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JOSÉ MARTÍ Y EL PROYECTO CUBANO
DE EMANCIPACIÓN
Recuperar, enaltecer, asimilar el pasado, era para Martí
una estrategia de fundación; su excepcionalidad creadora
como individuo le abría senderos colectivos a la
existencia nacional. Cuba nacía en él, de él, pero él
nacía de Cuba, sintetizaba y transformaba su historia.
Enrique Ubieta Gómez
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La
Habana
En un lugar perdido de la geografía latinoamericana -tan
lejano de Dios como cercano al vecino codicioso- hallé
hace algunos años una pregunta insólita, de ésas que nos
sorprenden por su extraña manera de apresar esencias. Me
la entregó urgido de respuesta un joven campesino
semianalfabeto: ¿es verdad que Fidel existió? El
espíritu redentor del cristianismo actualizaba en sus
palabras el ansia insatisfecha de justicia; el mito
irrumpía como fuerza revitalizadora de la utopía. ¿Cómo
podía saber él que en ese mismo instante un académico
circunspecto y ferozmente objetivo diagnosticaba la
muerte de la historia? La historia toda, sin embargo, se
resumía a sí misma en una pregunta, en un intento
provisionalmente último de rescatar la esperanza, en un
sencillo preguntador. Porque ésa, su pregunta, ¿acaso no
intentaba reconstruir el futuro? Porque la historia es
horizonte, el que se deja atrás y el que se tiene
delante, es movimiento, es vida. Hacia lo porvenir
avanza agazapado el historiador, incluso a pesar suyo,
por eso la pérdida de un horizonte visible supone,
paradójicamente, el fin de la historia.
La historia le tiende sus trampas al incauto y al
vanidoso. Intercedemos en el pasado para reorganizar el
presente y prever el futuro. Tal interés debe ser
considerado como natural si entendemos que el pasado no
se diluye en la nada, que nosotros somos de alguna
manera su resultado, lo que no nos impone necesariamente
la aceptación de una concepción teleológica de sus
hechos. Nuestra identidad nacional y colectiva se
sustenta en los mil detalles de una biografía o
trayectoria humana; otra biografía hubiese engendrado
otra personalidad u otra cultura, otro pueblo.
Recuperar, enaltecer, asimilar el pasado, era para Martí
una estrategia de fundación; su excepcionalidad creadora
como individuo le abría senderos colectivos a la
existencia nacional. Cuba nacía en él, de él, pero él
nacía de Cuba, sintetizaba y transformaba su historia:
lo individual y lo colectivo (lo nacional o simplemente
lo humano) se fundían en una trayectoria única, original
y (pre)vista.
Si asumimos que José Martí es el héroe por excelencia,
el fundador de la nación -no en el tiempo cronológico,
pero sí en el total- y lo colgamos con su
sencilla seriedad y sus vigilantes ojos en la pared del
aula o del taller, podríamos reducirle a símbolo patrio,
en el mismo sentido en que lo son la bandera y el himno
nacional; de esa forma no necesita de estudios críticos,
tal como, por ejemplo, el himno nacional se salva del
escalpelo de los críticos musicales. Poco, sin embargo,
nos serviría esa estampa sin vida del Apóstol; contra
ella se pronunció la generación de cubanos que fue
contemporánea de Mella y de Martínez Villena, por
revivirle se lanzó al combate en 1953 la generación de
aquel otro Centenario. No obstante, algunos que esgrimen
el pretexto de su siempre posible deificación, no
aceptan a un Martí vivo, capaz de acompañarnos aún y lo
confinan al exclusivo ámbito de la literatura (no de la
poesía que es realidad y creación permanente, como ha
sugerido Cintio
Vitier, sino de la literatura, que suele ser
ficción). Pero José Martí también es un símbolo patrio,
porque su humanidad excepcional abre el sentido fecundo
de su vida a la intemporalidad.
