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NUESTRA CELESTINA* (FRAGMENTOS)

En cartelera durante todo febrero, en el Cine Teatro Trianón, la polémica versión de La Celestina, de Fernando de Rojas, por la Compañía Teatro El Público bajo la dirección de Carlos Díaz.


Abel González Melo|
La Habana


Decirlo cuando el montaje era aún lejano, hubiera parecido verdad poco fundada. Ahora cabe afirmarlo, y mejor será hacerlo por no caer en lengua de la maldita alcahueta: La Celestina era una cuenta pendiente en el anaquel de clásicos de Teatro El Público. Tiene para las letras hispánicas el privilegio de iniciar la modernidad, hace ya más de cinco siglos.
A las manos del ser contemporáneo la pieza llega con una grandeza acendrada en la ambigüedad. No sabe a qué darle más peso, si a la persistente herencia medieval, si al hálito renacentista que la inunda, si a su precursor barroquismo. He ahí la interrogante que, a la par de alarmarnos, nos ofreció y nos ofrece confianza: saber que el juego de máscaras, que las nuevas formaciones que encima del escenario del Trianón se observarán, saber que las caras y las voces que desde La Celestina nos espetan, no son estáticas ni rígidas. De ahí la sugerencia primaria y de ahí el resultado.
Trabajé junto a mi colega Norge Espinosa. Antes habíamos colaborado con Carlos Díaz en la versión de La gaviota, de Chéjov. Con La Celestina, la historia ha sido distinta. Uno recibe un texto escrito en castellano, y aunque algún giro pueda levemente variar de una edición a otra, algún parlamento o acotación, la pieza huele a palabra pura, recién escrita, a leyenda contada y extendida, narrada y representable desde la mente del autor. No hay torpeza de traducción. No hay ausencia de teatralidad ni amañe en el lenguaje, por más que aparezca éste profusamente cargado, retórico; por más que el castellano antiguo esté necesitado, para redactarlo en imágenes recientes, de poda y limpieza; por más que los extensos monólogos pesen –acaso sólo en la mente de un espectador actual, de un dramaturgo actual– contradiciendo lo legítimo de una situación dramática. Dormita en esa retórica la base que cualquier artista moderno utilizaría como explosivo, como demostración de una tenencia y un guiño cultural. Las palabras son los únicos testigos de la supuesta intención: a través de ellas Teatro El Público relee los criterios de moralidad, fortuna, amor, desvarío y muerte de un período humano, y con ellas va a demostrar, a mostrar los suyos. Hay aquí, en esencia, unos cuantos seres confabulados para una maldad. Nada más necesita una estructura teatral para tenerse en pie. 
¿Cómo contar otra vez la historia de los amantes, putas y sirvientes de esa aldea chica? Respuesta primera: Trocando esa aldea en esta aldea. El cambio de los demostrativos nos encima el entorno. 
La riqueza de lenguaje persistente en el original, después de varias lecturas, nos volvía doblemente responsables. Los cortes no podían lastrar la autenticidad del discurso. Muchas veces aquí los personajes tienen parlamentos que los definen, maneras de saludar, despedirse o burlarse que los acompañan, y más que eso, frases que aseguran su perspectiva dentro del conflicto, motivos que los distinguen y los cualifican en tanto componentes del sistema de relaciones. Por eso se bordaron con mucha paciencia los diálogos. 
Teatro El Público gana para sus montajes lo mejor de las experiencias universales. El escenario es, pues, cosa transmutable: asimismo el tiempo en que sucederán los hechos, que cabe sea el presente ironizado de las calles y plazas de La Habana, el bosquejo mordaz de una Salamanca barroca o la insinuación de cualquier otro paraje o momento forzoso. La versión dramatúrgica se preocupa por viabilizar esos cambios, por sugerirlos a partir de la reacción de un personaje, del accidentado tránsito de una situación a otra, del efecto de sorpresa que manipule la opción receptiva del espectador, más aún si hay mucho y vario que contar. Una entrada de Calisto atropellará el conciliábulo de Celestina y Sempronio. Una fantasía con Areúsa permitirá que Pármeno acepte traicionar a su amo. Un cordón embrujado acaparará el deseo del señor y sus sirvientes. Un consejo lujurioso extrañará el amor filial de Pleberio y Melibea. Las razones quedan, como toca al teatro, puestas sobre el tapete. 
