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TODOS QUEREMOS SER RUBIOS

Lisandro Otero | México

Tal parecería que todos los mexicanos de la clase media urbana se han vuelto rubios. Cuando abrimos la tele vemos que ya no hay espacio para los cabellos negros ni los cutis morenos. Niñitos blondos comen cereales en el desayuno y amas de casa güeras emplean detergentes maravillosos capaces de borrar las máculas, usan desodorantes perfumados, oyen música en discos compactos e ingieren yogurt sin calorías. Los caballeros solicitan créditos a sus bancos para redecorar su casa y compran autos relucientes, con inyección electrónica, capaces de hablar.
En nuestro continente, la América que Martí llamó nuestra, se está experimentando una pérdida de la autoctonía. Esa máscara foránea que se está difundiendo contribuiría a desvanecer la singularidad de una de las más antiguas y complejas culturas. Todo ello pudiera conducir eventualmente a un olvido de los enlaces entre suramericanos para favorecer una norteamericanización postiza. Compartimos una memoria que no puede desdeñarse. Capitular ante el utilitarismo mixtificador de nuestra época sería aceptar la pérdida de una tradición que nos ha conformado a todos.
Cuando un ama de casa se dispone a cocinar abre embalajes de cartón, garrafas de plástico, envoltorios de celofán, estuches de nailon y bolsas de polietileno; se ha olvidado la cazuela de barro y la cuchara de madera. La sociedad parece haber sido diseñada para que las señoras se sometan a complejos tratamientos de nutrición y embellecimiento, poniéndose en manos de dietistas, maquilladores y peluqueros, usen galones de depiladores, hidratantes, aceites suavizadores, enriquecedoras cremas de placenta y ungüentos de hormonas.
Algo similar sucede en todo el ámbito basado en el estímulo de los apetitos y en la acumulación de desperdicios. Todas las técnicas publicitarias, toda la comunicación persuasiva, se basan en este olvido de los principios y las esencias. Nos asomamos a una era en que la propia invención del hombre ha propiciado un arrebatado frenesí por el disfrute sensual de los objetos junto al colapso de todos los dioses. Todo lo que contribuya a estos fines será exaltado, todo aquello que los obstaculice, será anulado. También implica, para un sector, el acceso a una egoísta blandura, a un ávido disfrute de los placeres del consumo. El verdadero, el México esencial, está pereciendo debajo de una montaña de paquetes usados por rubios de utilería envueltos en celofán.
No debemos olvidar que América nace de la imaginación. Los conquistadores españoles llegaron al nuevo mundo con fantasías que trataban de corroborar en la insólita realidad. Los libros de caballería, las profecías, las quimeras más disparatadas adquieren carta de legitimidad en las referencias de los observadores inaugurales. Platón, Hesíodo, Horacio, Aristóteles, Séneca se habían referido a la existencia de un territorio mítico, hermoso, rico en mieses y frutos, más allá de las columnas de Hércules. Y esa Arcadia remota se hallaba en las fabulosas culturas maya, azteca, olmeca, inca, araucana, que ellos destruyeron sin llegarlas a apreciar.
El Padre Las Casas refiere en su Historia de las Indias que los cristianos que llegaban a las tierras recién descubiertas no iniciaban su gestión salvando almas para la cristiandad sino reclamando oro. Los indios les señalaban las regiones codiciadas. Las portentosas minas de Guanajuato y Potosí vomitaron sus ricas venas en Europa.
¿Qué pasó con esas inmensas riquezas? España apenas se benefició pues dilapidó su conquista: el oro hacía una corta estancia en la península antes de continuar su camino. Según Braudel el viaje del futuro Felipe II a Inglaterra aportó sumas tan importantes al torrente metálico inglés que permitió la revaluación de su deteriorada moneda. Una crónica de la época nos cuenta que el transporte de Madrid a París de cien mil escudos, acuñados en oro, reclamó el auxilio de diecisiete carretas, cinco compañías de caballería y doscientos hombres a pie.
En los trescientos años que siguieron al Descubrimiento se incrementaron las reservas de oro del Viejo Mundo hasta mil quinientas toneladas. Si calculamos que una onza de oro puede ser extendida, por su maleabilidad, hasta treinta metros cuadrados, podemos imaginar que con el mineral que llegó de América durante los tres siglos de colonización pudo haberse alfombrado con una lámina de metal precioso todo el territorio de España, ciento setenta veces.
Como ha seguido sucediendo, las utopías alcanzadas fueron el punto de partida de penosas frustraciones. No podemos desdeñar una cultura mucho más poderosa y rica que los burdos paquetes de exportación en que nos envuelven los plásticos que tanto apetecemos consumir.

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