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EL
DESCUBRIMIENTO DE CUBA
Álvaro
de la Iglesia
Al través de los siglos, de ese velo brumoso que tiende
el tiempo y desplegan los años sobre los grandes sucesos
de la Historia, aparece y aparecerá mientras dure la
vida del planeta la fecha del descubrimiento como un
idilio de gloria entre los hombres de hierro del siglo
XVI y las vírgenes riberas americanas surgiendo de lo
desconocido como un encantador miraje, solamente
concebible en las iluminaciones supremas del espíritu
cuando vuela raudo en los dominios del sueño. ¿Y qué es
la invención del Nuevo Mundo más que un sueño glorioso
realizado por la estupenda fuerza creadora del genio en
el despertar radiante de la idea?
La empresa homérica digna de parangonarse con la
mitológica de Jasón persiguiendo el vellocino, llega
hasta nosotros cada vez más vibrante y más intensa por
lo mismo que chispea al chocar con le prosaísmo de unos
tiempos en que no se comprenden ni siquiera se conciben,
por incurable bajeza del corazón, las aventuras
heroicas, esas sublimes locuras que momentáneamente
hacen medirse al hombre con la divinidad.
Mirando a Colón se sufre un deslumbramiento. Es la luz
creadora que esplende iluminando en una explosión
ingente todo un mundo desconocido que surge de las
aguas. Cabot, Vasco de Gama, Américo Vespucio, Hernán
Cortés, Pizarro, Almagro, Grijalva, los Pinzones, Ponce
de León, todo que personifica y llena la historia del
descubrimiento y la conquista palidece al lado de la
gran figura del genovés y forma su cohorte sin robar un
ápice a su gloria. De su propia luz viven todos: él fue
el genio, el creador, el verbo de la empresa inmortal:
su éxito grandioso fue producto de una fiebre de lo
desconocido que habla de remitir cuando el ideal
realizado se convirtiera en la baja empresa de la
crueldad y de la codicia.
Es preciso remontarse a aquellos tiempos, hundirse en
las espesas sombras del siglo XVI, aquilatar la
consistencia de los conocimientos cosmográficos de la
época, connaturalizarse con la leyenda que suplía
absurdamente una ciencia geográfica en los albores para
apreciar toda la grandeza temeraria de Colón en su
primer viaje.
Paulo Jovio en sus Elogios o vidas breves de los
caballeros antiguos y modernos dice de Colón, haciendo
gala de la singular erudición científica de entonces,
que el ilustre nauta “que por astrología había aprendido
maravillosamente la medida de los trópicos y de la
equinoccial y de los climas y todo el uso de la carta de
navegar y del aguja e inflamado del deseo de reconocer y
tentar el mar Océano; reíase de que las columnas de
Hércules se tuviesen por fin del mundo, porque por
conjeturas no vanas decía que había otro mundo que se
extendía al poniente de quien Platón y Séneca y otros
muchos griegos y latinos habían dejado a los cosmógrafos
indicios para considerar”. Por estos conceptos escritos
en 1568, es decir, casi un siglo después de la
aventurada empresa, puede colegirse la densidad de las
sombras que tuvo que romper con su fe y su perseverancia
e insigne hijo de Arbizolo. El mundo antiguo tenía, a
priori, marcados sus límites fijos e inseparables. Quien
pretendiera ir más allá queda no fuera del nivel de toda
persona razonable sino colocado enfrente del dogma
católico y al habla, por lo mismo, con el temible
tribunal del Santo Oficio.
Más allá, poco más allá de las Canarias conquistadas por
Bethenconrt, cuyo genio pudo muy bien hacerle entrever
la existencia de América cerrábase el horizonte
cosmográfico del planeta. Las aguas de ambos Océanos,
vertíanse rugientes en una gran cuenca desconocida y
espantable. Allí era el fin de la Tierra, finis terre.
Dios, creado a imagen y semejanza de sus ignorantes
creyentes, había colocado en aquella sima el ángel de la
espada flamígera para cerrar el paso a la investigación.