Abundan en el montaje, suele así ocurrir en las puestas de Carlos Díaz, las escenas paralelas, y llegar a ellas, a su eficacia, es algo que el director y los actores se aprestaron a descubrir dentro de la versión. Pues, para sumarse al ritmo incansable de una obra en la que no transcurre demasiado el tiempo, o en la que no importa demasiado el tiempo que transcurre, la solución fue encimar los acontecimientos, presentarlos dentro de un cuentecillo en el que no deja nunca de haber suceso, armar un muñeco que desde cualquier ángulo responda con prontitud y acción, como juguete mecánico, a la prontitud y a la acción que mezclan Celestina y los suyos y que es comprensible por todo tipo de público.
Conseguimos un primer guión de trabajo, pero con el comienzo de los ensayos nos percatamos de que aún era importante reajustarlo. Se había eludido todo acontecimiento baladí, se habían organizado y esclarecido las subtramas, se dirigían esas subtramas a los centros de debate: el acorralamiento, la ambición de amor o de dinero, la impostura. Una idea que habitaba la palabra escrita ofreció opción integradora: ese mismo sentido repetitivo, circular, laberíntico que se respira en el verbo, se mostraba cual asidero por deslizar a lo largo de la puesta. La estructura de repeticiones se hace eco en el nivel de la fábula. La versión juguetea con ella. Los abundantes encuentros de Melibea y Calisto funcionan como leit motiv. Sin pudor se accede, como sin pudor relata De Rojas, a ese ambiente desaforado del placer de la carne, nacido acaso de un pecado original y una expulsión primigenia de un paraíso ahora desconocido, y por tanto impacientemente buscado. A ninguna razón de gobierno, a nada espiritual ni hondo están supeditadas las componendas: el pago de matar a alguien, de conseguir la gracia de la doncella o de ultrajarla, el pago de traicionar y ser desleal, será siempre el regreso a la carne, alfa y omega del ciclo vital. Pármeno y Sempronio mueren, pero son sustituidos por Sosia y Tristán. Celestina muere, pero su lugar lo ocupan Areúsa y Elicia. Todo simula tener sustitución, mas sólo hasta un punto. 
Hemos querido emerger en ese punto. La muerte posee el dramatismo de los fenómenos colosales. 
Con los meses de ensayo y estudio pudimos – y en este plural incluyo a todos los artífices del proyecto, desde el director hasta los actores, la puntual asistencia de Amaury, pasando por el acabado diseño de vestuario de Vladimir Cuenca, el minucioso andamiaje escenográfico de Alain Ortiz, o la música original de Juan Piñera, sumando a ello las labores de traducción, atrezzo, fotografía, técnicas y de promoción – pudimos, decía, rebajar las campanas épicas que desde la Celestina nos llaman. Oímos sus consejos, sus múltiples refranes y construimos los nuestros, la musicalidad que hoy la obra posee, al principio ignorada, obliga y conduce el movimiento de los actores: una respuesta implica un codo que se quiebra, palmas que aplauden, una cuerda que se enreda en la cintura, una bolsa que es abierta, unas cuantas monedas volando, una espada que excita en lugar de matar, una pierna que se fractura en pos de la legitimidad pictórica. Museo vivo donde no faltará la cita clásica, ni la cita popular. De tal manera pretendemos ser fieles a un autor que sintetiza y desborda. 
Cuando usted entre a la sala, verá, apiñados cual diminutas casas en torno a un castillo feudal, torrecillas, palacetes, balcones, capillas, columnas, baldes y hasta un árbol. Durante la función, los actores se entretendrán en desorganizar un poco el aparente orden. Con la ingenuidad que anima a un niño que arma un rompecabezas, avance y penetre también en la huerta de Melibea. No se deje amedrentar por los gritos de los criados, ni por la llamada inoportuna del padre, ni por el ansia enfermiza de Lucrecia. Tampoco caiga seducido ante la belleza y el candor de los amantes. Avance apenas, y notará cómo nuestra aldea, paso a paso, se va haciendo suya. 

Notas 
*Estos fragmentos pertenecen a un ensayo mayor, leído durante el encuentro teórico “La Celestina hoy”, organizado por el Centro Cultural de España y la Embajada de España en Cuba. 

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