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SEXO Y PRODUCCIÓN

Manuel Moreno Fraginals  | La Habana

Uno de los aspectos más traumáticos de la vida en los ingenios fue la liquidación de la vida sexual normal o su desviación hacia otras formas, al quedar los esclavos sometidos a un sistema carcelario de hombres solos. Es posible que en la etapa que pudiéramos considerar semipatriarcal de la esclavitud cubana, el equilibrio de hombres y mujeres en los ingenios permitiera una vida sexual relativamente normal a los negros esclavos. Pero luego este status fue radicalmente destruido. Poseemos inventarios azucareros de varios ingenios cubanos de la primera mitad del siglo XVIII que revelan cierto equilibrio en la composición porcentual de sexos de la dotación y un numero relativamente alto de niños. De estos años son también las frecuentes referencias documentales a familias esclavas, casamientos y producción de los conucos negros. Estos hechos revelan la vigencia de ciertos patrones familiares dentro de las plantaciones y una economía de relativa autosubsistencia.

Por el contrario, a partir del boom azucarero, nace la gran manufactura de “nueva planta” que elimina todo vestigio semipatriarcal e instaura la explotación extensiva de tipo carcelario. Una muestra aleatoria de 14 ingenios de nueva planta, correspondiente al período 1798 a 1822, arroja un 85,56% de población masculina. Algunos de estos ingenios, como “La Divina Pastora”, de Arriaga y Facende, y el “San Miguel” de Gonzalo Luis Alfonso, tenían exclusivamente hombres en la dotación.
En vez de una pirámide, la graficación de las barras de edades muestra una estructura lineal y desequilibrada, con el 50% del total de la población entre 16 y 25 años, y la otra mitad, de 26 a 40.

Esta composición social tenía una indudable ventaja económica:  el total de la población del ingenio estaba dentro de los límites óptimos de explotación laboral. E institucionalmente favorecía la implantación de un elemental sistema carcelario y la organización de grupos de trabajo homogéneos bajo mandos individuales absolutos. Se explica así los altísimos per cápita de producción alcanzados pues no había trabas organizativas y toda la población era económicamente activa.
Pero la grave contrapartida estuvo en el continuo crecimiento demográfico del grupo. Tratándose de núcleos poblacionales adultos, sometidos a un bárbaro régimen de trabajo esclavo, la mortalidad fue elevadísima. Solo un 12% de mujeres, promedio a principios del siglo XIX en los ingenios de nueva planta, la tasa de natalidad en relación con el grupo era mínima. La carencia  de instituciones familiares y de servicio social que facilitasen la atención de las parturientas y el cuidado de los niños determinó una altísima mortalidad infantil. Y todos estos factores aunados dejaban como saldo una población esclava azucarera cuya disminución anual tenía que ser recompensada con la importación de nuevos africanos.

La desequilibrada composición porcentual de sexos se mantuvo mientras reportó ventajas económicas y de seguridad. Fueron varios los actores que coadyuvaron a que perdurasen estas deformidades sociales. Secularmente los azucareros estimaron que las mujeres semovientes de baja productividad per caput. Llevadas en pequeñas cantidades a los ingenios eran causas de conflicto entre los hombres; e introducidas masivamente imposibilitaban la estructura carcelaria de probada rentabilidad. Analizado el problema económicamente la única ventaja que reportaba la mujer esclava era la posibilidad de parir esclavos, reproduciendo así el capital de la empresa.

Arango y Parreño, con su imperturbable frialdad de hombre económico, analizó el negocio de la cría de esclavos, y llegó a la siguiente conclusión: “La esclava preñada y parida es inútil muchos meses, y en este largo período de inacción su alimento debe ser mayor y de mejor calidad. Esta privación de trabajo, este aumento de costo en la madre, salen del bolsillo del amo. De él salen también los gastos y las más veces estériles gastos del recién nacido, y a esto se unen los riesgos que se corren en las vidas de madre e hijo; y todo forma un desembolso de tanta consideración para el dueño, que el negro que nace en casa
ha costado más, cuando puede trabajar, que el que de igual edad se compra en pública feria.”

Siendo mucho más caro criar negros que comprarlos, es lógico que a los sacarócratas no les interesase la adquisición de mujeres. Pero como necesitaban justificar moralmente la constitución de dotaciones esclavas de hombres solos, arguyeron que el llevar mujeres a los ingenios, sin absoluto control, haría inevitable el pecado sexual entre personas no casadas cristianamente. Este argumento obtuvo la respuesta exacta del padre José Agustín Caballero: “peor pecado sería que todos resulten masturbadores, nefandistas y sodomitas.”

La grave desproporción entre hombres y mujeres debió crear un tenso clímax de represión, canalizada hacia la masturbación, la homosexualidad y una obsesión sexual que se expresó en mil formas: cuentos, juegos, cantos, bailes... Por los campos de Matanzas, que fuera la más densa zona esclavista de Cuba, aún se narran en tertulias y corrillos centenares de cuentos pornográficos de nítido origen esclavista. Determinados bailes de origen africano, que no tenían una connotación sexual, o la tenían sublimada, adquirieron este sentido bajo la esclavitud. Por ello no es sorprendente que gran parte del léxico sexual cubano se originase en los ingenios.

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