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CIENCIA Y BACHATA

Por lo menos en Cuba, el dominó es el más democrático de los juegos, no solo por su amplia aceptación, sino porque sus practicantes no tienen sexo, edad, raza, ni jerarquías sociales. En la mesa sólo es alguien, quien más tiempo consiga permanecer sentado, algo que, como en la vida misma, tiene que ver, más allá del azar, con la experiencia y la maestría.


Manuel Henríquez Lagarde|
La Habana

Aun cuando, como ya comienza a hacerse habitual, en este inicio de año abundaron a lo largo de todo el país las opciones culturales y de que las fiestas domésticas se prolongaron hasta el pasado 2 de enero, durante la jornada de celebración no faltó el juego de mesa que, a fuerza de costumbre, ha devenido el preferido por los cubanos.
Mientras se esperaba que terminara de asarse el puerco, como prolongación de la sobremesa, como suerte de postre de la cena en familia o simplemente para reponer fuerzas después de una buena tanda de baile con los Van Van, Isaac Delgado o NG la Banda, el dominó, como era de esperarse, dominó nuevamente por estos días en hogares y barrios de la isla.
Nada tiene esto de extraño si recordamos que aquí no es necesario esperar el advenimiento de una fecha señalada para que la familia o un grupo de amigos se siente alrededor de una mesa a "darle agua" a las fichas, y después de decidir quién "abre" con un azaroso "pare o none", empezar una de esas partidas que, como las peleas entre hombres, se sabe cómo y cuándo empiezan pero no a qué hora y de qué modo se acaban. 
Pero a pesar de que el juego tiene mucho de disputa y competencia, la comparación no es tal vez la más acertada. El dominó es el juego de la familia cubana y ya desde pequeños, cuando aún no comprenden qué significan los trozos de tablitas de manchas negras con que los mayores forman esa suerte de laberinto cretense sobre la mesa, los jugadores del futuro inician su entrenamiento construyendo, con las fichas sobrantes, puentes o edificios.
En días de fiesta o los domingos, cuando la familia suele reunirse, hasta cuatro generaciones pueden darse cita alrededor del campo de batalla de una mesa. Si no son muchos, no importa quién pierde o gana. No hace falta entonces llevar la cuenta de las victorias o las "pollonas", porque los jugadores, a falta de contrarios, tienen asegurado su puesto en la siguiente ronda.
En caso contrario, o cuando hay invitados, los contendientes, casi siempre una pareja, se toman más en serio el matemático asunto de colocar una ficha tras otra de acuerdo a su numeración: a sus espaldas, otros aspiran a derrotar ("levantar"), ahora sí de una vez por todas, a los dominantes de turno. 
Esto último suele ocurrir sobre todo en los matches callejeros. No hay cuadra de Cuba en donde no resida uno o varios entusiastas del juego que, luego de hallar una tierra de nadie, ya sea al amparo de una buena sombra en la acera, bajo el farol del poste del alumbrado público, en un solar yermo o el portal de alguna tienda o bodega, instalen allí su coliseo.
Si se tiene una buena mesa con sus cuatros sillas o unos taburetes, mejor; pero si no, basta con cinco cajones y un tablón cuadrado. Tampoco importa que las piezas sean de nácar, caoba, pino o playwood , siempre y cuando rueden bien sobre la madera a la hora de "empaparlas".
Igual pasa con el condimento infaltable de toda buena partida: lo mismo da Havana Club que un chispeado ron a granel. Como en toda justa, lo importante es el fin: ponerle cola a la numerada serpiente que se enrosca sobre la mesa, o sea, como se dice en cubano, "pegarse". 
Los adversarios esta vez son los aficionados del barrio. Allí están el famoso pintor que ganó recientemente un importante premio en Japón, el presidente del CDR, el constructor, el ponchero por cuenta propia, la mulata de la esquina y hasta el ex presidiario. 
Por lo menos en Cuba, el dominó es el más democrático de los juegos, no solo por su amplia aceptación, sino porque sus practicantes no tienen sexo, edad, raza, ni jerarquías sociales. En la mesa sólo es alguien, quien más tiempo consiga permanecer sentado, algo que, como en la vida misma, tiene que ver, más allá del azar, con la experiencia y la maestría.

Allí están todos mirándose de reojo y pronunciando, mientras colocan las fichas, frases en clave sólo comprensibles para los entendidos. "Blanquizal de Jaruco" "Paso" "Duquezne" "Paso" " El Unicornio Azul" "Paso" "El trío Matamoros" "Paso" "Las D'Aidas" ... Un sin fin de expresiones que con el tiempo se han ido acuñando, y renovando, para bautizar la cifra en juego. Todo un diccionario de una jerga que varía de acuerdo con la imaginación y el nivel cultural de los jugadores.
De pronto, alguien martilla una ficha contra la mesa y, como si de una señal se tratara, comienza la algarabía. Uno de los dos bandos "se ha pegado" y es hora de hacer el comentario del juego. La esquina se pone caliente. Los ganadores como buenos "cuarto bates", (recuérdese que aquí todos también somos fanáticos a la pelota), sin asomo de modestia, alaban sus indiscutibles capacidades. Los perdedores que, como siempre, tuvieron un mala racha o no cogieron una "buena data" , prometen la venganza. 
En ocasiones, el entusiasmo y el tiempo traspasan las normas de la convivencia y puede que alguien grite desde una ventana: "¡ Caballero, aquí la gente trabaja!". 
Mañana, haya fiesta o no, sea principio, mediados o final de año, los gladiadores del barrio probarán nuevamente sus fuerzas. Si el dominó, ese juego de origen chino que nos llegó desde Europa, compitiera en campeonatos mundiales u olimpiadas nadie le quitaría la supremacía a los cubanos. Pero esa es una decisión que no nos concierne. 
Mientras tanto, al igual que los juegos del estadio griego nos pintaban la sicología helénica, o las justas y torneos, las del medioevo, el juego de las 155 fichas, mitad ciencia y mitad bachata, retrata, en otra de sus facetas, la forma de ser de los naturales de esta isla.

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