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El
cuento de La Jiribilla
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LA PUERCA
Ängel
Santiesteban |
La
Habana
Chepe se mantiene acostado en la litera con los ojos
cerrados mientras se soba los huevos; a su lado, en el
piso, hay un recluso que recién entró en la última
cordillera, dice que es su esclavo y lo apodó Victrola.
Canta imitando la voz de Julio Iglesias. Lo pasó por las
camas de los que considera de su confianza y hasta lo
alquiló por unas cajas de cigarros. Apenas lo deja
bañarse y tiene el pelo sucio y se rasca los granos, la
punta de los dedos se le mancha de sangre y pus. La
canción que más gusta es La vida sigue igual, y
cuando la interpreta nadie hace chistes, sólo un
aparente silencio, con un murmullo de fondo en sordina.
No lo dejan descansar y ha perdido la voz. Han tenido
que golpearlo dos o tres veces porque no quiere seguir
cantando, estoy cansado, dice y vuelve a recibir golpes;
Chepe grita que no le maltraten la mercancía y que allí
el único que apalea es él, y se mete la mano dentro del
pantalón y exhibe su rabo negro y sonríe con cinismo
porque todos voltean la cara evitando la escena; pero
nadie se atreve a quejarse, saben que el mandante no
está de buenas.
Chepe está de mal humor por culpa del gordito tímido que
también entró a la galera en la última cordillera. Lo
quiere para él. No se perdona haber sido tan lento.
Desde que entró a la compañía y le llamó la atención
debió acomodarlo en su territorio; pero confiado, por
ser el mandante, esperó a que llegara la noche para
poseerlo; y el Llanero Solitario, más precavido, se olió
sus intenciones y dio el zarpazo primero, lo ubicó en su
pasillo prometiéndole protección; y el muy gordito, que
se moría de miedo a ser devorado por tantos salvajes en
esa jungla, aceptó entregarse a aquel King Kong, critica
Chepe, olvidándose de que él es tan negro como el otro.
Desde entonces pasa constantemente por delante de sus
camas, vigila que el negrón del Llanero no lo mire, para
sacarle la lengua al gordito que rehúye la mirada y se
ruboriza, y Chepe se excita más, se chupa los labios, se
los muerde. No se ha decidido a aplicar sus mañas porque
el Llanero no es fácil, es un presidiario viejo. Lo
conoce desde que comenzaron en la cárcel de menores, y
sabe que no se dejará arrebatar el faisán. No le da
mucha gracia tener un enemigo tan peligroso dentro de la
galera, eso le puede traer muchas molestias, además de
las horas de sueño que le quitaría. Bastante tiene con
el Kimbo que lo azoca, se ha pasado el día mirando para
el interior de la compañía, seguramente buscando su cama
para planificar algún ataque, uno más de los tantos que
se han hecho a lo largo de sus condenas en diferentes
prisiones: son enemigos irreconciliables, y Chepe se
pasa la mano por la cicatriz del rostro y recuerda que
en la última pelea dejó al Kimbo tirado en el suelo
pensando que lo había matado porque era imposible que un
preso pudiera tener más sangre que la que corría por las
losas.
Chepe mira desde su cama al gordito que pone los ojos en
blanco cuando ríe, y al Llanero que se queda extasiado
cada vez que lo hace; han pasado todo el tiempo
conversando, un cuéntame tu vida apresurado, ni que
mañana fueran a salir en libertad, dice y se mete el
dedo en la nariz, hurga incesantemente, y extrae lo que
le molestaba, hasta parece que están de luna de miel,
gruñe. Con la yema de los dedos comienza a hacer una
bolita que trata de tirar, pero se le queda en la uña,
repite el gesto varias veces, se incomoda y la pega en
la cama del Albino que se desentiende, y aunque quiera
protestar prefiere mirar hacia otro lugar porque sabe
que el mandante, cuando está molesto, siempre busca un
pretexto para golpear.