No era pues, solamente, la de Colón temerosa y
horripilante, producto del mismo delirio de un sabio
trastornado por sus vigilias, sino a la vez, propia de
hombre alejado de Dios en cuanto tenían muchos por cosa
de gran pecado arriscar a las infinitas ondas del mar
Océano las Naos y los españoles que las tripulaban por
satisfacer la voluntad de un van o genovés quebrado que
se daba poco por morir, pues corrían el mismo peligro
que él muchos marineros mejores que él y muchos hombres
más valerosos. Vióse Colón, por lo tanto, enfrente de
dos fuerzas potentísimas conjuradas de consuno para
entorpecer su acción: el fanatismo religioso
representado por el Consejo de Salamanca y a la vez por
la plebe y la rivalidad de sus émulos abroquelados tras
de mapas bárbaros y definiciones más bárbaras aún; pero
que unos y otras constituían la ciencia geográfica de
entonces. Solamente un alma superior templada al fuego
de una convicción profundísima, en la cual tenían parte
notable las lecciones de Toscanelly, el famoso astrónomo
y cartógrafo florentino, solamente una fe de sectario,
de fanático en la idea que germinaba hacia largos años
en su cultivado espíritu, pudieron salir triunfantes en
la guerra implacable que cerraban contra Colón y su
empresa la Iglesia y los navegantes de su tiempo.
Pero también hay algo de providencial en una aventura
que presidía el fracaso con desesperadora constancia
durante la peregrinación del inmortal genovés al través
de los cortes de Europa, preocupadas por menciones
bélicas de gran trascendencia para dejar una abertura al
espíritu con que mirar científicos empeños. Por un
momento siéntese Colón presa del desaliento. Vencido en
el cuerpo y en el alma por el hambre y los desengaños,
llevando de la mano a su hijo, déjase caer rendido a las
puertas del monasterio que por siempre, en gloriosa
rememoración unirá su nombre al del triunfo del
descubrimiento. Y he ahí que en la obra inmortal de la
invención de la América nadie puede saber hasta que
punto influyó un débil niño postrado por el hambre la
sed y el cansancio en el umbral de la Rábida. Allí
estaba la clave del éxito y allí se detuvo el peregrino
cual si la mano de Dios lo hiciera detenerse con un
impulso poderoso e imperativo. En lo adelante dos sabios
monjes contagiados por la fe irreductible de Colón y una
reina sugestionada por aquella misma fe, habrán de
conducir la riesgosa empresa al venturoso desenlace.
Y llegamos a aquel día memorable en que el pueblo de
Palos de Moguer1, vio salir rumbo a lo desconocido aquel
puñado de hombres enganchados para la aventura con
promesas brillantes, pero que desprovistos de la fe
alienta al caudillo, aún después de reconciliados con
Dios al pie del altar, sospechan que van a una empresa
diabólica y vacilan antes de entregarse a las procelosas
ondas. La Santa María, La Pinta y La Niña, la primera
tipo perfecto de la arquitectura naval de aquella época,
las dos últimas humildes urcas de risible tonelaje con
sus pobres aparejos de galera y sus velas latinas,
reciben en su seno a los nuevos argonautas empujados por
Colón y los Pinzones sus aliados valiosos a quienes
corresponde una gran parte en la gloria del genovés
aventurero. Un torrente de bendiciones cae sobre las
intrépidas naos en cuyos topes ondea el pendón de
Castilla con la cruz símbolo aparente de los móviles de
aquella cruzada, y parte la flota enderezando el rumbo
entre Poniente y el Mediodía hasta Canarias (según
Jovio), donde mudan las velas a la mano derecha por el
mes de octubre.
La travesía es verdaderamente temeraria. No tiene
precedente en la historia de la navegación. La Santa
María, con su gran tonelaje y su proa elevadísima para
resguardarse de las sumersiones, vence con trabajo los
embates rudos de un mar rugiente que parece protestar de
aquella audaz invasión de sus dominios. La Pinta y la
Niña son juguetes de las olas que parecen divertirse
arrojando de una a otra montaña líquida aquellas pobres
navecillas hechas para el cabotaje de levante.
Ciertamente, los hermanos Pinzón dieron su patente de
intrépidos navegantes en ese viaje digno de los tiempos
heroicos. No obstante los peligros del mar, mantiénense
en conserva las tres carabelas y al habla sus
tripulantes hallan medio de trasmitir sus temores. La
Navegación se prolonga, la tierra no aparece, los
vientos han conjurado para hacer sentir su empuje y su
inclemencia a aquellos temerarios. Una sorda
conspiración se establece a espaldas de Colón que con la
vista ansiosa en el horizonte conjura al mar a que
arroje del abismo de sus olas la tierra que le fue
prometida en un sueño de gloria y de inmortal triunfo.
