TODO
LO QUE SE ANUNCIABA SE HA REALIZADO
"Lo sorprendente con el texto de
La Historia
me absolverá, es su vigencia, su actualidad, el
interés de su estudio presente.
Todo lo que anunciaba, se ha realizado;
todo lo que presentía, se ha cumplido; todo lo profetizado,
con firme decisión política del futuro,
se nos hizo
tangible." Artículo
"El
juicio del Cuartel Moncada y La Historia me absolverá",
escrito en 1966
por el autor de El
Siglo de las luces
Alejo
Carpentier |
La Habana
"[El] acusado,
[...]
por ninguna razón del mundo
callará lo que debe decir."
Pronuncia
estas palabras, un hombre el día 16 de octubre de 1953. Ese hombre, es el doctor
Fidel Castro, quien dijo momentos antes: "Nunca un abogado
ha tenido que ejercer su oficio en tan difíciles
condiciones; nunca
contra un acusado se había cometido tal cúmulo de
abrumadoras irregularidades.
Uno y otro, son en este caso la misma
persona." Quien habla es, a la vez,
el acusado y
el abogado de su propia causa.
Y añade: "Como
abogado, no ha
podido ni tan siquiera ver el sumario
y, como
acusado, hace
hoy setenta y seis días que está encerrado en una
celda solitaria, total y absolutamente incomunicado, por encima de todas las prescripciones humanas y legales."
El abogado-acusado
contempla el lugar en donde,
"por ninguna razón del mundo callará lo
que debe decir."
¿Se trata de la majestuosa sala de un tribunal?
En modo alguno. La voz que alza habrá de decirnos: "...héme aquí en este cuartico del Hospital
Civil, adonde se me ha traído para ser juzgado en
sigilo, de
modo que no se me oiga, que mi voz se apague y que nadie se entere de las cosas que voy a
decir.
¿Para qué se quiere ese imponente Palacio de
Justicia,
donde los señores magistrados se encontrarán,
sin duda, mucho más cómodos?
No es
conveniente, os
lo advierto que se imparta justicia desde el cuarto de
un hospital rodeado de centinelas con bayoneta calada, porque pudiera pensar nuestra ciudadanía que
nuestra justicia está enferma...y está presa."
En el libro de Marta
Rojas,
La generación del Centenario en el Moncada
—el Centenario al cual se
alude, es el del nacimiento de José Martí— hay una pintura realista del pobre ámbito donde empezaban a
pronunciarse palabras de una
trascendencia singular. "Todavía hacía un calor sofocante el 16 de
octubre en Santiago de Cuba
—se lee en ese libro—
y más aún en la pequeña salita de las
enfermeras atestada de muebles. Era una habitación cuadrada de unos cuatro
metros de largo por cuatro de ancho y en la misma había
un esqueleto dentro de una vitrina, objeto de
estudio de las enfermeras, otra
vitrina con libros, el retrato de ( ...), dos
escritorios: uno
a la derecha de la entrada de la habitación
y detrás de ese buró, tres sillas
—allí se sentarán los magistrados. Había una mesita de centro
y una butaca:
era el puesto del fiscal.
Al extremo de la mesa del centro, tenía sus
papeles el secretario del tribunal.
Frente a ese rústico estrado del tribunal, a la izquierda de la entrada de la habitación,
fue colocado otro buró y
detrás de él, cuatro
sillas. A
continuación, colocaron una mesita que ocupó Fidel
Castro. En
cuatro sillas de tijera nos sentamos los periodistas. Y
los escasos espacios vacíos los llenaron los
escoltas".
Y ahora, en esta semana
conmemorativa del 26 de julio de 1953,
fecha del ataque al Cuartel Moncada, hemos de
evocar el ya famoso cuartico del
hospital donde habría de pronunciar el
formidable alegato de autodefensa, que hoy por sus
palabras conclusivas, releemos bajo el título de La
Historia me absolverá.
Texto éste, que se hace de constante meditación
al cabo de trece años de haber sido pronunciado, por una continuidad de aconteceres que van de las
palabras, del
anuncio, del señalamiento futuro, a la realización de lo dicho, de lo afirmado
cierto día en la angosta habitación de Santiago de
Cuba, después del magno acontecimiento del 26 de julio.
