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DE VIVA VOZ: BARBARITO DIEZ

“La salud de la música cubana es tan buena que hay agrupaciones y solistas de otros países que la mantienen en sus repertorios, tanto la más vieja como la más nueva. Puede ser que necesite alguna inyección de buena o mejor difusión para que los jóvenes le tomen más cariño, le tomen más el gusto. No estoy porque nos encerremos en la música cubana solamente, pero sí que sea difundida más ampliamente, la de todos los tiempos, para que no se nos vaya olvidando”. Entrevista publicada originalmente en La Gaceta de Cuba, No. 4,1995, y en Mamá, yo quiero saber... Entrevistas a músicos cubanos, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1999.

Orlando Castellanos, Barbarito Diez | La Habana

Hace poco más de un año, le propuse a Norberto Codina, el director de esta publicación, una entrevista con Barbarito Diez, proyecto al que dio luz verde con mucho entusiasmo y para el que me concedió un muy corto plazo de realización. De inmediato me di a la tarea, pero por su ya deteriorado estado de salud, Barbarito no concedía entrevistas. Entonces tomé un atajo y busqué en mi archivo las conversaciones que le había grabado al Caballero de la Música Popular Cubana en el transcurso de varios años. Seleccioné varias de ellas, acometí la transcripción y por distintas razones, el trabajo no fue entregado ni en la primera, ni en la segunda fecha que se me dio en La Gaceta. Un día de mediados de abril de este año, en la «cómoda, amplia y funcional» oficina de la revista, Leonardo Padura, Arturo Arango, Codina y yo pusimos un último plazo de entrega: el lunes 8 de mayo.

El sábado 6 dejé el trabajo sólo para ver las películas en la televisión, pues en definitiva quedaban pocas líneas para terminar el encargo, y decidí que lo remataría el domingo al mediodía.

En la mañana del domingo 7 una llamada telefónica de Norberto me informó del fallecimiento de Barbarito Diez. Entonces acudí a la funeraria, cuando la noticia aún no se había expandido, y éramos todavía muy pocos los que acompañábamos los restos mortales de ese hombre que todo el pueblo de Cuba admira y que tanto difundió nuestra música y sus autores por el mundo. Luego de su sepelio, verdadera manifestación de duelo popular, y después de escuchar por la radio internacional y haber leído en los cables la repercusión que tuvo fuera de la Isla la triste noticia, emprendí la conclusión del montaje de estas conversaciones con Barbarito que el azar, jugándonos una mala pasada, hizo que no se publicaran en vida del artista, como era nuestra intención.

En todos los casos —con excepción de la charla correspondiente al 14 de abril de 1977—, se trataba de entrevistas personales con Barbarito Diez. La del 14 de abril, mientras tanto, fue una conversación en la que también participó su amigo Graciano Gómez, el hombre que cambió el destino de Barbarito. Por su validez y calidad anecdótica, decidí incluirla en este rescate de una voz si no viva, sin duda inmortal: la de Barbarito Diez.

3 de febrero, 1975

—Barbarito, ¿tú naciste en el central Manatí?

Casi todo el mundo cree eso, pero yo nací en el término municipal de Bolondrón, provincia de Matanzas, más exactamente en un central azucarero ya demolido que se llamó San Rafael de Jorrín.

—¿En qué fecha?

El día de Santa Bárbara, el 4 de diciembre de 1910.

¿Por qué casi todo el mundo, como tú mismo dices, cree que naciste en el antiguo central Manatí, actual Argelia Libre?

Cuando solamente tenía cuatro años de edad, mis padres se trasladaron a otro central azucarero, en la provincia de Oriente, mi querido central Manatí, donde mi padre trabajó como obrero. Allí, en una escuelita del batey, estudié las primeras letras, y precisamente en esa escuela empecé a cantar.

—¿Daban clases de canto?

No, qué va. Parece ser que a la maestra le gustaba mi voz y la entonación y me ponía a cantar en los actos escolares y siempre me pedía que sirviera de voz guía para entonar el Himno Nacional. En verdad, desde la más temprana niñez me gusta cantar.

—¿Por qué te gustaba cantar?

Me gustaba no, me gusta. Mira, yo no sé a ciencia cierta, pero, por ejemplo, cuando era un niño, escuchaba las grabaciones del Trío Matamoros, sobre todo las composiciones de Miguel, y me las aprendía y pasaba todo el día cantándolas. Por aquella época los números musicales de Miguel Matamoros ya eran famosos.

—¿Cuándo comienzas a cantar como profesional?

