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Gil Bayle
No morirá de hambre ni de sed


Álvaro de la Iglesia

La casa de Cabrera fue una de la más ilustres y linajudas de España. Se remonta al tiempo de la conquista de Jaén, antiguo reino moro, por don Fernando III el Santo en 1232. Tiene por blasón dos cabras pardas, una sobre otra en campo de plata y orla de sinople con un cordón blanco y negro.

El tronco de la casa arranca de Baeza, antigua capital del viejo reino musulmán; pero tuvo ramas principales en Baena y en Ubeda.

Un Cabrera fue presidente de la Audiencia de Nueva Granada a mediados del siglo XVI. En aquel tiempo hubo un trasiego de presidentes y oidores y algunos de ellos fueron procesados por graves delitos. Uno de los últimos, Cortés de Mesa fue degollado por asesino. Siendo justos, hemos de reconocer que con toda una montaña de inmoralidades coloniales encima. España supo, a veces, hacer justicia rápida y ejemplar.

Otro alto funcionario, el visitador Orellana, de aquella misma época, se destapó por la tiranía. Acostumbrada a decir: -El rey soy yo, la Ley soy yo, la justicia soy yo-. Era hombre de España y también de talegas; pero una y otras le sirvieron de poco. El Consejo de Indias enterado de sus desafueros, ordenó que fuese consignado a España y así se hizo zampándolo en prisión y muriendo en tal miseria que fue enterrado por la caridad del secretario de la Audiencia Velásquez, su enemigo, a quien había enviado a la metrópoli años antes cargado de cadenas.

Volviendo a la casa de Cabrera diré que otro gajo de tan ilustre tronco fue el maestre de campo don Lorenzo de Cabrera y Corbera, caballero del hábito de Santiago, gobernador y capitán general de esta Isla de 1626 a 1630. Y digo que éste Cabrera es rama de la ilustre cepa de Baeza porque había nacido en Ubeda y sin irse por los cerros de idem, no es gratuito asegurar que era pariente muy próximo de los Cabreras de Baeza ya que no se tropieza en el nobiliario de Jaén con otra casa del mismo apellido, son ambos contemporáneos, caballeros cruzados y altos funcionarios de las colonias.

Aún en lo moral podría hallarse el mismo estrecho parentesco, porque, si como habré de explicar los Cabrera de Baeza eran un tanto portugueses en lo fanfarrones, el de Ubeda no debió tener mucho que envidiarles en esto porque tan solo por haber levantado unos ochenta centímetro de pared sobre lo construido por Texeda en la fortaleza de la Punta, hizo poner allí tamaña lápida con la siguiente inscripción que aún podemos leer los habaneros:

"De aquí para arriba el de Cabrera."

y como si la baladronada no bastase, en un ángulo del baluarte de la derecha estampó también:

"Este castillo se hizo gobernando don Lorenzo de Cabrera, año de 1630."

Lo cual no es cierto, porque la Punta, en su parte más principal, en casi su totalidad fue construida por el ingeniero Antonelli, gobernando Texeda, y el mismo Cabrera lo confirma al reclamar la paternidad de los ochenta consabidos centímetros de pared con lo "de aquí para arriba el de Cabrera". Éste, por lo tanto, en lo de echar bambolla declara a tiro de ballesta ser parientes del Cabrera de Baeza del cual… aún no hemos referido la historia y ya es tiempo de hacerlo porque el lector se cansa.

Pero antes debo declarar que esta curiosa noticia, este papel viejo, lo debo a mi erudito amigo el doctor Manuel Pérez Beato, maestro autorizadísimo en cosas de América. La extraje de un valioso libro que posee: Crónicas del Reino de Nueva Granada, de los Conquistadores y Gobernadores. Es un precioso tomo cuya portada abierta en boj envidiarían las más primorosas ediciones de este siglo y cuya encuadernación en pergamino se burla de nuestros chagrines y nuestras pieles de Rusia. Es un patriarca de la librería, como que lleva estampado el año de 1676. No ofrezcan ustedes nada a Pérez Beato por esa joya bibliográfica, que perderán su tiempo.

Pues bien: en ese libro he conocido yo al fundador de la casa de Cabrera. Se llamó don Gil Bayle, caballero principal de Baeza en 1390, señor de las Cuevas de Espelunca, lo cual es un pleonasmo porque cueva y espelunca significan lo mismo en castellano la misma cosa.

Este caballero edificó una casa principal, como se decía entonces, o solariega, como se dijo más tarde, frente por frente de la iglesia mayor de Baeza, que no era, por cierto, un villorrio sino capital, en los tiempos del rey moro de cerca de 150 mil habitantes.

don Gil Bayle, dueño y señor de un vasto dominio en montes, viñedos, dehesas, cortijos, etc., para que se supiera su valer hizo grabar debajo del consabido escudo de las dos cabras pardas, una encima de la otra, este letrero:

"De río a río, todo es mío."

Y como si fuese poco lo dicho, completó la leyenda con la siguiente baladronada, que parecía un reto a la Divina providencia:

"Esta tierra es de Gil Bayle que no morirá de sed ni de hambre."

Desde luego se comprenderá que nadie se atrevió a poner en duda el cartel.

El de Cabrera poseía cuantiosos bienes, las bodegas atestadas de exquisitos vinos, sus pastos cubiertos de ganado, sendas talegas, multitud de servidores... Si esto no es una garantía de abundancia ¿qué es ser rico?

Pero dice el Evangelio: Nadie diga de esta agua no beberé y reza el refrán: Por la boca muere el pez. Andando los días, don Gil que era aficionadísimo a las aventuras cinegéticas, propias de nobles, salió un día a caza del venado. Eligiéronse los puntos estratégicos, repartiéronse los turnos y al salir el sol apareció el venado… no así don Gil Bayle de Cabrera a quien no pudo verse en todo el día por ninguno de los cazadores.

Pronto cundió la alarma. Batióse el monte en todas direcciones, se lanzó a los perros de pista por todas las cañadas y todos los oteros, fueron explorados todos los barrancos, pero sin resultado. Al señor de las Cuevas de Espelunca debía habérselo tragado la tierra. No apareció aquel día pero tampoco ninguno de los siguientes de buena porción de años. Muchos habían corrido, cuando fue encontrado mondo y lirondo en esqueleto en el fondo de una sima ciñendo aún los arreos de caza. Corriendo el venado, habíase hundido en una de las más profundas cuevas de su extenso dominio y allí, por voluntad de Dios, don Gil Bayle había muerto de sed y de hambre.

Y ahora, volviendo al Cabrera de Cuba ¿no encuentra el sagaz lector un parecido maravilloso entre lo de aquí para arriba el de Cabrera y lo de río a río todo es mío?

No hay dudas: eran parientes.

Tomado de Tradiciones cubanas, Biblioteca básica de cultura cubana.

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