Chepe observa los gestos delicados del gordito, la
gracia del rostro, sus labios carnosos, su piel lisa,
lampiña; desesperado llama al Albino: ve y dile a ese
negro que venga acá urgente, no quiero cometer una
locura, y el otro mueve la cabeza asintiendo, ha puesto
los ojos de susto y se limpia las manos que han
comenzado a sudarle, conoce bien al mandante y sabe que
pronto no podrá controlarse, ve y díselo, a ver si te
entiende y acepta y se aparta de mi camino, que no rompa
las costumbres establecidas, esto no lo inventé yo,
desde que la cárcel es cárcel las cosas han sido así: el
mandante es el que reparte, repíteselo varias veces,
anda, demuéstrame que me sirves para algo y que si te he
perdonado el culo no ha sido por gusto, ve a ver si
tienes suerte y ese negro te entiende y quiere negociar.
El Albino, receloso, va a la cama del Llanero, se le
acerca sonriente y sumiso, se mantiene inmóvil,
esperando que él termine de mover los ojos desconfiados
hacia todas partes como un animal en acecho, después
vuelve a mirar al Albino que permanece en el sitio con
cara compungida, el Llanero hace un gesto para que se
acerque y el otro finalmente respira y entra al pasillo,
están un rato conversando. Albino insiste en que
recapacite, valore la oportunidad que le dan; pero el
Llanero se niega, no acepta tratos, mira a su protegido
con una leve sonrisa para que no se asuste, y el Albino
no quiere terminar la gestión sin lograr algo, le parece
sentir los ojos del mandante pegados a su espalda,
conoce al Chepe y teme que su rabia se vuelva contra él
como si fuera el culpable, le reprochará que no supo
explicarse, que se ha puesto viejo y pendejo, por eso
tenía esa piel incolora, igual que los guayabitos recién
nacidos. Entonces invita al negrón a que se entienda
personalmente con el Chepe, a lo mejor lo haces desistir
de su capricho cuando le expliques que no es nada
personal. Albino se da cuenta de que el negrón niega no
muy convencido y él insiste, quizás un poco desesperado,
hasta que el Llanero lo mira fríamente, y Albino piensa
que se le ha ido la mano y que el otro puede molestarse
con él y darle una paliza, y entonces va a decirle que
ha terminado, que no volverá a llevarle la contraria,
pero sorpresivamente el Llanero asiente, no desea
problemas, le explicará que no es un capricho, es algo
especial, no soportaría una celda ahora que intenta ser
feliz, le pasa la mano por el pelo a su protegido y le
promete volver lo antes posible; recorren la galera
sumida en un silencio total hasta la cama del mandante
que está subido sobre la litera con las piernas
entrecruzadas como un faraón. Albino se aparta.
El Llanero le explica, pero Chepe insiste, dice que
primero el mandante, por pura disciplina, por tradición
y respeto; después lo devuelve, así es como ha sido
siempre y lo sabes muy bien; Llanero sonríe, está seguro
de que miente, sabes que si lo pruebas una noche no
querrás devolvérmelo. Chepe sonríe, no puede ocultar que
miente y lo sabe, insiste en que cumplirá su palabra;
pero el negrón repite que no, esta vez no, Chepe, aquí
me juego la vida y te pido que no lo tomes a mal, nunca
me he esforzado tanto porque alguien me entienda,
verdaderamente nunca me importó. El mandante,
impaciente, se pasa la mano por la cara, le propone
cambiárselo por Victrola y el negrón tampoco acepta, la
música no es mi fuerte; el jefe respira con fuerza, dice
que no entiende ni va a entender que se haga de otra
forma que no sea como dicen las reglas, después los
demás querrán hacer lo mismo y entonces el problema será
doble, el mal se corta por lo sano, ¿comprendes,
Llanero, que me estás obligando a algo que no deseo
hacer? Piensa si vale la pena enfrentarme. En la galera
hay más, te doy el que tú quieras, si es tu deseo
escoges dos; te prometo que en la próxima cordillera te
doy el que me pidas; pero acaba de razonar que no me
dejas otra alternativa que destruirte, porque es
preferible enfrentarte a ti ahora, que después a la
galera completa; cuando quieran imitarte, se pondrán a
repetir lo que dicen los reeducadores: que tenemos los
mismos derechos, ¿has oído cosa más loca? Aquí los
derechos se ganan individualmente, ¿verdad, Llanero?
