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El
cuento de La Jiribilla
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El negro y el
rojo
Carlos Esquivel
(Las Tunas, 1968)
El extranjero puso su bolso a mi lado y, luego, pidió
permiso para sentarse. Sacó con aridez, y casi
anunciándomelo, un periódico en italiano. También el
boletín para cuando llegara la ferromoza. El tren
comenzaba a atravesar la ciudad.
El cubano que está junto a mi asiento intenta leer mi
periódico; un periódico atrasado, pero, acaso, para
ellos más importante y actual que sus periódicos. De
todos modos es la crisis. Debo enfrentar las
diferencias, confrontarlas pero no ponerlas ante los
ojos. El coche tiene mal olor, y los vendedores, sucios
y bulliciosos, invaden la poca soledad que necesito. No
compro nada de eso, no me interesa, intento explicarles,
contrario a ellos, sin lástima.
El extranjero compra algún dulce y luego lo lanza bajo
el asiento. De esa forma ahuyenta a los vendedores. En
el periódico que lee hay algo sobre la Liga Italiana de
Fútbol: algo del Parma o la Fiorentina, Baggio o
Batistuta, no sé; hojea rápido, mecánicamente, presumo.
El periódico tiene un mes de atraso,
pero es mejor que el Granma, querré advertirle.
El tren es lento pero llegará a tiempo a La Habana.
El cubano mira constantemente su reloj. El tren es lento
pero sé que llegará a tiempo a La Habana. Tiene catorce
horas para eso; si no, pierdo el avión. Martha es todo
lo que complementará este viaje. La locura, yo lo sé,
pero también el encuentro con una parte de mí que ya se
había ido.
El extranjero saca de su bolso una foto. Una jineterita
de mierda, lo apuesto. Él debe llevarle treinta años o
más. Trato de leer la dedicatoria que revisa con
detenimiento, con nostalgia, puedo adivinar. Está en
italiano. Hasta las putas saben idiomas en este país. La
necesidad nos hace aprender, me dijo la Filosofía. Las
escuelas no enseñan eso. El coche no apaga las luces y
casi es preferible obligarse a la lectura para que entre
el sueño.
El cubano busca en una bolsa de nailon y extrae un
libro. Lee con obligada e histérica respiración.
Hart Crane. Poemas escogidos. Un poeta
norteamericano o canadiense. No me da tiempo a recordar,
aunque de esas cosas no conozco mucho. La poesía siempre
me ha parecido forzosa, a veces terrible. Despreciable.
El extranjero está siguiendo mi lectura. Quizá le
interese la poesía. Hart Crane es un desconocido para
los europeos, incluso, también para nosotros. Claro, que
a partir de mañana cambiará todo. La culpa, en primer
lugar, vendrá a la gloria de Teresiano, que ha
descubierto la tumba del poeta en un viejo y roído
panteón familiar de Gerona. En segundo lugar, la culpa
vendrá a mi gloria, porque yo lo daré a conocer al
mundo. Hart Crane dejará de ser una alucinación o una
cantiga para su generación extraviada. Ni Lowell,
Wallace Stevens, Cumming o Ezra Pound, tuvieron el
impulso flameante y lírico de Hart.
El cubano trata de empujar su maldito libro a mis ojos.
Con algo siempre quieren comprarte. O una mujer, o una
casa que sale más barata que la habitación de un hotel,
o un carro donde empujar tu tortura y tu publicidad por
el pueblo. O un libro. Pero a mí no me gusta la Poesía,
y si me gustara preferiría a mis poetas, a los de mi
país.
El extranjero cierra los ojos y se obliga a dormir. Lo
sé porque aprieta los párpados con aturdimiento, como si
contara ovejas interminables. Pero al parecer corren
convulsivamente y desaparecen en su paisaje. Una
muchacha se detiene al descubrirlo. Viste como todas las
prostitutas. Un pequeño bolso pende de su espalda. I
like English men, dice, desparramadamente, a mi
oreja.