Inspirados por las ideas
de José Martí y con la conciencia
antiimperialista hondamente
arraigada en sus corazones, un grupo de jóvenes
valerosos, había atacado
la sede del ejército de la tiranía pro-imperialista de
Fulgencio Batista: el Cuartel Moncada.
Pocos habían sido los caídos; pero muchos, los asesinados salvajemente por los agentes de la tiranía.
En el juicio levantado al
Doctor Fidel Castro, como jefe y
organizador del asalto al Cuartel Moncada, éste
no se limitó solamente a
denunciar los asesinatos,
la corrupción, el entreguismo, ni a hacer
el balance de la grave crisis que pesaba sobre todos los
sectores de la vida nacional, sino que, a
la vez, fijó, con sorprendente precisión y objetividad, los postulados esenciales del programa de toda la
etapa de la futura revolución:
Reforma Agraria;
reforma integral de la enseñanza; rebaja de
alquileres; nacionalización
de trust
extranjeros; industrialización; solidaridad con los pueblos de América Latina,
etc.
Ocurre a menudo, que los textos políticos envejecen pronto,
al
ser rebasados
por contingencias nuevas que hacen olvidar las
contigencias en que fueron concebidos; es decir, la
historia presente hace olvidar, a menudo,
las circunstancias históricas en que, en un
momento dejado atrás,
por el correr del tiempo,
se pronunciaron determinadas palabras.
Lo sorprendente con el texto de
La Historia
me absolverá, es su vigencia, su actualidad, el
interés de su estudio presente.
Todo lo que anunciaba, se ha realizado; todo lo que presentía, se ha cumplido; todo lo profetizado, con firme decisión política del futuro, se nos hizo
tangible. Cuando
recordamos que Fidel Castro,
en uno de los párrafos iniciales de su discurso,
afirmaba que el campamento de Columbia debía
convertirse en una escuela e instalar allí,
en vez de soldados, diez mil
niños huérfanos,
nos hallamos ante la jubilosa realidad de que, en 1959, hace ya siete años, en
el año llamado "de la Liberación", el campamento de Columbia, símbolo de la tiranía de Batista, fue
convertido en el Centro Escolar "Ciudad
Libertad",
donde actualmente, estudian,
efectivamente, más
de diez mil niños de toda la Isla.
Cuando Fidel Castro, aquel
día de 1953, se indignaba ante el hecho de que un 30 % de nuestros campesinos, no supiera firmar, anunciaba los
días en que, cumplida
la Campaña [ Nacional ] de Alfabetización, realizada por nuestro Gobierno Revolucionario,
esos mismos campesinos, abrirían los
ojos sobre los libros, cuyos signos, por vez primera,
empezaban a tener un sentido para ellos,
un mensaje para sus mentes, sumidas hasta entonces, en la oscuridad de lo meramente instintivo.
La pasión martiana, inspiradora de la gesta del Moncada, se afirma ya desde los primeros párrafos de
La Historia
me absolverá:
Por último, debo decir
que no se dejó pasar a mi
celda en la prisión ningún tratado de derecho
penal. Sólo
puedo disponer de este minúsculo código que acaba de
prestar un letrado, el valiente
defensor de mis compañeros: el Doctor
Baudilio Castellanos.
De igual modo se
prohibió que llegaran a mis
manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos.
¿O será porque yo dije que Martí era
el autor intelectual del 26 de julio? Se impidió,
además, que trajese a este juicio ninguna obra
de consulta de cualquier otra materia. ¡No importa en absoluto! Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los
hombres que han defendido la libertad de los pueblos.
Y hay como un eco del
texto martiano, en la
advertencia que hace Fidel Castro al comienzo de
su discurso:
Os advierto que acabo de
empezar. Si
en vuestras almas queda un latido de amor a la patria,
de amor a la humanidad, de amor a la justicia,
/ escuchadme con atención.
Sé que me obligarán al silencio durante muchos
años; sé
que tratarán de ocultar la verdad por todos los medios
posibles; sé
que contra mí se alzará la conjura del olvido.
Pero mi
voz no se ahogará por eso:
cobra fuerzas en mi pecho mientras más solo me
siento y
quiero darle en mi corazón
todo el calor que le niegan las almas cobardes.
