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MI AMIGO LUIS FELIPE BERNAZA

"Era un cubano total, un cubano realmente pícaro, superviviente de su origen humilde, capaz de enjuiciar, a su vez, a quienes se acogen a una mirada exteriorista e instrumentalizadora". Intervención de Reinaldo Gónzález en el homenaje a Luis Felipe Bernaza, el viernes 13 de Abril de 2001, en la Sala Martínez Villena, UNEAC.

Reynaldo González  | La Habana

Desde que empezó nuestra evocación, esta tarde, comprendí que el mejor personaje creado por Luis Felipe Bernaza fue él mismo, un personaje que fue de la realidad a la invención, con aspectos de innegable seducción, sin que le faltaran aristas contradictorias. De eso me di cuenta hace muchos años. No conocí a Bernaza antes que irse a Europa, sino al regreso, cuando estaba inmerso en los avatares de hacer cine, que siempre es algo en extremo difícil. Me pareció un hombre sorprendente porque podía hablar con él sobre todo, sobre cualquier cosa, y en particular de una de las columnas principales de la literatura en lengua castellana, la picaresca, que la conocía muy bien. Él mismo terminaba siendo un personaje de la picaresca, en este caso de la picaresca cubana de nuestros tiempos. Creo que una cantidad de cosas que rodean su existencia, sus idas y venidas y hasta su muerte afuera de Cuba forman parte de los gestos atrabiliarios de los pícaros, es la picaresca. La picaresca Bernaza se expresa en sus dos novelas Buscavidas y Buscaguerra.

Luis Felipe Bernaza fue un hombre cuya trayectoria sorprende mucho, porque siendo un cineasta —y debe reconocérsele como tal, tanto por la cuantía de sus obras como por la significación de algunas películas insoslayables— también tiene en su haber dos premios nacionales de literatura. Son novelas premiadas y publicadas por la Unión de Escritores, de un peculiar humor, con una penetración aguda en el panorama social, con personajes sometidos a una permanente lucha por la supervivencia. A través de ellos se nos muestra una suma de acontecimientos históricos significativos, de manera que no es fácil —ni pienso que alguien lo desee— ignorarlo en una mirada amplia de nuestra literatura.

Me hacía mucha gracia Bernaza, siempre disfruté su particular mirada sobre nuestra realidad y creo que buena parte de lo conversado esta tarde de esa doble vida vivida y saboreada por él, terminó dotándolo como creador de ficciones hasta resultar uno de los documentalistas fílmicos más penetrantes en aspectos de nuestra realidad. Recuerdo que un sesudo de los que aplican etiquetas sobre nuestra realidad y su historia, con cierta sorna me preguntó si realmente Bernaza tenía talento. Para mí eso nunca ofreció dudas. Sin embargo, sí me preguntaba sobre aquel inquisidor, si él, no Bernaza, entendía en verdad a nuestro pueblo y se había aplicado a estudiar nuestra historia con rigor aceptable. En cambio, una breve conversación con Luis Felipe, sus persistentes apelaciones a datos históricos poco reiterados, no esos lugares comunes que son aseveraciones sin fondo, y su capacidad para enjuiciar el contexto, bastaba para captar su sabiduría cubana.

Soy muy malo en cuentas y una de las que he perdido son las botellas de ron que me tomé con Bernaza paladeando ese conocimiento táctil, no libresco, de aspectos de la trayectoria cubana que luego afloraban en su trabajo. Era un cubano total, un cubano realmente pícaro, superviviente de su origen humilde, capaz de enjuiciar, a su vez, a quienes se acogen a una mirada exteriorista e instrumentalizadora. Lo transmitió bien en su obra, en las dos novelas y en lo que vaya apareciendo de sus páginas inéditas, como este poema incluido en el programa, o las novelas, dos novelas que esperan su publicación.

