NO EMPEÑÓ SU
IDENTIDAD
La angustia que
no hubiera podido soportar hubiera sido la de volver
como un derrotado. Intervención de Aurelio Alonso.
Conversatorio en memoria de Luis Felipe Bernaza, en la
Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), el 13
de abril de 2001
Aurelio
Alonso | La Habana
Recuerdo que en 1989 Rafael
Hernández me pidió que le acompañara a casa de Peggy
Gilpin, a quien había pedido que revisara el texto en
inglés de una presentación que le habían invitado a
hacer en Harvard. Descubrí entonces que el hombre de la
casa (el hombre en términos de sexo, porque en
términos de género es muy difícil disputarle a Peggy
esa primacía) era Luis Felipe Bernaza, mi amigo desde
los años sesenta. Ya del ICAIC él, de la generación
de los jóvenes directores de cine. Yo, por aquellos
tiempos, del Primer Departamento de Filosofía de la
Universidad de la Habana (primero del tiempo de la
Revolución). Los dos de un círculo cercano a Alfredo
Guevara en afinidades ideológicas.
Se había creado desde entonces entre
nosotros ese tipo de amistad que pervive aunque no se
frecuenten los amigos. Luis Felipe me llamó
"gallego" desde que nos conocimos y siempre me
llamó de este modo. Nunca supe por qué, ya que nadie
me llamó así antes ni después. En realidad el de 1989
fue un reencuentro en el cual tuvo que ver mucho Peggy,
nuestra solidaridad ósea (y el médico común), la
afinidad con Cary, en fin todos los entendimientos que
hacen continuidad en la vida cotidiana. Comenzamos a
visitarnos y a reunirnos con frecuencia para salir
juntos.
Muy a principios del 1993, cuando hizo
crisis mi S4-L5 (o qué se yo cuales vértebras que
comprimían la hernia), y tuve que someterme a la
crítica del bisturí, Luis Felipe y Peggy se
convirtieron en mis más asiduos visitantes, y Bernaza
me pidió aprovechar el ocio de recuperación
("Gallego, te tienes que leer esto") con el
manuscrito de una novela escrita en 1990 y en la que
había seguido trabajando: Los Tigres de Detroit Aman
a Tosca, que podía presentar tantos enigmas como su
título, enigmas como la vida misma. Detroit, por un bar
localizado en la esquina de Humboldt y Hospital y del
cual recordaba aquella vieja nevera comercial con el
nombre del lugar, como era habitual en la época. Tosca,
evoca por supuesto, al personaje de Verdi, cubanizado,
con su carga de voluptuosidad y candidez, de
ensoñación y tragedia. Amada por todos los tigres, sin
realizarse jamás en el amor esperado, el de René, de
los mensajes sin rostro, el de la espera que moriría
sin descifrar. Todo esto en medio del drama de una
cotidianidad habanera en plena crisis de los noventa de
desarticulación generada por el derrumbe de socialismo,
crisis de empobrecimiento e incertidumbre.
Atraviesa la obra el entorno de la
angustia que rodeó la saga, terrible y grotesca a la
vez, de los balseros, que todavía no había llegado a
su clímax, y que quedaría registrada con crudeza en el
documental que Peggy y él iban a filmar un año
después.
Debo confesar que la lectura de Los
Tigres de Detroit Aman a Tosca me capturó. No voy
ahora a tratar de argumentar virtudes, porque reconozco
que no tengo dotes de crítico literario. Pero no tengo
respuesta para que una pieza literaria tan auténtica
(tanto como pueden serlo sus novelas premiadas, y
publicadas, Buscavidas y Buscaguerra), no
haya llegado a las manos del lector cubano más de una
década después.
Todo el desenlace, en el cual los
personajes construyen también la trama, nos entrega al
Luis Felipe que conocemos: su sentido de la ironía,
desde el momento de dar nombre a los protagonistas y
describir sus realidades, el sarcasmo con que encara la
muerte (y todo lo trágico), y –de manera muy
especial– la hondura con la cual miraba y sentía la
obsesión migratoria que ha sido impuesta o implantada a
este pueblo, y a la cual él mismo no pudo al cabo
escapar, sin que ello le llevara a empeñar su
identidad.
Si ustedes me lo permiten quisiera
leerles ahora unos pasajes del capitulo 15, y final de Los
Tigres de Detroit Aman a Tosca, que es el único del
manuscrito que conservo a mi alcance, para ilustrar al
menos algunas de mis apreciaciones:
A ciencia cierta, René
no caminaba hacia ningún sitio pensado de antemano.
Sencillamente vagaba por aquellas calles del Vedado para
disipar penas y matar el tiempo. Para echar a un lado la
carga de orientaciones y de asesores que acechaban su
programa de radio. Se detendría, quizá, en algún
lugar, cualquiera, cuando sus pies no diesen más,
cuando le faltasen fuerzas para seguir llorando al amigo
del alma...