Y en el acto, entra a
hablar el Doctor Fidel Castro del asalto al
Moncada,
iniciado a las cinco de la
mañana del 26 de julio, exaltando el mérito de
los jóvenes que estuvieron dispuestos a dar a un
ideal todo
lo que tenían y
además, la vida.
Describiendo las fases del combate, haciendo
historia viva reciente de la gesta ejemplar, recuerda emocionado a
Abel Santamaría, "el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la
historia de Cuba."
Y añade más adelante:
"Nuestros planes eran proseguir la lucha en
las montañas caso de fracasar el ataque..." ¿Quién
no ve, en estas palabras,
una premonición de la lucha futura, de la que se
hizo real? Y
haciendo un recuento
de la proeza, escribe estas frases
cargadas de sentido:
En Oriente se respira todavía el aire de la epopeya
gloriosa y,
al amanecer, cuando los gallos
cantan como clarines que tocan diana llamando a los
soldados y el sol se eleva radiante sobre las empinadas montañas,
cada día parece que va ser
otra vez el de Yara
o el de Baire. [ ... ] teníamos
la seguridad de contar con el pueblo. Cuando hablamos de
pueblo no entendemos por tal a los sectores acomodados y
conservadores de la nación a los que viene bien
cualquier régimen de opresión, cualquier dictadura,
cualquier despotismo, postrándose ante el amo de turno hasta romperse
la frente contra el suelo. Entendemos por
pueblo, cuando
hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen
y a la que todos engañan y traicionan, la que
anhela una patria mejor y más digna y más
justa; la
que está movida por ansias ancestrales de justicia por
haber padecido la injusticia y la burla generación tras
generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí
misma, hasta
la última gota de sangre.
La primera condición de la sinceridad y de la
buena fe en
un propósito, es hacer precisamente lo que nadie hace, es decir, hablar
con entera claridad y sin miedo.
Hallamos, más adelante,
estas frases anunciadoras de una vasta acción
futura, planteadas
con sorprendente lucidez:
El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la
salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a
cuya solución se hubieran encaminado resueltamente
nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las
libertades públicas y la democracia política. [ ... ]
El ochenta y cinco porciento de los pequeños
agricultores cubanos está pagando renta y vive bajo la
perenne amenaza de desalojo de sus parcelas.
Más de la mitad de las mejores tierras de
producción está
en manos extranjeras. En Oriente, que es la provincia más ancha, las
tierras de la United Fruit Company
y la West /
Indian unen la costa norte con la costa sur. Hay
doscientas mil familias campesinas que no tienen una
vara de tierra donde sembrar unas viandas para sus
hambrientos hijos y, en cambio,
permanecen sin
cultivar, en manos de poderosos intereses, cerca de trescientas mil caballerías de tierras productivas. Si Cuba es
un país eminentemente agrícola, si su población es en
gran parte campesina, si la ciudad depende del campo,
si el campo hizo la independencia, si la grandeza y prosperidad de nuestra nación depende de un
campesinado saludable y vigoroso que
ame y sepa cultivar la tierra, de un Estado que lo proteja
y lo oriente, ¿cómo
es posible
que continúe este estado de cosas. [ ...]
Mas adelante, ampliando
estos conceptos,nos
dice:
Nuestro sistema de enseñanza
se complementa perfectamente con todo lo anterior: ¿En
un campo donde el guajiro no es dueño de la tierra para
qué se quieren escuelas agrícolas?¿En una ciudad
donde no hay industrias para qué se quieren
escuelas técnicas o industriales? Todo
está dentro de la misma lógica absurda: no hay ni una cosa ni
otra.
En cualquier pequeño país de Europa existen más
de doscientas escuelas técnicas y de artes
industriales; en
Cuba, no pasan de seis y los
muchachos salen con sus títulos sin tener dónde
emplearse. A
las escuelitas públicas del campo
asisten
descalzos, semidesnudos
y desnutridos, menos de la mitad de los niños en edad escolar y muchas veces es el maestro quien tiene que
adquirir con su propio sueldo el material necesario. ¿Es así como puede hacerse una patria grande ? [ ... ]
Contempla, luego, el presente inmediato,
y nos dice:
Con tales antecedentes,
¿cómo no explicarse que desde el mes de mayo
al de diciembre un millón de personas se encuentren sin
trabajo y que Cuba, con una población de cinco millones
y medio de
habitantes, tenga actualmente más desocupados/ que Francia e Italia con una población de más de cuarenta
millones cada una?