El estudioso de la cultura y la historia de Cuba no
podría eludir su encuentro con esa figura trascendente,
por cualquiera de los caminos posibles de elegir: la
política, el pensamiento en sus diferentes aristas pero
siempre en su integralidad, la poesía, etc. Su encuentro
con Martí no sólo sería inevitable, sino decisivo para
el entendimiento posterior de la cultura nacional. Esta
realidad extrema ha obligado a los detractores de la
Revolución cubana a reconsiderar los vínculos del
Apóstol con el proceso revolucionario. Algunos de estos
autores han reconocido explícita o implícitamente la
congruencia de esos vínculos, ya sea por el sustrato
antimperialista, francamente subversivo del sistema
vigente de relaciones internacionales, como por su
manifiesto empeño ético y libertario (por su relación
resistente ante el proyecto metropolitano
colonialista y por su acción creadora de un proyecto
alternativo para Cuba y América Latina).
Suelen, sin embargo, anteponerse dos objeciones
descalificadoras, que adquieren en cada autor matices
propios, no siempre asociados a demarcaciones
abiertamente políticas: 1) que Martí era un utopista
antimoderno, anclado en la lógica literaria; la
oposición a la Modernidad que se le atribuye es
supuestamente un acto de resistencia al pleno desarrollo
de las relaciones monetario-mercantiles (a lo que
podríamos añadir: de aquellas que generan y afianzan el
colonialismo) y 2) que la Revolución, como ideología, se
sustenta en una tradición discursiva de indudable
presencia y fuerza en la historia cubana, pero agotada
ya en sus posibilidades, y que ignora también, al menos,
otra tradición discursiva que debe ser rescatada. Hay
que añadir que cierta imagen maniquea de su obra y de su
persona ha condicionado y posibilitado tales
argumentaciones.
La primera objeción es engañosa: no existen en Martí
cauces puros, su lógica literaria es también política y
filosófica. Si se ha sobredimensionado su faceta
política en las últimas décadas ello se debe a que José
Martí fue en su momento, sobre todas las demás cosas,
por voluntad y vocación de servicio propios, un político
-aún cuando lo fue de manera integradora y original,
como corresponde a un hombre de su estatura creadora- y
hoy, lo necesitamos en Cuba, en su América y su otro
(tercer) mundo, como político. Pero si hoy
reclamamos su liderazgo es precisamente porque su vida
y su obra escrita se entrelazan y determinan mutuamente,
porque no fue un político en el sentido estrecho
y profesional del término, sino un revolucionario
integral, un fundador de pueblos, un iniciador de
época. No fue un poeta (aunque sí uno de los más grandes
poetas), no fue un pensador (aunque sí el más grande de
su tiempo), no fue un político (aunque lo fuese también
de manera excepcional): fue un revolucionario, un
creador, que asumió la cultura como totalidad
indivisible.
La otra trampa que contiene aquella primera objeción
radica en el punto de partida: un modelo
de modernidad, históricamente el primero y sin duda
dominante, que descalifica por antimoderno todo proyecto
alternativo. En este punto, los argumentos son
tortuosos. La Modernidad es el proyecto liberal,
capitalista, supuestamente imperecedero y estéril,
incapaz de reconocer a sus hijos: el contraproyecto
marxista y el anticolonialista. Se nos habla de la
imposibilidad de arribar a definiciones que se erigen
sobre contraproyectos, como si nuestra realidad no fuese
referencial por su origen específicamente moderno y se
nos sugiere incluso la necesidad de renunciar al
espíritu, para recuperar la letra en la obra de Martí,
como si ambos viviesen existencias paralelas u opuestas.
Entiendo que se quiere eludir el amplio y contradictorio
espectro de interpretaciones, para rescatar el texto
originario, pero si cercenamos el sentido de esa
obra, de muy poco nos servirían las palabras y sus
significados chatos: sin los contextos que le otorgan el
sentido, el significado de los textos, el discurso
mismo, no sobreviviría. La deslumbrante belleza, el
chispazo que atrapa y enciende el alma de los textos
martianos, es consustancial al gesto, radica en la
palabra o el giro imprevisto, pero exacto, en la
formación de una idea, en las calas sucesivas que
realizan las palabras, sus palabras, en la vida, la
presente, la por venir: palabras, actos o como suele
repetirse, palabras que son actos.
