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ME
EXTRAÑO A MÍ MISMO
"El exilio es una
enfermedad y yo no soy su intérprete", dice José
Pardo Llada al periodista Luis Báez en el libro Los
que se fueron, que pronto podrá obtenerse íntegro,
y de manera gratuita, en este sitio
Luis
Báez | La Habana
El vuelo entre Bogotá y Cali dura alrededor
de 30 minutos. Minutos antes de que la nave tomara pista
en el aeropuerto internacional de Cali, comencé a
recordar algunos aspectos de la vida del controversial
personaje al que dentro de poco tiempo vería. Desde su
hora radial a la 1:00 de la tarde, combatió durante 27
meses —enero de 1959 a marzo de 1961— la política de
los Estados Unidos hacia la Revolución cubana.
Realizó amplias campañas acusando a Norteamérica
de la voladura del Maine y de impedir el triunfo Mambí
a fines del pasado siglo, con la intervención de sus
tropas. Escribió un folleto denunciando al gobierno de
Estados Unidos por su posición hostil a la candidatura
presidencial de Bartolomé Maso en las primeras
elecciones celebradas en Cuba, a comienzos del presente
siglo.
Fue un látigo con el periodista norteamericano Jules
Dubois, uno de los primeros en comenzar la campaña
propagandística contra la naciente Revolución. Se
refería a él como al hombre de la "oreja
peluda". Hizo todo lo posible por aparecer en una
fotografía junto a Fidel Castro y Nikita Jruschov en
Naciones Unidas en 1960, y lo logró.
Presencié el intento de agresión física de que fue
objeto por parte de Juan Pablo Lojendio, ex embajador de
España en Cuba, a nuestro paso por el aeropuerto
madrileño de Barajas, rumbo a la Unión Soviética, en
noviembre de 1960. Le había dirigido al diplomático
los insultos más increíbles dada su posición
anticubana.
Calificó con los epítetos más duros a todo aquel
que traicionó el proceso revolucionario. Cuando el
pueblo pidió a Fidel que sacudiera la mata,
refiriéndose a los oportunistas y arribistas que se
habían incorporado al carro revolucionario, hizo suya
esta frase: "Fidel, sacude la mata", que no
cesaba de repetir en todos sus programas radiales.
Por su posición en defensa de la Revolución, fue
objeto de un atentado el sábado 9 de julio de 1960. En
horas del mediodía, en los momentos en que esperaba en
su carro el cambio a luz verde del semáforo de L y 19,
en el Vedado, fue ametrallado desde otro automóvil.
Salvó la vida milagrosamente.
Había llegado el momento. En la terminal aérea me
esperaba la persona a quien debía entrevistar. Le
había avisado telefónicamente el día anterior para
asegurar el encuentro. Accedió. Nos habíamos visto la
última vez en el Palacio de Bellas Artes, en La Habana,
en la inauguración de la exposición comercial de la
República Popular China, escasos días antes de que
traicionara: 17 de marzo de 1961. Hacía exactamente 27
años. Estabamos frente a frente. Su nombre: José Pardo
Llada.
Nos saludamos. Pronunciamos palabras de cortesía. Subí
a su auto. Aún no había puesto en marcha el motor,
cuando me preguntó: "¿Cómo está Castro?"
"¿Cómo anda Cuba?" Se le notaba ansioso. Se
interesó por viejos amigos. Con 64 años, el metal de
voz que lo hizo famoso en una época no había variado.
En los finales de la década del 40 y hasta comienzos
del 50, Pardo Llada era el comentarista radial más
escuchado en Cuba. Aspiró a representante a la Cámara
por el Partido Ortodoxo. Fue elegido por amplia
votación. Después del golpe militar de Fulgencio
Batista, el 10 de marzo de 1952, no fue capaz de
emprender una lucha frontal contra la tiranía y
menoscabó así la popularidad de que gozaba en esos
momentos en la población.
Mientras en el país se debatía por optar entre la
tesis insurreccional y la lucha cívica, él era
partidario de la última. Posteriormente, cuando se
discutía entre Sierra Maestra y elecciones, apoyó el
camino electoral.
En los meses finales de 1958 subió a la Sierra
Maestra. Nadie quería recibirlo. Tenía un ambiente muy
hostil. Incluso Carlos Franqui, hoy su amigo, le dijo a
Fidel que le regalaba su cámara fotográfica si mandaba
a Pardo para "Puerto Malanga", lugar donde
estaban los miembros del Ejército Rebelde que habían
cometido alguna falta.