[ ... ] [
... ] El
porvenir, de la nación y
la solución
de sus problemas
no pueden seguir dependiendo del interés
egoísta
de una docena de financieros, de los fríos cálculos
sobre ganancias
que tracen en
sus despachos de aire acondicionado diez o doce
magnates. El país no puede seguir de rodillas implorando los
milagros de unos cuantos becerros de oro que, como aquel
del Antiguo Testamento que derribó la ira del profeta,
no hacen milagros de ninguna clase. Los problemas de la república sólo tienen
solución si nos dedicamos a luchar por ella con la
misma energía, honradez
y patriotismo que invirtieron nuestros libertadores en
crearla. [...]
Hay,
en palabras
que se
estampan más adelante,
con la cita de frases de José Martí, un anuncio
de muchas realidades futuras:
[ ... ] un gobierno revolucionario procedería a la
reforma integral de nuestra enseñanza,
poniéndola a tono con las iniciativas
anteriores,
para
preparar debidamente a las generaciones que están
llamadas a vivir en una patria más feliz. No se olviden de las palabras del Apóstol: "Se está cometiendo en América Latina un error gravísimo:
en pueblos que viven casi
por completo de los productos del campo, se educa
exclusivamente para la vida urbana y no se les prepara
para la vida campesina.
El pueblo más feliz es el que
tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento y en la dirección
de los sentimientos."
"Un pueblo instruído será siempre fuerte y
libre."
Iníciense, luego, las
fuertes páginas de La Historia
me absolverá en las que Fidel Castro traza,
con acento sobrecogedor, un cuadro de la represión en Santiago de Cuba, un cuadro que encierra páginas que ya pertenecen
a la historia:
[ ... ]
Aquí todas las
formas de crueldad,
ensañamiento
y barbarie fueron sobrepasadas.
No se mató durante un minuto, una hora o un día entero, sino que en una
semana completa,
los golpes y las torturas, los lanzamientos de azotea y los disparos no cesaron un instante como instrumento de
exterminio manejados por artesanos perfectos del
crimen. El
cuartel Moncada se convirtió en un
taller de tortura y de muerte, y
unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros. Los muros se salpicaron de sangre; en las paredes las balas quedaron incrustadas con fragmentos
de piel, sesos y cabellos humanos, chamusqueados
por los disparos a
boca de jarro, y el césped se cubrió de oscura y
pegajosa sangre. Las
manos criminales que rigen los destinos de Cuba habían
escrito para los prisioneros a la entrada de aquel antro
de muerte, la
inscripción del infierno: "Dejad toda
esperanza".
Todas las páginas de ese
magno discurso, en lo que tienen de más patético, podrían ser citadas aquí.
Lo repito, son páginas de historia que no
pertenecen ya solamente a la historia de Cuba,
sino a la historia universal.
Saltemos muchos párrafos,
sin embargo, por falta de espacio, y lleguemos al
aplacamiento y
a la visión futura de una Cuba nueva;
allí donde el pensamiento de Fidel Castro acude
constantemente a la palabra
admonitoria de José
Martí:
Para mis compañeros
muertos no clamo venganza.
Como sus vidas no tenían precio, no podrían
pagarlas con las suyas todos los criminales juntos.
No es con sangre como pueden pagarse las
vidas de los jóvenes que mueren por el bien
de un pueblo;
la felicidad de ese pueblo es el único precio
digno que
pude pagarse por ellas.
Mis compañeros, además,
no están ni olvidados
ni muertos;
viven hoy más que nunca y sus matadores han de
ver aterrorizados cómo surge de sus
cadáveres heroicos el espectro victorioso de sus
ideas. Que hable por mí el Apóstol:
(y cita ) "Hay un
límite al llanto sobre las sepulturas de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se mira
sobre sus cuerpos,
y que no teme ni se abate ni se debilita jamás;
porque los cuerpos de los mártires son el altar
más hermoso de la honra".
...Cuando se muere
En brazos de la patria
agradecida, /
La muerte acaba, la prisión
se rompe;
¡Empieza,
al fin, con
el morir, la
vida!
