ciencia.
La vieja ciudad antaño llamada de intramuros es
ciudad de sombras, hecha para la explotación de las
sombras -sombra, ella misma, cuando se la piensa en
contraste con todo lo que le fue germinando, creciendo,
hacia el oeste, desde los comienzos de este siglo, en
que la superposición de estilos, la innovación de
estilos, buenos y malos, más malos que buenos, fueron
creando a La Habana ese estilo sin estilos que a
la larga, por proceso de simbiosis, de amalgama se erige
en un barroquismo peculiar que hace las veces de estilo,
inscribiéndose en la historia de los comportamientos
urbanísticos. Porque, poco a poco, de lo abigarrado, de
lo entremezclado, de lo encajado entre realidades
distintas, han ido surgiendo las constantes de un
empaque general que distingue a La Habana de otras
ciudades del continente.
II
Al principio fue el alarife, el hombre de la plomada y
del mortero, de cuyo temprano paso al Nuevo Mundo queda
constancia en los asientos de Pasajeros a Indias de
la Casa de la Contratación de Sevilla. (Seis habían
pasado ya a la Isla Española, antes de que se iniciara
la colonización de Cuba.) De ahí que, independientemente
de aquella Habana anterior a La Habana que -según se
dice- alzaron unos cuantos colonos en las orillas del
río Almendares, hemos de buscar el verdadero núcleo
generador de la ciudad en aquellos humildes y graciosos
vestigios que aún perduran en uno de los patios del
antiguo convento de Santa Clara, cerca de las clásicas
tabernas pecaminosas del puerto, bajo la presencia de un
pequeño mercado, de un baño público y de una fuente
municipal que, a pesar de su modestia, ofrece una
evidente nobleza de factura. Trabajo todo, de alarifes,
como aquella "Casa del marino", más ambiciosa, que aún
puede verse a una escasa distancia de lo que fuera, en
un tiempo, ágora entre manglares, plaza entre malezas, y
que al ser revelada al público, en días de nuestra
adolescencia, tras de larga reclusión impuesta por el
envolvente crecimiento de un monasterio de clarisas,
ostentaba todavía un borroso letrero que la identificaba
como la "Casa del pan".
No es nuestro propósito -y temprano debemos advertirlo-
hacer un bosquejo histórico de la arquitectura cubana,
obra que requeriría todo un aparato erudito, sino llevar
al lector, de la mano, hacia algunas de las
constantes que han contribuido a comunicar un estilo
propio, inconfundible, a la ciudad aparentemente sin
estilo (si nos atenemos a las nociones académicas
que al estilo se refieren) que es La Habana, para pasar
luego a la visión de constantes que pueden ser
consideradas como específicamente cubanas, en todo lo
que significa el ámbito de la isla. Al principio fue el
alarife. Pero las casas empezaron a crecer, mansiones
mayores cerraron el trazado de las plazas, y la columna
-que no era ya el mero horcón de los conquistadores-
apareció en la urbe. Pero era una columna interior,
grácilmente nacida en patios umbrosos, guarnecidos de
vegetaciones, donde el tronco de palmera -véase cuán
elocuentemente queda ilustrada la imagen en el soberbio
patio del convento de San Francisco- convivió con el
fuste dórico. En un principio, en casas de sólida traza,
un tanto toscas en su aspecto exterior, como la que se
encuentra frente a la Catedral de La Habana, pareció la
columna cosa de refinamiento íntimo, destinada a
sostener las arcadas de soportales interiores. Y era
lógico que así fuera -salvo en lo que se refería a la
misma Plaza de la Catedral, a la Plaza Vieja, a la plaza
donde se alzaban los edificios destinados a la
administración de la isla- en ciudad cuyas calles eran
tenidas en voluntaria angostura, propiciadora de
sombras, donde ni los crepúsculos ni los amaneceres
enceguecían a los transeúntes, arrojándoles demasiado
sol en la cara. Así, en muchos viejos palacios
habaneros, en algunas ricas mansiones que aún han
conservado su traza original, la columna es elemento de
decoración interior, lujo y adorno, antes de los días
del siglo XIX, en que la columna se arrojara a la calle
y creara -aun en días de decadencia arquitectónica
evidente- una de las más singulares constantes del
estilo habanero: la increíble profusión de columnas, en
una ciudad que es emporio de columnas, selva de
columnas, columnata infinita, última urbe en tener
columnas en tal demasía; columnas que, por lo demás, al
haber salido de los patios originales, han ido trazando
una historia de la decadencia de la columna a través de
las edades. No hace falta recordar aquí que, en La
Habana, podría un transeúnte salir del ámbito de las
fortalezas del puerto, y andar hasta las afueras de la
ciudad, atravesando todo el centro de la población,
recorriendo las antiguas calzadas de Monte o de la
Reina, tramontando las calzadas del Cerro o de Jesús del
Monte, siguiendo una misma y siempre renovada columnata,
en la que todos los estilos de la columna aparecen
representados, conjugados o mestizados hasta el
infinito. Columnas de medio cuerpo dórico y medio cuerpo
corintio; jónicos enanos, cariátides de cemento, tímidas
ilustraciones o degeneraciones de un Viñola compulsado
por cuanto maestro de obra contribuyera a extender la
ciudad, desde fines del pasado, sin ignorar a veces la
existencia de cierto modern-style parisiense de
comienzos del siglo, ciertas ocurrencias de arquitectos
catalanes, y, para quienes, en los barrios primeros,
querían sustituir las ruinosas casonas de antaño por
edificaciones más modernas (hay dos de este tipo,
notables, casi hermosas al cabo del tiempo, en ángulos
de la antigua Plaza Vieja), remedaron las reposteras
innovaciones del "estilo Gran Vía" de Madrid.