El cubano le dice a la muchacha que no tiene ninguna
relación conmigo, pero que, a pesar de eso, y para
aclararle, yo le huelo a italiano y no a inglés. Ellos
ignorarán que aprendí el español en un curso de vídeos
seriados.
El extranjero me habla (a mí, aunque la muchacha
estuviese a mi lado). Es francés, se llama Henry Beyle,
pero vive en Italia desde el 62. Nuestro idioma lo
conoce hace cinco años.
El cubano obliga a la muchacha a irse. No lo hace con la
voz pero lo insinúa con los gestos y con un chasquido de
las manos. Le doy gracias por librarme de ella. El
cubano me pregunta que si voy hasta La Habana.
El extranjero responde que va a Gerona. Lo espera una
muchacha que llevará cuatro días después a Sicilia,
donde vive y trabaja.
El cubano me ha dicho que vive en el oriente de Cuba,
que va, igual que yo, hasta Gerona, pero para
encontrarse con un poeta norteamericano que vivió en la
Isla de Pinos. Será un acontecimiento, me relata y
sobran sus emociones.
El extranjero pertenece al Partido Comunista Italiano,
filiación que le ha llevado varias enemistades. Ha huido
de todo: grupos ecologistas, manifiestos anti–xenofobia,
programas para la ambientación rural y el
cambio, sindicatos feministas, movimientos para la
preservación y el cuidado de los animales, y otros,
asegura, casi en el justo momento de apagar la luz.
El cubano no pertenece al Partido. Es extraño, pero él
prefiere no hablar de eso. Es mejor soñar ahora que
quitaron la luz.
El cubano y el extranjero duermen. El tren ha sufrido
una avería importante. Odio las conexiones del idioma.
Dije, el tren ha sufrido, como si el sufrimiento no
fuese una particularidad animal y se extendiese ahora a
la atrofia del objeto. El tren estará seis horas roto. A
cada rato enciendo la linterna y recorro el vagón para
cerciorarme de que los pasajeros duermen, piensan o se
abrazan. Me detengo ante los dos, y es el cubano quien
me pregunta qué pasa. Le explico. El otro empuja el
cuerpo hacia un lateral del sillón y creo que maldice,
en secreto, pero lo hace en algún idioma extraño para
mí. El cubano me dice que perderá el vuelo de una avión
para Gerona. Tiene que ver la tumba de un poeta famoso,
pues nadie sabe que está enterrado allí. El extranjero
solloza antes de explicarme que perderá ese mismo avión
y el encuentro con una muchacha que lo espera también en
Gerona, para después irse juntos a Italia. Ambos están
consternados. Seis horas, les digo, condicionándolo todo
a un pobre efecto psicológico. El mundo no se va a
acabar por seis horas.
El extranjero conoció a Martha en La Habana. De eso hace
ocho meses, y ahora ha venido por segunda vez con la
idea de llevársela. No importa lo que diga su familia,
ni siquiera lo que piense Martha. Le importa él, gozar,
y si el dinero compra eso, pues a gastarlo. Ella es casi
mulata, su pelo se ensortija y cae sobre los hombros y
el cuerpo.
El cubano es poeta. Ha escrito un libro donde no esconde
sus influencias, mojadas, dice, por el terciopelo y la
sangre de los poetas norteamericanos. Los Modernistas.
Sé que hace énfasis en eso, aunque a mi sólo me importe
creer, con lástima, que la poesía sigue siendo
insustancial y empalagosa.
El extranjero sigue alabando a Martha. Habría dado todo
el dinero del mundo por esa puta barata. Apenas llegue a
Italia se le va con otro, o con otra. En el 90 % de los
casos es así. Las estadísticas son despectivas y fieles.
Voy al baño, cuando las ganas de orinar se hacen
insoportables, y entro, equivocadamente, en el de
mujeres.
El cubano ha ido al baño. El tren sigue abandonado en la
oscuridad de esta noche todavía trunca.