Pero la contextualización que pedimos de la obra del
Apóstol, ¿no implica el inevitable descrédito actual de
sus enunciados? José Martí se ubica en el borde exterior
de una época que crea a su medida; es el fundador, no
sólo (no tanto) de un pueblo, como de un tiempo
histórico: abre con su vida y su obra caminos no
transitados antes frente a problemas que perduran porque
caracterizan la nueva circunstancia histórica. No es un
pensador decimonónico: Martí, que cae abatido en 1895,
inicia en Cuba el siglo XX, Varona, que muere incorrupto
y digno, pero superado, en 1933, cierra nuestro siglo
XIX. Las fechas de la casualidad no deben oscurecer las
que nutren y definen la historia.
Se ha señalado también la conveniencia de relegar las
formulaciones más evidentes -y posiblemente de más uso y
abuso- para rescatar otras más distantes u ocultas que
nos traerían subordinaciones de signo inverso. Enrico
Mario Santí lo dice explícitamente: “se ha vuelto
relativamente menos importante recordarnos el
antimperialismo de Martí, al que la lectura redentora
está aliado, que otro aspecto de su obra, como por
ejemplo, su reformismo liberal”.
Pero aunque ciertamente nuestro hombre mayor se alimentó
del liberalismo primigenio -diferente del actual
devastador neoliberalismo-, sus concepciones
político-filosóficas-literarias lo rebasan en un punto
esencial y definidor: en su caso, la utilidad
-que es la de su pueblo colonizado- está
irremisiblemente aliada a la verdad, a la justicia y a
la belleza. Sólo una comprensión totalizadora de la
cultura como la que hallamos en Martí puede hacer
posible esa integración, la que a su vez nos conduce a
las profundidades anheladas por los críticos de las
lecturas vigentes de su obra, que, sin embargo, no la
perciben en esas zonas fecundas, y a los orígenes de
todo acto de fundación.
Martí es síntesis y creación. Lo real no es para él
únicamente lo tangible o comprobable, sabe que el
manantial de la vida se nutre de ríos subterráneos, que
la realidad viva contiene la invisible posibilidad, que
el futuro no sobreviene predestinado, sino que se
construye, se crea, por momentos a pasos breves y
constantes, de repente a saltos, vuelos rápidos, algunos
insospechadamente atrevidos. Crear significa rebasar,
transgredir, rehacer. El carácter “siempre en proyecto”
de su República no se sustenta en una supuesta
inviabilidad de origen literario,
sino en la capacidad revolucionaria del proyecto
martiano abierto a nuevas posibilidades históricas. Si
lo entendemos bien, la suya es precisamente una
formulación no ontológica de la identidad nacional.
La búsqueda o el reforzamiento de la identidad nacional
en los países colonizados es un acto político: un poema
de amor, una reflexión sobre el hombre son
potencialmente subversivos. No dudó Martí en asumir y
defender la obra poética de Julián del Casal, el fino
poeta de versos atormentados. Pero el patriotismo
tercermundista, ¿es un anacronismo remediable, una
irreflexiva obsesión política, sustentada en viejas y no
curadas heridas históricas? “El patriotismo es
censurable cuando se le invoca para impedir la amistad
entre todos los hombres de buena fe del universo, que
ven crecer el mal innecesario, y le procuran
honradamente alivio –escribía Martí--. El patriotismo es
un deber santo, cuando se lucha por poner a la patria en
condición de que vivan en ella más felices los hombres.”
La defensa de la identidad ha sido en Cuba un permanente
ejercicio de inclusión y apertura que no pretende el
aislamiento, sino una integración justa a la totalidad
humana.
