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LEGADO DE ALAS
Los libros lo saben todo; en ellos el arte se funde a la vida; en ellos se tensa el arco y no por ello se adelgaza la textura; en ellos hay tantos silencios como palabras; en ellos, como en Falstaff, está la causa del ingenio de los demás; en ellos, como en Terencio, nada humano es ajeno. No piensan por nosotros, sino nos enseñan a pensar
Beatriz Maggi |
La
Habana
Con júbilo me sumo hoy a la feliz iniciativa que nos reúne, y que consiste en exaltar la lectura como uno de los empeños más enriquecedores del espíritu humano, a la vez propiciador de un número tan crecido de elementos formativos de todas las actividades creativas del hombre. Constituye tan hermosa encomienda una ocasión impostergable, pues –así parece– mundialmente se observa un correlato entre la disminución del interés por la lectura, la calidad y fruición de la misma, y el número real de lectores
–por una parte– y, por la otra, el aumento, más que perceptible, de los públicos televidentes y de los asistentes a las salas de cine. El progreso técnico y la eclosión artística del cine acrecientan el número de los que contemplan la imagen a expensas del goce de la lectura. La velocidad, probadamente mayor, con que nuestro sistema sensorial instala en la mente humana la imagen visual con preferencia a la palabra es, sin duda, una razón incontestable.
¿Habrá sonado, pues, la hora de la muerte de la lectura? Afirmamos que no. Mas todo en la vida muestra su verdadero valor a la hora de su riesgo mortal. No se trata –seguro– de menospreciar los méritos de la imagen visual, ni siquiera de no reconocer abundantes usos y utilidad de la televisión. Pero empecemos este intercambio que me honra inaugurar con la convicción de que la palabra sobrevivirá, por derecho propio, si sabe rebasar el peligro y soportar enhiesta su agónico combate con ese temible contrincante que es la imagen visual. La palabra logrará, creo, si tiene la audacia de apoyarse en su virtud intrínseca, esto es, deberá sobrepujarse a sí misma, evitar la trampa, no autocompadecerse, no congraciarse con la imagen, ni hacer una pobre transacción con ella: SER MAS QUE NUNCA ELLA MISMA. No se trata de negar la imagen, ni de oponerse a ella, ni de no negociar con ella, ni de engullirla a través del guión. El problema no reside en la palabra, ni en la imagen. Nuestro fin de siglo disfruta la INSTANTANEIDAD. Ello aparentemente, hace a la imagen la dueña del momento. Por tanto, la palabra, en esta su hora de peligro, tornando a su favor justo ese carácter más enrarecido, menos corpóreo que el de la imagen, debe aprovechar ese intervalo mayor de tiempo que necesita; audazmente aumentar su dosis de fermento y de maceración, su hervor, el sable de las ideas, sus fogonazos de luz, su refriega con el alma y también, suscitar imágenes mentales tan “materiales” como la imagen misma.
A manera de preámbulo, cito un caprichoso párrafo del libro Zootomía escrito nada menos que en 1645 por el bibliófilo Richard Whitlock:
Los libros son una óptima transacción comercial: la vocación por ellos produce más emolumentos que todos los otros comercios. Son consejeros que no cobran sueldo, patrocinadores no morosos, de fácil acceso y dócil salida; nunca despiden a ningún cliente. Cuenta tus libros en el inventario de tus joyas, en el cual su variedad es la prodigalidad más perdonable, y la utilización adecuada la mejor economía. Como compañía son los mejores amigos; ante la duda, consejeros; consuelo, en el fracaso; la nave para aquel que viaja dentro de casa; para el negociante, la mejor recreación, el opio para los perezosos, el recursos cotidiano para la mente, el jardín de la naturaleza y la simiente de la inmortalidad. El tiempo innecesariamente gastado en ellos se consume, pero la ganancia es doble. El tiempo que roba el visitante o la atención a los negocios, o por el propio descuido perdido, los libros lo redimen; son el viático del alma y contra la muerte, un cordial. Cuán beneficiosos son para sus propios autores se echa de ver cuando consideramos que cualquier otra proeza, por la espada o por el esfuerzo, no trae más que un título a sus tumbas. Pero en las tumbas de los autores los libros no son títulos, sino epitafios que preservan su memoria más allá de las perecederas pirámides o los Mausoleos de Piedra. Mas todas estas ventajas se obtienen sólo si se disfrutan; y este disfrute por lo general es un resultado, más que un propósito, pues, como es sabido, el placer es una mujercita veleidosa que posee la facultad de fascinar, pero no la de satisfacer; es un pez que muerde la carnada y se lleva el anzuelo. El disfrute debe ser parte del equipo del lector. Si vais con el poeta, os lleva al reino de la imaginación; veis la vida con el novelista; descendéis con los barcos al fondo de los mares, si vais con el explorador; con el científico visitáis su laboratorio; en las biografías penetráis el misterio de las vidas humanas; el historiador reconstruye el pasado y os da indicios del futuro, y el filósofo os da un atisbo de su sabiduría.
Sirvan estas palabras curiosas del siglo XVII como párrafo introductorio a mi tema fundamental, que es el enriquecimiento espiritual y la liberación del hombre a través de la lectura, no sin antes hacerlo preceder de un peldaño auxiliar, si se quiere todavía algo utilitario.I
Antes de hablar de la lectura como experiencia emancipadora y edificante, quisiera referirme a la lectura en su condición de vehículo ideal para estimular un conocimiento y un cultivo paradigmáticos de la lengua; para colocar en las manos del lector un instrumento lingüístico–literario–poético de máxima eficacia y potencia que le otorgará a su habla y a su escritura el compás completo que le faculte para convencer, persuadir, suplicar, demandar, o simplemente comunicar, y cuando haya tensión, para todos los movimientos anímicos que oscilan entre la vociferación y el silencio.