Muchos guerrilleros deseaban que lo sometieran a
consejo de guerra. Había algunos que no querían ni
darle comida. La única persona que lo trató bien fue
Fidel Castro, al mismo que, tres años más tarde, él
traicionaría. Después del 1ro de enero de 1959,
volvió a su tribuna radial. Contó con todas las
facilidades: desde allí, sin que nadie se lo pidiera,
criticó diariamente la política anticubana del
gobierno de los Estados Unidos.
En marzo de 1961 viajó a América Latina con el
pretexto de entrevistar a diversos presidentes. Al
llegar a México, primera escala del viaje, desertó.
Era un momento en que las agresiones de los Estados
Unidos contra la Revolución iban en aumento.
Exactamente un mes antes de la invasión de Playa
Girón.
La entrevista se celebra en su casa. En la sala tiene
cuadros de Mariano Rodríguez, René Portocarrero,
Wifredo Lam. Tres fotos pequeñas: con Fidel Castro, con
el Che Guevara y otra con Fidel y Nikita Jruschov. Un
retrato de Eddy Chibás y una dedicatoria del ex
presidente argentino Juan Domingo Perón.
La conversación duró varias horas. Fue grabada.
Respondió todas las preguntas. Hubo momentos en que
derivó hacia lo sentimental. La voz se convirtió en un
susurro y varias veces revisé el magnetófono para
comprobar que el diálogo estaba siendo registrado.
Narró cómo los gobiernos de México y España le
negaron el asilo. Que llegó a Cali, Colombia, debido a
la ayuda de un amigo. Refutó que el gobierno de los
Estados Unidos le hubiera pagado el servicio de la
deserción. Se hizo ciudadano colombiano. Llegó a
representante de la Cámara. El ex presidente Belisario
Betancourt lo nombró embajador en Noruega. Actualmente
tiene un programa de radio, a la 1:00 de la tarde
dedicado a temas de actualidad pública sin entrar en lo
político.
Considera que ha podido subsistir en Colombia porque
nunca se ha enfrentado al movimiento guerrillero ni a
los narcotraficantes. Vive con una gran nostalgia de
Cuba. Lo extraña todo, desde la música hasta los
dulces. Se extraña hasta él mismo.
Ha sido una persona de grandes lagunas en su vida.
Nunca fue un hombre de pasos largos, siempre de pasos
cortos. El más largo fue el día en que tomó la
decisión de traicionar la Revolución.
LB: ¿Por qué se va usted de Cuba?
JPLl: En el momento en que decido irme tengo una
posición preponderante. Castro me había distinguido
mucho. Al regreso de un viaje a la Unión Soviética, en
noviembre de 1960, hice algunas criticas, ya que, entre
otras cosas, me chocó que el litro de leche tuviera el
precio del equivalente a un dólar. Eso me costó una
reprimenda por parte de algunos viejos comunistas.
Aunque debo decir, en honor a la verdad, que con muchos
de ellos mantuve buenas relaciones, en especial con
Carlos Rafael Rodríguez. Esto lo comento sin acritud,
pues fueron hechos que ocurrieron hace muchos años
LB: Como bien ha dicho, han pasado muchos años.
Debemos conversar con absoluta honradez. Ambos sabemos
que esa no fue la principal razón de su deserción.
JPLl: Tienes razón. Esa no era una situación
insoportable. Por otro lado, estaban las amenazas de
muerte que me hacían los elementos desafectos a la
Revolución. Además, como no era comunista —aunque
había estado cerca del partido— me preocupó mucho el
rumbo socialista que estaba tomando la Revolución.
Ya en el plano de las confesiones, debo decirte que
he sido toda mi vida un pequeñoburgués. He vivido
como tal y, además, me gusta la burguesía. Me había
acostumbrado a no pasar trabajo. En aquella época la
palabra comunista era una afrenta terrible. Mi hija
asistía al colegio Sagrado Corazón, dirigido por
monjas. La acosaban constantemente con que su padre era
comunista. Añade a esto que mi difunta esposa, María
Luisa Alonso, era de un concepto absolutamente
reaccionario en política.
Igualmente tenía mucha resistencia por parte de
algunos de mis amigos que estaban conspirando. Todo esto
me hacía sentir bastante vacío en el orden familiar,
personal y amistoso. Además, no formaba parte del
poder. Tal vez si hubiera sido ministro habría tenido
un sentido de la vida. Era un defensor de la Revolución
sin representarla.