En torno del genio que vela, vela igualmente la perfidia
y de pronto estalla aquel volcán de los odios en pleno
océano. Faltó poco a Colón para ser muerto de los que
iban con él porque conjurándose decían que no debían
aventurar su vida por la locura de un extranjero, pues
no llevaba fin la navegación y no se veía sino infinito
cielo y agua y sí se arrepintieran tarde no tendrían
mantenimientos conque volver a España.
Es este momento de horrible prueba para Colón, pero una
vez más triunfa de los malos instintos de la chusma su
hermosa fe que los contagia. Dice que ha visto ciertas
señales en el mar que demuestran la proximidad de la
tierra... píntales con elocuencia adormecedora las
delicias del nuevo paraíso, sus riquezas, su maravillosa
hermosura, promételes grandes bienes y gajes en el
imperio descubierto y recuérdales que serían severamente
castigados, si tornaban a España, por su desobediencia.
Así logra un plazo de calma de aquella gente
aterrorizada ante lo desconocido que se alza como un
enigma espantable por la proa de sus navíos; lo que no
logra calmar Colón es el propio sobresalto que siente
ante las variaciones incomprensibles de la brújula al
cruzar la línea equinoccial.
La tierra de promisión empieza poco a poco a revelar su
existencia, por medio de manchas de yerbas y sargazos y
bandadas de pájaros que vuelan hacia el poniente: en la
noche del 11 de Octubre vé el Almirante una luz que se
mueve y por fin en la madrugada del 12 el marinero
Rodrigo de Triana que veía en la cofa de la ensiada voz
de ¡TIERRA! Que arroja sobre la borda, como un torrente
a la desesperada marinería. Ante ella se presenta como
un jardín florido acariciado por el mar el primer
tributo de la virgen América rendido a los pies del
genio, del insigne descubridor que soñó con un nuevo
mundo y vio realizado su sueño.
Sólo a quien haya perseguido ansioso y angustiado un
ideal y lo haya visto un día realizado su sueño.
Sólo a quien haya perseguido ansioso y angustiado un
ideal y lo haya visto un día realizado, debe ser dado
comprender la inefable alegría de Colón ante la primera
tierra del Nuevo Mundo. En este primer viaje y en los
restantes, nuevas tierras más valiosas y más grandes que
Guanahaní fueron presa de su intrepidez marina; pero con
seguridad ninguna habrá producido en el alma del
descubridor una impresión más honda de gozo y de ventura
que el pequeño islote del grupo de las Lucayas
descubierto el 12 de Octubre de 1492. Diez y seis días
más tarde, el 28, pisaba esta tierra cubana por él
calificada de más hermosa que ojos humanos vieron.
La empresa temeraria había llegado a la ansiada meta.
Otros navegantes ilustres también vendrán detrás a
completar el mapa geográfico de un mundo cuyos límites
en aquella época eran los mismos que había trazado
Moisés en el comienzo de las edades; pero la gloria de
Colón no habría ya de tener par en los anales
científicos.
Fueron estos los momentos de verdadera luz en la
historia del descubrimiento, los esponsales floridos del
viejo mundo con un mundo nuevo que surgía a la vida
universal como una revelación grandiosa. La admiración
mutua mantenía en contemplación adorable a dos razas que
venían a unir y soldar su suerte y sus destinos bajo los
rayos ardientes del trópico. El idilio habrá de durar
muy poco y pronto los horrores de la conquista, nueva
caja de Pandora abierta por el descubridor al pisar el
suelo americano, bañarán la nueva tierra en sangre y
ensordecerán las vírgenes selvas con el estampido de la
pólvora.
Tomado de
Tradiciones Cubanas, tomo II, de Álvaro de la Iglesia.
Nota:
1. Estudios posteriores han determinado que la localidad
de Palos de Moguer no existía en 1492. Es el resultado
de la unión de los nombres de dos comunidades de esa
época: Palos y Moguer. Actualmente hay consenso en
considerar que la localidad desde la que partió Colón
para Las Américas es la de Palos, que a partir de 1642
pasó a llamarse Palos de la Frontera, nombre que perdura
hasta nuestros días.
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