¿Puede alguien dudar de que la discusión teórica y
cultural en la Cuba de fin de siglo y de milenio,
finales que pretenden extenderse como una maldición
sobre todos los proyectos incumplidos de la centuria, es
profundamente política? La segunda objeción pretende
restaurar subrepticiamente, sobre el fundamento de un
supuesto o real desgaste de la teoría revolucionaria, el
hilo conductor de la República prerrevolucionaria, el
discurso vencido de la neocolonia, no para rescatar las
necesarias confluencias, los puntos de mutua
fecundación, sino para suprimir el presente desde la
historia deseada. Si el discurso revolucionario ha
unido, según otro autor, “nociones tan abstractas como
patria, revolución, socialismo, independencia,
soberanía, nacionalidad…”,
no ha sido por una insana vocación simplificadora, sino
porque existe, aunque no esté de moda el decirlo, un
proyecto desintegrador que enarbola un discurso
transnacionalista (práctico y útil, desde luego, para
las naciones desnacionalizadoras), fundado en
concepciones “técnicamente” irreprochables, pero ajenas
a cualquier reparo ético, y enfrentado a una tradición
nacional que subvierte ese injusto orden internacional.
En las sociedades neocoloniales de nuestra América, los
individuos o son seres marginales o dependen de la
colectividad. La libertad individual sólo es posible
desde la emancipación nacional: lo nacional (lo
colectivo) y lo individual se sustentan mutuamente.
II
Hemos convenido en que José Martí abre al país senderos
desconocidos en su quehacer múltiple, que su
originalidad individual se transforma en virtud
colectiva, que lo nacional y lo personal se funden en
inesperada acción creadora. ¿Significa esto que Martí
inventa a Cuba, que su prosa espléndida urde un país
inexistente e imposible? ¿Debemos asumir acaso que las
elites intelectuales “escriben” la historia de los
pueblos con la sangre de su tinta? El absurdo corroe
tendenciosamente una verdad, como todas, necesaria.
No se ubica Martí en la trinchera del deber ser,
perspectiva que intenta imponer dogmáticamente el ideal
histórico a la historia real; su mirada ahondadora cala
en las fuentes de la vida e intuye su natural poder
ser, aquel que configura el costado no visible de la
realidad. Si desconfía de los hechos en su exterioridad
no es por una supuesta e innata actitud literaria, sino
porque conoce y asume la vida en alma y cuerpo, con los
ojos y las manos, con la experiencia y la razón, porque
conoce rehaciendo, participando en los desenlaces,
previéndolos y previniéndolos. Esta era la pequeña gran
diferencia de Martí con sus contemporáneos: el acto de
creación se produce en él misteriosamente, allí donde
confluyen el ser y su posibilidad mejor.
¿Cómo hallar en una historia cultural de apenas
doscientos años -historia reciente nacida de milenarias
historias- el momento específicamente nacional,
irruptor? Lo cubano en la poesía, obra ejemplar
de Cintio Vitier, persigue con ánimo detectivesco el
peculiar itinerario de la sensibilidad humana en el país
y descubre en esa peculiaridad la revelación de lo
nacional. No es una sensibilidad peculiar, como
pareciera, la que define a un pueblo, sino la diferente
trayectoria histórica que instruye y determina esa
sensibilidad. En los comienzos de una nación, ¿cómo
distinguir entre la originalidad del individuo y la de
su colectividad?, ¿será suficiente el señalamiento de
ciertos atributos externos -esencialmente ajenos a lo
poético- y de ciertas alusiones al contexto histórico o
natural? En sociedades nuevas y colonizadas, el
individuo solo puede redimirse en la colectividad, lleva
en el pecho grabado el designio “injurioso” de su
origen; si por una parte, la ausencia de una tradición
hace coincidir en una única originalidad lo individual y
lo colectivo -no de manera arbitraria, por cierto-, de
la otra establece la emancipación nacional, colectiva,
como ineludible condición de la emancipación individual.
Tal grado de interdependencia alcanza en José Martí -un
hombre para quien la vida fue parte esencial de su obra-
la dimensión de lo fundacional.