En la lectura, el lector entra en contacto –diríamos «carnal»– con la materia viva que él deberá aprender a gobernar, no con los principios que la rigen, de lo cual se ocupa la gramática en forma de esquemas, que suelen ser profundos, de comportamientos arquetípicos o típicos. La lengua con la cual el lector entra en contacto en una aproximación gramatical no está –como en las lecturas literarias– tensada como si fuera un cuero de tambor templado al fuego, aun hasta en sus posibilidades climatéricas. En cambio, en la literatura, la palabra está usada al máximo de sus posibilidades expresivas y comunicativas y en sus registros más sutiles. En un gran texto literario la palabra se vuelve sinalefa inmortal entre el cuerpo del orbe y la conciencia del hombre; o instante yerto en que una saeta traspasa el corazón de un tomeguín en pleno vuelo, o río salido de madre, o aguas malgeniosas que pugnan contra el muro que las represa. Un libro creador es un vientre de nueve meses; y también la comadrona.
Si aceptamos lo anterior, también estaríamos en condiciones de aceptar que, si bien la gramática registra los usos frecuentes, y no en todos los casos hace imperativa la lógica creando así una preceptiva limitadora, ella es una ciencia, y postula el uso ortodoxo y sancionado de las categorías, las estructuras oracionales, la puntuación, etc., mientras que la literatura –que si bien, según los casos, sabe atenerse a ellos– se extiende más lejos e ilustra también el uso heterodoxo, extremo, que puede permitirse a las palabras, las estructuras y los signos. Esto es, la literatura es arte, y como tal, creadora, y los libros literarios ensanchan las fronteras de la expresión, así como los libros científicos y filosóficos exigen densa conceptualización y claridad, cohesión y organicidad del texto, redundando todo ello para el lector en una soberbia apropiación de la lengua, implemento indispensable al hombre en la vida culta y civilizada. En el arte, específicamente, la lengua tantea sus fronteras, e inclusive ilustra al lector (para su apropiación pasiva y activa) en cuanto a la posibilidad de traspasarlas, deconstruyendo, fragmentando, dinamitando, poniendo al lector en sintonía con el signo de nuestra época. Eso es, el lector adquiere, como por ósmosis o contaminación, sin necesidad de la disciplina del estudio, el uso pasivo y activo de la lengua, por desapercibido que se encuentre, y asimila, consciente o inconscientemente, la infinita variedad de estructuras sintácticas, la semántica, la fonética, etc., tanto en los usos convencionales como en los críticos de la lengua, los cuales se van instalando en el destinatario del libro, que así absorbe la eficacia fundadora de éste. Como la buena música y la buena pintura, que cultivan el gusto sin necesidad de orientarlo con un estudio. Increíble, pero cierto: la literatura ofrece también una metodología al libertino del lenguaje, tanto en el caso del hablante como en el del creador literario. Puestos en contacto con los textos soberbios, los seres humanos adoptamos la tradición, pero asimismo las rupturas fecundas; aprendemos a tensar al máximo el arco con el que se dispara la flecha.
Las lecturas frecuentes llevan al dominio de un vocabulario extenso. Según el contexto, la palabra mostrará el lector sus denotaciones y connotaciones; redunda esto inevitablemente en la adquisición de un léxico que, si somos sensibles, puede ser suntuoso. Y, de este modo, se tendrá acceso a los reticentes secretos de la sinonimia, a esos gigantescos piélagos microscópicos que separan a un sinónimo de otro. Al leer textos de diferentes épocas en una misma lengua, el lector se hace sensible a las variaciones semánticas que experimentan las palabras y con ello quedará favorablemente en posesión del secreto activo de la etimología: de hasta qué punto ella esclaviza, pero en proporción mayor libera al lenguaje, permitiéndole al lector creativo la invención de palabras, o los usos inusitados de las mismas. Es así como van surgiendo los estilos personales.
En este inventario de ganancias de la lectura que propician la adquisición de instrumental lingüístico, no olvidemos las estructuras oracionales que nos pertrechan con la gimnasia de frases, oraciones, párrafos, períodos. El carácter proteico, seminal de las palabras, tanto en su sentido como en sus funciones, se hace más notable dentro de un texto literario, pues consciente o no de ello, las palabras ganan, pierden, cambian, chocan, cuando entran en relación. El uso de la lengua se convierte bien en un retozo, bien en un laboreo fragoroso, según ellas se hostiguen pugnazmente, o se desposen. El verdadero resultado, más allá de la apropiación de la lengua, es la agilización del pensamiento. Leer enseña a hablar y a escribir, pero aun más, a pensar, a veces a pensar óptimamente, con pensamiento claro, preciso, profundo.
Los usos ortodoxos y heterodoxos de la puntuación pueden ser, mejor que nunca, aprendidos en la asiduidad de la lectura de textos ejemplares. Son usos sutiles y variadísimos, susceptibles de arraigar en estilos personales. Un uso herético de la puntuación es en absoluto permisible, pero es bueno aprenderlo en los buenos libros, pues sólo allí se presenta con coherencia. En los grandes “modelos”, esto conduce a un sistema expresivo dado; puntuar es una manera de expresar.
