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VIVA GRAU

Un acercamiento al tema de la emigración en el cine cubano de los noventa. Fragmento de un ensayo que aparecerá en el próximo número de Temas dedicado a un balance de cuarenta años del cine cubano

Enrique Núñez Rodríguez  | La Habana

La jornada gloriosa del primero de junio había terminado. Eddy Chibás anunció el triunfo de Grau, horas antes de que el Tribunal Superior Electoral ratificara la victoria de los Auténticos frente a la Coalición Socialista Democrática y su candidato Carlos Saladrigas. El pueblo se botó a la calle en La Habana. Después de la caída de Machado no se había visto una manifestación de júbilo como la que siguió al parte oficial anunciando la victoria del profesor universitario.

Grau era heredero de las leyes revolucionarias que Antonio Guiteras, su Secretario de Gobernación en el gobierno de los Cien Días, había logrado introducir en la agenda de aquel breve período. Y, sobre todo, era el candidato contrario a Saladrigas, seleccionado por Batista para ocupar la alta magistratura de la nación. Más que el triunfo de Grau frente a Saladrigas, la victoria del autenticismo significaba la derrota de Batista frente al recuerdo de Guiteras. Pero el pueblo simplificaba las cosas en dos gritos que llenaron las calles del país:

—¡Abajo Batista! ¡Viva Grau!

Una ola de pueblo, espontánea y masiva, inició el recorrido hacia la esquina de 17 y J, donde vivía el profesor universitario. Alguien en Galiano y San Rafael, propuso entusiasmado:

—¡A casa de Grau!

Y partió la manifestación a ritmo de conga, nutriéndose cada vez más de la ciudadanía que se incorporaba al paso de la alegre estampida. A la cabeza de la multitud marchaba “el cojo de la bocina”, un simpático personaje que arrastraba una pata de palo con increíble agilidad, mientras repetía a petición de los manifestantes, la frase inspiradora:

—¡Qué viva Grau!

Pero el cojo de la bocina no estaba acostumbrado a la marcha forzada de aquel acto improvisado. Más bien trabajaba sentado, en el estadio, animando a su equipo, o en 23 y 12, anunciando productos comerciales. Sus gritos empezaron a ser menos frecuentes, mientras iba quedándose atrás impedido de avanzar a la velocidad  que lo hacían los más ágiles manifestantes. En San Lázaro e Infanta la marcha se detuvo un instante para que él pudiera situarse, de nuevo, a la cabeza de la manifestación. Alguien le propuso en alta voz:

—¡Cojo, que viva Grau!

Y él intentó complacerlo gritando a través de su bocina:

—¡Qué viva Grau!

La voz no tenía ya la potencia ni el entusiasmo que había demostrado en Galiano y San Rafael. Ya arrastraba su prótesis con visible dificultad, retrasándose en la marcha, pese a que algunos de sus admiradores lo empujaban prácticamente para que ocupara su puesto de honor a la cabeza de la manifestación.

Al llegar a 23 y L, frente a lo que después fue el Radiocentro, la ola se encrespó. Nuevas incorporaciones aumentaron el multitudinario volumen de la ya larga fila de manifestantes. Creció el entusiasmo. Y alguien requirió:

—¡Cojo, que viva Grau!

La respuesta no se hizo esperar. El cojo se llevó la bocina a los labios y, haciendo un extraordinario esfuerzo, exclamó con voz cansona:

—¡Sí, chico, que viva Grau, pero... que viva más cerca!

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