¿Cómo explicar hoy, que se extiende por el mundo el
rechazo a la totalidades discursivas, consideradas -en
general, justamente- como instrumentos opresores de las
partes y el rescate de la diferencia, el segmento, la
discontinuidad y el libre arbitrio, esta identificación
de lo individual y lo colectivo en la cultura cubana y
particularmente en la obra de Martí? En primer lugar,
debe considerarse que la historia de los pueblos
latinoamericanos -hablo de estos ya como tales-, inicia
(se inicia con) la Modernidad. El Nuevo Mundo es
así denominado para el comercio y la explotación del
Viejo Mundo: dos mundos que ya no podrán existir
paralelamente. La historia de Europa, ¿puede desde
entonces escribirse ignorando la existencia de esas
colonias de ultramar que le aportaban riquezas, pero
también nuevas ideas en virtud de las nuevas realidades
que imponían? La historia de América, evidentemente, no
puede ser escrita al margen de la historia europea, es
decir, universal.
En Cuba, el exterminio de los pueblos indígenas hace que
la nueva nacionalidad surja desprovista de una tradición
precolombina. El extranjero blanco (el español) se
establece en el país como modelo de hombre y le reserva
la condición de Otro al criollo y al africano o a
su descendiente; la tendencia natural de nuestra cultura
es la de mostrar no su otredad -reconocida, pero como
defecto-, sino su diferente humanidad, su pertenencia a
la totalidad humana. El concepto de identidad que se
defiende es integrador, no aislador; se busca el
reconocimiento de lo diferente como confirmación de lo
universal. El ajiaco orticiano
asimila los más diversos ingredientes y acaba
“olvidando” los orígenes.
También en nuestros países ha sido utilizada la historia
para conformar identidades falsas o idílicas en las que
“la solidaridad nacional” se esgrime como argumento
desmovilizador de las aspiraciones sociales. Nos urge la
recuperación plena del indio, del negro, de las mujeres
-reclamo martiano-, necesitamos la destrucción de tales
identidades ciegas y de sus presupuestos eurocentristas
y criollocentristas, para construir nuevas y
democráticas totalidades que nos integren y defiendan.
No debemos consecuentemente renunciar a la totalidad,
sino reconstruirla. La “atomización” desentendida del
todo que nos proponen los centros ideológicos
metropolitanos, es una invitación al suicidio político.
La batalla por el pasado -en realidad por el presente y
por el futuro- incluye también la batalla por las
palabras. Lo utópico es para el pensamiento
contrarrevolucionario (que esquematiza el uso
específicamente histórico que le dio el marxismo) una de
las supuestas insuficiencias de la modernidad; se trata
de un esfuerzo desorientado e inútil porque se sustenta
sobre “falsos” presupuestos: el progreso como categoría
histórica y la propia historia como una estructura
temporal de acontecimientos que puede ser explicada
racionalmente.
La delimitación de una tradición utópica (prescindible)
en la cultura cubana, vinculada como es obvio a su
Revolución más reciente y plena -es decir, de una
corriente que, según se sugiere, no sobrepasa el nivel
especulativo de una generosa fantasía social-, asociada
al concepto de resistencia, cuya órbita de
significados sintetiza toda la historia del llamado
Nuevo Mundo, lo mismo de las culturas precolombinas que
de las criollas y nacionales, es un peligroso ejercicio
excluyente de las fuentes más legítimas de la existencia
nacional.
Pero nuestra prevención ante el uso tendencioso del
término se confirma en la siguiente pregunta: ¿cual
resistencia es la que se cataloga de utópica? El término
antimoderno usado por algunos nos ofrece una respuesta
aparentemente diáfana aunque contradictoria: se trata,
dicen, de una tendencia moralizadora que se apoya en los
valores tradicionales del cristianismo, opuesta al
dinero, al libre comercio, preocupada no del presente y
sus acuciantes problemas, sino de un futuro idealmente
diseñado. Opuesta, pues, al liberalismo como
expresión máxima y única de la modernidad. La trampa que
se nos tiende es doble, porque lo que supuestamente
resiste -a pesar de su continua alusión “utópica” al
futuro- tiene cierto irresistible tufillo a pasado,
predecible en el propio término utilizado y reafirmado
en la descripción de su “contenido” y porque la
modernidad, tiempo histórico que inaugura el
capitalismo, queda definitivamente reducida (aún con sus
“post”) a ese sistema. La pretendida superación de esa
modernidad -propósito en que coinciden por sus proyectos
reordenadores, como hemos dicho, tanto el pensamiento
marxista como el anticolonialista más consecuente- es
paradójicamente cosa del pasado.