Esto fue en uno de mis viajes a La Habana. La primera vez que vine fue al terminar la zafra en el Manatí, en 1928. Regresé y al terminar la zafra del 29 hice mi segundo viaje a la capital, pero regresé para hacer otra zafra, y en el año 30 le dije a mi madre que iba a repetir el viaje a La Habana, pero ya para quedarme. Ella no me lo creyó. Vine, comencé a luchar y aquí estoy desde entonces.

—Me hablas de tres viajes de ida y vuelta al término y comienzo de zafras azucareras en el central donde vivías. ¿Eso quiere decir que trabajabas en el central?

Sí, trabajaba de mecánico durante los períodos de molienda. Yo quería ser sastre pero a mi padre no le gustaba que aprendiera ese oficio. Así que me consiguió un trabajo, primero como aprendiz de mecánico, de ayudante, y de esa forma ocupé después una plaza de mecánico.

—¿Cuando decidiste venir para quedarte tenías aquí algún trabajo ya asegurado?

Yo vine a luchar. Vine a quedarme, porque como a todos los del campo, a todos los guajiros, La Habana me deslumbró desde la primera vez.

—¿Viniste con la idea de triunfar cantando?

Cuando llegué aquí, en ese tercer viaje, que fue el 11 de mayo de 1930, no pensé ni por un momento que venía a cantar ni que pudiera hacerlo y muchísimo menos que sería conocido como cantante. Como he dicho antes, me gustaba cantar pero no vine con esa idea.

—Bien, eso no fue lo que te trajo a la capital, pero cantaste y triunfaste. ¿Cómo sucedió?

Como me gustaba la música empecé a recorrer los lugares donde ensayaban los sextetos, que eran las agrupaciones que estaban de moda entonces. Cuando a uno le gusta una cosa, realmente la busca. Un amigo, nombrado Alberto Rivera, a quien conocí en mi primer viaje, me llevó a la casa de la calle Vapor número 7, esquina a Hornos, que era el lugar donde ensayaba el Sexteto Matancero de Graciano Gómez. Me presentaron y Rivera le dijo a Graciano que yo cantaba. Me invitaron a que lo hiciera y canté el bolero de Miguel Matamoros Olvido. Aplaudieron los músicos y la gente que estaba allí. Continuaron ellos su ensayo y yo me fui. Pero como el ambiente me resultó muy agradable, al día siguiente me fui de nuevo a oírlos ensayar. Cuando llegué, Graciano me dijo que estaba buscando una voz prima y me preguntó si quería cantar con ellos. Les dije que sí, pero que a fin de año yo tenía que volver a mi trabajo en el central. Él e Isaac Oviedo me convencieron de que el período de las Navidades y el fin de año eran las fechas de mayor cantidad de trabajo. Accedí, seguí ensayando con Graciano y con Isaac, y desde entonces ésta es mi profesión.

14 de abril, 1977

Graciano Gómez: Un día Albertico, que era un asiduo a los ensayos, me presentó a un hombre muy joven y muy serio y me dijo que aquel joven cantaba. Le pedí que lo hiciera. Yo estaba buscando una voz de primo pero no le dije nada, y él cantó Olvido. La voz de aquel joven no necesitaba de micrófono, es esa misma voz que aún conserva Barbarito Diez y cantó así, como siempre lo hemos visto, sin apenas moverse. Al día siguiente lo convencí para que se quedara en el trío.

Barbarito Diez: ¿Usted se recuerda, Graciano, qué fue lo que yo le dije cuando me propuso quedarme?

G.G.: Ah, sí. Me dice: «Yo no sé tocar claves, ni maracas y mucho menos guitarra.» Pero a mí lo que me interesaba era un cantante y por casualidad, ese día encontré al mejor.

Orlando Castellanos: Barbarito, me dijiste en otra entrevista que habías ido al ensayo del Sexteto Matancero de Graciano y ahora se está hablando del trío.

B.D.: Creo que el que puede explicar mejor esto es el propio Graciano.

G.G.: Sí, como teníamos que buscarnos la vida, yo armaba un sexteto, un cuarteto, un trío y hasta un dúo. Organizaba lo que hacía falta para cada momento y lugar.

B.D.: Yo canté en todas esas combinaciones musicales que hacía Graciano.

G.G.: Pero lo que más repercutió de todos fue el trío que integramos Barbarito, Isaac Oviedo, ese tremendo tresero, y yo.

—O.C.: ¿Por qué fue el que más repercutió?

—G.G.: Como éramos tres personas solamente, podíamos cantar, como lo hicimos, en los cafés Mar y Tierra y Vista Alegre, y allí nos contrataban también para fiestas particulares alguna gente pudiente, como industriales, comerciantes, artistas, políticos y periodistas de la época...