El extranjero no imaginará que me encontraré a una
prostituta masturbándose, contorsionada por pequeños y
dramáticos silbidos y un jadeo insoportablemente
artificial. Se sorprende, nada más, y continúa. Esto y
lo otro, si me ayudas con él, está diciéndome cuando
asevera la prominencia de mi rostro entre la claridad
que penetra desde la ventanilla. Atrapa una de mis manos
y la acerca a su vulva hirviente y húmeda. Ni esto ni lo
otro, le estoy diciendo.
El cubano ha dicho: “Odio las putas”.
El extranjero me pregunta si lo que yo digo tiene que
ver con su Martha.
El cubano me dice que no, y me cuenta lo que le ha
ocurrido en el baño.
El extranjero respira aliviado, sin saber, sin que
imagine, que también lo digo por su Martha.
El cubano me asegura que perderemos el avión. Seis horas
es mucho tiempo, y le imprime a sus palabras una
resignación fúnebre. El tren ya está en marcha. Tiene
que haber otra vía para llegar a Gerona, le reclamo.
El extranjero no queda conforme cuando le juro que este
es mi primer viaje hacia allá. Sé que hay un mar,
un pequeño golfo, y unos cuantos kilómetros de
distancia, pero no sé más.
El cubano lo ha resuelto como lo resuelven casi siempre
los cubanos. Me ha distinguido los que pueden hacer las
cosas y los que no. Los que tienen dólares y los que no
tienen.
El extranjero se molesta porque le digo que con dólares
puede ir a Roma o a Marte, y eso es preferible a meterse
en una islita llena de toronjas y putas.
El cubano se levanta, con vehemencia, cuando lo
interrumpo para comentarle que la islita podría estar
llena de poetas maricones.
El extranjero y el cubano discuten. Casi a gritos. El
coche, antes silencioso, ha sido cubierto por un fierro
de discordia, por una caligrafía pulcramente vulgar de
los sentimientos humanos. Enciendo la linterna y me
acerco a ellos. El extranjero y el cubano callan cuando
les alumbro los rostros; pero no es más que un desorden
de amigos, o no, y empiezo a entender lo terrible que
podrían estar uno frente al otro. Los cambio de
asientos. El extranjero queda donde mismo y al cubano lo
traslado para donde está la muchacha con el pequeño
bolso en la espalda, y ella va hacia donde estaba él. El
extranjero me dice que prefiere al cubano aquí y no a la
muchacha. Entonces le digo al cubano que vaya otra vez
para donde está el extranjero. La muchacha, roída por la
frustración, humillada por la estruendosa risa de algún
que otro pasajero, comienza a descargar cuanta palabra
obscena encuentra a su alcance. Vuelve a su asiento. Los
tres van a dormirse hasta que amanezca. La Habana los
espera.
El cubano es quien me ha dado la mala suerte. Haber
perdido el avión no es lo único. Ni siquiera sé cómo
llegar a Gerona. Creo que los cubanos están echando a
perder este país. Gentes como el poeta y la muchacha del
tren. Es una lástima. Si voy hacia el teléfono público
que está en la parte lateral, allá va el cubano. Si voy
hacia donde están los autos viejos con las insignias de
“Taxi”, allá va él.
El extranjero va donde quiera que voy yo. Sabe que está
perdido, y su única manera de encontrar la orilla
salvadora soy yo. Pero creo que me da mala suerte, de
otro modo no hubiese perdido el avión. Tampoco yo sé
llegar a Gerona. He intentado llamar a Teresiano, pero
ha sido inútil. Las máquinas cuestan cincuenta pesos
hasta la Terminal de ómnibus. Alguien dice que lo
práctico es ir hacia Batabanó.
El cubano ha preguntado cómo se llega a Batabanó. Lo he
oído porque casi grita. Intenté comunicarme con Martha
pero fue imposible. A esta hora debe estar esperando el
avión. Si yo no hubiera ido a Oriente, con esa idea
estúpida de conocer Santiago de Cuba, o si ella me
hubiese acompañado en vez de quedarse preparando todo
para el viaje, ahora estuviésemos juntos. Batabanó. Pero
cómo se llega hasta allá.
El extranjero se monta en un camión porque me ve montar.
