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FLORES, EL FAROLERO

Enrique Nuñez Rodriguez | La Habana

Quizás porque la geografía entra por el corazón, más que por los libros, todo el mundo decía que Flores era gallego, aunque nunca se supo en cuál región de España había nacido. Pudo haber sido en Alicante o en Madrid, pero para los vecinos de aquel pequeño municipio de la provincia villaclareña, en Cuba, él era, sencillamente, el gallego Flores.
Me parece recordar que cuando los niños pronunciábamos su nombre, unido a aquel cariñoso gentilicio, revoloteaban en el aire pequeñas mariposas de luz. Nada de fantasía infantil o de imagen literaria: yo vi saltar esas diminutas chispas luminosas, salidas de su piedra de amolar tijeras, y en rápida metamorfosis convertirse en mariposas, para bailar alegremente al ritmo de la música que salía de sus dedos ágiles en el manejo de la zampoña.
Es posible que Flores tuviera algún pacto secreto con la luz. Aquel español, bajito y sonriente, de boina negra y jarro esmaltado al cinto, iba de poste en poste, armado de una larga vara terminada en un gancho de metal, con el que hacía funcionar el interruptor de la electricidad que pretendía iluminar las calles de mi pueblo.
Era un espectáculo de magia que se producía, invariablemente, cuando la noche empezaba a blanquear los árboles, mucho antes de que Pablo Neruda describiera el romántico fenómeno.
No es que yo pensara, cuando sólo contaba con seis o siete años de edad, que Flores tuviera el poder de ordenar, como el Señor del que nos habla La Biblia, el fin de las tinieblas. Entre Flores y Dios mediaba un abismo. Como el que me separa a mí de aquel niño asombrado de hace medio siglo. Entonces creía que Dios debía de ser la suma gigantesca de muchos Flores que iban por el mundo sembrando pedacitos de luz. De lo que sí estaba seguro era de que entre Flores y Edison, del que hablaban todos los periódicos y lo llamaban el Mago de Menlo Park, no había mucha diferencia. Tal vez una en la que Edison lo aventajaba. Edison era norteamericano.
El título de Gallego se lo ganó Flores a fuerza de trabajo. Era amolador de tijeras, vendía tamales durante las horas del día, podía levantar cercas de piedras, abrir un pozo, tirar un piso de mosaicos, o salir en la cuadrilla de reparadores de líneas del ingenio azucarero a cargar pesados polines o a dar mandarria de cincuenta libras para fijarlos, con un enorme clavo, en la dura tierra. Y todo eso, y más, envuelto en un silencio evocador que debía transportarlo, según pensaba, a su aldea remota en algún lugar de España.
Viéndolo trabajar había llegado a la conclusión de que la palabra "gallego", más que un gentilicio, era un adjetivo calificativo, dijera lo que dijera la gramática que me explicaba el cura en el colegio.
A veces, no sé por qué interrumpía su silencio, y se le podía adivinar, mezclada con una bella y dulce melodía, la extraña letra de una canción que decía algo así como: "una noite da era do trigo". Y sus ojos, perdidos entre el verdor de los cañaverales, se le llenaban de morriña.
Pero cuando realmente se convertía en un personaje de fábula era cuando, tocado de su boina negra el jarrito esmaltado bailándole en el cinturón, vestía de colores el paisaje, y se perdía en la noche recién nacida, seguido de un rastro de saltarinas estrellas qué picoteaban, alegres, sus raídas alpargatas.
Observé algunas veces las manos de Flores. Eran fuertes e hinchadas de venas. Cuando paseaban por sus labios el pequeño instrumento con que anunciaba su presencia de amolador, se hacían suaves y flexibles. Manejando el azadón o el pico eran de acero. Nunca, sin embargo, fueron más tiernas que cuando partía la flauta de pan, inundada de aceite de oliva, sal y ajo, para compartirla con sus compañeros de cuadrilla o, simplemente, con el negrito tocador de güiro del sexteto de mi pueblo. El negrito y el gallego: una pareja que traspasa la historia del teatro bufo, para adquirir una dimensión más amplia y hermosa en lo que los etnólogos llaman transculturación o sincretismo.
De eso no sabía nada Flores cuando se enamoró, perdidamente, de una bella negra, ondulante y sensual, con la que sembró bonsais gallegos, cuyos retoños vi corretear su mestizaje por las aceras de mi barrio.
Él se dejó llevar por sus sentimientos sin saber que contribuía, con su concubinato, al nacimiento de nuestra identidad nacional y, de paso, a la consolidación del mejor invento gallego en Latinoamérica, según amplio consenso: la mulata.
Es que todo lo que tocaba aquel Rey Midas, se magnificaba por el mismo raro designio con que convertía las chispas en mariposas.
No creo haber hablado ni media palabra con él porque, entre otras cosas, Flores estaba siempre muy ocupado. Hoy, al recordarlo, me doy cuenta de lo que significó en mi vida, y me arrepiento de no haberle dicho nunca cuánto lo quise.
Un día no vino más a encender faroles y sueños. Se apagó para siempre, como un bombillo al que se le queman los filamentos, sin emitir ese destello último con que mueren los bombillos. En su entierro no hubo despedida de duelo. Ni corona de flores. E hicieron bien en no designar a nadie para que ocupara su puesto. A partir del día de su muerte, las luces empezaron a encenderse y apagarse sin auxilio del gancho metálico con que Flores hacía funcionar el interruptor. De niño no pude explicarme aquel fenómeno, que atribuí a un nuevo milagro de Flores. Porque la explicación que trató de darme el electricista municipal me resultó inaceptable. Me dijo que con el progreso se había automatizado el sistema de alumbrado público y, por eso, ya no se necesitaban los faroleros. ¡Ni que yo fuera bobo para creerlo! Me indigné con tamaño disparate. El sabría mucho de cables y cortocircuitos, pero yo seguía pensando que era Flores, de algún modo, quien encendía las luces de mi pueblo.
Ya de mayor, después de haber estudiado Física y otras materias relacionadas con la electricidad, he encontrado una explicación racional que me satisface. Debe de ser que todas las tardes, a la hora en que empiezan a blanquear los árboles, desde ese lugar del cielo a donde van los gallegos buenos, Flores pronuncia una sencilla frase: "Hágase la luz".

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