Si enfrentamos, como es nuestro deber y al parecer se
nos exige, la recuperación de la totalidad del
pensamiento cubano -aun cuando sabemos que cualquier
acercamiento al pasado es interesado, es decir,
responde a nuestras expectativas, al sentido explícito
o no de nuestras búsquedas-, advertiremos una nueva
trampa: para los reclamantes, esa totalidad se encuentra
históricamente escindida en dos líneas, una pragmática,
realista y moderna, otra utópica, moralista y
antimoderna. Deshacernos de la utópica como pareciera
corresponder es un acto que trasciende escandalosamente
la retórica del texto, sobre todo porque en un país que
ha hecho una Revolución auténtica hablar de la
improcedencia absoluta del discurso revolucionario
(utópico), puede resultar poco más que extemporáneo y
porque, desde luego, si nuestro declarado propósito es
recuperar la totalidad de un pensamiento (¿o será
solo de algunas tendencias?), ¿cómo vamos a prescindir
de esa mitad, que integran nada menos que hombres como
Caballero, Varela, Luz y Martí, entre otros? Solo
nosotros, se afirma, podemos y debemos encontrar el
punto medio, la integración deseada de ambas líneas
históricas; pero si los extremos son, como se dice, el
realismo pragmático y el moralismo utópico, ¿cuál es el
punto intermedio?, ¿existe acaso alguno entre la
irrealidad y la realidad? Los presupuestos de partida
impiden cualquier solución integradora que no sea la
aspiración previa de situar nuestras aspiraciones en el
ámbito de lo posible.
Evidentemente, la cultura cubana reclama la síntesis
provisional -no podría ser de otro modo, pues nunca
sería otra cosa que una síntesis instrumental,
valga la palabreja-, que reincorpore a su trinchera de
creación otras tendencias históricas menos favorecidas
por la dinámica social. Pero esa síntesis no puede
asumirse de forma ingenua. Es, todos lo saben, una
decisión político-cultural de trascendencia cultural y
política. Un profesor universitario mexicano reclamaba
hace algunos meses el abandono de cierta tradición
“romántica”, “espiritualista” latinoamericana y la
necesidad de asumir una actitud pragmática ante la
realidad contemporánea, si no queremos, decía, perecer
en este nuevo mundo globalizado. Aconsejaba entre otras
cosas un acercamiento desprejuiciado a la cultura
norteamericana, de la que debíamos aprender también,
según él, el acatamiento a los hechos y el sentido del
cambio. Discusión permanente de la historia de nuestras
ideas, cíclicamente renovada en sus extremos. ¿Son
obsoletas las advertencias y las prevenciones de José
Martí ante el coloso del Norte? Los gobernantes
latinoamericanos, ¿qué han hecho sino tratar de imitar
siempre el modelo norteamericano? Por último, el
pragmatismo que se quiere reivindicar, ¿es la aceptación
acrítica, pasiva, de los hechos, valga decir, del
neocoloniaje? Si no queremos desaparecer en este mundo
norteamericanizado, tendremos que defender, con
algo más que con palabras, el ideal de independencia y
de unidad latinoamericana.
Acostumbrados quizás a los esquemas y a los manuales, en
la crítica de ambos suelen proponerse nuevos esquemas y
manuales de signo inverso. Semejante perspectiva
esquemáticamente dual de la cultura cubana, destruye la
comprensión posible de cada época histórica como una
totalidad: Arango y Parreño, Saco y Caballero no son al
parecer coetáneos, sino hombres que supuestamente viven
y actúan en mundos diferentes, tanto por sus necesidades
como por sus expectativas. Pero los hechos son
obstinados. Como ha expuesto Eduardo Torres Cuevas,
el proyecto de Arango es reformista ilustrado -es decir
que no era estrictamente ni liberal, ni democrático-, y
fue presentado de manera orgánica, en sus aspectos
económico, filosófico e histórico, por una pléyade de
intelectuales de su generación, entre los que se
destacan los antes mencionados.