Llegó un momento en que toda esta situación me
ahogó y me hizo sentir incómodo.
LB: El fusilamiento de dos de los hombres que le
hicieron el atentado en 19 y L, en el Vedado,
¿desempeñó un papel importante en su decisión?
JPLl: Sí también influyó. Soy un hombre de
reacciones sentimentales. Eso me afectó, me dolió y
sentí cierta responsabilidad en la muerte de esas
personas.
LB: El criterio general es que usted decide irse
porque se acobarda ante la posibilidad de una invasión
militar contra Cuba, apoyada por el gobierno de los
Estados Unidos.
JPLl: Conozco que esa es la opinión de la mayoría
de la gente. Es una cruz que no me he podido quitar de
encima en estos 30 años. Pero eso no es cierto. Estaba
convencido de que una invasión fracasaría porque
Castro contaba con el respaldo del 90% de la población.
Habían llegado armas. Se estaban formando las
milicias. Existía un sentido de combate; me consta que
existía, a pesar de que la Revolución estaba
comenzando.
Sabia que internamente no había lo que durante la
guerra de España se llamó la quinta columna. Podía
haber gente descontenta, pero no era lo suficientemente
poderosa como para garantizar el triunfo de la
invasión. Estas opiniones las he dado en el curso de
estos años y me han creado muchos problemas.
LB: ¿No le parece que es mucha casualidad que usted
decida irse exactamente un mes antes de que ocurra la
invasión de Playa Girón?
JPLl: Por el comentario que haces, no es difícil
percatarse de que dudas de lo que estoy diciendo.
LB: No es que lo dude, pero es muy difícil
creerlo.
JPLl: Mira, Luis, me fui por razones personales y
filosóficas, no por miedo a la invasión, porque,
repito, estaba convencido de que esta no tenía la más
mínima posibilidad de triunfo. Esto es cierto, como es
cierto también que, ni en Cuba ni en el extranjero,
nunca he formado parte de las conspiraciones contra
Castro, a pesar de no estar de acuerdo con él. Eso
tampoco nadie me lo reconoce, pero no me importa. Me
siento bien. Considero que he sido consecuente conmigo
mismo.
LB: Al comienzo de esta conversación manifestó que
Fidel Castro había tenido muchas deferencias con usted.
Sin embargo, su pago a esa actitud fue la traición.
JPLl: No podía decirle lo que iba a hacer. Creo que
él no lo hubiera entendido. Yo estaba en una lucha muy
grande: "Me voy o me quedo". Es muy difícil
retroceder, darle marcha atrás a la pianola de la
historia. Con el paso de los años he conocido de
algunas personas que le plantearon a él esa decisión y
no puso ninguna objeción a la salida. A lo mejor
conmigo hubiera sido igual. Tal vez me lo planteé y no
lo quise hacer.
LB: ¿No lo quiso hacer o le faltó valor para
hacerlo?
JPLl: Había que tener también valor para irse.
Cuando me voy, nadie piensa que estoy actuando
sinceramente. Me acusaron de espía de Castro. Estaba
entre la espada y la pared. Realmente es cierto que no
tuve valor para decirle a Castro que me iba
definitivamente.
LB: ¿Cómo se sintió con el triunfo de la
Revolución?
JPLl: Muy feliz. Era mi triunfo. Mi incorporación a
la Revolución era un reconocimiento al liderazgo de
Castro. Creo que si echo la mirada hacia atrás y me
pregunto cuál ha sido el momento más feliz de mi vida,
tengo que responder que cuando triunfa la Revolución.
Los primeros días se vivió una verdadera apoteosis. Me
sentía plenamente realizado con el triunfo
revolucionario.
LB: ¿Qué aspiraciones tenía?
JPLl: Me haces reflexionar para decir totalmente la
verdad. Como político me he conformado, lo he meditado
después de viejo, con la popularidad. La expresión de
la popularidad ha sido para mí el poder; pero la
popularidad no es el poder.
Es decir, la simpatía, el aplauso público, la
condescendencia de la gente para con uno los he tenido,
incluso los tengo ahora en Colombia. Eso me llena mucho.
En ese aspecto me parezco un poco a los artistas. Los
artistas lo que quieren es el aplauso del público y no
más.
Ahora, la aventura del poder, el control del poder,
nunca lo he sentido. Para eso hacen falta una serie de
cualidades que personalmente no tengo: insistencia,
dureza, resolución, paciencia, tenacidad. Esas no son
virtudes mías.