Saturarse de buena literatura suministra al hablante y al escritor una pauta para ponderar sabiamente las expresiones populares que van brotando de la vida social; una vez entrenado el lector en el vasto patrimonio de la lengua, adquirirá una especie de instinto para decidir si una figura, un término, una imagen, una frase ingeniosa, oriundos en la gracia popular, son pasajeros o promisorios y merecedores de adoptarse y perpetuarse, según respondan o no al alma tradicional de una lengua y de una nación.
Leer buenos libros, no sólo o necesariamente los literarios, proveen al lector de un arsenal de imágenes que entrenan la imaginación en la concepción del mundo como un inmenso tropo. Esto induce en el lector la facultad para producir imágenes, y ello dará sentido, color, riqueza y acento peculiar a su propia expresión, ya que su sensibilidad ha quedado imantada hacia las equivalencias entre lo material y lo espiritual, o entre objetos y fenómenos dentro de cualquiera de estos espacios; el lector acaba por escuchar el chasquido, las diminutas detonaciones entre los diferentes planos de la realidad. Sin necesidad de afectación, ni casi de reflexión (no es que aconseje renunciar a esto último), el lector va quedando persuadido de la polisemia del mundo; equipamiento formidable para aproximarse a la verdad y al fondo de las cosas. El que una palabra pueda tener dos, o aun tres, significados distintos, despierta el ingenio en autor y lector, propicia el juego, autoriza la malicia y flexibiliza la mente, ya que ésta da raudos saltitos de una denotación a otra; no se está quiera un segundo y ejecuta piruetas (es delicioso sonreír para adentro...) .O, igual en prosa que en poesía, la polisemia tiende un velo mistificador en el que la palabra titila, reverbera, asume más de una cara, lo que va tomando un atractivo carácter ontológico.
No olvidemos tampoco las modalidades del pensamiento que los prefijos y los sufijos –toda suerte de desinencias– introducen en el discurso, matizando así el pensamiento y su expresión. Inclusive ello suele incidir en las relaciones humanas determinando una comunicación pintoresca, alusiva, irónica, humorística; a veces sutil, a veces vigorosa.
La sinestesia, presente de modo general como fenómeno psicológico en el habla y la escritura, artística o no, no puede ser soslayada en estos apuntes. Característica de la poesía desde fines del siglo pasado y en nuestro siglo, está presente en la gran poesía de todos los tiempos y en la prosa, y no es mero ornamento, ni intensificación de la expresión, sino que revela aspectos nuevos, o desconocidos, o sólo intuidos, de la realidad y de la naturaleza. Con ello vamos entrando en los beneficios que nos trae la frecuente lectura de textos poéticos:
La particular prosodia de una lengua dada, sus tendencias entonacionales, su mayor o menor carácter melódico –relacionado con la proporción y distribución de vocales y consonantes– se evidencian mucho en la poesía, ya que los requisitos que imponen los acentos, la cantidad silábica, la rima, las pausas y la división estrófica, confinan al poeta y le obligan a depurar los valores de su lengua. Previa a la expresión o al hallazgo intuitivo, mágico, se desarrolla en la sensibilidad del poeta un hurgar consciente o inconsciente en la índole precisa de sus emociones, sentimientos y pensamientos, tanto más válidos cuanto más precisos, pues el gran arte rehuye las vaguedades; incluso la oscuridad ha de ser lúcida para hablar del Misterio. Intencionalidad y control presiden embozadamente la más ingenua manifestación de la gran poesía. Inevitablemente, el lector tendrá ante sí un paradigma.
De igual modo, ocurre que el pie métrico tal o cual, suele estar privilegiado por el habla de un pueblo dado. Es sabido que en el habla inglesa se prefiere el yambo, mas la tendencia del habla norteamericana se inclina al dactílico. La poesía suele apresar y secundar intensamente los acentos de una nación, lengua y raza, y por ello facilita el encuentro de los lectores asiduos con el alma viva de una lengua dada.
El hipérbaton, sobre todo en cierta tradición poética, se hace necesario para obedecer el esquema métrico y la rima elegidos, y a la vez, es uno de los recursos insuperables para lograr los énfasis, emocionales o racionales. La comprensión de un texto donde ocurra el hipérbaton con frecuencia –o el hipérbaton violento– constituirá para el lector un adiestramiento formidable en la sintaxis y, en consecuencia, aprenderá a expresarse –al par que disfruta en propiedad el texto– de manera que los elementos persuasivos y emocionales no ofusquen la claridad. Se produce un delicado equilibrio, un balance magistral entre lógica y emoción, más elocuente y movilizador cuanto más lograda esté la sintaxis que subyace y organiza el texto.
Un poema, por otra parte, en una estructura que impone economía, exige al poeta tener al alcance un amplísimo vocabulario, sobre todo si él ha escogido esquemas métricos y estróficos, tipos de rima, etc., que sólo puede respetar valiéndose de un repertorio vasto de sinónimos, frases formularias, locuciones idiomáticas y otros, que brindarán al destinatario del poema un uso ejemplarmente rico de la lengua. Supongamos que estas restricciones, más o menos tradicionales, podemos semejarlos a los barrotes de una celda: el alma escapa por entre ellos, como canta el pájaro en la jaula. Siempre es bueno recordar a Hamlet cuando dijo: “Yo podría estar encerrado dentro del cascarón de una nuez y considerarme rey de los espacios infinitos...”. Mas, inversamente a esta concisión, la poesía suele buscar la perífrasis o incluir estribillos, estructuras paralelas, inventarios de objetos, oficios y acciones, y, más aun, la repetición incremental. El que desee hacer un uso activo, creador, dinamizante de su discurso –entre otros, el político, el orador, el profesor, el periodista, el escritor– aprende así el valor persuasivo inherente a la retórica reiterativa.