Ahora, ¿qué me dices? Antes de responder, el Llanero
mira al techo, lo recorre pacientemente: si no hay otra
opción, entonces, mátame, dice y espera con la mayor
naturalidad, con una mirada que no es agresiva y por eso
asusta más. Chepe se altera, levanta la voz y el resto
de la galera hace silencio en espera de que algo ocurra,
le grita que no sea bruto, está jugando con candela y
segurito que te vas a quemar, eso te lo juro, y besa la
cruz que hace con los dedos, tanto lío por el gordito,
total, parece una puerca en celo, y el Llanero, que sabe
que se encuentra en territorio ajeno, regresa a su
pasillo sin contestar a las humillaciones, porque eso es
lo que es, una puerca, ¿oíste?
La compañía ríe y Chepe sube a la litera y grita que le
parte el culo al que se ría, pedazos de puta, y un
profundo silencio se instala nuevamente en el lugar, los
rostros pálidos y sudorosos. De repente lo ven tirarse
de la cama y correr hacia el baño con un pote en la
mano, y tiemblan, tarda unos segundos y regresa, lanza
al aire un líquido que cae como una llovizna sobre los
cuerpos y las camas, y el olor les avisa que es orina;
entra a buscar más, los reclusos se cubren con toallas y
sábanas sin abandonar sus pasillos, saben que si violan
ese mandato después el Chepe podría ser más
desagradable, porque todavía no es lo peor que puede
sucederles, queda la posibilidad de que les tire mierda.
El mandante continúa arrojando orina mientras ofende y
provoca a los reclusos para que se le enfrenten; se
molesta aún más al ver al gorila hablándole al oído a la
Puerca, sonrientes, sin importarles que los mojen con
desperdicios, y corre desequilibrado hacia el fondo de
la galera, busca su cama, rastrea debajo del colchón y
regresa, casi frenético, hasta la litera del Llanero:
sal para fuera, a ver tu coraje, dice, y tiene los ojos
rojos y grandes como si se hubiera fumado una mariguana.
El negrón levanta la vista lentamente, permanecen
calándose, reconociendo el terreno, por fin se decide a
salir con mucha lentitud, sonríe, camina sin miedo,
normal, como siempre, se detiene frente al Chepe que
juguetea con una cuchilla mohosa en la mano, la hace
bailar entre los dedos como un mago, y el Llanero la
mira fijamente, todavía seguro de que nada va a ocurrir,
aunque Chepe lo esté amenazando, amaga haciendo círculos
con los brazos, estudiando para sorprenderlo en el
primer movimiento en falso, buscando una oportunidad
para embestir, y el negrón permanece inmutable,
desconcertante, persiguiendo la cuchilla con los ojos,
hasta que levanta los brazos y se cubre con un estilo de
boxeo antiguo, los puños hacia arriba, acechando detrás
de sus brazos fornidos que hacen de parapeto, una
muralla africana que recibe los primeros cortes sobre
otras cicatrices, pequeñas incisiones por donde brota la
sangre y que el Llanero apenas percibe, como si no
fueran sus brazos. Los secuaces de la mandancia, Albino,
Jábico y Calabaza, junto a otros, aunque tienen miedo,
esperan una señal del jefe para agredir al contrario. El
mandante sigue moviendo la cuchilla con gestos de
samurai, como si jugara, quizá tratando de marear al
Llanero, lo que no logra porque este atiende a los giros
y cambios de mano que realiza Chepe con el metal. Pasan
un rato marcándose a la defensiva, Chepe no vuelve a
intentar cortarlo. Entonces Calabaza dice que dejen eso,
van a ir a parar a la celda por una Puerca, que no lo
vale, sabemos que al mandante realmente no le interesa;
Chepe y el Llanero detienen los movimientos, pero
continúan mirándose fijamente. Calabaza aprovecha,
avanza lento, se va interponiendo entre los dos que no
pierden concentración, se vigilan: ya el negrón tuvo su
merecido, dice; seguramente el Llanero o cualquier otro
se medirá antes de tomar una decisión que afecte al
mandante; y al unísono, sin darse la espalda, se van
alejando hacia sus camas. Llanero se sienta sobre la
litera sin advertir la sangre que corre por sus brazos,
y le sonríe al gordito que lo espera nervioso, y
continúan conversando apaciblemente como si nunca los
hubiesen interrumpido.