Si yo me montara en una nave espacial o en un dinosaurio
él lo haría detrás de mí. Estamos conectados
secretamente, le gustará admitir a Teresiano cuando se
lo narre.
El cubano vuelve a
extraer del bolso su libro. Los poemas de Hart Crane.
Cuando llegue a Italia revisaré en la biblioteca ese
nombre. A lo mejor era un militante comunista. Casi
todos los intelectuales de la primera mitad del siglo lo
fueron, incluso, en los Estados Unidos. Quizás era todo
lo contrario: un cazador de brujas, un germen del
senador Mc Carthy. Todos son acertijos, vueltos a una
baraja indefensa y ambigua. Tal vez en la tumba
descubierta sólo existen los restos de un hombre que
jamás tuvo un libro entre sus manos.
Las lápidas son engañosas, y la fama y el descubrimiento
eran obra de las Cruzadas o Marco Polo.
El extranjero abre, discretamente, su gran bolso de
zippers y bolsillos y enseña –nos enseña– la foto de su
muchacha. No hay que empapelar la realidad para admitir
que Martha puede ser una gran mujer. La habrá conocido
en la cola de Coppelia, o en el aventón, como dicen en
las películas, o presentada por una amiga mutua que los
acumulará de elogios, séquitos uno del otro, deparados
para una unión apocalíptica y total. Habría que surcar
en la infinitud de las soluciones, manipular los polos.
La historia así pudiese ser demasiado aberrante y
superflua. Es el mismo cuento de todas las jineteras:
yo lo conocí de esa forma, fantasea alguna, pero
le di a morder mi sexo por cincuenta dólares. Somos
seres inferiores, pertenecemos al cuerpo del otro, como
diría, sin ánimo poético, Teresiano, vulva a vulva,
entre las cadenas de Marat con Carlotta.
El cubano se baja del camión y pregunta lo que todos y
nadie sabe, cómo llegar a Gerona. Lo sigo por un
terraplén polvoriento e interminable. Nos observan
gentes descalzas, perros, basura, carteles sin
entusiasmo. La callejuela termina en una pequeña
estación llena de mujeres con niños, hombres con sacos y
bicicletas.
El extranjero pregunta lo que todos y nadie sabe, cómo
llegar a Gerona. Hay que apuntarse en una lista. El
carné de identidad, un número de espera o de
identificación. O sea, me llamo 236. El extranjero ocupa
un número menos. Nos sentamos en el único lugar
disponible.
El cubano ha conocido que las lanchas –también las
llaman motodeslizadores o cometas– viajan dos veces al
día. Si tienen suerte, mañana, en el primer viaje, se
van. Nos dice, o le dice una mujer gorda, al parecer
empleada en este lugar.
El extranjero quiere llamar a su novia, pero una mujer
muy gorda, empleada en este tugurio, llamado Terminal de
embarcadero, le informa que, lamentablemente, y debido a
reparaciones de urgencias a las líneas (un ciclón se
acerca, nos revela, como objetándonos con placer las
primicias) los teléfonos están fuera de servicio.
El cubano pregunta a la mujer gorda si no hay otra
opción que pasar la noche aquí, atrapado en el velamen
(la palabra, ni ella ni yo la entendimos ) de mosquitos
y moscas. La mujer gorda le habla de un hotel bastante
cercano y con todas las comodidades necesarias.
El extranjero viene detrás de mí. No somos los únicos
hacia el hotel. Treinta o treinticinco personas nos
siguen.
El extranjero y el cubano son los primeros en llegar.
Ambos parecen extenuados, enfermos tal vez, pero me
resulta demasiado simpática la naturalidad con que pasan
sin mirarme y, más tarde, lanzan sus bolsos a un butacón
solitario. Ellos son míos, me pertenecen. Yo los vi
primero, le hago saber mi privilegio a los otros. Yo
diré permiso para que me escuchen, pero ellos ni
siquiera oyen y dicen buenas sin ganas a la carpetera.