Me califican de inconstante, frívolo; quizás tengan
razón. Me ha gustado participar en los mecanismos que
conducen al poder, pero nunca pude tenerlo.
El sacrificio de muchas cosas gratas, el privarse de
muchas comodidades, son requisitos que hay que tener
para llegar al poder. Castro posee esas condiciones.
LB: ¿Pensó alguna vez que una revolución
socialista podría subsistir en Cuba a 90 millas de los
Estados Unidos?
JPLl: No, eso no. Tengo que ser absolutamente franco.
Esa es la audacia del éxito de Castro. Había una frase en
Cuba que se repetía mucho, la oía desde niño:
"Cuidado, que vienen los americanos".
Cualquier problema se resolvía, en ultima instancia,
con la intervención norteamericana.
La economía cubana dependía de los Estados Unidos.
El embajador norteamericano era una especie de
procónsul. Todo, hasta los chiclets que masticábamos,
venía del Norte.
No había nadie en Cuba, pero nadie, incluyendo a los
viejos comunistas, que pensara en la posibilidad de una
revolución socialista, triunfante, frente a las costas
de los Estados Unidos. Era imposible pensar en eso.
LB: Por lo menos había uno que sí consideraba que
fuera posible.
JPLl: No estoy de acuerdo contigo. Insisto en mi
planteamiento.
LB: Fidel Castro sí creyó en esa posibilidad.
JPLl: Ahí sí que me jodiste...
LB: ¿Por qué no se radica en los Estados Unidos?
PLl: Hubiera sido una contradicción. Había
combatido mucho la política norteamericana hacia Cuba.
Eso no era consecuente con lo que siempre había hecho.
Nunca me gustó Estados Unidos. Escribí incluso
algunos trabajos atacando la política norteamericana.
No soy pronorteamericano, pero tampoco
antinorteamericano.
He sido el cubano en el exilio que más problemas de
visa ha tenido para poder entrar en los Estados Unidos.
Nunca me han dado la famosa visa múltiple. Cada vez que
quiero ir a visitar a mi hija, que trabaja en Miami como
periodista, solo me dan permiso por pocos días. No soy
muy de confiar para los americanos. Mucho menos para los
cubanos anticastristas y mucho, pero mucho menos, para
los castristas.
Algo parecido me ha ocurrido con dos libros que
escribí hace 20 años: uno sobre Castro y otro
relacionado con el Che. En Miami me acusaron de que eran
favorables al castrismo y en Cuba sé que tampoco
gustaron. Mi gran verdad es que nunca quedo bien con
nadie.
LB: En Miami aun queda mucha gente con mentalidad
de los años 60.
JPLl: No todos. He notado que ha bajado un poco la
presión, porque ha pasado mucho tiempo. Son más
pragmáticos. Tienen una concepción más clara del
problema cubano. No voy a justificarlos, sino a explicar
lo que pienso.
Ellos no pueden tener otra posición. Es muy difícil
para cualquier cubano —incluyéndome a mí—tener una
posición que se pudiera considerar más débil,
dialoguera, como se dijo una vez en el exilio.
Castro sigue en el poder triunfante. No ofrece, no
veo que ofrezca nada al exilio. Tal vez porque no lo
necesita. Es muy difícil que le pidas a esa gente que
reniegue de lo que han sido prácticamente toda una vida
y que justifica su exilio. Algunos lo llevan
honradamente. La mayoría están desilusionados, pero no
quieren reconocerlo públicamente. Por otra parte, he
visto con preocupación que ha ido creciendo una nueva
generación que son norteamericanos. Hijos de cubanos
que sienten como norteamericanos. Están completamente
al margen del problema de Cuba.
LB: Mucha gente en los Estados Unidos cogió como un
modus vivendi su posición anticubana.
JPLl: Eso es hasta justificable. Cada cual tiene que
hacer algo para poder vivir. No se lo critico, pero
sinceramente, yo no lo hago. Lo que sí resulta
admirable es que si usted lleva 30 años diciendo que va
a tumbar a Castro y no lo ha logrado, todavía se atreva
a seguir viviendo de ese cuento. Por lo menos tiene un
mérito aunque sea un mérito histriónico.
LB: ¿Qué piensa usted del exilio?