Chepe sale por el pasillo todavía con la mirada de loco,
le grita a Calabaza que no vuelva a hacerlo, estuvo a
punto de cortarlo, por eso le va a retirar la
consideración que le tiene. Dice que no quiere a nadie
fuera de su pasillo, ni siquiera después del recuento.
Durante el resto de la noche se respiran tensiones,
muchos deciden no dormir por temor a ser sorprendidos en
medio de otra pelea entre el Chepe y el Llanero; el
primero se mantiene en el fondo de la compañía para no
tener que pasar por delante de la cama de su enemigo.
Kimbo vuelve a rondar por la reja, finge acompañar al
enfermero que reparte las pastillas. Mira en silencio a
los reclusos, pide un fósforo y enciende un tabaco. Se
esparce la humareda por la galera. Los hombres aliados
de la mandancia permanecen atentos a sus movimientos,
con quiénes habla, y si entrega o recibe algún papel,
para poder interceptarlo.
Se escucha la voz de Victrola, está como siempre a los
pies del Chepe, que sólo abre la boca para pedir que
repita la canción. Cuando dan el silencio, el mandante
hace traer a Matías, la Maga, famosa por hacer
desaparecer la carne dentro de su cuerpo. Le dice al
jefe que pensaba que no la iba a ir a buscar esta noche,
como ahora estás con la majomía de la Puerca, creía no
tener espacio dentro de tus deseos. Chepe la empuja, y
la Maga dice suave, papito, yo soy igual que el mar, me
desplazo lentamente, abrazo y me apodero de la
situación, tú verás cómo se te pasa ese malestar, y el
mandante vuelve a mirarlo malgenioso. La Maga decide
callarse y le besa las piernas flacas y lampiñas, se
introduce en la boca sus dedos largos y suaves como los
de todo preso viejo, después le besa el sexo, que
comienza a ponerse erecto, esa Puerca no sabe lo que se
está perdiendo, dice y Chepe la manda a callar,
concéntrate que hoy tengo el día malo; la Maga lo
recorre con la lengua, y de soslayo mira a Victrola que
hace una mueca de asco, la Maga sonríe y lo llama, ven
para que pruebes, y el otro se niega y evita mirar; la
Maga le pregunta al mandante si no quiere sentir dos
lenguas recorriéndolo; Chepe lo piensa y el miembro se
le endurece más, la Maga vuelve a llamar al cantante, y
como el otro no le responde mira al jefe para que lo
haga él; ven, dice Chepe, y Victrola sigue negando, eso
no le gusta, te dije que vinieras, no si te gusta; se
acerca temeroso, repite que eso no le gusta, el mandante
lo amenaza, si se molesta va a ser peor: nada más es
pasarme la lengua, no me hace falta otro culo, si eso es
lo que te asusta, con el de él me basta, y señala a la
Maga que sonríe; Victrola permanece en silencio, la Maga
le pregunta si le gusta la galletica de dulce, y él
responde tímido con un movimiento de hombros, entonces
con gestos amanerados, la Maga busca en el jolongo del
jefe, saca tres galleticas, las parte en cuatro y pone
un pedacito sobre el glande; ven, dice el Chepe, come,
no me gusta que me desprecien lo que brindo de buena fe.