Habitación, veintisiete pesos, veintisiete dólares para
usted. La camarera recita como lo hacen en uno de los
programas infantiles de la televisión: voz confusa,
algodonada: no hay agua. Ella tose como si se trabara en
su teatro; ahora vienen los cables eléctricos y las
sábanas sucias y las culpas a un administrador que
existe pero nunca está. Yo conozco a una mujer que le
cobra menos. Es mi turno, me adelanto y no niego que
también vi mis buenas películas, mi cara de muñeca de
Oz, Shirley Temple, para agraciar a un auditorio de dos
personas que terminarán por instalarse en este cuarto
completamente esperándolos,
limpio, ventilado. Yo soy más simple y más digna: veinte
pesos a ti y diez dólares a usted. La comida en el
pseudohotel, temprano, se acaba pronto. El extranjero y
el cubano no se hablan. A mí me pareció que venían
juntos, y yo no fallo en mis apreciaciones. Por eso me
le acerqué al cubano sabiendo que después vendría el
otro. Sí, ustedes se van mañana, hay que tener
esperanzas. La esperanza es lo último que se pierde, le
dije, y el cubano, no, los dólares es lo último que se
pierde. El extranjero lo mira y empieza a demoler su
furia para sentarse lejos del otro. Sí, porque con
dólares ya me hubiese ido hace rato. Los llevo al
pseudohotel donde pagarán una comida que no existe.
Arroz, dice la mesera, se acabó lo demás, aunque por la
salsa cobramos la mitad del precio que tenía la carne.
Ella trae dos salsas y aquellas raciones de arroz que
pagarán, olerán y no comerán. El extranjero y el cubano
entran al bar, casi al aire libre, y piden una misma
cantidad de ron que beberán en una misma y única mesa.
El barman escucha Radio Reloj, la hora, se acerca por la
parte occidental del país una depresión tropical.
Mierda, dice el extranjero, como si hablara con su vaso
en todos los idiomas del mundo. Cambia esa mierda, corea
el cubano. El barman, musculoso y con cara de idiota,
los mira agresivo, pero sigue con su paño reafirmando el
brillo de las botellas que sopla y empaña antes. Yo soy
la mediadora, y le sugiero al hombre que sus clientes
quieren música. Música, me asegura, aquí no se pone
música. Las emisoras están podridas de americanos
tocando el swing, el fox, de tipos drums que dicen yeah,
yeah, y gritan “This is rock”. Todo eso es peligroso, yo
cuido mi ideología y la de mis clientes. Yo soy
comunista, exclama el extranjero, y me gusta oír a esa
gente que usted dice. Yo no creo en comunistas europeos,
replica el musculoso, y lanza el paño contra un
mostrador lleno de moscas. Va a llover, nos quedaremos
sin luz, les digo a ellos porque advierto el peligro
inminente. Nos vamos. Me imagino que la noche vendría a
toda velocidad sobrevolando el pueblo. Lo demás me lo
imagino también. Al caer las primeras gotas, ellos
quedarán dormidos.
El cubano pregunta si hoy entrará el cometa. Se
mantienen los viajes, además, hay un barco mañana que se
lleva a todo el mundo, le responden. Abre el libro de
poemas y declama secretamente, en inglés, creo. Hay que
comer cualquier cosa que vendan, ni siquiera reconozco
los nombres: frituras de boniato, pan con caracoles, no
sé. El estómago se hace de piedra cuando lo obligan las
circunstancias.
El extranjero devora todo lo que compra, que es ya casi
todo lo que venden. Por ratos evita el bullicio y escapa
a un rincón para estar solo con su foto. Creo que los
sentimientos se enlazan y mezclan dentro de mí. Siento
repugnancia y lástima por él. Ha hecho amistad con un
deportista y con una muchacha que trae un oso de
juguete.
El cubano habla con un viejo que afirma ser un fantasma.
El hombre lleva ropa militar, un grado de sargento, eso
dice, y se jacta de haber peleado en no sé qué guerra
contra los italianos. El cubano se aprovecha de la
bebida que guarda en un pomo el viejo. He conocido a una
jovencita que me pregunta si en Italia hay osos. Sólo en
casos de emergencia, le digo. También he conocido a un
deportista que habla del fútbol de mi país. Yo le voy al
Inter, reconoce, por pensar con racionalidad, porque
sólo sabe que es un Club de primera, con dos o tres
argentinos o brasileños en las puntas, una buena defensa
y un portero seguro.