B.D.: Siempre andábamos de un lugar para el otro. El café Vista Alegre, que estaba en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, tenía entrada por las tres calles, y servicio durante las veinticuatro horas, y lo frecuentaban, principalmente, la gente de dinero. Tenía un magnífico restaurante con reservados, salones amplios de muchas mesas y una gran barra. Nosotros tocábamos en el restaurante, les gustábamos y nos llevaban a sus fiestas, y así vivíamos relacionándonos con mucha gente distinta cada día.

G.G.: Fue ahí donde yo le presenté a Barbarito al maestro Antonio María Romeu, al doctor Eduardo Robreño, a Sindo Garay, a Sánchez Galarraga, al guitarrista Guyún, a Gonzalo Roig, en fin, todas aquellas gentes del desaparecido Vista Alegre.

B.D.: Trabajábamos mucho. A veces con aquella bohemia habanera que tenía su centro en el Vista Alegre terminábamos con el sol afuera.

G.G.: Y mire, Castellanos, Barbarito, que se inició tan joven en ese ambiente de bohemia, de tragos, porque entonces tenía veintiún años, nunca bebió ni fumó. Eso sí, trabajaba, cantaba con toda dedicación y seriedad. A Barbarito le decían El Negro Lindo y le gustaba mucho a todo el mundo, tanto que siempre me insistían en que lo llevara al Vedado Tennis Club, al Country, a todas partes. Lo admiraban desde entonces por su «hombría de bien», como dicen los antiguos, y por su manera de tratar al público: no era solamente su forma de cantar, sino su trato con las personas. Desde los más pobres hasta los más ricos, lo elogiaban por todas esas cualidades.

O.C.: ¿Y hasta cuándo el trío trabajó en el Vista Alegre?

G.G.: Hasta el 31 de diciembre de 1958.

O.C.: Pero, Barbarito, tú te habías ido antes del trío, ¿no?

B.D.: No. Yo permanecí en el trío, ahí en el Vista Alegre, durante veintiocho años, desde 1931 hasta el 31 de diciembre de 1958.

O.C.: ¿Por qué la fecha tan precisa?

B.D.: Ese día el café lo cerraron porque los dueños del inmueble habían decidido venderlo, pues iba a ser demolido para construir un edificio de varias plantas.

O.C.: Ya para esa fecha tú eras conocido por medio de la radio y los discos como cantante de la orquesta del maestro Antonio María Romeu.

G.G.: Antes de que Barbarito le conteste, déjeme decirle que ésa es una larga historia. La primera vez que Romeu lo escuchó cantar se me acercó y me dice: «Oye, qué buena voz tiene ese muchacho, y qué medida musical.» Esto también me lo dijo Sindo. Luego, cada cierto tiempo, en el café o cuando yo pasaba por su casa, incluso a altas horas de la madrugada, Romeu me pedía algunas de mis composiciones diciéndome: «Mira, ésa que canta el muchacho», así le decía por esa época Romeu a Barbarito. El maestro las tomaba y las arreglaba para tiempo de danzón. El doctor Eduardo Robreño  también se me acercó varias veces diciéndome que sería bueno que Barbarito cantara con la orquesta del maestro sin que dejara el trío...

B.D.: Y así fue. Comencé a cantar con el maestro Romeu en la emisora El Progreso Cubano, la actual Radio Progreso, que estaba instalada por entonces en la calle Monte. Uno de sus cantantes era Diego Rodríguez y el otro era Rogelio Martínez, que cuando necesitaba hacer algún otro trabajo me pedía que lo supliera en las transmisiones. En 1937 Dieguito pasó a la orquesta de Armando Valdespí y me quedé fijo con el querido «mago de las teclas», que es como se le conoce a Romeu. Era el cantante de la orquesta pero seguía actuando con el trío. Al fallecer Romeu, en 1955, me hice cargo de la orquesta junto al hijo del maestro, aunque siempre seguí actuando con mis hermanos Graciano e Isaac.

3 de febrero, 1975

—Hablemos de tus primeras grabaciones de discos.

Esto fue en el 37 ó 38, con la orquesta. Los temas fueron: Dime que me amas, de María Teresa Vera; Volvi a querer, de Mario Blanco; de Graciano Gómez, Dale como es; de Julián Fiallo, El bombero; y De amor no se muere nadie, de Faustino Miró. También de ese tiempo, pero la fecha no la tengo muy clara, son las grabaciones que hice con el cuarteto de Graciano.

—Se propaló el rumor y hasta creo que se publicó el pasado año, que te habías jubilado...