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III
En todos los tiempos fue la calle cubana bulliciosa y
parlera, con sus responsos de pregones, sus buhoneros
entrometidos, sus dulceros anunciados por campanas
mayores que el propio tablado de pulpas, sus carros de
frutas, empenachados de palmeras como procesión en
Domingo de Ramos, sus vendedores de cuanta cosa pudieron
hallar los hombres, todo en una atmósfera de sainete a
lo Ramón de la Cruz antes de que las mismas ciudades
engendraran sus arquetipos criollos, tan activos ayer en
los escenarios de bufos, como, más tarde, en la vasta
imaginería -mitología- de mulatas barrocas en genio y
figura, negras ocurrentes y comadres presumidas,
pintiparadas, culiparadas, trabadas en regateos de
lucimiento con el viandero de las cestas, el carbonero
de carro entoldado a la manera goyesca, el heladero que
no trae sorbetes de fresa el día en que le sobran los
mangos, o aquel otro que eleva, como el Santísimo, un
mástil erizado de caramelos verdes y rojos para
cambiarlos por botellas. Y, por lo mismo que la calle
cubana es parlera, indiscreta, fisgona, la casa cubana
multiplicó los medios de aislarse, de defender, en lo
posible, la intimidad de sus moradores. La casa criolla
tradicional -y esto es más visible aún en las
provincias- es una casa cerrada sobre sus propias
penumbras, como la casa andaluza, árabe, de donde mucho
procede. Al portón claveteado sólo asoma el semblante
llamado por la mano del aldabón. Rara vez aparecen
abiertas -entornadas, siquiera- las ventanas que dan a
la calle. Y, para guardar mayores distancias, la reja
afirma su presencia, con increíble prodigalidad, en la
arquitectura cubana.
Decíamos que La Habana es ciudad que posee columnas en
número tal que ninguna población del continente, en eso,
podría aventajarla. Pero también tendríamos que hacer un
inmenso recuento de rejas, un inacabable catálogo de los
hierros, para definir del todo los barroquismos siempre
implícitos, presentes, en la urbe cubana. Es, en las
casas del Vedado, de Cienfuegos, de Santiago, de
Remedios, la reja blanca, enrevesada, casi vegetal por
la abundancia y los enredos de sus cintas de metal, con
dibujos de liras, de flores, de vasos vagamente romanos,
en medio de infinitas volutas que enmarcan, por lo
general, las letras del nombre de mujer dado a la villa
por ella señoreada, o una fecha, una historicista
sucesión de cifras, que es frecuentemente -en el Vedado-
de algún año de los 70, aunque, en algunas, se remonta
la cronología del herraje a los tiempos que coinciden
con los años iniciales de la Revolución Francesa. Es
también la reja residencial de rosetones, de colas de
pavo real, de arabescos entremezclados, o en las
carnicerías prodigiosas -de la calzada del Cerro-
enormemente lujosa en este ostentar de metales trabados,
entrecruzados, enredados en sí mismos, en busca de un
frescor que, durante siglos, hubo de solicitarse a las
brisas y terrales. Y es también la reja severa, apenas
ornamentada, que se encaja en la fachada de madera de
alguna cuartería, o es la que pretende singularizarse
por una gótica estampa, adornarse de floreos nunca
vistos, o derivar hacia un estilo sorprendentemente
sulpiciano. A veces la reja se acompaña de marmóreos
leones vigilantes, de barandales que multiplican un
motivo de cisnes wagnerianos, de esfinges que ?como unas
que pueden verse en Cienfuegos? responden a la más pura
estética de Mucha y la Exposición de 1900, con un
indefinible sabor entre prerrafaelista y wildiano. Puede
la reja cubana remedar el motivo capruno de las rejas de
la Casa del Greco, evocar alguna morada de Aranjuez, o
alojarse en ventanas que imitan las de algún castillo de
la Loira (y no faltan, en Cuba, los alcázares moriscos
de reciente edificación, ni los castillos medievales de
remozada factura, ni las más inesperadas alusiones a
Blois o Chambord), lo peculiar es que esa reja sabe
enderezarse en todos los peldaños de la escala
arquitectónico-social (palacio, cuartería, residencia,
solar, covacha) sin perder una gracia que le es propia,
y que puede manifestarse, de modo inesperado, en la sola
voluta de forja que cierra el rastrillo de una puerta de
pobrísima y despintada tabla.