La arquitectura de un poema, su estructura o singular despliegue del tema (puesto que se trata de un todo que entre su primer y su último verso desarrolla una estrategia de aproximación al lector) es fundamental para mi argumentación. La lectura de los buenos libros, en prosa (pero quiero destacar aquí que muy especialmente en un poema, o al menos que no desdeñemos el servicio de la expresión en poesía en este aspecto) hace al lector sensible a la distribución y organización íntima de las ideas; el autor dispone las mismas en regimientos, batallones y compañías; organiza su apelación al lector; difícil es al lector apercibido no ser sensible a esta seducción. O, este embate. Existe por igual en la prosa, pero es más ostensible, al igual que indispensable, en un poema.
Hasta aquí me he estado refiriendo, y no exhaustivamente, a un valor de la lectura que, si me apuran mucho, aceptaría denominar ancilar:
LEER PARA APROPIARSE DE LA LENGUA O LEER Y, EN CONSECUENCIA, APROPIARSE DE LA LENGUA.
II
Aunque –ello es obvio– muy relacionado con esto, me encamino ahora por terreno fragoroso: el valor óptimo de la lectura: la fruición que deviene edificación moral y enriquecimiento espiritual del ser humano, sin didactismos; placer gratuito y generoso, desinteresado disfrute que a través de ese legado de alas constituye una liberación que nos enrumba hacia la trascendencia; ansia de ansias que, porque nunca se sacia, no se extingue nunca.
Huelga aclarar a estas alturas que nos referimos en el día de hoy a todo tipo de lectura (científica, artística, filosófica, o recreativa) que no constituya tarea de estudiante. Estudiar entraña tareas, horarios, volumen de lecturas sistemáticas, disciplina, todo con mayor o menor placer y espontaneidad, apenas ninguna a veces, y hay que estudiar. Hecha esta demarcación, la lectura es y debe ser un disfrute eminente, un inmenso regusto irrestricto, no regido más que por la propia inclinación.
Aunque todos aquí desearan refrendar esta afirmación, sólo me alcanza autoridad para valerme de lo que, entre muchos, han sentenciado algunas grandes figuras. Así, el importante crítico norteamericano del siglo pasado, William Dean Howells, decía: “El libro que lees por sentido del deber, o que por alguna razón tienes que leer, no es tu amigo. Puede, sí, que te entregue algún deleite inesperado, pero en ese caso, ello se debería a su propia virtud no solicitada o a tus buenas intenciones”. A continuación traduzco en prosa festinada los bellos versos de Elizabeth Barrett Browning: “No nos hará ningún bien, aun tratándose de un libro, que seamos prácticos y calculemos la ganancia: por ejemplo, tanto de lectura, tanto de beneficio”, y continúa: “Es más bien cuando gloriosamente nos olvidamos de nosotros mismos y nos lanzamos con temeridad, alma por delante, a lo profundo del libro, apasionados por su belleza y buscándole su sal de verdad, cuando obtenemos el verdadero bien que el libro encierra”. No es un desvarío romántico, pero, por si lo fuera, citemos al masivo jerarca de las letras inglesas, Samuel Johnson, quien decía, a pesar de su rigor enciclopédico: “Un hombre debe leer según su inclinación, porque lo que lea como tarea le hará muy poco bien”.
Subyugado enteramente el juicio por este consensus, encuentro acertada esa imagen de la vocación por la lectura que nutre el espíritu y la mente, como la succión que experimentan las aguas de una corriente que se acerca a la cima de la cual se han de despeñar; aguas turbulentas que se arremolinan y se aceleran. Nuestro espíritu y nuestra mente corren al encuentro del estrago. En otros casos, evoca la plácida bonanza de unas aguas que han saciado su apetito de vértigo y, apaciguadas, lamen serenamente el lecho, se deslizan suavemente hacia el mar –que es el saber así adquirido.
La lectura, entendida como una actividad enteramente libre y espontánea, se convierte en un amigo, el mejor amigo imaginable. Eliges su compañía según el estado de ánimo en que te encuentras; a diferencia de las personas, puedes abandonarlo bruscamente sin ofenderlo. Sólo habla cuando queremos oírlo, y calla cuando prefieres silencio, y, como en la amistad verdadera, cuando estás con él acarreas todo tu ser, tu ser total, y muy especialmente lo que él demanda de ti. También a él, como al amigo, debes tomarlo completo y no sólo lo que más te interesa de él.
La lectura de la cual hablamos no es un acto pasivo de apropiación: es de fermento e inseminación; desata el propio pensamiento y el sentimiento en rumbos desconocidos. Esto lo logra porque los libros seleccionan, condensan e intensifican la vida. Tanto así, que alguien que no recuerdo ahora, decía que no leer equivale a encerrarse en un calabozo, mientras la vida fluye y rebulle afuera, aserto que invierte los términos frecuentes de que la Vida está en la vida, y que leer es una especia de “fugarse”de ella.