[
... ] Si
este juicio, como
habéis dicho, es el
más importante que se ha ventilado ante un
tribunal desde que se instauró la república, (dice
luego a sus jueces)
lo que yo diga aquí quizás se pierda en la
conjura de silencio que me ha querido imponer la
dictadura, pero sobre lo que vosotros hagáis,
la posteridad volverá muchas veces los ojos. Pensad que ahora
estáis juzgando a un acusado, pero vosotros, a su vez, seréis juzgados no una vez, sino muchas,
cuantas veces el presente sea sometido a
la crítca demoledora del futuro.
Entonces lo que yo diga aquí se repetirá muchas
veces, no
porque se haya
escuchado de mi boca, sino porque el problema de la
justicia es eterno, y por encima de las opiniones de los
jurisconsultos
y teóricos,
el pueblo tiene de ella un profundo sentido. Los pueblos poseen una lógica sencilla pero implacable,
reñda con todo lo absurdo y contradictorio,
y si alguno, además, aborrece con toda su alma
el privilegio y la desigualdad,
ése es el pueblo cubano.
Sabe que la justicia
se representa con una doncella,
una balanza y una espada.
Si la ve postrarse cobarde ante unos
y blandir furiosamente el arma sobre otros, se la
imaginará entonces como una mujer prostituída
esgrimiendo un puñal.
Mi lógica,
es la lógica sencilla del
pueblo.
Más adelante:
[ ... ]
somos cubanos, y ser cubano implica un deber,
no cumplirlo es crimen y
es traición.
Vivimos orgullosos de la historia de nuestra
patria; la
aprendimos en la escuela
y hemos
crecido oyendo hablar de libertad, de justicia
y de derechos.
Se nos enseñó a venerar desde temprano el
ejemplo glorioso de nuestros hérores y de nuestros mártires.
Céspedes,
Agramonte, Maceo,
Gómez y
Martí fueron los primeros nombres que se grabaron
en nuestro cerebro;
se nos enseñó que el Titán había dicho que la
libertad no se mendiga, sino que se conquista con el
filo del machete; se
enseñó que para la educación de los ciudadanos en la patria libre, escribió
el Apóstol en su libro La
Edad de Oro:
"Un hombre que se conforma con obedecer
leyees injustas y
permite que le pisen el país en que nació los
hombres que se lo maltratan,
no es un hombre honrado...
En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro
como ha de haber cierta cantidad de luz.
Cuando hay muchos hombres sin decoro,
hay siempre otros que tienen en sí
el decoro de muchos hombres. Ésos
son los que se rebelan con fuerza terrible contra los
que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles
a los hombres su
decoro. En
esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero,
va la dignidad hu / mana..."
Y alcanzamos la conclusión
magnífica:
[ ... ]
Nacimos en un país libre que nos legaron
nuestros padres, y
primero se hundirá
la Isla en el mar antes que consintamos en ser
esclavos de nadie.
Parecía que el Apóstol
iba a morir en el
año de su centenario, que su memoria se extinguiría
para siempre, ¡
tanta era la afrenta !
Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su
pueblo es digno, su
pueblo es fiel a su
recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo
sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio
vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y
su vida para que
él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba,
qué sería de tí si hubieras dejado morir a tu
Apóstol!
Termino mi defensa ( dice
Fidel Castro ), pero
no lo haré como hacen siempre todos los letrados,
pidiendo la libertad
del defendido; no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo ya
en Isla de Pinos ignominiosa prisión.
Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es
concebible que los hombres
honrados estén muertos o presos en una repú/blica
donde está de presidente un criminal y un ladrón.
En cuanto a mí,
sé que la cárcel será dura como no lo ha sido
nunca para nadie, preñada
de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento,
pero no la temo,
como no temo la furia del tirano miserable que
arrancó la vida a setenta hermanos míos.
Condenadme,
no importa,
la Historia me absolverá.
Y con estas palabras,
hoy históricas,
se cierra el texto ejemplar que se ofrece a
nuestra meditación hoy,
en esta semana conmemorativa de un nuevo
aniversario del asalto al Cuartel Moncada.
(29
de julio
de 1966)
• Alejo
Carpentier en Cubaliteraria