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LA RESURRECCIÓN DEL LIBRO CUBANO
Después de
una crisis de varios años, la reactivación de la
producción cubana del libro se hace cada más evidente.
Según datos ofrecidos por los organizadores de dicho evento, en esta ocasión 66 de los 119 expositores la Feria Internacional de La Habana serán entidades cubanas y se pondrán a la venta unos cinco millones de ejemplares hechos en Cuba.
Tomás Santiesteban |
La
Habana
Después de una crisis de varios años, la reactivación de
la producción cubana del libro se hace cada más
evidente. Una prueba de ello es sin dudas las dimensiones de la Feria que hoy abre sus puertas en el Castillo de San Carlos de la Cabaña y que durante los próximos 34 días, desde el 7 de febrero en La Habana hasta el 11 de marzo en Santiago de Cuba, se prolongará a todo lo largo del país.
Según datos ofrecidos por los organizadores de dicho evento, en esta ocasión 66 de los 119 expositores la Feria Internacional de La Habana serán entidades cubanas y se pondrán a la venta unos cinco millones de ejemplares hechos en Cuba.
Mientras los expositores extranjeros provenientes de 24 países ocupan un área de 1549 m2 —los mayores espacios los tienen Francia, Invitada de Honor, con 426 m2, seguida por México (367), España (301) e Italia (90)—, las 66 casas editoras cubanas presentes en el evento abarcan 895 m2, de exposición donde ofrecen la producción de todo un año.
Indudablemente, la reciente recuperación de la industria editorial de la isla evoca de algún modo aquellos tiempos en que la lectura devino una de las prioridades culturales del cubano.
PAGINAS VIGENTES
Mientras en la Cuba republicana se contaba con una insuficiente política del libro por lo que, salvo los textos escolares, apenas si existía la producción nacional, durante los primeros treinta años de revolución esta alcanza un singular desarrollo. Después de realizar en 1961 una Campaña de Alfabetización que llegó hasta los rincones más apartados del país, el gobierno revolucionario se propuso desarrollar una política editorial que contemplaba, entre sus principales lineamientos, ir de lo nuestro nacional hacia lo nuestro latinoamericano y caribeño y por esa vía hacia lo nuestro universal.
Tras los cien mil ejemplares del Quijote, editados por Alejo Carpentier y que inauguraron la imprenta nacional, por la cascada de papel de las precarias y adaptadas rotativas existentes se desbordó una marea de obras clásicas y contemporáneas de autores de todas partes del mundo entre las que sobresalían las escritas por los escritores cubanos. En esas tres décadas, el número de títulos creció en cuatro veces y las impresiones se multiplicaron por más de 40.
Por primera vez, a nivel masivo, el libro se convirtió en un objeto cotidiano. Sus bajísimos precios —cualquier obra maestra podía costar unos 60 centavos—, y las campañas a favor de la superación educacional y sus amplia distribución en la red de librerías, facilitaron que aún en las más modestas casas de la isla existiera una biblioteca. Si nos remitimos a las cifras de esa época, pocos años después de la aparición de la simbólica impresión de la obra cumbre de Cervantes ya en 1967 se contaban en casi 16 000 000 los ejemplares producidos, es decir, dos libros per cápita.
Desde entonces hasta 1974, la producción anual de títulos se caracterizó, sobre todo, por el aumento del promedio de las tiradas. De unos 20 000 ejemplares por título estas crecieron hasta alcanzar los más de 40 000. Por esa época, la producción de libros destinada a la educación representó el 40%, mientras al Instituto Cubano del Libro (ICL) le correspondió un promedio de 167 títulos y una tirada de 4,5 millones de ejemplares.
En el período 1976-82, la aparición de nuevos títulos continuó en aumento hasta llegar a los 1000-1500 por año en tiradas muy elevadas y relativamente estables. En correspondencia con la matrícula escolar, los libros educacionales aportaron más del 50% del total producido, elevándose el promedio de ejemplares por título hasta la cifra de 57 710,7 en 1976. Las tiradas totales se ubicaron alrededor de los 60 000 000 de ejemplares, o sea, un per cápita de más de seis libros por año.