El extranjero habla de fútbol. Llega el primer viaje de
Gerona, y la lista de números que estaba en doscientos
avanza veintidós más. Hay muchos casos sociales, mujeres
con niños que gritan, al parecer, ensayados para la
ocasión, ancianos dramatizando a la altura de un Óscar.
El cubano dice hay que esperar, sólo nos queda esperar.
Lo veo cuando empuja el alcohol a su boca y el viejo
repite hay que esperar. Lee poemas que el otro aplaude
sin saber qué significan. El viejo es de Jiguaní,
trabaja en cárceles, sin mayores ganancias que un sueldo
y la mujer del prójimo preso. De eso habla, cuando el
alcohol le pertenece, endeble ya, reducido a oír los
poemas que no entenderá ni le importan.
El extranjero me escucha leer poemas de Hart Crane. Leo
al viejo, o a él, o a mí, o al fantasma de Hart Crane.
Todos somos fantasmas, dice el viejo. El alcohol lo
lleva a eso. Yo soy mi propio fantasma o el fantasma de
mí mismo, lo apoyo. La muchacha con el oso de juguete y
el deportista suplican al extranjero que les hable de
osos o fútbol.
El cubano se sorprende porque yo hablo de ella. Martha
es mi fútbol, mi animal, mi comunismo, y lo grito contra
él para que sepa que tengo todo el dinero del mundo,
pero voy a demostrarme que las cosas funcionan de este
modo.
El extranjero accidenta su obsesión con Martha al gritar
y después envolverse en lágrimas. La muchacha saca una
walkman de su cartera y le dice escucha música por
favor. El deportista hace lo mismo con una pelota de
fútbol guardada en su mochila. Pateemos esto, le pide.
El extranjero sale al exterior de la Terminal. Estoy
seguro de que mira las calles atravesadas por estrechos
canales que le recordarán, oscuramente, Venecia. Pero a
él no le importa Venecia y entonces vuelve junto a
nosotros y trata de decir que compra una lancha, y
observa que le oímos pero no lo entendemos. Se apaga su
voz para rozar el estremecimiento. Compro una lancha, lo
repite también en francés e italiano. Alguien aparece.
Sí, yo sé donde hay una lancha. Diez mil y es tuya, pero
tienes que llegar a Miami. A Miami, dice la muchacha con
el oso de juguete, y el deportista, y seis o siete que
se acercan. A Miami, tiene que llegar a Miami, dice el
viejo borracho, y celebra junto a su fantasma el alcohol
de las procedencias. El extranjero dice, hay tres
problemas. Uno: yo voy a Gerona, no a Miami. Dos:
necesitamos combustible y quien conduzca la lancha.
Tres: no tengo el dinero en efectivo, tendría que ir a
un banco. Al momento aparecen dos conductores
profesionales, con experiencia y sin miedo. Te dejamos
en Gerona y después seguimos.
El cubano me hace una seña para que lo acompañe. Quince
metros después comienza a explicarme que es peligroso.
Yo tú no lo intentaría, es mucho riesgo. No solo a
perder el dinero, sino también a perder la vida. ¿Y
Martha?, le preguntó. Habrá otro modo, simpre se puede
comprar a sobreprecio un pasaje. Eso, si es que no hay
suerte para la próxima lancha. Acaso debo creer en él y
no en su fastuosa frustración poética. La tumba del
poeta desconocido lo espera, un amigo que lanzará al
mundo, si él no llega a tiempo, la novedad de Hart Crane
enterrado en Cuba. Este es su viaje, esta es su tabla de
salvación.
El extranjero me dice que está bien, voy a ver qué pasa
más adelante. Entramos a la estación y él les explica a
quienes nos esperan que ha cambiado de idea, que más
tarde podría ser. Ahora o nunca, lo presiona un coro de
viajeros. El viejo me observa como diciéndome, no
beberás más de mi alcohol, traidor.