No fue un rumor. En julio de 1974 presenté mis papeles para el retiro, la jubilación como se dice ahora. En diciembre cumpliré sesenta y cinco años y tengo cuarenta y tres de trabajo artístico. Me llegó la jubilación y con ella en la mano me dije: «Si aún estás saludable, la gente te quiere y aplaude, te llaman de la radio, de la televisión, grabas discos, te contratan para fiestas y espectáculos... si te gusta cantar, ¿para qué pides la jubilación?» Ahí mismo le di marcha atrás. Devolví la chequera y continúo. Creo que puedo cantar algunos años más. Si llego a acogerme al retiro que pedí y se me concedió, me hubiera enfermado. Yo padezco de diabetes, pero me siento bien, tengo mi tratamiento. Yo estoy muy enamorado de mi trabajo. Me gusta cantar y me parece que puedo hacerlo por unos años más, y aquí me tiene trabajando.

20 de noviembre, 1979

—En otra oportunidad hemos hablado de tus primeras grabaciones. Quisiera conocer ahora cuántos discos has grabado.

Hasta esta fecha tengo once placas de larga duración. De los grabados en 78 y 45 he perdido la cuenta. Espero que en unos meses salga el LD número 12.

—¿De los temas que has interpretado, cuáles estimas que son los que prefiere el público?

Siempre me piden Entre espumas, de Luis Marquetti; La perla del Edén, Tú no comprendes, Longina, Olvido... Son tantos los que siempre me solicitan que sería muy extensa la relación.

—¿Y tú cuáles prefieres?

Todo lo que he cantado y canto me gusta, por eso las interpreto. Pero sí, tengo preferencias: En falso, que la canto desde los años cuarenta y es original de Graciano Gómez; Perla marina, de Sindo Garay; Longina, de Manuel Corona; Allí donde tú sabes, de Luis Marquetti. Pero dejémoslo ahí, porque la relación sería larga.

—¿Se da el caso de autores que te han llevado sus obras para que las estrenes?

Muchos de ellos lo han hecho y lo hacen todavía. Para mí es un honor que tengan esa confianza, y ese cariño. Cuando me las traían, yo se las daba al Viejo, que era como cariñosamente  llamábamos a Romeu; ahora se las doy al arreglista de mi orquesta.

27 de junio, 1980

—Hace algunos años, en el 75 ó 76 , te conté sobre la inmensa popularidad de que gozas en Venezuela. En casi todas las casas que visité vi tus discos, y en muchas hasta los escuché. Las emisoras los ponían en su programación. En los días finales del año, era tu voz una de las que más se oía... Ahora, al fin, por lo menos los caraqueños, te tendrán entre ellos.

Para mí esto representa una emoción muy grande. Siento una gran felicidad. Esperaba esta oportunidad desde mucho tiempo atrás. ¡He recibido y saludado a tantos venezolanos que han venido a Cuba y han querido conocerme! Tú mismo me contaste tantas cosas lindas... Luego, el disco de larga duración que me solicitaron con temas venezolanos y que grabé con mucho agrado en 1977 y que he sabido está entre los más populares de aquel país. Al fin iré a Venezuela con un contrato para actuar con la orquesta en el hotel Tamanaco. Solamente deseo no defraudar a los venezolanos y regresar con gloria a mi Patria.

2 de agosto, 1980

—¿Cómo fue tu encuentro con el pueblo venezolano en Caracas?

La emoción me embarga todavía. Estoy lleno de felicidad. A grandes rasgos te contaré que la noche del debut en el hotel Tamanaco, en un espectáculo denominado El super show del recuerdo, la orquesta abrió con un danzón instrumental: Tres lindas cubanas, aquel danzón que fue siempre el preferido del maestro Romeu. Al terminar la orquesta el aplauso fue extraordinario. Anunciaron entonces mi actuación. El público, que repletaba aquel inmenso salón, se puso de pie y aplaudió durante no sé qué tiempo, y comprobé que tenía fuerte el corazón porque pensé que no resistiría esa emoción. Ha sido la ovación más grande que he recibido en mi vida. Así ocurrió con cada uno de los temas que interpreté, y fueron doce cada noche. La noche de despedida, aquello que era un espectáculo para ver y escuchar, se convirtió en un inmenso baile, y aún no me explico cómo se las arreglaron para danzar, ya que el piso estaba totalmente cubierto con una alfombra. Todo el mundo se puso a bailar... Son muchos los gratos recuerdos que guardo y guardaré de estas presentaciones en Venezuela, del cariño y respeto de los caraqueños. Esto jamás se podrá borrar de mi memoria. Imagínate que esto me sucede ya con sesenta y nueve años de edad. ¿Dime si no es para sentirse satisfecho?