JPLl: El exilio es una enfermedad. Siempre ha sido
una enfermedad. Contribuye a aumentar los odios, los
rencores, las divisiones, la envidia. Me libré de eso
por no estar viviendo en los Estados Unidos. No me
siento identificado con la mayor parte de los
comentaristas del exilio. Nunca he dicho que la
Revolución se va a acabar ni que Castro se va a caer
mañana, porque nunca lo he creído.
Esas cosas hay a quien le conviene decirlas porque
todavía hay gente que se alimenta de esa ilusión, que
creen en eso. Tal vez sea una forma de ser feliz, aunque
sea bastante extraña. Pensar que se vuelve a Cuba y
Cuba deja de ser lo que es, es algo muy difícil,
imposible. Por eso no me he identificado con el exilio
de Miami.
No soy el intérprete del exilio. Esto lo digo con
franqueza. No hablo el mismo lenguaje de ellos. Cada
cual que hable su lenguaje. El mío no es ese.
LB: En reciente entrevista que le hice a Goar Mestre
en Buenos Aires, lo acusó a usted de ser el instigador
de la nacionalización de la CMQ.
JPLl: Eso es injusto. Es una actitud farisaica. Es la
típica reacción del hombre de negocios, del hombre que
no está acostumbrado a la lucha política, a la
polémica, que tiene una mentalidad cerrada. Pero bueno,
a mi no me preocupa en lo más mínimo la opinión que
pueda tener el señor Mestre.
LB: Dice que jamás lo perdonará.
JPLl: Acaso él es Dios. Es una petulancia propia de
la soberbia de que aun padece. Nunca me ha preocupado el
perdón o la absolución de un señor como Mestre.
LB: ¿Cómo es posible que usted en el exilio haya
estrechado la amistad con un hombre como Carlos Franqui,
que fue uno de sus mayores enemigos en Cuba?
JPLl: No, no tengo esa amistad que dices con Franqui.
Solo lo he visto en dos ocasiones. Franqui es un hombre
profundamente resentido y con un gran sentimiento de
frustración. Vive con mucho miedo. Ahora, después de
viejo, lo mantienen los americanos.
LB: Con Huber Matos, ¿ha tenido relaciones?
JPLl: Cuando llegó a Miami lo fui a visitar.
Después él ha venido dos veces a Colombia y ni
siquiera me ha llamado. Con Matos no me entiendo bien.
Ignoro cuáles son sus verdaderos propósitos.
Además, es un hombre difícil, arrogante, petulante,
ambicioso. Se cree que está por encima de los demás.
No me gusta.
LB: ¿Perteneció alguna vez a alguna organización
contrarrevolucionaria?
JPLl: Jamás. No creía en eso. Me invitaron a todas,
pero siempre he pensado y sigo pensando que el futuro de
Cuba está en Cuba.
Muchas veces me han preguntado qué ocurrirá cuando
muera Castro y siempre he contestado que lo sustituirán
los hombres que están a su lado. Él se ha encargado de
preparar el relevo. Ese es otro de sus éxitos.
LB: ¿Qué es lo que más extraña de Cuba?
JPLl: ¡Coño, qué pregunta más difícil! Es el
mar. A veces me levanto, miro a las montañas y digo:
detrás está el mar. Siempre viví cerca del mar.
En el equipaje del exiliado no solamente existe el
mar, sino los olores, sabores, lo que se decía en libro
bellísimo, que es la "Mitología de Martí",
de Hernández Catá: uno sale de la isla pero lleva los
olores, sabores, recuerdos, el sol, las plantas, los
dulces, todo lo lleva. Como soy muy dulcero, una de las
cosas que más recuerdo son los dulces cubanos.
Extraño, naturalmente que extraño mucho. Los amigos
más entrañables están donde uno nació. En Cali tengo
muchisimos amigos, pero se detienen un poco en el
tiempo. Los compañeros de colegio, de infancia, ya no
los tengo; los perdí. Eso también es algo que añoro.
Hay una fuerza telúrica. Te habrás fijado que en el
almuerzo pedí un dulce de guayaba, igualito al que
comía en Cuba. La tierra, el lugar donde uno nace tiene
sus sabores, olores, paisajes, clima. Eso es imposible
de desarraigar. Entras a mi casa y ves cuadros de
Portocarrero, Lam y Mariano. La música que tengo es
cubana. Esa es la raíz que uno jamás sé quita de
encima.
Además, siento melancolía, tengo mucha nostalgia. Me
ha ido bien en Colombia. La gente me quiere, pero hay
una serie de cosas que no se pueden sustituir.