El cubano investiga cómo comprar los pasajes a
sobreprecio. Sin embargo, su plan comienza a
desmoronarse. Nadie sabe, nadie quiere, nadie se atreve.
Tampoco mis dólares pueden. La lluvia no ha cesado desde
por la mañana. Son las dos y unos minutos, a las tres
será el otro viaje. Ni los dólares pueden, Martha,
eso trataría de decirte esta vez; y de qué sirve lo que
pueda pensar si no sustituye la realidad, y la realidad
es este lugar perdido en el universo, esa lluvia que
cae, violenta y gélida, esas personas que apuestan como
en un manicomio toda la locura a un único viaje.
El extranjero sale de la realidad y entra en el agua. Lo
miro caminar por las calles desiertas y volver frente a
nosotros. No es el que tiene que ser sino un hombre
cuyas dimensiones empequeñecen aplastadas por la lluvia.
Soy capaz de verlo así, supongo, que sin ironía,
obligado a sorprenderme o a inventarlo entre su
angustia. Los dólares no le han servido para encontrar
un boleto salvador. Él y yo estamos excluidos.
El cubano va hacia la explicación que dará la empleada.
Desde la ventanilla, tenue y cómplice, la mujer gorda
informa de la llegada del último viaje de hoy y la
suspensión de toda salida durante dos días por:
–Rotura del barco.
–Falta de combustible.
–La situación climatológica adversa, que hace casi
imposible el trayecto entre los dos lugares.
El extranjero se acerca diciendo es absurdo y comienza a
escoger un parecido con las circunstancias que él ahoga
en su complicidad. En cambio, yo mantengo un silencio
sepulcral: sin iniciativas, sin otra interpretación que
esconderme en mi fantasma.
El cubano se interpone entre el grandulón que viene con
los boletos para la lista de espera y la oficina donde
se anunciarán los números con suerte. Por la entonación
de la voz sé que suplica. El otro abre los brazos como
queriendo decir y yo qué puedo hacer.
El extranjero no sabe que estoy comprando los pasajes a
doscientos pesos cada uno. No creo en la suerte de las
listas, prefiero apostar con seguridad al viaje y no
pender de una voz que recitará, incestuosa, los números
de espera. Pero el jefe de Tráfico, con sus boletos de
reserva, dice que nadie lo soborna. El extranjero nos
enseña un paquete de dólares. Es tuyo también, le
insinúo al hombre, pero está sordo o definitivamente
puro. Yo no creo en la pureza absoluta, sin saber, sin
que imagine que la pureza es una exageración de la
mierda que tenemos dentro. Mierda, le digo al tipo, lo
que tienes es mierda adentro.
El cubano avanza en son de ataque ante el grandulón, que
lo evade para entrar al cuartucho desde donde anunciarán
los números para el viaje. Las gentes se agrupan
alrededor de la ventanilla. La empleada comienza a
recitar, afónica, sin motivación, los nombres de los
elegidos.
El extranjero escucha cuando la mujer gorda anuncia,
treinta fallos, y me dice: nos vamos. Comprendo su
alegría, como comprendo mis ganas de imaginar que su
mundo sin Martha, definitivamente, podría ser el mundo
con todos los fantasmas.
El cubano me dice: nos vamos. La mujer pide los casos
sociales, una aureola de niños aullando, hombres
inválidos, mujeres con tres piernas, ancianos que se
arrastran, avanzan entre nosotros y se atreven a ser los
primeros, casi los únicos.
El extranjero entrega su identificación, paga y recibe
el boleto para llegar a Martha. Este es el último, dice
la mujer, ya están los treinta. El extranjero me mira
con lástima y sorpresa y, entonces, reclama a la
empleada que falta otro. No, dice la gorda, cualquier
duda analícenla con el jefe de Tráfico. El extranjero se
dirige a él.
El cubano va hacia el grandulón y lo amenaza diciéndole
que es periodista. Lo publicará todo. También tu intento
de soborno: doscientos pesos, en letras rojas, replica
con burla el hombre fuerte.
