PARECÍA
UN ADOLESCENTE QUE SABÍA MUCHO
Evocaciones del historiador en la oriental Santiago de
Cuba. "Nunca olvidó la fraternidad con que se le acogió en esta
ciudad y reciprocaba afectuosamente a quienes habían
compartido con él en esta tierra."
Olga Portuondo
Zúñiga |
Santiago de Cuba
"El presente nos ayuda a comprender el pasado" Ha muerto
un grande de la historiografía cubana del siglo XX,
Manuel Moreno Fraginals. Durante décadas, los estudios
de Historia de Cuba se enriquecieron con su sapiencia,
su dedicación y su excelente prosa. Muchos desconocen
que Moreno, como solían decirle sus colegas
cubanos, a comienzos de la década de 1950 y durante
alrededor de dos años, fue profesor de la Universidad de
Oriente. Una de las asignaturas que impartía era Historia Contemporánea.
Hace pocos días,
nuestro querido Electo Silva, compartía conmigo
algunos de los recuerdos de cuando era alumno de Moreno
en esa asignatura. La pedagogía de aquel novel profesor
a sus educandos consistía en recomendarles de
preferencia la lectura de tres libros de calidad,
preocuparse menos por la materia, que ya con eso estaban
aprobados. Sus clases eran muy coloquiales y en ellas
mostraba siempre simpatías por el republicanismo español.
Justamente parece —me explica Electo— que es a través
de su relación con Juan Chabás, Herminio Almendros,
José Luis Gálvez y otros exiliados
antifranquistas que llega él a la Universidad de
Oriente. Claro está, Moreno había estudiado en el
Colegio de México (país donde, según decía, había
descubierto los restos de Hernán Cortés) y conocido a
Alfonso Reyes. He sabido después, que hubo de
presentarse a oposiciones a la plaza de profesor de
Historia, y ganar, con un texto de 50 páginas, lo que
ya era el embrión de El ingenio. Les hacía
leer a los alumnos Amor y Pedagogía, de Miguel
Unamuno y de la pluma de Antonio Machado, los escritos
de Juan de Mayrena y Abel Martín, personajes que
encarnaban el pensamiento filosófico, estético
y literario del poeta español.
Me dice Electo, que le
regaló una edición de lujo de la obra de Nicolás
Guillén, El son entero, que contenía la
musicalización de algunos de sus versos; a través de
él, también conoció la Elegía a Jesús Menéndez.
El director del Orfeón Santiago, agrega que solían
pedir la llave y quedarse por las tardes en la sala de
lectura de la Biblioteca de la Universidad —en el
primer piso de lo que hoy llamamos el Edificio
Central—; porque allí Moreno preparaba sus clases, y más
de una vez en su entusiasmo, llegó a darle la
conferencia del día siguiente. Ya para entonces, había
madurado su intelecto y su saber se
aprovechaba del caudal de información que le proporcionaba el trabajo
constante.
Cargaba con más de ochocientas fichas
relacionadas con su tema preferido, el de la plantación
azucarera decimonónica. Es en aquella época que
gana el premio nacional de Historia con un ensayo sobre
la "sacarocracia". El profesor Silva me
comenta que aquel texto estaba extraordinariamente bien
escrito lo que, sin dudas, sería siempre una de sus
grandes virtudes dentro de la historiografía cubana. En
realidad, agrega el sabio promotor de canto coral, su
habilidad provenía de que era un lector de
primera.
Aunque enamoradizo, no se le conoció novia en
la Universidad de Oriente, pues ya estaba casado con la arquitecta Beatriz
Masó —hermana de un profesor de este centro. Elegante
en el vestir, solía jugar voleibol y también
era muy fantasioso, gustaba asombrar a los
estudiantes contándoles sus "hazañas"
deportivas, como aquella de que era capaz de correr los
100 metros en 10,1 segundos. Claro está que nadie se lo
creía, pero se le admitía con gusto. Entre los
profesores parecía un gran adolescente que sabía.
Acostumbraba visitar con los amigos El Baturro
entre las 4 y las 5 de la tarde para tomar su bebida
favorita: café, limonada, sal y pimienta mezclados;
mientras los demás lo miraban asombrados.
Frecuentaba una tienda frente al hotel Casa Granda para
comprar discos viejos, de esos de 78 revoluciones, su
preferencia era la música afrocubana y en particular la
de Miguelito Valdés.