Cuando, con este siglo, empezaron a crecer balcones en
las fachadas -obsérvese que en las viejas mansiones
coloniales los balcones, por lo general, son escasos y
exiguos, salvo en las que los tienen de sobradillo y
balaustrada de madera- enlazándose, en proceso de
continuidad, de una esquina a otra, aparecieron esos
elementos inseparables de la rejería cubana que son los
guardavecinos, puestos para deslindar las
porciones del aéreo mundo destinado a los altos
municipales de éste o aquél. El guardavecinos fue como
una frontera decorativa, puesta en el límite de una
casa, o, en todo caso, de un piso, repitiéndose en él
-multiplicándose, por lo tanto- toda la temática
decorativa que ya había nacido en las rejas puestas al
nivel de las calles, aupándose, elevándose, con ello el
barroquismo de los elementos arquitectónicos acumulados
por la ciudad criolla al nivel de la calle. Nacieron
allí, en lo alto, nueva liras, nuevas claves de sol,
nuevos rosetones, remozándose un arte de la forja que
estaba en peligro de desaparecer con los últimos
portafaroles (todavía quedan algunos, muy hermosos y
ocurrentes, en La Habana) que solían sacar el brazo
propicio sobre el arco de la puerta mayor cuyos
guardacantones, por lo demás, se integraban en un
mundo peculiar, contemporáneo de los coches con calces
de metal.
Todavía quedan algunos guardacantones, en las ciudades
cubanas, verdecidos por el salitre, empastados de
herrumbres, entre cuyos arabescos decorativos ha
descubierto la cámara reveladora de Pablo Gasparini, un
inesperado mundo poblado de signos solares, de toscos
motivos ornamentales que pueden tomarse por figuraciones
de estrellas -vagos petroglifos que añaden su
personalidad a cuanto se les integra en lo exterior. Con
la columna, la reja, el guardavecinos, el guardacantón
-a veces un motivo de adorno, en el remate de una
ventana; un encaje de madera calada; un mascarón; una
boca de gárgola en la esquina de un tejado- el estilo
cubano se ha definido para la calle. Nos falta, ahora,
conocer los barroquismos interiores.
VI
Así como los alarifes españoles trataron, en los días de
la temprana Colonia, que las urbes de esta llave y
antesala del Nuevo Mundo, tuviesen el mayor número
posible de esquinas de fraile -hasta el punto de
anhelar el imposible de que todas lo fuesen y, para
ello, recurrieron, más de una vez, al ardid de la
encrucijada de cinco calles- el interior de la casa
cubana fue durante siglos, tradicionalmente, guardador
de penumbras e invitación a la brisa, con un juicioso
aprovechamiento de sus rumbos. No había casa, en los
días de mi infancia, donde no estuviese perfectamente
localizado el lugar del fresco, que solía
desplazarse de primaveras a otoños cuyo ámbito era
juiciosamente aprovechado por los moradores, quienes, en
prueba de amistad, revelaban sus arcanos a algunos
visitantes escogidos. El lugar del fresco rompía,
por lo demás, con las reglas de la urbanidad al uso. Si
el lugar del fresco estaba allá, en un rincón del
traspatio, o en la proximidad de las cocinas, no
tardaban los habitantes, luego de una conversación
protocolaria en un gran salón que era siempre, como por
casualidad, el lugar menos fresco de la casa, a
trasladar sillones y butacas a donde empezara a
descender el terral de las nueve, o, en ciertos meses,
una "brisa de Cojímar" que, por encima del puerto, traía
sus alientos de lluvias lejanas. De ahí que la obsesión
de tener amaestrado algún lugar del fresco
originara la multiplicación de las mamparas.