El extranjero intenta detenerlo. Creo en tu dignidad y
tu pureza, pero te falta el amor al prójimo, le
dice, olfateando el peligro de gritarle a la cara, para
que el jefe de Tráfico vocee, ellos también son el
prójimo, y señala a los que miran como el extranjero
rompe en varios pedazos el cartón de viaje, y empuja al
hombre, que desechará toda prudencia para asestar un
golpe, un contundente golpe, mientras el extranjero
rodará por el fango de una calle donde los hombres
descalzos, los perros, los carteles y la basura
acumulada correrán para testificar.
El cubano se abalanza contra el grandulón. Tiene que
discernir al levantar su brazo y propinar un golpe por
la espalda al otro. Yo sangro, Martha, pertenece al
fango, al ojo de los mirones; pero no lo golpea por la
espalda sino que espera a que vuelva el rostro, y el
puñetazo provoca un chirrido hueco que hace escupir
sangre al grandulón para después contraatacar con toda
la torpeza de su enorme cuerpo.
El extranjero y el cubano yacen en el suelo. El jefe de
Tráfico tuvo que soportar los golpes que más tarde vengó
con furia. Una muchacha con un oso de juguete, un
deportista y un viejo borracho llegan al auxilio. Yo
también, esa es la filosofía. Dos hombres sangrando. A
nadie le importa que llueva para salir junto a ellos y
solidarizarse. Es cuestión de los de abajo, me dice
alguien, confundido y desengañándose
de la conciencia. El viejo tiene una pistola en la
mano y apunta al jefe de Tráfico. Tú eres mi fantasma,
mi estúpido fantasma. Lo que hace falta es que dispares,
le dice el otro, confiado en que su miedo interior no lo
inunde. Eso y ese no valen la pena, le grito al viejo.
¿Tú vales la pena? Me dice, en el tanteo extraviado de
aparentar un arreglo a las cosas. Sí, y consigo un
sumidero terrible a la voz, entendiendo que no sólo
obligan las urgencias y que este momento puede
aprovecharlo el otro para escapar. El extranjero y el
cubano miran como el jefe de Tráfico se pierde hacia la
niebla, y como el viejo guarda su pistola y empuja el
pomo en un trago vencedor y caudaloso. Hay que seguir,
les digo a ellos, se fue una lancha, pero la vida no.
El extranjero me dice, vamos con ella, cuando la mujer
que ha aparecido sabe de un lugar del que saldrá un
ómnibus para La Habana. Pero está lloviendo, les digo a
los dos, y ella habla bajito, con ternura,
transparentemente cursi, diciéndome: no, no llueve,
cuando tenemos cosas más importantes las otras no
existen.
El cubano asiente ante lo que dice la mujer. Voy por
nuestro equipaje y la seguimos. El ómnibus sale a los
diez minutos de que llegáramos. La mujer se baja algunas
paradas después.
El extranjero me jura que no mirará atrás. Martha. Digo
el nombre con riesgo, sin explosividad, pero
precisándolo a elegir entre todas las cosas y ella.
Martha, repite él, y oigo su silencio un minuto antes de
presentir que no sabe. A lo mejor la llamo desde Italia,
murmura.
El cubano dice, ya entramos a La Habana y en la próxima
parada me quedo. Toma, le oigo, y su mano busca el libro
que entrega a la mía. Hart Crane, ojalá no te recuerde
las otras cosas, exclama antes de abrazarme. Los cubanos
siempre quieren comprarme con algo, puedo decirle en
medio del abrazo.
El extranjero agita
su mano por la ventanilla. El ómnibus se va alejando de
mí, haciéndose pequeñito en el horizonte. Me acerco a un
grupo de personas que desfilan apuradas para hacerles la
pregunta que todos y nadie sabe, cómo puedo llegar a
Oriente, pero a ninguno le importa responderme, y me
subo en un camión que va a cualquier parte. En el bolso,
el sitio donde estaba el fantasma de Hart Crane está
vacío, y afuera, por fin, deja de llover.
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