Victrola quiere negarse pero el mandante hace un gesto
de impaciencia y saca la cuchilla mohosa, se la enseña,
Victrola se acerca temeroso, la Maga, sonriente, le
empuja la cabeza y él cede y coge la galletica con
rapidez y regresa a la posición anterior; la Maga
pregunta si le gusta y vuelve a depositar otro pedacito,
hasta que en la tercera o cuarta vez le dan un último
empujoncito que le hace resbalar los labios y sentir el
pedazo de carne latiendo en su boca.
Transcurren los días, y el Llanero tampoco va al final
de la galera, salvo a buscar el desayuno, y trae también
el del gordito, que apenas sale de su pasillo, sólo para
lavarse la boca y bañarse, siempre protegido por el
negrón. La mayor parte del tiempo la pasan conversando,
al Llanero le salieron postillas en las heridas que se
revientan, su acompañante lo limpia y cura con
delicadeza. Por las noches utilizan de parabán frazadas
que ponen a los lados de la litera; por momentos la cama
vibra, se detiene, y deja escapar un vaho, un calor
sofocante que avisa que allí hay sexo. Los que duermen a
su alrededor se excitan, y van al baño a masturbarse.
Victrola ha decidido no continuar cantando y siempre
anda triste y asustado. Chepe ya no lo golpea por temor
a dejarle alguna marca en el rostro y eso le cueste una
celda de castigo.
Aunque el Kimbo sea el jefe de patio nunca rondó la
galera con tanta insistencia como ahora. Y desde que lo
vio buscando un pretexto para entrar a la compañía,
Chepe arrancó varios pedazos de angulares que sostienen
las patas de la litera y los está afilando con la pared,
dice que no lo van a madrugar. Ha dejado de sentarse en
la puerta por miedo a que el Kimbo le tire mierda o
quiera pincharlo a través de las rejas. Por eso puso en
un puesto de observación al Albino para que vigile los
movimientos del Llanero y el Kimbo, no vaya a ser que se
pongan de acuerdo y me jodan. Abre bien los ojos,
Albino, si me sucede algo y vuelvo a pararme, vas a
perder el ojo del culo. Y el otro mueve la cabeza
negando insistentemente, descuida Chepe, te consta que
por el olfato soy un perro, nada más que piensen
joderte, vengo y te aviso. Y el tiempo pasa y no hay
aviso. Chepe le hace una seña al Albino para que vaya
hasta su cama, lo hala por la camisa, le pregunta si
está esperando que lo madruguen para avisar. Este mueve
la cabeza, no sabe nada. Entre el Kimbo y el Llanero no
ha visto ninguna intriga. A lo mejor hasta eres cómplice
de ellos, pendejo, lo insulta el Chepe, y el otro
continúa negando con movimientos rápidos de cabeza.
Entonces ve y averíguame qué traman esos negros. Albino
acepta con gestos obedientes.
Hace rato tocaron la campana del silencio y el penal
aparenta dormir. Aunque se mantenga la luz encendida día
y noche dentro de la galera, no permiten leer ni
escribir cartas ni conversar después del silencio. De
repente abren la puerta violentamente y varios presos
entran corriendo con el rostro cubierto con tela, hay
confusión, y Chepe se tira a coger el hierro, pensando
que vienen hacia él, Calabaza se mantiene indeciso ante
la mirada de súplica del mandante para que lo proteja,
el Albino se hace el dormido hasta que el jefe lo empuja
con el pie; los reclusos van directamente a la cama del
Llanero, lo sorprenden abrazado a la Puerca, lo sujetan
y halan a su acompañante, lo tiran de la cama, lo
arrastran pataleando por el pasillo, el negrón forcejea
inútilmente, entre dos tipos han subido al gordito a los
hombros y se lo llevan al patio que se mantiene oscuro;
entonces sueltan al Llanero y corren buscando la salida,
rápidamente cierran la puerta, y el negrón desesperado
llega a la reja, saca el brazo y agarra por el cuello al
que pone el candado, lo inmoviliza, otro lo muerde, el
Llanero grita, soporta, continúa apretando su mano,
quiere que le devuelvan a su amigo, vuelve a gritar de
dolor y no puede resistir más, suelta al hombre que cae
al piso sin fuerzas y el otro lo recoge y arrastra
mientras escupe sangre y carne.