Hay que decir, asevera Electo, que era muy serio en su
trabajo y trataba de alcanzar la verdad histórica hasta
donde pudiera ofrecerla la información poseída.
Durante la segunda mitad del siglo XX, se perpetuó
aquella amistad surgida ente el profesor y el alumno
aventajado, lo que le valió a nuestro interlocutor
conocer, gracias a Moreno, intelectuales de la talla de
Roberto Fernández Retamar, Odilio Urfé, entre otros,
muy importantes para su carrera como intelectual y como
músico. Y es que su cultura era amplia. Moreno vino
a Santiago, en alguna que otra ocasión a la Universidad
de Oriente, donde lo conocí por vez primera y después
muchas veces, con la fundación de la Casa del Caribe en
1982.
Allí impartió series de conferencias sobre la
historia y la cultura cubana. De muchos años atrás
remontaba su amistad con el santiaguero Francisco López
Segrera y conservó siempre una excelente relación con
el director Joel James y con otros investigadores de la
institución santiaguera.
Rafael Duharte le haría una
importante entrevista en la que declaraba cuál era su método
de investigación: "Como sabes, sigo el pasado por
muy diversos campos. Por el económico, el militar, por
las uniones familiares, y esto va revelando una historia
que no es la historia a que nos tienen acostumbrado los
libros tradicionales. Y esto creo que es marxismo. Y te
pongo en guardia de que marxismo no es coger El Capital
y ver cómo puedes adaptarlo a Cuba, sino coger la
metodología, la forma de pensar y ponerte a investigar
seriamente qué había aquí. Dicho muy vulgarmente —me
lo decía a mí un maestro—, el que quiera ser
historiador y pensar estas cosas seriamente tiene que
consumir muchas "horas nalga", muchas horas
sentado investigando y leyendo y descubriendo cómo
fueron las cosas y pensando también en su presente,
porque no es que la historia sea la marca del presente,
es que el presente en cierta forma nos ayuda a
comprender el pasado."
Coincidimos con él en
Trinidad durante las jornadas de trabajo por el
centenario de la abolición de la esclavitud en 1988, y
en varias oportunidades escuché sus conferencias en la
sede de la institución radicada en Vista Alegre. Tengo
todavía muy presente su participación durante la
celebración del seminario "Semillas del comercio:
intercambio cultural y económico en el Caribe",
celebrado entre el 23 y 29 de marzo de 1989 bajo los
auspicios de la Oficina de Culturas Tradicionales de la
Smithsonian Institution de Washington y la Casa del
Caribe.
Allí brillaron sus valores como historiador
económico entre una pléyade de importantes autoridades
en la historiografía del Caribe: Sidney Mintz, Fernando
Picó, Richard Price, Francisco Scarano, entre otros, y
los del patio. Moreno tuvo la responsabilidad de cerrar
los cuatro talleres. Abogó por la creación de
museos sobre las plantaciones en todo el Caribe
para que se perpetuara materialmente la historia
horrenda de la colonización y la esclavitud, y celebró
aquel encuentro entre colegas estudiosos e
investigadores que, aunque trabajaban temas comunes,
muchos nunca se habían visto antes.
Apuntó: "Y
cuando hablo de la cultura de plantación, quiero hablar
de la herencia que estas formas económicas dejaron en
cada uno de los habitantes, aun de las zonas de no
plantación; es decir, de cómo muchas cosas que hoy
llamamos caracteres nacionales se derivan de esa
plantación.[.] Es decir, esta forma en que el mundo de
la plantación se filtra en nosotros, en la música, en
la forma de hablar, en la pornografía de la terrible
vida sexual de las plantaciones, etcétera." Osado
en sus análisis históricos, Moreno se adscribía a las
corrientes contemporáneas de la historiografía, las
que no dejaban de lado la cultura en los estudios de
historia económica. La colección de ensayos Historia
como Arma es un buen ejemplo del camino emprendido hasta
sus últimas producciones.
En reiteradas oportunidades, con él coincidimos en el
Archivo Nacional de Cuba y en la Biblioteca Nacional José
Martí. Era un investigador incansable que trabajaba
directamente con la documentación. Guardo en la memoria
nuestras visitas juntos a tomar helados en El Bory, del
mismo modo que las esperas de guaguas, tras
concluir la larga jornada de archivo. En más de una
ocasión, recibí su apoyo documental para mis trabajos.