Si acudiésemos a las definiciones de un diccionario
corriente, tendríamos de la mampara -"cancel movible
hecho de un bastidor de madera, de tela o cuero…"
etcétera- una idea muy distinta, en verdad, del
importantísimo elemento decorativo y arquitectónico que
se inscribió en la residencia cubana hace siglos,
desempeñando una función que fue determinativa del
estilo de la vivienda. Porque la mampara, puerta trunca
a la altura del hombre, fue la verdadera puerta interior
de la casa criolla, durante centenares de años, creando
un concepto peculiar de las relaciones familiares y, en
general, de la vida en común. La mampara clásica de la
clase media cubana era todavía, en días de nuestra
adolescencia, una puerta superpuesta -en cuanto a la
colocación de los goznes- a la puerta real, que nunca se
cerraba o abría sino en casos de enfermedad o muerte del
morador de una estancia, o cuando soplaban los nortes
del invierno. Su parte inferior era de madera en las
casas de vivienda -no así en las oficinas- y se adornaba
en la parte superior, por lo general, de dos piezas de
cristal opaco a menudo adornadas de calcomanías,
rematadas, en lo alto, por una moldura de madera de
diseño un tanto ojival, cuyos dos cuerpos eran cerrados
por una borla de madera semejante a una granada. Las
calcomanías decorativas, según fuese el gusto del
morador, representaban manojos de flores, pequeños
paisajes, o escenas humorísticas de tipo callejero -el
requiebro a la mulata, al marinero de juerga, al asno
empecinado- cuando no conjugaban el tema geométrico
(greca, astrágalos, arabescos…) comprados al metro en
alguna locería bien surtida. La mampara, que aislaba a
los moradores lo suficientemente para que no pudiesen
verse unos a otros, originaba, en las casas de mucha
prole y mucha parentela, el hábito de conversar a
gritos, de un extremo a otro de la vivienda, para mejor
información al vecino de menudos conflictos familiares.
El problema de la "incomunicabilidad", tantas veces
planteado por los novelistas recientes, no se planteaba
en casas de mamparas, vibrantes de cristales que
transmitían cualquier pregón hasta las íntimas penumbras
del patio de las arecas y albahacas. En la morada
señorial, en cambio, la mampara era majestuosa y maciza.
Se adornaba de espesas tallas inspiradas en motivos
vegetales que en mucho evocaban los encrespamientos del
Borromini.
En los días de mamparas vivas, expresivas, obra de
artesanías presentes, no era lo mismo una mampara de
casa-vivienda, una mampara de colegio ?las había que
ostentaban un JHC o un Santiago Apóstol? que una mampara
recortadísima, en lo bajo, donde deseábase que los
transeúntes, al pasar ante una taberna, viesen que
alguna mujer del rumbo estaba sentada allí, de ligas
bien puestas, con las piernas al desgaire. Por el
empaque de la mampara, se sabía dónde se estaba, quiénes
eran los amos y qué comportamiento había que adoptar. La
mampara participaba del moblaje, de la decoración
interior, de la heráldica, y hasta de la ética de la
mansión. Estaba a medio camino entre las vegetaciones
del patio y aquella polícroma frontera entre lo que era
de la penumbra y lo que era del sol, que era el medio
punto, elemento fundamental del barroquismo cubano.
V
El medio punto cubano ?enorme abanico de cristales
abierto sobre la puerta interior, el patio, el
vestíbulo, de casas apostilladas de persianas, y
solamente presentado con iluminación interna, palaciega,
en las ventanas señeras de edificaciones de mucho
empaque? es el brise-soleil inteligente y
plástico que inventaron los alarifes coloniales de Cuba,
por seguro razonamiento, mucho antes de que ciertos
problemas relacionados con la luz y la penetración de la
luz preocuparan, en Río de Janeiro, a un famoso
arquitecto francés. Pero cabe señalar aquí, de paso, que
el brise-soleil de Le Corbusier no colabora con
el sol, quiebra el sol, rompe el sol, aliena el
sol, cuando el sol es, en nuestras latitudes, una
presencia suntuosa, a menudo molesta y tiránica, desde
luego, pero que ha de tolerarse en plano de
entendimiento mutuo, tratando de acomodarse con él, de
domesticarlo en cuanto sea posible. Pero, para entablar
un diálogo con el sol, hay que brindarle los espejuelos
adecuados. Espejuelos que sirvan al sol para ser más
clemente con los hombres. De ahí que el medio punto
cubano haya sido el intérprete entre el sol y el hombre
-el Discurso del Método en plano de
inteligibilidad recíproca. Si el sol estaba presente,
tan presente que a las diez de la mañana su realidad se
hacía harto deslumbrante para las mujeres de la casa,
había que modificar, atenuar, repartir, sus fulgores:
había que instalar, en la casa, un enorme abanico de
cristales que quebraran los impulsos fulgentes, pasando
lo demasiado amarillo, lo demasiado áureo, del incendio
sideral, a un azul profundo, un verde de agua, un
anaranjado clemente, un rojo de granadina, un blanco
opalescente, que diesen sosiego al ser acosado por tanto
sol y resol de sol. Crecieron las mamparas cubanas. Se
abrieron, en su remate, los abanicos de cristales y supo
el sol que, para entrar en las viejas mansiones ?nuevas
entonces? había que empezar por tratar con la aduana de
los medios puntos. Ahí estaban los almojarifazgos de la
luz. Ahí se pagaban, en atenuaciones, los derechos de
alcabala de lo solar.