La lectura de los buenos libros nos pone en comunicación con los mejores espíritus de la humanidad. Walt Whitman les llamaba “esos diminutos barcos fletados desde la antigüedad”. Su contemporánea, Emily Dickinson, coincidía, sin saberlo, aportando estos versos:
No hay fragata como un Libro
Para llevarnos a lejanas Tierras
Ni corceles cual la página de briosa Poesía–
Esta travesía puede hacerla el más pobre
Sin agobio del Peaje–
–Qué frugal es el Carruaje
Que transporta el alma Humana
Debido a esta preñez, no es recomendable leer una sola vez los buenos libros, o aquellos que, sin uno saber por qué, han resultado imanes inquietantes. Generalmente en una primera lectura pasamos sin darnos cuenta por encima de sus mejores tesoros. Decía Carlyle con su habitual absolutismo: “No merece ser leído el libro que no mejora cada vez que uno lo relee”. Y es que aunque uno se dé todo a él, él va entregando gradualmente sus regalos. No recuerdo quién hacía esta sabia advertencia: “...hay que llegarles hasta el fondo: bien es verdad que es bueno desnatar la leche, porque la crema tiende hacia la superficie, pero por ejemplo. ¿Quién podría desnatar a Lord
Byron?”
No existe, sin embargo, entre los amantes de la lectura, una actitud unánime y sin discrepancias. Más de una vez se escucha decir que no se debe leer para contradecir y refutar, ni para creer y dar por descontado, ni para encontrar un interlocutor con quien charlar, sino para ponderar. Sin duda, es un criterio muy estimable y existe una enorme cantidad de libros que deben ser, por la índole de sus temas, leídos con esta disposición. Si en verdad el libro es un amigo, no es un mudo ni un sordo interlocutor; con él se habla, se discute o se asiente, se cuestionan criterios, e incluso se varía de opinión con respecto a la primera lectura. Pero, hay veces que, sobre todo si se trata de un autor ya preferido, el lector se relame de gusto aun antes de abrir la portada: ¡el alma ya va por delante! El término “ponderar” así de moderado, es un acierto feliz, pues a pesar de la distancia objetiva que sugiere, se concilia con una recepción afectiva. De aquí que pueda decirse con mucho sentido que “aquello que se ha leído durante quince minutos, debe ser meditado durante los restantes 45 de la hora”. Paradójicamente, se ha dicho –y es una sugerente pauta– que no es necesario recordar todo lo leído; que hay partes en las cuales la deliberación en recordar frustra una operación involuntaria más enriquecedora, según la cual lo leído y aparentemente olvidado, se sumerge y se aloja y sedimenta en lo hondo de la conciencia. Así podría afirmarse que muchas veces los libros hermosos y profundos han decidido el destino de un hombre, sin él saberlo.
Con el afán de aprisionar las joyas de pensamiento y emoción que encierran aquellos pasajes que imantan al lector, muchas personas hacen diferentes tipos de marcas sobre el libro. Estas marcas tienen sus virtudes, y también sus defectos:
1. Las marcas instan a dialogar con el libro, o son indicios de la repercusión de que hablamos, pero encierran el peligro de que quizás algún pasaje ha infatuado al lector de un modo que le induce a desatender otros, quizás los verdaderamente sustantivos. A menudo, en la segunda lectura, exclamamos: “¿Cómo no reparé en esto?” Existen estilos centrífugos en que el escritor disemina sus bombas de profundidad por todas las esquinas del texto; otras, la elección, por ejemplo, de una preposición inusitada –que ofusca al lector perturbadoramente– salva al lector desapercibido.
2. Tanto cuando el pasaje subrayado es un mensaje que se envía al próximo lector del mismo volumen, o un aviso para la propia relectura, en esto de subrayar se halla una imperceptible, subrepticia dosis de personalismo, aun de egotismo. El lector, sin confesarlo a nadie y a sí, se reafirma, se reconoce y, en el peor de los casos, hipoteca y compromete su futura lectura, invitándose a una pobre re-meditación; desaparece así la lectura fresca y virgen. “Egotismo de enanos” ha sido llamado este ensamblaje clandestino, esta construcción paulatina y semideliberada o totalmente ingenua, del yo del lector.
3. Subrayar tiende a lanzar rieles por donde transitarán los ojos del próximo lector del ejemplar, que es una manera de robar frescura al texto. La única defensa que yo podría hacer de esta tendencia a subrayar o marcar de alguna forma el libro, es que se trata de un impulso casi instintivo e indetenible, surgido del entusiasmo, y que aumenta la intimidad de la actividad lectora; es como un “estrechón de manos” entre lector y autor, entre amigos. Recordemos, así y todo, que el propósito de la lectura no es la “fabricación” de la individualidad del lector, aunque legítimamente conduce a ella como influencia formativa. Ciertamente Virginia Wolf nos dice: “Al leer, seguiré mis gustos, mis instintos, mi propia razón; llegaré a conclusiones mías. Mientras leo, soy –en cuanto lectora– totalmente independiente. La batalla de Waterloo tuvo lugar, no hay duda, un día determinado; pero ¿quién puede afirmar que Hamlet es mejor pieza que Lear? Eso lo decide cada cual para sí.” Ella lee, deducimos, dentro de un proceso de cristalización de su individualidad ya existente, no “para hacerse de una”, pues no le aprovecharía la lectura. Es ella misma la que dice: “No le dictes a tu autor; trata de convertirte en él. Mientras lees: esclavo de tu autor; luego es que te emancipas de él.” Contradictoriedad incitante.