Y mientras René
Anderson caminaba a paso de muerto en vida por esas
calles retorcidas y zigzagueantes del bajo Vedado,
Tosca-Itcia-Peter Pan erguía su figura monumental sobre
las puntas de los pies, para que el agua tibia que caía
cernida sobre ella la empapase del todo. Baño sueco de
agua caliente, aunque ella no era friolenta. Baño que
no podría darse en la habitación de la posada a la que
acudiría a la caída de la tarde en busca del René
figurado. Baño con agua olorosa. El corazón le decía
que el amado desconocido haría acto de presencia
–puntual–
en la habitación número 7, aunque no estaba
anunciada su visita. Cosas del corazón. Corazonadas, se
dijo y siguió frotándose con la esponja el bajo
vientre, los senos, los brazos, las axilas, los
tobillos, las pantorrillas, diciéndose que hoy era su
día, que de seguro René esperaría por ella todo el
tiempo, que debió ir al entierro de Cundo Cuenco
Mejides, pero a última hora no se atrevió, pues no
conocía a nadie de la familia del finado, que Láctea
estaba destruida, atomizada, apabullada por lo de Pavel
Quintero Pereztroika, muchacho cabeza loca y
oportunista, mira que reclamar ahora, por embullo de no
sé quién, su ciudadanía rusa, si era nacido en
Leningrado-Petrogrado de pura casualidad, allá él con
su tragedia: no sabe todavía lo que es la emigración y
su cuota de olvido, no sabe la tristeza que sentirá
cuando todos te miren como lo que eres: un ave extraña,
piojosa y sin alas en el "Paradiso" de las
nieves perpetuas, un escorpión que muerde la mano del
amigo, un oso taciturno, acorralado por las evidencias.
En otro parlamento, casi concluyente,
ahora de René, podemos leer:
No me rendiré. No
consultaré nada a nadie, aunque me acusen de cualquier
cosa. Mi conciencia está tranquila, te lo digo con
propiedad. Miami no es mi mundo. Yo soy protagonista.
Ellos son espectadores. De aquí no me muevo. Los
problemas de este país son los míos. Los problemas de
este proceso social son los nuestros. Nadie, ningún
cacique venido de afuera va a dictarnos cátedra. Venga
de Madrid, Moscú, Caracas, New York, o de una
diplotienda de esta ciudad. Al carajo con ellos. Voy a
seguir peleando con todos los hierros desde adentro,
desde todas las arterias de mi tierra. Lo juro por mis
antepasados mambises, por mis amigos y por todas las
calles de La Habana Vieja: no me rendiré, ni entraré
por el aro, como algunos desean. Voy a seguir pensando
por mí mismo, con mi propia cabeza.
Y la muerte al fin de Tosca,
ridiculizada, como para dejar sentado lo vulnerable de
las fronteras,
Dos duchas de agua
caliente en hora y media es demasiado para cualquier
persona normal, pero estaba escrito en la novela que
Tosca debía morirse aquella noche y no otra, mientras
de la habitación contigua –la número 8– le
llegaban, un tanto apagados, los ruegos, imploraciones y
lamentaciones de una joven morena que no deseaba ser
desflorada...
Lo que no estaba
previsto en la novela era la caída mortal de Tosca al
resbalar con un pedazo de jabón...
Pero a punto ya de
resbalar con el jabón, para provocar la caída
definitiva, Tosca se arrepintió. Aquel final trágico
no era nada original...
Y, con el ramo de rosas
en la mano, comenzó a descender la escalera de la
posada, figurándose que en esos instantes sonaba el
momento culminante del tercer acto de la ópera Tosca. Y
empieza un aire azul a batir el vestido de muerte de la
protagonista y ella, sin sospechar nada, fija sus ojos
en el rellano de la escalera donde le parece ver a los
Cuatro Jinetes del Apocalipsis: Humphrey Bogart, René
Anderson, Fotios Manitzalis y el pianista Daniel,
vestidos de riguroso luto, a la espera de ella. Y se
sorprende al sentirse rodar escalera abajo, yéndosele
la vida a pedazos, peldaño a peldaño, en fracciones de
segundo.
La última vez que vi a Luis Felipe
fue en Miami, en diciembre de 1995. Hablamos y bebimos
largo, como siempre hicimos, como hermanos. Me pidió
decirle a Abel que él era el mismo, que no había
cambiado, que él, allí, se mantenía firme, y que él
volvería. Sentí que había comenzado a experimentar en
carne propia angustias que había aprendido antes como
ajenas. Y también sentí confianza en él; y me
pareció que la angustia que no hubiera podido soportar
hubiera sido la de volver como un derrotado. Cuando le
transmití a Abel su mensaje, me comentó "Yo estoy
seguro de que Bernaza es sincero, ¿no te parece?".
"Yo también", le respondí.