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EL CASO DE LOS PUERTORRIQUEÑOS

Luis Ortega | Miami

Debo hacer una confesión antes de que me llegue la hora de morir. No me importa si los Van Van tocan o no tocan, con tal de que yo no tenga la obligación de oírlos. Pero no se trata de una inquina contra estas pobres gentes. Me pasa lo mismo con Celia Cruz, y con Willy Chirinos, y con Gloria Estefan. Es decir, con todos. Son gentes que hacen ruido y, por consiguiente, los considero como una peste, como algo abominable. Pero, eso sí, vamos estar claros, siempre defenderé el derecho que tienen a hacer ruido siempre y cuando no molesten a nadie. La Constitución por la que yo rijo mi conducta consta de dos artículos. Artículo 1: haz lo que te dé la gana. Artículo 2: pero no molestes a nadie. De acuerdo con esta brevísima norma constitucional yo quiero dejar constancia de mi protesta contra estas gentes de Miami que andan dando gritos exigiendo que no se les permita a los Van Van que hagan ruido en un lugar de Miami. En Miami siempre la chusma anda despistada. 

Dejando a un lado el ruido de los Van Van, quiero hacer un aparte para señalar algo muy interesante en el caso de los puertorriqueños. Es curioso cómo se han multiplicado las protestas contra la liberación del grupo de independentistas y como todos insisten en que merecían haberse quedado 90 años pudriéndose en las espantosas cárceles americanas. Los cubanos (que apoyan el terrorismo contra Cuba) escriben editoriales en el Herald protestando contra la decisión de darles la libertad condicional a los puertorriqueños. Hillary Clinton hace lo mismo, a pesar de que necesita el voto de los puertorriqueños de Nueva York. El Congreso, manejado por los republicanos, y con la ayuda de algunos demócratas, se pronuncia contra el acto de clemencia de Clinton. Grupos de policías claman al cielo pidiendo justicia. Los energúmenos de la radio de Miami lanzan alaridos de protesta. La pregunta que yo me hago es ésta: ¿por qué ocurre esto especialmente con los puertorriqueños? Ninguno de los liberados es particularmente peligroso. Ninguno fue condenado por haber puesto una bomba o haber causado la muerte de alguien. Me atrevo a sospechar que los jueces los condenaron por ser puertorriqueños. Por haberse atrevido a reclamar la independencia de su pobre isla. Por desobedientes. Durante cien años, el movimiento independentista puertorriqueño ha sido el más benigno del mundo. Compárese esto con lo que hicieron los judíos antes de que Truman les entregara el territorio de Palestina en 1948 y se le premiara luego con subsidios de miles de millones de dólares anuales. Compáreseles con los palestinos y con Yasser Arafat, que hoy es recibido en la Casa Blanca con una alfombra roja. O con los irlandeses, cuyos líderes terroristas son recibidos en Nueva York con entusiasmo. O con el terrorismo cubano anti-castrista, estimulado por los Estados Unidos de una manera nada sutil durante 40 años. ¿Por qué hay esta especial discriminación contra los puertorriqueños? ¿Por qué es un pecado horrendo que aspiren a la independencia? 

Yo no tengo la respuesta. Pero tengo la sospecha. Los Estados Unidos, desde 1898, crearon una clase social en Puerto Rico (las gentes responsables que han recibido los beneficios del status, más o menos, y que han operado siempre como cómplices de la metrópoli). Son los que manejan la isla. Los que difunden las ideas. Los que han desarrollado hábilmente la noción de que Puerto Rico se arruinaría si se le diera la independencia. Es lo mismo que quisieron hacer en Cuba a partir de 1898 y lo lograron a medías, hasta que en 1959 se produjo una revolución para liberarse de la tutela americana. Cuba fue arruinada a partir de 1959 porque se sublevó contra los Estados Unidos. Ha sido castigada severamente. El ejemplo de Cuba ha sido utilizado hábilmente para demostrar lo que les ocurre a las colonias cuando se rebelan contra sus metrópolis. Los farsantes suelen decir que Puerto Rico debe buscar la independencia por la vía electoral. Pamplinas. Los cómplices nativos siempre ganarán las elecciones porque tienen el dinero, tienen el poder, y saben administrar el miedo. Es natural que los cubanos de Miami se solidaricen con los cómplices del colonialismo puertorriqueño. Estos sí son de un pájaro las dos alas. 

Yo no se cuál es la vía para lograr la independencia de Puerto Rico, suponiendo que las circunstancias creadas por la dominación americana no hayan hecho imposible esa independencia. Pero lo que sí sé es que el terrorismo no es el camino. Es un callejón sin salida. Tal vez las nuevas generaciones encuentren el camino a través de la educación, para enfrentar la pesada losa de discriminación que aplasta a ese pueblo infeliz. 

Otra cosa. Es decir, otro tema. Que en el fondo es lo mismo. La Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba ha formulado una declaración formal señalando "que el bloqueo económico impuesto por el gobierno de Estados Unidos a Cuba constituye un crimen internacional de genocidio, conforme a lo definido en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 9 de septiembre de 1948." 

Es una posición correcta de Cuba, que ha sido repetidamente compartida por la mayoría de los países representados en las Naciones Unidas, los cuales han votado abrumadoramente contra el embargo o bloqueo. Los americanos quisieran eliminar las Naciones Unidas, que se ha convertido en la voz de la conciencia culpable. Pero no ha podido, a pesar de los esfuerzos del senador He
lms. Vamos a ver qué va a pasar en La Habana, en noviembre, durante la famosa Cumbre. No va a ser posible tapar el sol con un dedo. Cuba está ahí, está viva, y es una llaga en el corazón de las dos Américas.

Artículo de Luis Ortega, publicado en septiembre 1999, a raíz de los sucesos en Miami contra la presentación de los Van Van
 

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