La importantísima escritora Edith Wharton comenta: “Ese lujuriante pasar de una página a la siguiente; ese abandonarse, no mezquinamente abyecto, sino deliberado y cauteloso, abrazado a todas las potencias del propio espíritu y la propia mente, al tiempo que nos rendimos a la custodia que el libro hace de nosotros... a eso llamo yo leer”. Avasallados por el libro que leemos, mas reteniendo nuestro propio yo, que crece por dentro con esa lectura, pero añado yo, no leer para consolidar ese “yo”, pues ello sería una intención espuria. Propongo más bien que la lectura de los grandes libros sea un acto humilde en que el lector crece, sí, aumenta su rango espiritual, pero se anonada y se aniquila en el abrazo de su yo con el patrimonio de la civilización, con toda la grandeza del pensamiento y la pasión de la humanidad que le ha precedido; la lectura emancipa y redime de pequeñeces y miserias, mas entre otras cosas, de la propia individualidad; me refiero a la experiencia de anegarse en el océano que todo el humanismo anterior (y los contemporáneos) han llevado hasta él. Preguntaron una vez al poeta John Keats que “¿Cuál pieza de Shakespeare prefería?” a lo que contestó, rectamente: “Eso sería como preguntarme en qué disposición prefiero encontrar el océano.” El matiz está en que, en la pregunta, Keats es más bien el “yo” indiviso que juzga; en su respuesta, él se asume a sí mismo como un ser como otro cualquiera, que contempla la inmensidad. Es, diría yo con el temor de disparatar, como si se pudiera ser a un mismo tiempo Apolo y
Dionisos. ¡Cosa difícil!
Los libros lo saben todo; en ellos el arte se funde a la vida; en ellos se tensa el arco y no por ello se adelgaza la textura; en ellos hay tantos silencios como palabras; en ellos, como en Falstaff, está la causa del ingenio de los demás; en ellos, como en Terencio, nada humano es ajeno. No piensan por nosotros, sino nos enseñan a pensar. Son los apetecibles mixtificadores, pues lo esclarecen todo y todo lo oscurecen, incidiendo en el Misterio sin extinguirlo. En ellos bulle la vida, pero la muerte recita su memento mori, o el cielo ofrece su reparación, o el futuro se solaza, promisorio. Con razón se ha dicho que el libro pertenece a una serie divina: el vino, la amistad, el amor, la vida; un buen libro, bien leído, es redentor y emancipador, lo cual queda inmarcesiblemente expresado en los famosos versos de Emily Dickinson:
Comió y bebió las preciosas palabras
Su espíritu creció robusto;
Se olvidó de que era pobre
Y de que su sustancia era polvo.
En los días de tinieblas, danzó, y
Un libro fue lo que le legó esas alas
¡Qué libertad nos trae un espíritu
Que se resuelve en voces!
Los libros vigorizan nuestras facultades mentales, dada la unidad y casi identidad entre el pensamiento y el lenguaje; sobre piedra, pergamino o papel han auxiliado poderosamente el desarrollo de la vida doméstica, civil y civilizada; el comercio entre las naciones, la vida racional y afectiva, la exploración de la psiquis, la vida política. La Historia. Han conjurado los espíritus y convocado las fuerzas fáusticas con las que el hombre aspira a usurpar confines remotos e ignotos, a fin de transformar su realidad. Han recreado el extático metabolismo entre el hombre y su medio natural. El libro ha conversado con Dios como en una oración. Como el guante a la mano, ha hecho suya la movilidad del pensamiento, el alma y el espíritu, penetrando los más sutiles repliegues, siguiendo dúctilmente los recónditos y fugitivos desplazamientos, en lo cual la lectura sólo tiene rivales en la música y la gestualidad del rostro. Valles siderales e intersticios milimétricos de nuestra textura nerviosa, por igual han sido allanados en el apasionante reflejo que de ella hacen los libros. Y cuando el hombre ha supuesto que no quedaba nada en pie, sus libros han cambiado el signo a la catástrofe glorificándola, hasta que Baudelaire expresara: “He sentido el viento del ala de la locura pasar por encima de mi cabeza.” La lectura confirma a diario los logros estéticos de la humanidad, ya que al roce de lo bello, aloja una flecha en el corazón de ese pájaro que somos y detiene su vuelo, allá en el aire, transfigurado.
Todas las ganancias que reporta la lectura resultan pobres comparadas con una excepcional en la que quiero detenerme: el robustecimiento de nuestro discernimiento moral, esa posibilidad siempre abierta de ponerle jaque mate a la impasibilidad, a esa estulticia moral que nos asedia y que nos impide discriminar entre un acto moral y otro inmoral, propio o ajeno: discrimen éste que nos pierde o nos salva, y que aumenta (o destruye con su ausencia) todo esencial humanismo.
En este sentido, me parece totalmente pertinente extraer alguna cita de William Shakespeare, tanto porque reconocidamente él fue autor que contempló al hombre y a la sociedad con dos pares de ojos simultáneos, como porque el pasaje se refiere a la palabra, el libro, el lector, la cultura, los cuales constituyen la razón de ser de nuestra cita de hoy. Integridad o endebles moral (con respecto al patrimonio que la civilización ha depositado en los libros y la cultura), son hoy más que nunca propicios por ser congruentes con nuestro evento. Voy, pues, a referirme a la pieza Eduardo VI, 2da Parte en la cual tempranamente en su carrera, el dramaturgo genial evidencia las dos caras de la cultura. Perdóneseme, pues, la aparente alevosía (con que arremeto al escoger mis citas) pues parezco denostar lo que tantos minutos llevo exaltando.
