La Jiribilla | DOSSIER                                                           
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER  

EL GRAN ZOO 

PUEBLO MOCHO 

CARTELERA 

POR AUTORES 

LIBRO DIGITAL 

•  GALERIA 

LA OPINIÓN 

LA CARICATURA 

LA CRÓNICA 
MEMORIAS 
EL CUENTO 
Otros enlaces 
Mapa del Sitio 
 


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRONICO
Click AQUI

 

   

EL MANGUERO DE SAN MIGUEL

Por Enrique Núñez Rodríguez  | La Habana

Nunca he contado esta anécdota. No me atrevía. Pero en una amable charla con el poeta Raúl Ferrer, a propósito de mi crónica “Aquellos ojos verdes”, éste se dolía de que las gentes, ocultando sus propios ridículos, privaban a la literatura humorística de un material que podía resultar magnífico. Y al contestarle que estaba de acuerdo con sus consideraciones, me conminó muy seriamente:

—Pues empieza tú. Predica con el ejemplo.

Y ahí va.

En mis inicios como periodista, laboraba en el mismo periódico que Máximo Herrera, reportero de policía. Máximo era un negro sonriente, bien plantado, simpático. Andaba siempre de saco y corbata, como era usual en aquella época.

Trabajábamos por diez pesos a la semana en una especie de libelo gubernamental al servicio de Grau San Martín. De cuando en cuando, dejábamos caer nuestras colaboraciones en una revista semi-pornográfica. Con esas colaboraciones entreteníamos nuestras miserias. El director-propietario de la revistica ilustrada era también un periodista con más hambre que anuncios y se veía obligado a aquella tarea por pura necesidad.

Nos pagaba cinco pesos por la colaboración, que consistía, en el caso de Máximo, en breves reportajes sobre delitos sexuales o pasionales, como se les llamaba entonces. Yo hacía humorismo de doble sentido; más o menos. Más “más" que menos.

La revista se sostenía, es un decir, con anuncios de cabarets de mala muerte y de nidos de amor o posadas que todavía no habían alcanzado el nivel de albergues. No era fácil cobrar aquellas colaboraciones. A veces no había dinero para pagarlas y era necesario esperar a tiempos mejores. Sin embargo, en aquel tiempo andábamos por los días finales de diciembre, y a Máximo Herrera y a mí nos debían sendas colaboraciones en la revista. Nos pusimos de acuerdo y nos fuimos a ver al director amigo. Nos explicó que no tenía un centavo.

Ante nuestra desesperada insistencia —Herrera le habló de la nochebuena, del fin de año, etcétera, etcétera—, nos entregó un recibo por diez pesos para que fuéramos a cobrar un anuncio publicado en la revista de La posada Rex —se decía hotel—, situada en la calle San Miguel, muy cerca de la tienda El Encanto.

Ese mismo día, como a las seis de la tarde, fuimos a visitar al posadero. Era un español amable y locuaz que nos explicó que no tenía los diez pesos en la caja, pero que si volvíamos al día siguiente, por la mañana, cuando los clientes hubieran liquidado sus habitaciones, no tendría inconveniente alguno en abonamos lo adeudado. El día siguiente era 24 de diciembre.

A las seis y media a.m., estábamos Máximo Herrera y yo en la pequeña oficina del “hotel”. El español, haciendo buenas sus palabras, hizo sonar la caja contadora y me entregó dos billetes de a cinco, y yo a él su recibo de pago.

Para no darle una mala impresión a aquel anunciante, me guardé los diez pesos en el bolsillo ante la mirada un tanto inquieta de Máximo. Al llegar a la puerta de salida y sin darme tiempo a más, Máximo me reclamó imperativo:

—Vamos, blanquito, suelta el gallo. ¡Dame lo mío!

Introduje la manó en el bolsillo, saqué uno de los dos billetes de a cinco y se lo entregué limpiamente a su legítimo propietario.

Fue sólo un instante el que transcurrió desde el momento en que el billete salió de mi bolsillo y cayó en el del negro Máximo. Pero fue suficiente para que un vendedor de mangos que pasaba con su carretilla cargada de olorosos frutos, observara el traspaso y, teniendo en cuenta el lugar de donde salíamos, nos gritara con picardía:

—¡Los vi. Los vi!

Iba a replicarle, ofendido, pero Máximo Herrera, reportero de policía, al fin y al cabo, me aconsejó:

—No aclares nada, blanquito. Yo sé que tú llevas la peor parte en este asunto, pero en estos casos lo mejor es no discutir.

Y el manguero de San Miguel siguió su camino exhibiendo, como una fruta más abierta a la mañana, su maliciosa sonrisa que hoy, todavía, me indigna.

VERSION PARA IMPRIMIR
......................................................................................................


PAGINA PRINCIPAL

DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



TIENDA DIGITAL
Música Cubana


© La Jiribilla. La Habana. 2001
Sitio auspiciado por el Periódico Juventud Rebelde
 IE-800X600