Pero el medio punto cubano, visto de modo crítico, no
pasa de ser un vitral de fraccionamientos amplios,
inapto a las detallísticas del historiar, que no se hace
propicio a la narración de algo. A veces, en el medio
punto se insinúa la figuración de una flor, de un motivo
de heráldica, de algún penacho barroco. Pero nunca se
llega ahí a la figuración. La construcción plana, de
cristales traspasados por un sol mitigado, amaestrado,
es de composición abstracta antes de que alguien pensara
en alguna posibilidad de abstraccionismo sistemático.
Triángulos combinados, ojivas entrelazadas, despliegues
de colores puros, manos de enormes cartas, definidos y
barajados en cien casas de La Habana, que explican, por
su presencia a la vez añeja y activa, ciertas
características de la pintura cubana contemporánea. La
luz, en los cuadros que esa pintura representa, les
viene de adentro. Es decir: de fuera. Del sol colocado
detrás de la tela. Puesto atrás del caballete.
En cuanto a los millares de columnas que modulan?
es decir: que determinan módulos y medidas: un
modulor...? en el ámbito habanero, habría que buscar
en su insólita proliferación una expresión singular del
barroquismo americano. Cuba no es barroca como México,
como Quito, como Lima. La Habana está más cerca,
arquitectónicamente, de Segovia y de Cádiz, que de la
prodigiosa policromía del San Francisco Ecatepec de
Cholula. Fuera de uno que otro altar o retablo de
comienzos del siglo XVIII donde asoman los San Jorges
alanceando dragones, presentados con el juboncillo
festoneado y el coturno a media pierna que Louis Jouvet
identificaba con los trajes de los héroes de Racine,
Cuba no llegó a propiciar un barroquismo válido en la
talla, la imagen o la edificación. Pero Cuba, por
suerte, fue mestiza ?como México o el Alto Perú. Y como
todo mestizaje, por proceso de simbiosis, de adición, de
mezcla, engendra un barroquismo, el barroquismo cubano
consistió en acumular, coleccionar, multiplicar,
columnas y columnatas en tal demasía de dóricos y de
corintios, de jónicos y de compuestos, que acabó el
transeúnte por olvidar que vivía entre columnas que era
vigilado por columnas que le medían el tranco y lo
protegían del sol y de la lluvia, y hasta que era velado
por columnas en las noche de sus sueños. La
multiplicación de las columnas fue la resultante de un
espíritu barroco que no se manifestó ?salvo excepciones?
en el atirabuzonamiento de pilastras salomónicas
vestidas de enredaderas doradas, sombreadoras de sacras
hornacinas. Espíritu barroco, legítimamente antillano,
mestizo de cuanto se transculturizó en estas islas del
Mediterráneo americano, que se tradujo en un irreverente
y descompasado rejuego de entablamentos clásicos, para
crear ciudades aparentemente ordenados y serenas donde
los vientos de ciclones estaban siempre al acecho del
mucho orden para desordenar el orden apenas los veranos,
pasados a octubres, empezaran a bajar sus nubes sobre
las azoteas y tejados. Las columnatas de La Habana,
escoltando sus Carlos III de mármol, sus leones
emblemáticos, su India reinante sobre una fuente de
delfines griegos, me hacen pensar ?troncos de selvas
posibles, fustes de columnas rostrales, foros
inimaginables? en los versos de Baudelaire que se
refieren al "temple où de vivants piliers / laissaient
entendre parfois de confuses paroles".
Nota
* Texto escrito para acompañar un álbum de ciento veinte
fotografías de Paolo Gasparini en torno a motivos
estilísticos de la arquitectura cubana.
Tomado de Alejo Carpentier. Ensayos. Ed. Letras
Cubanas, 1984.
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