En esta pieza, un plebeyo, Jack Cade, que encabeza un levantamiento popular contra el rey, exclama:
– ¿No es la cosa más lamentable de este mundo que se sacrifique a una inocente oveja para hacer pergamino son su pellejo?, ¿qué se garabatee un pergamino para destruir la vida de un hombre? La gente dice que la abeja pica, pero yo digo que es su cera la que pica, pues con sebo se sellan las sentencias de muerte.
Acto seguido, le traen al rebelde un escribano, prisionero de las desarrapadas tropas insurrectas. El rebelde pregunta: « ¿Sabes escribir?», a lo que el escribano responde: «Sí, afortunadamente mi educación me ha permitido aprender a escribir». La respuesta fulminante no se hace esperar:
– ¡Llévense al traidor! ¡Ha confesado su crimen! ¡Ahórquenlo con su pluma y su tintero!
A continuación la escena nos presenta una relevante figura histórica, Lord Say, quien valido de su altísima dignidad en el gobierno y la corte, había explotado sin misericordia al pueblo, mientras, por otra parte, era un elevadísimo exponente de la cultura y la erudición renacentista inglesa. El patán le espeta al cortesano, simultáneamente explotador del pueblo e insigne protector de las artes y las letras:
– Has traidoramente corrompido a la juventud de este reino erigiendo una escuela de gramática y, mientras nuestros antepasados no usan más libros que la tabla de aritmética y la tarja para apuntar lo fiado a los clientes, tú has introducido la imprenta, y en perjuicio del Rey, La Corona, y la Dignidad, has construido una fábrica de papel. Te será probado en tu cara que te has hecho rodear de hombres que mencionan el sustantivo y el verbo y otras palabras igualmente abominables, que ningún oído cristiano puede soportar. Has designado Jueces de Paz que han confundido a los infelices con argucias que ellos no podían contestar. Todavía más: los has metido en la cárcel, y, porque no podían leer, los has ahorcado, cuando es precisamente por no saber leer que merecían vivir.
El culto patrocinador del saber, hecho prisionero de la ralea, se defiende con un hermoso parlamento, expresión viva y decantada del shakesperiano amor renacentista a la cultura y concluye diciendo:
–... y viendo que la ignorancia es la maldición de Dios y que el conocimiento es el ala con la cual volamos al cielo, ustedes no pueden condenarme a morir, a no ser que estén poseídos por espíritus diabólicos.
En ese momento, el bellaco ignorante, en igual medida insurrecto defensor del pueblo, es momentáneamente seducido por el esplendor que oscuramente intuye y musita para sí:
– Siento arrepentimiento al oír sus palabras...
Mas el Lord, demagógico, quizás sin saberlo, desde su alta jerarquía, imprudentemente añade:
– Esta lengua mía ha parlamentado, es cierto, con reinos extranjeros, pero todo lo he hecho en provecho vuestro.
Rápidamente el líder popular sanciona:
– Morirá, aunque sea no más por lo bien que sabe argumentar. Tiene un demonio debajo de la lengua; no habla, no, en nombre de Dios.
El ambivalente, más todavía, el ambiguo Shakespeare, en la voz de un hombre de pueblo, nos pone en guardia sobre las peripecias con que la palabra juega a decir la verdad. Y nosotros, sus lectores, maduramos moralmente al leer esta escena, al ver cómo el fruto más excelso de la conciencia humana, el testigo más patente del espíritu humano, la palabra, la sublime elocuencia, hubiera podido ofuscar a cualquier otro hombre menos sagaz: pero el inculto, el ignorante hombre de pueblo, el plebeyo, destina a la horca al culto (¡también hábil!) aristócrata renacentista.
Y si de todos es sabido que con las palabras podemos mentir, aun más funesto es el hecho de que con las palabras se puede expresar una verdad que en nada garantiza al que las profiere. Aquí, de nuevo, entre muchos otros, escojo a Shakespeare. Con palabras se pueden erigir templos, mas como ellas tienen vida autónoma y se liberan del hombre que las alienta, y seducen y resplandecen si son hábiles, la verdad misma es, o puede ser, algo bien diferente de la persona que la pronuncia. Verdades viriles como puños pueden encubrir a la persona que les da voz; éste es su uso espurio por excelencia: la palabra se vuelve ramera que se entrega al manoseo. Esto lo plasma la gran literatura, y lo muestra al cuidadoso lector. En manos de un autor profundo y escrupuloso, sin didactismo alguno, sin empeño de enmendar al hombre, sólo de mostrarlo, la lectura bien hecha nos muestra al Hombre en su totalidad, lo cual puede darse, como acabamos de ver, en un texto hilarante y divertido. ¡Que bien se complace aquí el deseo de Don Quijote: enseñar deleitando!
Deseo redundar en el aserto que –esperamos– ha sustentado la inclusión de las escenas de la rebelión de Jack Cade y nos tornamos a otra, también de Shakespeare, de aleteos más perturbantes, aunque más implícita, más recóndita, que refleja la cara oculta que puede poseer el hombre. En la pieza Hamlet, Polonio, al despedir a su hijo Alertes que sale para Francia, le da una serie de consejos, de los que entresaco algunos muy nobles:
1. No lleves a la acción ningún pensamiento desproporcionado.
2. Sé sencillo, pero no vulgar.
3. Aquellos amigos que posees, y cuya amistad tengas probada, apriétalos contra tu pecho con garfios de acero, pero no embotes la palma de tu mano con cada recién nacido acabado de empollar.
