EL
INGENIO QUE NOS PERTENECE
En
la memoria estará siempre el acucioso y agudo
investigador, el penetrante visionario materialista, el
conversador exquisito. Lo demás no puede ser olvidado,
pero yacerá en ese inventario de la histeria anticubana
que es un
insulto a la inteligencia humana.
Fernando
Rojas | La Habana
“El
marxismo no es aplicar un grupo de fórmulas
establecidas a una realidad determinada, el marxismo no
puede ser eso. El marxismo tiene que ser el estudio
concienzudo de la realidad, de sus premisas materiales
y, sobre todo, económicas, y extraer de ello las
conclusiones adecuadas, científicamente comprobadas y válidas
para la transformación social”.
Con
esas palabras, manuscritas en mi libreta de notas de
hace casi veinte años, introdujo Manuel Moreno
Fraginals una brillante conferencia sobre la economía
de plantación en el Caribe. Plagada de datos inéditos
y de referencias incontestables, inmensa en su elaboración
literaria y en su vuelo oratorio, la charla dejó sin
aliento a unos treinta oyentes, entre cubanos,
puertorriqueños y norteamericanos, que participábamos
en un curso de verano en el Instituto Superior de Arte,
en la Habana, en 1982.
Era
mi primer encuentro con el autor de El Ingenio,
aparte de la lectura de esta obra maestra. La visión
materialista de aquella conferencia enardeció mi
sensibilidad, singularmente impactada por el contacto
con las posiciones dogmáticas de la ciencia social en
la URSS, donde estudié Historia y Ciencias Sociales
—precisamente— entre 1979 y 1984. Conservé para toda
la vida mis notas y reforcé mi conocimiento del método
y las conclusiones de Moreno en posteriores encuentros.
Nadie
como él explicaba el tránsito de la economía de Cuba
desde los servicios a la plantación, y de ésta a la
crisis de un modelo que forzosamente tendía a la
transformación más radical. Recuerdo haberle comentado
en broma que en nuestros orígenes anidaba una suerte de
“pasión gastronómica”, y rió de buena gana, para
después, muy serio, recomendarme que me dedicara de
lleno al estudio y la investigación.
Antes
de conocer la
obra de otros historiadores cubanos, antecesores y
contemporáneos de Moreno, El Ingenio se me antojaba una
suerte de saga criolla de El Capital,
muy distante del positivismo tan acendrado en los
estudios historiográficos cubanos y del dogmatismo
estalinista. Más tarde comprendí, no sin la ayuda de
Smith y Ricardo, que la penetración de los procesos
sociales más recónditos, la utilización de variables
económicas —y aún matemáticas—, sin ideas
preconcebidas, pero con una visión de la justicia y la
sensibilidad, son imprescindibles en cualquier
investigación histriográfica que se precie de serlo.
Las
visiones de la
Historia de las mentalidades y de las historias locales,
la idea de considerar el modo
de producción como la categoría más pertinente de
la historiografía y la ciencia económica marxistas, el
estudio de las experiencias de la Escuela de los anales y de la Novelle
historie francesa, los loables intentos de
acercarnos con más rigor y fervor a Mariátegui, el
acercamiento a las reflexiones de los teólogos de la
liberación, de Darcy Ribeiro, la convicción antieurocéntrica
y antimperialista que cada vez más cala en nuestros
investigadores, el rescate de figuras que la tradición
eurocéntrica liberal y aún la marxista echó al
olvido; son procesos que tendrán que transcurrir de la
mano de una constante referencia a la obra de Moreno
Fraginals, de una continuidad de sus investigaciones.
Fue
Moreno una persona querida, un sabio de conversación
infinita, un maestro. Su actitud contra la Revolución,
en sus últimos años, no empequeñece su obra mayor,
que por su valor historiográfico y su vigor metodológico
lo hacen más nuestro que ajeno.
Pero
esa actitud también es historia. Y lo es en el sentido
de que el maestro insuperable del análisis que fue
Moreno, cedió en el rigor ante la necesidad, dictada
por las más opresivas circunstancias, de extraer
conclusiones decididas de antemano. No puedo reconocer
al maestro en el autor del texto Naufragio
de un Nobel, que en pos de la crítica a García Márquez,
no logró comprender que era imprescindible y justo
devolver a Elián González a su padre. Esa comprensión
bastaba a su grandeza.
Intentemos
entonces la grandeza propia. En la memoria de los vivos
estará siempre el acucioso y agudo investigador, el
penetrante visionario materialista, el conversador
exquisito. Lo demás no puede ser olvidado, pero yacerá
en ese inventario de la histeria anticubana que algún día
tendrá que parecer, sobre todo, un insulto a la
inteligencia humana.