Pero lo que más me impresionaba a mi de Moreno era su
habilidad para escribir y lo bien que lo hacía.
En su familiar y amena conversación sobre su vida
universitaria en Santiago de Cuba ya Electo me lo
explicaba, pero desde siempre lo reconocí en su
obra. Una vez que coincidimos al viajar en avión hacia
Santiago, no tuve por menos de felicitarlo por las
excelentes páginas de El Ingenio en que se refería a
la composición de la sacarocracia criolla habanera y
los intríngulis de la política colonial dirigida por
aquella oligarquía que comandaba Francisco Arango y
Parreño. Pequeña joya de aquella prosa histórica,
mentís de quienes consideran este arte ajeno al
quehacer histórico, fue publicada en la revista Bohemia
de los años 1980. Eran unas breves páginas en las
cuales exponía, responsablemente, toda la situación
militar y política de la guerra de restauración
dominicana. Yo, que había estado leyendo documentación
sobre este tema, me maravillaba de su capacidad para
percibir el problema central, lo bien escrito que se
hallaba el análisis histórico, sin palabras rebuscadas
pero con una exquisita prosa.
No es el único resultado de investigación documental que
Moreno trabajó con excelencia; sí es bastante
excepcional que un historiador sea capaz de transmitir
en estilo literario depurado sus resultados, hacerlos
agradables al lector, incluso a los menos iniciados en
estos trajines, porque además lograba una claridad
envidiable en su exposición. Me aficioné a citarlo
entre mis alumnos como paradigma de lo que era posible
conseguir en el ensayo histórico, si uno se lo propone.
Sus relaciones santiagueras continuaron y dejaron una buena
cosecha. La profesora de la Universidad de Oriente
Maritza Pérez Dionisio trabajó durante un buen tiempo
con él para apoyarlo en sus estudios sobre el ejército
español que combatió en Santo Domingo y los decesos
entre aquellas tropas, que se asentaron en los
libros del cementerio de Santa Ifigenia. Para ella fue
un notable aprendizaje de la mano de Moreno y en más de
una ocasión, lo ha reconocido como su inspirador
en investigaciones posteriores sobre la presencia española
en la región oriental de Cuba.
Nunca olvidó la fraternidad con que se le acogió en esta
ciudad y reciprocaba afectuosamente a quienes habían
compartido con él en esta tierra. Joel James,
director de la Casa del Caribe, quien lo consideraba su
amigo, me ha dado verbalmente su opinión sobre Moreno,
la que también suscribo por entero:
"Moreno fue mi amigo durante muchos años, lo consideré
siempre uno de los mejores historiadores cubanos, desde
que recibí de él algunas clases sobre Historia del
Arte cubano. No me interesa donde haya muerto, ni donde
haya vivido".
"Todos sus trabajos en Cuba están en la dirección de esclarecer
los procesos formativos de la nación cubana y
justificativos de la independencia del país. En
particular, su obra en varios tomos, El Ingenio,
constituye un clásico de la historiografía cubana.
Sin
su consulta no sería aprensible el proceso
plantacionista en el occidente de la Isla durante el
siglo XIX".
Moreno no se detiene en describir las relaciones de
producción durante este período, sino que va mucho más
que a esto para alcanzar la psicología del esclavo,
internado en un barracón, maloliente ergástula, donde
tenía que ocultar sus símbolos religiosos en lugares
obscuros y donde las relaciones sexuales se
distorsionaban por la escasez de hembras.
Moreno incursionó en otras ramas de la historiografía
cubana, su biografía sobre José A. Saco no ha sido
superada y fue siempre un hombre abierto a consulta de
todos los jóvenes historiadores. Sin lugar a dudas él,
junto a Ramiro Guerra, Julio Le Riverend, Juan Pérez de
la Riva y Jorge Ibarra constituyen el Colegio de
Autoridades más alto en la historiografía cubana del
siglo XX. Y es así como recordaremos y
consideraremos siempre a Manuel Moreno Fraginals.
Fuentes
consultadas:
Rafael Duharte Jiménez: "Conversación con Manuel
Moreno Fraginals", en Del Caribe, No. 15,
Santiago de Cuba, 1989, pp. 103-106.
Manuel Moreno
Fraginals:"Sólo por cosas realmente ambiciosas
vale la pena luchar", en Del Caribe, nos. 16-17,
Santiago de Cuba, 1990, pp. 128-133.