14 de octubre, 1981

—Acabas de realizar un segundo viaje a Venezuela. ¿Qué puedes contarme?

Si el del año pasado es inolvidable, este segundo ha sido superior. Fíjate, Castellanos, que yo, que apenas me muevo mientras canto, hasta bailé.

—¿Cómo fue eso? 

Un joven, mientras la orquesta tocaba un danzón instrumental, fue hasta el escenario y de una manera tal me pidió que, por favor, bailara con su abuela que estaba ahí y quería que la complaciera. Como todos saben aquí, yo no acostumbro a hacer eso, pero era una señora ya muy mayor, y, ante aquella solicitud, salí a bailar. Pero el caso es que no pudimos terminar porque vino una joven y le pidió que la dejara bailar a ella. Después siguieron llegando damas de todas las edades a pedirme que bailara con ellas, hasta que el empresario intervino diciendo que no me podía agotar para cantar con la orquesta. Fue algo inusual pero te digo que muy hermoso.

—¿Esto fue en Caracas?

No, en Maracay. En Barquisimeto ocurrió que en medio del espectáculo comenzó a llover, era un lugar al aire libre y nadie se movió, nadie se fue, es lo que quiero decir, porque la gente sí se movió y se puso a bailar debajo de aquella lluvia y los músicos, naturalmente, también nos empapamos. Luego actuamos en el Poliedro de Caracas, nos antecedieron tres orquestas y cerramos nosotros. Fue fantástico. Como te digo, el éxito fue superior y como siempre, el cariño de los venezolanos, inmenso.

11 de febrero, 1985

—¿El pasado año volviste a Caracas?

Sí, fuimos un grupo de artistas cubanos, entre otros, Pablo Milanés, para actuar en el Ateneo de Caracas. Fue un lindo espectáculo y se nos recibió y trató con ese gran cariño que sentimos los dos pueblos el uno por el otro.

Precisamente, quisiera que me dijeras en qué países has estado a lo largo de tu carrera.

En 1933 viajé con el Sexteto Matancero de Graciano Gómez a Puerto Rico. Estuvimos cuatro meses allí y regresamos por la insistencia mía de volver. Luego, en 1958, viajé a la República Dominicana con la orquesta de Romeu, dirigiéndola en esta oportunidad Armando Valdespí. Allí permanecimos diez días. En 1959 actué en Nueva York, en un teatro. Este viaje lo hice con cierto temor, pues iba pensado que yo no tocaba un tambor, ni clave, ni bailaba, que sólo cantaba sin moverme. Mi temor fue infundado. Desde los primeros compases que acometía la orquesta, la gente conocía cuál era el número que cantaría y arrancaban los aplausos. En 1960 fuimos a tocar un baile en Miami. Después los viajes a Venezuela del 80, 81 y 84, pero de esto hemos hablado en otras oportunidades. En México actué en 1981 y ahora en el 85.

En Cuba te hemos podido admirar y aplaudir en actuaciones, en bailes, por la radio...

Sí, también la televisión, el teatro, cabarets, pues por más de un año hice con Graciano e Isaac lo que se llamó El café de los recuerdos en el Salón Rojo del Capri.

—El número de discos de larga duración que habías grabado en 1979 eran doce, ahora debe haber aumentado...

Ahora pasan de veinte.

De acuerdo con tu ojo clínico, ¿cómo está la salud de la música cubana en el inicio de este año 1985?

La salud de la música cubana es tan buena que hay agrupaciones y solistas de otros países que la mantienen en sus repertorios, tanto la más vieja como la más nueva. Puede ser que necesite alguna inyección de buena o mejor difusión para que los jóvenes le tomen más cariño, le tomen más el gusto. No estoy porque nos encerremos en la música cubana solamente, pero sí que sea difundida más ampliamente, la de todos los tiempos, para que no se nos vaya olvidando.

¿Tus preferencias musicales como intérprete siguen siendo las mismas de hace quince o veinte años?

He preferido siempre aquella música con la que comencé a cantar, hace ya cincuenta y cuatro años.

A los setenta y cinco años de edad, ¿Barbarito tiene algún mensaje para el pueblo que tanto lo admira?

No es precisamente un mensaje. Quiero hacer llegar a cada uno, que cada uno sepa lo agradecido que me siento por el cariño, el respeto y la consideración que siempre me han dispensado. Quiero decir a viva voz que tengo la más grande emoción al comprobar que me siguen escuchando con agrado, y por eso cantaré hasta que me queden fuerzas para hacerlo.

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