III
Justo de Lara
nos presenta, en un artículo que titula “La verdad
histórica” (1891), una anécdota reveladora de las dudas
y limitaciones propias del quehacer historiográfico: una
noche de otoño -dice-, el rey Carlos XI de Suecia se
hallaba como de costumbre en sus habitaciones de
palacio, junto a varios ministros de la Corte. Desde su
ventana pudo observar que el salón principal estaba
extrañamente iluminado, como si hubiese alguna fiesta;
ninguno de los hombres de su séquito pudo explicarle
aquel hecho insólito y el Rey decidió acudir al lugar.
Al llegar comprobó espantado que en el salón bailaban
seres fantasmales ante un cuerpo ensangrentado que
vestía con las insignias reales y ocupaba el trono. Esa
misma noche el Rey contó lo acaecido en un pergamino que
firmaron, como testigos oculares, todos los presentes y
que fue sancionado con el cuño real. Semejante
documento, probablemente legítimo, se conserva, pero
¿constituye una prueba histórica? Si el hecho narrado
hubiese sido otro, aceptaríamos el pergamino como
demostración irrefutable. Lo que nos induce obviamente a
rechazar en este caso el documento, es su
inverosimilitud. Justo de Lara sonriente, nos guiña un
ojo: si el hecho fuera verosímil, aceptaríamos de
inmediato la versión escrita.
La historia cuenta desde luego con instrumentos de
análisis muy variados que se complementan mutuamente,
pero de cualquier manera el investigador debe
reconstruir hechos y situaciones que transcurrieron
muchos años, en ocasiones décadas y siglos, antes de su
existencia. Y al hacerlo, selecciona datos y textos,
personajes y contextos; reconstruir la historia
significa construirla nuevamente, aunque no de manera
arbitraria. Cabría afirmar en todo caso que cada nueva
mirada interesada aporta elementos históricos
anteriormente desconocidos o marginados; si convenimos
en que la verdad está contaminada de impurezas y que
todo discurso racional se afirma sobre un mínimo de
concordancia con los hechos y es depositario, en
consecuencia, de un mínimo de veracidad, cada nueva
exigencia social, a pesar de su marcado sentido
ideológico, iluminará un aspecto no suficientemente
visto con anterioridad y significará a la postre un
ahondamiento en el conocimiento histórico. Pero no es
posible identificar lo verdadero con lo racional, ni
pretender que un mínimo de veracidad convierta una
afirmación en verdadera. Lo verdadero es lo esencial; la
verdad histórica es la que nos revela el sentido lógico
de los acontecimientos, más allá de las pequeñas
verdades que conforman la casualidad y la mentira.
A cien años de su caída en combate, José Martí vive. Su
vigencia es múltiple: como escritor que inaugura la
modernidad literaria hispanoamericana; como político
antimperialista -nunca antinorteamericano- y
anticolonialista -jamás antiespañol-; como fundador de
un partido político que debía conducir la guerra de
independencia hacia una revolución que instauraría en
Cuba y Puerto Rico un modelo alternativo de modernidad;
como pensador, capaz de aunar la acción y la palabra y
desde su peculiar sensibilidad poética arribar a una
visión ecuménica de la realidad, al convencimiento de la
identidad de lo verdadero, lo justo y lo bello. Marx y
Martí, el primero desde su sensibilidad científica, el
segundo desde su sensibilidad poética, avanzan hacia una
comprensión y una ejecución de la cultura como
totalidad. Ambos elaboran, como revolucionarios, sus
respectivos contraproyectos de modernidad, los que deben
ser considerados en su interrelación, porque no son
excluyentes. La Cuba finisecular del XX reproduce las
dos tendencias culturales de la Cuba finisecular del
XIX: la crítica positivista o positivizante
(cientificista, descriptiva y reformista, sujetas
las manos y los pies y la cabeza a lo posible) frente a
la creación martiana, al espíritu revolucionario.
