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MI PADRE PODÍA REGRESAR A CUBA CUANTAS VECES HUBIERA QUERIDO

Beatriz Moreno, la hija del autor de El Ingenio, en exclusiva para La Jiribilla: “A mí me molesta mucho que él se haya muerto de esa manera. Para mí fue, en realidad, algo muy triste. Él se fue a los Estados Unidos, ¿usted sabe? Yo le escribí muchas cartas pidiéndole que volviera.”

Manuel Henríquez Lagarde  | La Habana

De alguna manera, Manuel Moreno Fraginals sigue estando allí en su casa de la calle 68, entre 11 y 13, en el habanero municipio Playa. Ya sea en las antiguas placas de ingenios empotradas en el portal de la vivienda marcada con el número 1109, en el librero que  cubre toda una pared de la sala, en la oxidada rueda de uno de los primeros  trenes, la herrumbre de un fusil u otros restos de mecanismos recogidos entre las ruinas de los ingenios, en las fotos de su infancia, en la caricatura que le hicieron cuando viajó joven a Venezuela, en la espada que le regaló el ministro de educación de España y un guardia en el aeropuerto trató de quitarle argumentando que al país no se podía entrar armado o en el afiche de Martí que preside el comedor, permanece la memoria de quien fue, sin dudas, uno de nuestros más importantes historiadores. Pero, sobre todo, el autor del Ingenio continúa vivo en el recuerdo de su hija Beatriz Moreno quien, una calurosa tarde de junio, accedió a responder, hasta que las lágrimas le apagaron la voz, las preguntas de La Jiribilla.

¿Cuando se dio cuenta de que era la hija de un historiador?

—Cuando mi papá estaba escribiendo El ingenio, que es su obra cumbre yo era una adolescente, estaba en la secundaria y recuerdo que me despertaba por la noche y sentía el ruido de la máquina de escribir y de la máquina de calcular. Eran noches y noches interminables, sin descanso. En muchas ocasiones, cuando terminábamos de comer, siempre le decía mi papá a mi mámá: «Les voy a leer lo que he escrito hoy. Esto es genial». Mi padre era así... Y nos leía uno o dos párrafos de cosas que yo no entendía, pero, no obstante, yo me daba cuenta de que era algo importante. Así fue como supe que vivía bajo el mismo techo de un escritor.

¿El hecho de que su padre escribiera la influenció de alguna manera?

—No sé si esto será publicable, pero yo tuve intenciones de entrar en la escuela de letras. Tuvimos una gran discusión mi padre y yo al respecto. Por eso terminé estudiando física. Él no quiso que estudiara letras. Pero los detalles no creo que sea necesario apuntarlos.

De esa misma época, cuando él escribía El ingenio, recuerda quiénes visitaban la casa.

— Entonces las personas más allegadas a él eran Virgilio Perera, un arquitecto que se dedicó a la historia y que procedía de la Universidad de Las Villas y a quien mi padre conoció por allá por Santa Clara. También, estaba Sonia Lapique, que es también una historiadora notable. Esos fueron sus principales colaboradores en El ingenio. Y hay que destacar el gran apoyo que las autoridades del Ministerio de Comercio Exterior le dieron para que él escribiera ese libro. Mi papá trabajaba entonces en el MINCEX y el viceministro, Raúl León Torras, y también el ministro, Marcelo Fernández Pons, le dieron una gran ayuda para que él se dedicara a esos estudios sin descuidar, claro está, su trabajo. Pero él pudo hacerlo todo paralelamente.

¿Las placas que están en el portal son de esa época?

—Esas placas cada una tiene su historia diferente. Él era una persona que pasaba en el carro se encontraba algo y si no había alguien mirando lo recogía y se lo llevaba. Son todas de ingenios derrumbados. Al principio de la Revolución no había una conciencia muy clara de lo que era el patrimonio. Quizás, alguien en específico pensaba en ello, pero, en general, las autoridades no la tenían. Es una cultura que hemos adquirido con el tiempo. Entonces, él sí tenía esa visión y cuando pasaba por un derrumbe y encontraba algo antiguo cargaba con aquello.

Cuando su padre le leía las páginas de El Ingenio usted no comprendía bien. Después, ya mayor, ¿pudo leerlo más detenidamente?...

—En realidad yo a mi padre no lo he leído tanto como otras personas. Escucharlo y leerlo es muy diferente...Usted se imagina... A mí me molesta mucho que él se haya muerto de esa manera. Para mí fue, en realidad, algo muy triste. Él se fue a los Estados Unidos, ¿usted sabe? Yo le escribí muchas cartas pidiéndole que volviera. Abel Prieto, el ministro de cultura, que estudió conmigo en la secundaria, me había dicho más de una vez que mi padre podía volver cuantas veces quisiera. Pero, desgraciadamente, él murió allá, lejos de nosotros, entre una familia extraña...

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