El Llanero llora, llama a los guardias, que lo ayuden,
por favor, ni siquiera se ha mirado el brazo que sangra
por la herida. Se deja caer sin fuerzas delante de la
puerta, golpea el piso, se golpea, vuelve a clamar por
los sargentos, le han robado, grita, desde otra compañía
se burlan, piden que se calle y no joda más, seguro que
después se lo devuelven, no olvides ponerle fomentos, y
ríen. El Llanero los ignora, sigue exigiendo la
presencia de los guardias, que vengan rápido, hasta que
le responden: ya va, gritón, pareces una vaca parida. Se
acercan los soldados de la guarnición, el negrón
pregunta por los sargentos, le responden que hoy no hay
sargentos, están ellos que son generales, sonríen;
Llanero quiere explicarles, no lo dejan terminar, le
dicen que se acueste, resolverán ese problemita, pero él
no entiende, se les queda mirando fijamente, le repiten
que vaya para su cama, y no quiere entenderlos. Sin
moverse, pide que se lo traigan ahora, abren la puerta y
lo empujan, ve para tu cama, cumple el consejo, es por
tu propio bien, lo siguen empujando, retrocede y da un
paso adelante, lo agarran por los brazos y las piernas y
lo alzan sin que se revire, seguro pensando que lo
llevarán con el otro, lo sacan, cierran la puerta y se
alejan hasta perderse en la oscuridad del patio. Pasa un
rato y se escuchan sus gritos que vienen de la oficina
de Orden Interior rompiendo la quietud de la noche en el
penal, grita pinga, cojones, se caga en sus madres, se
oyen unos ruidos secos, que tampoco lo hacen callar, le
insisten en que haga silencio, pero ya no hay quien le
cierre la boca, hasta que los soldados, previendo que no
cesará de gritar, se miran impotentes, lo amordazan, lo
arrastran por el patio, lo llevan para la galera, y lo
tiran en su cama; Llanero se saca el trapo de la boca y
continúa llamando a los sargentos hasta que la voz
comienza a fallarle, y los guardias deciden ignorarlo, y
se van.
Al amanecer todavía llora, desde su cama mira
constantemente la puerta, que de repente abren, lanzan a
la Puerca que se golpea con el piso, y la vuelven a
cerrar. El Llanero corre a ayudarlo, pero él lo esquiva,
se levanta solo, con los ojos llorosos y el rostro
húmedo, mira al fondo de la compañía, el negrón se
arrodilla y le besa los pies, le dice que no sucederá
más, le jura que no dormirá, se mantendrá atento por si
lo intentan nuevamente, el gordito no lo escucha, sigue
mirando hacia el final de la galera, su cuerpo tiembla,
a veces las piernas le fallan y parece que va a caer,
pero vuelve a reponerse, el Llanero le pide perdón, que
no lo ignore. Con dificultad la Puerca avanza con pasos
cortos, se aleja de él que llora irremediablemente, lo
persigue arrodillado, pidiendo que lo perdone; se asusta
cuando lo ve rebasar la litera y continúa caminando,
piensa que está mareado y le avisa que es aquí y le
señala su cama, trata de tomarlo por la mano que con un
gesto rechaza. La Puerca va hacia el fondo sin mover el
cuerpo, rígido, como una recién parida. Llanero no
sobrepasa la litera, lo llama, le pide que regrese,
coño; pero no lo escucha.
Llega a la cama del Chepe que con rapidez sacude y
estira la sábana. La Puerca se acuesta boca abajo, tiene
el pantalón manchado de sangre. Chepe le limpia las
lágrimas con la mano, duerme, no tengas miedo, yo
vigilo, le dice, mientras le acaricia el pelo y lo mira
con ternura.
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