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NOCHES HABANERAS
(Entre calles oscuras y corazones encendidos)

Enrique Ubieta Gómez  |
La Habana


Las últimas escenas de la película levantaron un murmullo aprobatorio, y a continuación estalló la risa y el aplauso; después sobrevino el silencio, y brillaron discretas las lágrimas en la oscuridad. Salí del cine Yara, y crucé el Coppelia ensimismado: una vez más me había dejado atrapar por un melodrama donde el amor se enfrentaba al poder y al interés, y vencía (lucha entre mortales) hasta que se interponía la muerte. No era un melodrama cualquiera. El australiano Baz Luhrmann entregaba en su Moulin Rouge un musical renovado, original, y nos advertía sonriente: los seres humanos no podemos vivir sin amor. 

Los revolucionarios de la bohemia parisina de entre siglos (XIX al XX) gritaban eufóricos su credo: libertad, amor, verdad y belleza. Y en un lejano paraje aparecía cabalgando, revólver en mano, un hombre alejado del esplendor escenográfico del vodevil, un modernista atípico: José Martí, para quien la verdad, la belleza y la justicia eran los cimientos de una nueva nación. Tras los bastidores del teatro, fallecía la amante que desafiaba victoriosa su Destino. Y en la manigua cubana caía fulminado a balazos, el hombre, el poeta, que vencía a la Muerte y se transformaba en mito. La película, por supuesto, no propone indagar en esa extraña relación tercermundista de Arte y Vida, pero recrea las canciones que destemporalizan su fe: Marilín Monroe, los Beatles, Sting, entre otros, cantan los mismos temas de siempre. Y tras ellos, nosotros, los revolucionarios de entre siglos (XX al XXI), podemos recordar aquel asalto al cielo que protagonizaron los estudiantes en París, la masacre de la Plaza de Tlatelolco, o la inmensa congregación de voluntades contra el neoliberalismo en Porto Alegre. "Dirán que soy un soñador, pero no soy el único", advertía John Lennon. Era casi medianoche, y en una esquina de Coppelia dos enamorados aprovechaban la oscuridad para besarse con frenesí.

II

Los mitos clásicos de la literatura griega esperaban ansiosos la llegada del nuevo inquilino de la inmortalidad. Casandra, Orfeo, Edipo, Medea, Dédalo, Ulises, Sísifo, aburridos de sus papeles, incapaces de transformar el mundo, (era el mundo quien los manejaba a su antojo, y los rehacía caprichosamente) se entretenían en desacralizar los nuevos mitos, en deshacer los símbolos que estos portaban. El público, sentado en el propio escenario del teatro Mella, presenció la llegada de Guilhermino Barbosa, soldado de la columna de Luiz Carlos Prestes, que luchó contra el poder de los latifundistas brasileños. Barbosa recorrió 25 000 kilómetros a pie y encarnó las palabras de Prestes: "no hemos vencido, pero jamás fuimos derrotados". En su frente llevaba una vela encendida. Eugenio Barba y su Odin Teatret (Dinamarca), nos proponían la obra "Mythos". Un símbolo la recorre: canastas y más canastas de manos cercenadas, las manos de todos los que han pretendido como Ícaro alcanzar el Sol. Las manos de Víctor Jara. Las manos del Che Guevara.

"El aire está aquí lleno del polvo de las estatuas que el tiempo demolió. Me duelen los pulmones al respirar tan profundo -dice Edipo-Y veo las estatuas que ocuparán los lugares que fueron nuestros". No hay distinción entre mitos literarios y mitos históricos, ¿o sí? Es la literatura (la ficción, la no realidad) la que da muerte a la historia. Barbosa cae derribado y sus verdugos amarran sus extremidades: de un golpe le arrancan la camisa, las botas, y apagan su luz. Pero antes, el héroe había dicho: "los niños que allí engendramos están en las calles con nuestras metralletas en las manos apuntadas hacia los cuatro vértices del mundo". Los que brindan por su muerte, o por su vida, entonan "La Internacional". "Veo a Barbosa sepultado por los personajes míticos -escribe esta vez Eugenio Barba en sus palabras preliminares--. Y lo veo resurgir, como una luna que chorrea sangre. Pero las gotas de sangre son las notas de una canción revolucionaria que la gente no creía que se volvería a cantar. (...) Para eso mueren los mitos -agrega-, para retornar a una nueva vida". 

Salimos a la calle y el leve frío de las noches habaneras nos hizo discutir acaloradamente. Mientras exponíamos razones, mis amigos se tomaron las manos. Y los vi alejarse después, abrazados en la oscuridad.

III

En un campamento agrícola de Caimito, una brigada de jóvenes brasileños nos aguardaba. Había viajado a La Habana en un hermoso gesto solidario. Conversamos sobre la historia, y la identidad cultural de nuestros pueblos. Ellos, vinculados a la lucha de los sin tierra, como antes Barbosa, como Prestes, se asomaron al malecón habanero, y desde allí otearon un horizonte distinto. En el campamento hay un parquecito. En las noches, escuchan música, sueñan, y quizás algunos enamorados se besen. En sus vidas, en la vida de todos, siempre tendremos que escoger (minuto a minuto, día a día) entre la verdad y la mentira, entre el amor y el odio, entre la belleza y la fealdad. ¿Qué une estas historias? Mi ciudad las une, una ciudad de calles oscuras y corazones encendidos. 

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