Del 83 al 89 la producción alcanza cerca de 2 339 títulos anuales: la mayor cantidad de títulos de la etapa revolucionaria, de los cuales aproximadamente la mitad eran libros de texto para la enseñanza. Las ediciones, sin alcanzar cifras tan elevadas, llegan hasta 40 y 50 000 000 de ejemplares, por lo que baja el promedio de ejemplares por título y la cuarta parte de las tiradas del país.
PASANDO LA PÁGINA
Tras los inicios de los 90 los años más duros del periodo especial en los que el libro cubano se vio reducido en ocasiones al formato plaquete y a insignificantes tiradas —un promedio 2 000 ejemplares por título—, a partir de 1994 se inicia una reactivación que logra aproximarse a la cifra de 200 títulos.
Cuatro años más tarde, en 1998 se editan 2,5 veces el número de ejemplares producidos que en 1993. En este avance juega un importante papel el desarrollo editorial de los Centros Provinciales del Libro, los cuales alcanzan a publicar 93 originales con 268 000 ejemplares. Al mismo tiempo, el producto editorial gana en calidad: aparecen libros de más complejidad, con un mayor número de pliegos y mayor presencia de fotos e ilustraciones.
No obstante la crisis, el país no desatendió las necesidades del talento nacional. La Editorial Letras Cubanas, por ejemplo, publicó el 29, 1 % de los 1047 títulos publicados entre 1994 y 1998 en los que la narrativa fue ampliamente privilegiada. En medio de la falta de papel la creación de la colección Pinos Nuevos se convirtió en un oasis para los creadores del patio: en 1994 y 1996 se publicaron 100 autores inéditos, y 29 en 1997 , en su gran mayoría, jóvenes. Por su parte Ciencias Sociales dio a conocer 275 títulos, entre los que se destacó la colección Centenario de la Guerra de Independencia.
Otros géneros, sin embargo, no tuvieron similar suerte. Gente Nueva, dedicada a la publicaciones para niños y jóvenes —cuyas peculiaridades determinan un mayor costo editorial y poligráfico— se limitó a producir unos 135 títulos y otro tanto sucedió con la Editorial Científico-Técnica con sólo 105 textos.
Para no privar al lector de la isla del placer de disfrutar de grandes obras de la literatura universal reaparecieron las colecciones Dragón y Huracán, con seis títulos en 1997 y cinco en 1998, con tiradas entre 10 000 y 25 000 ejemplares. Cifra que se elevó a diecisiete un año después.
De igual forma, la disminución en el promedio de ejemplares por título hizo que se destinara una parte significativa de esa producción hacia las bibliotecas de la red pública y otras instituciones. En 1995, surgió un proyecto como el de bibliotecas escolares, con una tirada de 4 000 ejemplares y se tiene el propósito de suministrar unos 46 títulos de literatura imprescindible a las salas infantiles y juveniles de las bibliotecas públicas.
Indiscutiblemente, con relación a los años más cruentos del periodo especial el salto es evidente. No sólo porque las editoriales pertenecientes al Instituto Cubano del Libro han aumentado su producción de 296,8 ejemplares en 1993 a 1434,0 en el 2 000; o porque sólo los centros provinciales alcanzaran en ese mismo año los 300 títulos, sino porque el libro cubano puede hoy, gracias a la notable mejoría de sus diseños y portadas, exhibirse sin vergüenza junto a las mejores producciones de otros lugares del mundo.
Todavía falta para arribar a las fabulosas cifras de 60 000 000 de ejemplares alcanzadas en otros tiempos, pero sin dudas, después de la crisis de principios de los 90, el resurgir del libro cubano resulta bastante alentador.
Una vez más, en la XI edición de la Feria que se inicia hoy y que en esta ocasión se extenderá a todas las cabeceras de provincia, —y a pesar de que el libro cubano compite en precios con otros productos igualmente imprescindibles—, la feria atraerá en masa a un público (el año pasado fueron 200 000 personas) que no se limitará simplemente a pasearse ante los estantes.
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