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GRACIAS, MI HERMANO JOSÉ

Magaly Cabrales | La Habana


Mientras que  el sepulcro de la Amelia Goyri de la Hoz ―la Milagrosa del Cementerio de Colón―, situado casi a la entrada del camposanto en el cuartel Noreste, evidencia la presencia de la religión católica por la cruz latina y la mujer con un niño en brazos semejando a la virgen María, allá a lo lejos, en el cuartel Sudeste cuadro dieciocho de la propia Necrópolis, se rinde culto, con su acostumbrada humildad, a la religión yoruba.

Ciertamente  podría pasar ésta  por una tumba más del montón que conforman las cientos de miles construidas utilizando como material el terrazo. Sin embargo, la diversidad de ofrendas que aparecen sobre la losa luctuosa le dan un carácter exclusivo, haciéndola única en toda la Ciudad Funeraria. Allí pueden observarse tabacos de distintas marcas  a medio consumir, acompañados casi siempre por jícaras con ron y cocos cerrados o abiertos exhibiendo su blanca corteza. No faltan tampoco las frutas en sus más variadas clases y tamaños. Pululando también las velas, las lámparas de aceite, cazuelitas de barro conteniendo distintas sustancias y objetos, así como  tiras de tela de diversos colores y longitudes. Los mazos de hierbas como la albahca, el rompezaraguey, el abrecamino, la sigüaraya , la dormiera y flores blancas, rojas y amarillas conforman una especie de tupido jardín. Y, con toda la fuerza y devoción de quienes la prometieron como pago a un favor concedido, pueden contarse por decenas las tarjas y  dedicatorias hechas a golpe de cincel sobre mármol.  Ellas expresan las más sentidas gracias de los devotos a aquel hermano venido de África que concedió la dicha de un buen empleo,  de un veredicto penal favorable, de una vivienda al fin lograda, de un saludable heredero, de un viaje largamente soñado, de una mejor salud. Y…

¿Quién es, entonces, este hermano milagroso?

Para conocerlo realmente  hay que remontarse en el tiempo y detenerse allá en la época del trapiche, el látigo y el barracón.

Por aquellos años iban de la mano el enriquecimiento de los dueños de ingenios y el incremento de la Trata. Cientos de miles de negros esclavos fueron cazados en África para ser introducidos en Cuba, sacándolos preferentemente de la Costa de Marfil, de la Costa de Oro, del Congo, de Angola, del sudeste de Nigeria, de Dahomey y de Togo. Las tres últimas regiones formaban la etnia yoruba, cuya religión, adoradora de dioses negros de la paz y la guerra, del nacimiento y la muerte, del viento y del fuego, fue la más avanzada de todas las que llegaron a Cuba.

Justamente por ser la más avanzada y sólida, la yoruba fue ―después de la católica, por supuesto, reconocida como religión oficial y por tanto la única autorizada a practicar― la de más arraigo en la Isla, generalizándose primero entre los propios negros, más tarde entre los criollos y finalmente entre los cubanos hasta llegar a nuestros días, donde ha encontrado fieles seguidores.

En uno de los tantos Libros de Entierros que se conservan en el Archivo de la Necrópolis de Colón, en el número 227, está registrado el fallecimiento de la señora Leocadia Pérez Herrera. La defunción de la misma ocurrió el 3 de junio de 1963, siendo inhumada en el Cuartel Sudeste, cuadro dieciocho de campo común. Esta señora era natural de Güines y  sus padres se llamaban Germán y Petrona y murió a consecuencia de Neo gástrica.

Pero Leocadia poseía otras señas que no se consignan en el Libro de Entierros: era negra. Y por esta razón, precisamente, el espíritu de un negro  ―ciertamente venido de África y practicante de la religión yoruba―, cansado de deambular encontró refugio en el cuerpo de esta mujer; negra de piel y de sangre, haciendo de ella una de las santeras más codiciadas de la Habana y un  poco más allá, dentro y fuera del territorio nacional.

Desde muy joven, quizás siendo todavía una niña,  Leocadia sintió en su cuerpo la presencia de este espíritu, que hablaba una lengua extraña y se presentaba como José. Cuando la poseía la hacía trotar como un caballo y decir grandes verdades a quienes se encontraban presentes en la sesión espiritual.

Nunca se conoció el verdadero nombre de aquel espíritu, pero fuera quien fuera, lo cierto es que José, por boca de Leocadia, realizó grandes obras de caridad según afirman sus devotos. Los que continúan admirándolo y rindiéndole culto aun cuando a conciencia saben que debajo de aquella lápida, profusamente adornada, sólo se encuentran los restos mortales de una santera,  pues Tá José, obtenida su libertad una vez muerto, no volverá a ser jamás enclaustrado y andará nuevamente, libre como el viento, por las tierras nigerianas o encarnado en alguna materia viva cubana.  
 

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