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LA SECRETARIA DE LA REPÚBLICA:
SECRETOS DE UN AMANTE

Puede verse cómo la Revolución fue generosa incluso con aquellos que, sin compartir sus ideas, fueron honestos. Este libro menciona a muchos que hoy viven a ambos lados del estrecho de la Florida.


César Gómez Chacón |
La Habana

 

Sólo ahora, después de leerme el libro La Secretaria de la República, de Pedro Prada Quintero, comprendo lo que tiene que haber significado en la vida de este cubano de 42 años, su relación íntima con aquella dama que le doblaba la edad (tenía 86 años al morir en enero de 1998), y que respondía al nombre de Conchita Fernández.
Tres años y 247 días duró su idilio periodístico con esta criolla representativa del siglo XX cubano, que se ganó el privilegio de fungir como secretaria del sabio don Fernando Ortíz, del político ortodoxo Eduardo R. Chibás y del líder revolucionario Fidel Castro; y codearse con hombres de la talla de Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau, Wifredo Lam, Nicolás Guillén, Raúl Roa, Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara, entre otros muchos.
Escritor, investigador y diplomático, como se le resume en la solapa de este volumen que vio la luz el 14 de febrero (Día de los enamorados), en la Feria Internacional del Libro de La Habana, Pedro ya nunca será el mismo: en su existencia siempre estará el antes y después de Conchita.
Con la entrevista, la investigación y el trabajo en la redacción y edición del libro, Pedro alcanzó la mayoría de edad como ser humano y como profesional. Lograr que Conchita le “desclasificara” su vida, fue resultado de una suma de voluntades, paciencia y casualidades. “Parir” una obra como La Secretaria... es una muestra de rigor y maestría absolutas, que le valió para su Doctorado en Ciencias de la Comunicación.
Vísperas de su debut ante los lectores, tengo ante mi a este hermano de siempre, que me convence de que “hablar de Conchita fue tarea de Conchita, y eso está en el libro”. Convenimos entonces en compartir con los amigos de La Jiribilla algunos secretos de La Secretaria de la República, y de lo que la obra significó en la vida de Pedro Prada, “un cubano común, nacido, criado y enamorado de la Revolución”.

-¿Entrevista o investigación histórica? 
-Te propongo que te leas primero algunas de las opiniones que me dieron sobre el libro gente que respeto y admiro mucho, cuando yo andaba en busca de avales para aspirar al doctorado, pues mi tesis estaba basada precisamente en todo el trabajo alrededor de esa “historia de vida” que constituye la obra. 
Aquí tienes, por ejemplo, esta de Eusebio Leal, que es parte del prólogo que me regaló:

“Los que tuvimos el privilegio de disfrutar de la amistad de Conchita, percibimos nítidamente su voz, la intensa pasión de su relato que surge graciosa y cubanamente (...) fiel reflejo de cómo evolucionó nuestro propio pueblo”.

Mira, todo comenzó con la idea de hacerle una entrevista netamente periodística a un ser humano cuya vida era de por sí noticia. Sin embargo, en el proceso de nuestros encuentros, en la medida que ella va evocando nombres y acontecimientos, yo comienzo a adquirir conciencia de que tengo en mis manos algo más que la vida de Conchita y su círculo vital; sino que su propia existencia constituía un recorrido por períodos muy importantes de la República de Cuba. Descubrir eso, y llegar a la conclusión de que para poder seguir entrevistándola yo debía estudiar historia, como una obligación para entender los hechos que ella me relataba –entre otras cosas porque no éramos contemporáneos-, fue un primer reto que acepté con gusto, pero que ya me sacaba de lo que era una entrevista tradicional.
Descubrí también que esa parte definitoria de la historia patria, en la que Conchita trabaja como secretaria de sus dos primeros jefes, Fernando Ortíz y Eduardo Chibás, no ha sido lo suficientemente estudiada; al menos fue la idea que me llevé al revisar la literatura a la que tuve acceso, y hablo de los clásicos como Ladislao González Carvajal, Leonel Soto y Raúl Roa, que hurgaron en nuestras luchas antimachadistas.
No quiero justificar, pero pienso que los historiadores escriben los hechos mucho después de que estos pasaron, porque siempre es más difícil hacerlo cuando quedan muchos protagonistas vivos; es un problema de equilibrios y perspectivas. La propia Conchita, desde el principio, me dejó clara su posición al respecto: de los sucesos y los personajes más distantes en la historia, ella hablaba sin ambages; de las cosas que ocurrieron en un período más mediato, habló con la debida cautela que exige la supervivencia de algunos protagonistas; y de los acontecimientos y personajes más contemporáneos, decidió contar desde el perfil humano, evitando juicios políticos o históricos.
En mi caso, como periodista que soy, la diferencia es que el libro está escrito desde la historia y sobre la historia, pero no es una investigación histórica.
Sí, hay algunas revelaciones históricas, cosas que por primera vez salen a la luz pública, porque son contadas de primera mano por una protagonista directa de los hechos. Te puedo decir, por ejemplo, que Conchita esboza algunas reflexiones sobre un acontecimiento tan importante en la vida política cubana como fue el suicidio de Eduardo Chibás. Hay una versión conocida de los hechos, los que recogió la prensa de la época y otros análisis posteriores de la propia prensa, que coinciden con lo que luego apareció en los libros de historia. Sin embargo, en las indagaciones que hago con Conchita, y por otras fuentes que debí consultar, voy viendo que los hechos no ocurrieron exactamente como quedaron recogidos por la prensa y los libros, sino que había otros matices en la actuación de los implicados alrededor de aquel hecho.
Por cierto, a Conchita siempre se le identifica con el Partido Ortodoxo, y con frecuencia se resume su vida a su papel como secretaria del senador Eduardo Chibás, y a su lugar dentro de la ortodoxia, pero esto incluye solamente unos 14 años de toda su vida laboral, que fueron casi 70 años, de ellos los 15 definitorios que estuvo al lado de Ortíz, que es quien pule el carbón y lo convierte en diamante. El libro descubre a esa otra Conchita, la que ya era antes, y también a la fue después de su trabajo con Chibás, y, por supuesto, a la Conchita que yo conocí.