4. Cuídate de entrar en pendencias, pero una vez metido en ellas, compórtate de manera que sea tu oponente el que se tenga que cuidar de ti.
Y Polonio remata esta serie con aquel consejo que, atravesando los siglos, llega desde la antigüedad a nuestro tiempo para que el ser humano tienda a su más elevada medida:
“Sé sincero contigo mismo y se seguirá, como la noche el día, que no podrás ser falso con ningún otro hombre.” Piedra de toque. Lamentablemente todos sabemos que Polonio tiene alma de lacayo y su verdad, la de su vida y sus actos, no coincide con la de su boca y su lengua. Shakespeare nos muestra tanto la belleza de la verdad, como el espanto de la inautenticidad. ¡Qué sobresalto no experimentaría Polonio si virando la cara por encima de su propio hombro, se enfrentara a sus espaldas con Polonio, el otro, el que siempre le acompaña y va detrás de el! Pero no hay temor, él no lo reconocería, pues Polonio tiene miopía moral. Leyendo agudamente, Polonio nos muestra un caso de fragmentación humana. Los grandes autores, con su bisturí –navaja toledana– nos llevan brutalmente de niños a adultos, con incisiones tan profundas como éstas, al par que retenemos algo de la infancia porque, gracias a confrontaciones tales, seguimos persuadidos de que hay algo firme que no nos va a defraudar, que no se desmoronará ante nosotros.
Pero, la ganancia más valiosa para mí, la que considero me ha traído una remuneración más entrañable de todas, en relación con los dividendos provenientes de la lectura, no es ni el disfrute desinteresado –que no es sólo resultante, sino condición previa–, ni el acercamiento a las lindes extremas de la naturaleza humana, ni la ejercitación de la inteligencia, ni el establecimiento de un nexo reconocible entre el yo lector y todas las épocas de la humanidad y todos los espacios del planeta, ni la apropiación de la lengua –mía o extranjera–, sino la capacidad infinita de expandir mi alma y mi espíritu, que van siendo gradualmente entrenados, paso a paso, libro a libro, por curiales experiencias que me traen indicios del sufrimiento, o de exaltaciones gozosas, del ser humano. Quedo provista, crecientemente pertrechada, de antenas y terminaciones nerviosas más sutiles y sensibles, con un equipamiento más experto, preparada para padecer y para la regeneración, la amistad, el amor y el perdón. No es que ahora sé más; no es que conozco mejor al ser humano (aunque todo ello sea también), sino que voy quedando crecientemente facultada para convertirme en los demás: he aumentado sensiblemente el número y la intensidad de mis vibraciones por segundo; apresuro el sístole y diástole de mi corazón para apercibirme a los grandes dolores, y a los delirios y arrebatos de los personajes: yo me enlodo en la infamia de Svidrigailov. Yo me arrodillo ante Raskólnidov con la dulcísima Sonia. El libro me induce a comprender cómo ella hace suyo (redimiéndolo) el pecado del otro; me va llevando cuidadosamente, entre otras razones porque, cuando el autor habla de la compasión “insaciable” de Sonia, hago un alto en la lectura y me digo: “!Cómo! ¡Qué! ¿Compasión “insaciable”? Sé que hay sed insaciable, ambición insaciable, necesidad insaciable, pero ¿cómo es eso de compadecer insaciablemente?, o sea, ¿qué la compasión quiere más de ella misma, quiere ser más compasión?”
Pero ¡miento! A estas alturas del pasaje, a estas alturas del libro, ya estoy en la apoteosis de la compasión, en el centro de la circunferencia del libro, y me doy cuenta de que el corazón es un espacio ilimitado, una estancia donde resuenan estruendosamente mil millones de orquestas calladas. Y todavía el libro no me deja conmigo, ¡hay más!, porque “la dulcísima” me enseña que comprender y perdonar no es todavía salvar, que todo estará perdido hasta que la regeneración se produzca cuando el culpable se dirija voluntariamente hacia su castigo; la redención –mía y del protagonista– se llamará Siberia. Y la epifanía que comenzó con la conmiseración que sentí conjuntamente con la dulcísima, la inefable, fue saciado mi corazón en un suculento banquete de dolor; atronándolo en un tumultuoso concierto de sabios silencios que sólo se extinguió en la nieve. Así también, en el relato más triste que registra la literatura occidental, comparto con Samsa la escudilla que su hermana le colocó en el suelo, y soy, junto con él, volcada en el cesto de basura, mientras los padres llevan de paseo a la hermana, acicalada ya para encontrar novio. Y es que –con la lectura– he ido desarrollando vellosidades más hambrientas, filamentos más poderosos, al par que más sutiles, para absorber, para asimilar. No es que ahora hablo y escribo mejor; no es que he entretenido más sabia y dignamente mis horas; no es que ahora sé más; no es que ahora sea más tremebundo el acontecer en lo que leo: es que soy otra, diferente de la que era antes de leer esto, y si sigo ¡ya pronto podré “alzarme” como un Himalaya, porque la lectura va abriendo el ángulo del compás de mi espíritu: tengo ya un considerable diapasón. Poseo en el pecho una suntuosa cámara de resonancia en que vibra un órgano ávido de sonoridades más y más intensas. Y la próxima lectura que haga, encontrará mi alma preparada para la combustión, fundida en el crisol de la lectura. Pues he ido creciendo como ser moral. ¡Y ése es el legado de alas!
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