Quiere decir que estas cosas, que Bernaza tomaba muy a pecho, también han significado para otras personas, las que leen esos libros y las que ven sus películas, que continúan ocupando espacios en la programación de la televisión y que recientemente sumé en un ciclo panorámico de la Cinemateca de Cuba. Lo comprobé cuando proyectaron su documental Hasta la Reina Isabel baila el danzón, donde me entrevistó, me llamaban por teléfono con el disfrute del humor sardónico allí expresado. Ellos no sabían que el director estaba en el extranjero, ni que había muerto. Con toda naturalidad lo tienen como parte del panorama cultural cubano, y así debe ser.

En dos ocasiones me convirtió en parte de sus documentales. Los imaginaba en un tristrás y se lanzaba a la obra. Un día llegué a casa y me encontré una suerte de set montado entre el jardín y la sala, un sillón de mimbre entre mis plantas, los luminotécnicos y sonidistas. "¿Qué está pasando aquí?", le dije. "Siéntate y respóndeme algunas preguntas", me espetó. Quería saber qué le preguntaría a Isabel la Católica, pues una espiritista tenía revuelta a La Habana con sus presuntos diálogos con la reina. "Oye, esto no es serio". "Serio o no, esa mujer se comunica con ella". Trabajaba con "tomas únicas" y salía disparado al otro lado de la ciudad, a cuestionar ala espiritista. Era como un juego y, a la vez, algo serio. Fue el origen de ese documental, uno de los preferidos de su repertorio, que continúan poniéndolo en la televisión junto a Pedro Cero Porciento, por su gracia y su desenfado.

La otra ocasión fue cuando la crisis de los balseros. Yo iba cada tarde a ver lo que estaba pasando en Cojímar, en los días terribles de aquel temporal, y escribí algo para el Center for Cuban Studies sobre ese momento tan dramático de nuestra historia. Creo que envejecí tremendamente en aquellos días. Salía de trabajo, me iba a Cojímar y allí me quedaba hasta la madrugada, viendo la situación, preocupado por aquellos "navegantes" hacia un destino inseguro, que podía resultar trágico. Me mortificaba, en medio de un panorama tan desdichado, cierto comercio que comenzaba a surgir allí, inescrupuloso y mendaz, y un ambiente de feria con que los propios balseros rodeaban su acción desesperada. Y allí, en la costa, micrófono en ristre y con la cámara dispuesta, me saltó Bernaza: "¿Que piensas de esto?". "Siempre me sorprenderá mi pueblo, su capacidad para convertir una tragedia en farsa", dije. Luego lo vi en su documental Estado del tiempo. Esa breve película en vídeo, junto con Mariposas en el Andamio —sobre un grupo de travestis cubanos—, que filmara junto a su colaboradora Peggy Gilpin, fueron sus últimos trabajos conocidos.

Bernaza fue un hombre perfectamente integrado a nuestra realidad, su pálpito contradictorio, sus alegrías y sus profundas tristezas. La ultima vez que hablamos no fue personalmente sino por teléfono, en 1995. Yo estaba en Miami Beach, sonó el teléfono con su voz inconfundible, ronca, aguardentosa: "¿Qué estás haciendo en Miami?" "De paso. Vengo de Nueva York y sigo a La Habana. Ven a verme. Y tú, ¿qué haces en Miami?" "Soy hijo de pescadores. Pesco." Me prometió visita, pero no volvió a llamar, ni nos vimos. No lo voy a olvidar: de nuevo estaba, como sus personajes, buscando guerra, buscando vida. Y en el arduo terreno de la creación cinematográfica, esperaba levantar cabeza, para no volver con la cabeza gacha como el perro que tumbó la lata.

Quiero subrayar que Luis Felipe Bernaza fue un cubano astuto, sabelotodos, arriesgado, muy sensible, muy vinculado a la historia de su país. Es muy rara y envidiable la capacidad suya de estar adentro y afuera de una realidad, viviéndola y viéndola, para mejor entregarla en la obra artística. Dejo a los críticos la valoración de su cine y de su literatura, pero advierto que, por encima de aciertos o defectos de esas obras, expresaron un notable sentimiento humano, una extraordinaria capacidad de observación, y no debemos olvidarlas. En ellas palpitó un hombre con una sensibilidad profundamente cubana. Lamenté las circunstancias de su muerte, que a la hora de morir no estuviera aquí, entre nosotros, pero sé que es con nosotros con quienes está.

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