-¿El libro fuera de Cuba?
-Yo sé que La Jiribilla se lee mucho fuera de Cuba, y por eso me gustaría comentarte algunas cosas del libro, que creo pueden resultar interesantes, como son los varios ejemplos que pone Conchita, y que demuestran todo el trabajo de Fidel, desde los primeros años de la Revolución, para lograr el consenso nacional, sobre la base de colocar los intereses de la Nación por encima de los intereses personales.
Puede verse cómo la Revolución fue generosa incluso con aquellos que, sin compartir sus ideas, fueron honestos. Conchita menciona a muchos que hoy viven a ambos lados del estrecho de la Florida... Bueno, en el libro hay más de 400 fichas biográficas de gente mencionada por Conchita, la mayoría relacionada con los acontecimientos de su vida. Es interesante cómo se refiere ella a la relación del propio Fidel con algunas de esas personas que, aún yéndose de Cuba, y a pesar de que sus ideas no coincidían para nada con la Revolución, jamás se les cerraron las puertas.
Hay otro ejemplo que a mí me resultó igualmente revelador. Con frecuencia se dice fuera de Cuba, y a veces lo sostenemos aquí dentro, que la fundamentación del sistema político y de gobierno que tenemos hoy es resultado de nuestras ideas socialistas y comunistas. El caso es que se omite un asunto medular, y es que cuando aquel primer partido comunista --el de Mella-- era demasiado joven como para proponer un sistema político, o estructuras de un futuro gobierno, ya Fernando Ortíz, que no era comunista, que era un libre pensador, pero sí un profundo martiano, estaba proponiendo la derogación del sistema político vigente, y en su lugar la instauración de uno basado en la abolición del pluripartidismo electoral y del Congreso; y hablaba de un sistema de gobierno cuya máxima representación fuera un congreso unicameral, integrado por una representatividad de ciudadanos de méritos.
¿Qué cómo llegué a saber estas cosas? Pues, simplemente porque Conchita me comentaba trabajos que don Fernando le ponía a mecanografiar, y yo me iba al otro día a la Biblioteca Nacional, y allí buscaba hasta encontrar el documento a que ella hacía referencia. Por ejemplo, este último de que te hablo es Una nueva forma de Gobierno para Cuba, que es una conferencia que dio Ortiz en la Universidad de La Habana, en 1934.
Yo creo que el libro puede ser de interés para todo aquel que se sienta cubano de verdad, porque el relato de Conchita respira cubanía por los cuatro costados. Uno puede reírse, llorar, amargarse, pelear, pero también evocar el barrio, la taza de café, el trago de ron, el guateque campesino, el suceso político. Es igualmente un relato de amor a la ciudad de La Habana. Eusebio Leal me dijo --después que lo leyó-- que había marcado una serie de lugares mencionados por Conchita que era importante rescatar para la memoria histórica, e incluirlos en los planes de restauración de La Habana Vieja.

-¿La República en 400 páginas?
-Sí, ese es un tema que merece no pasar por alto. El libro, por cierto, sale a la luz en vísperas del centenario del 20 de mayo de 1902, una fecha importante, pero aciaga. 
La colega, amiga y maestra Marta Rojas, al referirse a la obra y a la personalidad histórica de Conchita, afirma que “al trascender ofrece un fresco de una larga etapa de la República de Cuba”. Yo coincido, pero quiero darte algunas reflexiones personales de cómo yo veo el término “República”, porque Conchita también me ayudó a creer no en una, ni en dos repúblicas, sino que, de la misma manera que todos los patriotas cubanos habían reconocido en todas las épocas una sola Revolución, la iniciada en Yara en 1868; de ese mismo modo la República en la que debemos creer los cubanos es la que nace --con todos sus atributos-- el 10 de abril de 1869 en Guáimaro. Fíjate que Martí decía que ese era el día de la Patria.
Por lo tanto, desde ese punto de vista, la República no puede ser el sistema de gobierno impuesto a Cuba el 20 de mayo de 1902, aún cuando ese fuera el resultado de la resistencia de los cubanos a que la Isla se hubiera transformado en una colonia total de los Estados Unidos, como Puerto Rico. La República no puede ser la organización política casual del estado cubano, sino el sueño y la realidad de país que los mejores cubanos han forjado; y Conchita, por cierto, fue la secretaria, la compañera, la amiga, la cómplice, la confidente... de muchos de esos buenos cubanos.
Por esa misma razón, yo no sólo comparto la idea de otros que han escrito sobre Conchita, y que la han calificado como un paradigma de Secretaria (lo pones con mayúscula), o como la mejor que tuvo el siglo XX cubano. Yo sostengo que ella es la Secretaria de esa República inmensa, que nació en la manigua redentora de 1869. 

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