Pero lo posible, ¿es acaso lo que se ve? ¿Quién sustenta
que la realidad se agota en lo visible? Comprender un
hecho no es describir lo que todos ven y para todos es
obvio, sino descubrir sus zonas ocultas, sus
posibilidades latentes, su futuro secreto. Posibilidad y
futuro que no existen como final inexorable, sino como
elaboración trabajosa y colectiva. Quienes sienten
nostalgia de los años 60 y también quienes se
arrepienten de esos años, parecen olvidar que lo genuino
y rescatable de aquella época es su espíritu creador.
Creación que solo es posible desde una tradición: la
batalla de las ideas suele darse en torno a la
apropiación y legitimación de una tradición histórica.
Se ha dicho que los centenarios del prócer mayor de
nuestra independencia, José Martí -el de su nacimiento
en 1853 y el de su caída en 1895-, han concurrido
puntualmente cuando más se les necesitaba. No para que
sustituyamos vergonzantemente el marxismo por el
nacionalismo, supuesto vestigio este último de un pasado
puesto en crisis por la trasnacionalización de la
economía y la política. En términos políticos, el
nacionalismo “de las naciones oprimidas”, como lo
matizara Lenin, y el socialismo intentan subvertir
-variar o desarticular- un orden internacional injusto
que le es inherente al sistema. La historia del
pensamiento nacional es en nuestro países el fundamento
de un contraproyecto tendencialmente anticapitalista en
sus reclamos reordenadores.
La “positivización” del pensamiento finisecular
contaminó también a cierto marxismo manualesco, que
situó su supuesta cientificidad por encima de la acción
de los hombres y divorció la teoría de la práctica. El
progreso es para tales “marxistas” un concepto
civilizador, por ello los hombres no deben interponerse
en el fatídico decursar de los hechos sean estos de una
índole u otra, si todos conducen finalmente al
“inexorable” advenimiento del socialismo.
Similares consejos, desde otras expectativas, nos
ofrecen los neoliberales: la eficiencia -concepto
que en ellos es sustitutivo del de ciencia- y sus
leyes determinan irremediablemente el curso de los
hechos en el que no debemos intervenir, y que al final
puede conducirnos a un supuesto estado de mayor
desarrollo. La verdad entendida solo como hecho o
como comprobación fáctica, por encima y al margen de
cualquier criterio de valor moral: la ciencia (y la
eficiencia) como fin en sí misma y no como instrumento
para la transformación del mundo.
No somos ni premodernos ni posmodernos; vivimos una
modernidad equivocada quizás, pero real, la que nos
impuso la naciente globalización capitalista. Nuestras
realidades nacionales no pueden reducirse al espacio
físico de nuestras naciones: la diversidad de orígenes
que nos caracteriza se sustenta en la trasnacionalidad
de la economía. Tenemos que rescatar las diferencias
para comprender la totalidad que nos define y señalar el
sentido histórico de nuestra existencia colectiva.
Aceptar la descalificación del sentido, de la historia,
de la globalidad fundante, es anular nuestra existencia
como pueblos, renunciar a nuestro proyecto emancipador,
no de una o varias naciones, sino del ser humano;
cuidemos celosamente las alternativas de vida que
alberga nuestra cultura, ahora que parecen haber sido
derribadas las barreras de la civilización y la
barbarie. José Martí, hombre universal, vive a pesar de
nosotros; se concede la palabra a sí mismo cuando
callamos, nos alerta, reclama de todos el compromiso:
palabra difícil, temida, en las postrimerías de este, su
siglo XX. Desde ese viejo retrato que cuelga en la
memoria de todos los cubanos, José Martí nos acompaña,
atento y mudo interlocutor de las fundantes utopías.
La
Habana/Santiago de Cuba, mayo de 1995
(Tomado de: Enrique Ubieta Gómez: De
la historia, los mitos y los hombres, La Habana,
1999, 216 pp.)
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