El desarraigo lo resiste muy poca gente. Hay cubanos
que son más anticomunistas que Reagan y han ido a Cuba.
No se han querido morir sin ver el Malecón, las palmas,
las playas. Esas son cosas extremadamente fuertes y las
siento, indiscutiblemente que las siento.
Hay una frase que decían los romanos: "No hay
peor castigo que el exilio". Martí tiene otra que
siempre recuerdo: "Nunca son más bellas las playas
del destierro que cuando se les dice adiós".
LB: ¿Cómo se refleja en usted esa nostalgia?
JPLl: Te voy a decir la verdad: públicamente no se
refleja, pero casi todas las noches, cuando estoy a
solas, me pregunto si he hecho lo que tenía que hacer.
Eso me lo pregunto todas las noches.
A veces me llegan noticias trágicas y en vez de
ponerme triste me pongo melancólico. Hace cuatro o
cinco días supe que un amigo haitiano murió en su
país cuando organizaba un movimiento guerrillero.
Puedes creer que el recuerdo de ese amigo me llena de
nostalgia, de envidia, porque digo: el hombre murió en
su ley. Siempre me planteo si en el exilio estoy
viviendo en mi ley. Ese es un problema personal,
constante, diario. Estoy inmerso en la vida colombiana y
a veces pienso si no será un mecanismo de evasión.
LB: ¿Qué tiempo de vida le daba a la Revolución?
JPLl: No calculé ni podía calcular que iba a durar
30 años; aunque sabía que no era fácil derrocarla. En
el fondo tenía la ilusión de que se caería en cinco o
seis años.
LB: En ese cálculo se volvió a equivocar.
JPLl: Es cierto. Uno de los grandes logros de Castro
es el papel que Cuba tiene en el mundo. Eso es, para desgracia de
los que nos fuimos de Cuba, otro de sus éxitos: situó
a nuestro pequeño país dentro de la órbita
internacional.
Ahora no está Cuba en la discusión, sino Nicaragua.
Ya no se habla en Estados Unidos de invadir la isla.
Recuerdo que hace nueve años conversando en Washington
con Eusebio Mujal
—ya murió—, un cubano rabiosamente
anticastrista, anticomunista, me aseguró
categóricamente al comienzo de la administración
Reagan que este no podría tumbar a Castro. Reagan
dejará la presidencia y Castro seguirá en el poder.
Ahora es fácil decirlo, pero no en aquel momento.
LB: ¿Pensó alguna vez que Fidel Castro
desempeñara un papel histórico tan importante?
JPLl: Honradamente no, francamente no. Siempre
recuerdo que un amigo mío, Javier Lezcano, hombre de mi
absoluta confianza, mi "alter ego", era también
amigo de Castro. Entonces Castro lanzó su candidatura a
representante para las elecciones que debían celebrarse
en 1952 y le advierto a Lezcano que no lo podía apoyar
ya que tenía otros compromisos.
No me hizo caso. Se puso a ayudar a Castro y nunca se
me olvidará que me dijo: "Pardo, qué equivocado
estás. No te das cuenta de que Fidel es un personaje
histórico". Me eché a reír. No lo veía en aquel
momento como personaje histórico. Han transcurrido más
de 30 años y tengo que reconocer que Lezcano tenía
razón.
LB: Me llamó la atención ver en la pared de su casa
fotos suyas con Fidel Castro y Che Guevara.
JPLl: Soy muy franco. A mi edad no me preocupa lo que
puedan decir de mi persona. He tenido mucha admiración por
el Che. En su trato era un hombre duro. Hacía pocas
concesiones al sentimentalismo, pero descubrí que era
un sentimental. Tenía anotadas en una libretica la
fecha de cumpleaños de sus seres más queridos y de sus
amigos. Fue muy consecuente con lo que él creía y
murió defendiendo sus ideas. Eso lo reconoce todo el
mundo, incluso sus adversarios.
Lo vi por última vez cuando acudí al Banco Nacional
a buscar el dinero para el supuesto viaje periodístico
que iba a realizar. Me autorizó una cantidad muy
pequeña de dólares. Jamás olvidaré que al despedirme
me dijo: "Pardito, tengo la impresión de que vas a
levantar vuelo". Aquello me dejó frío.
Respecto a Castro debo decirte que no puedo evitar
que constantemente me lo están recordando. Hace pocos
días regresó de La Habana Amparo Grisales, la artista
más popular de Colombia, y me habló maravillas de su
encuentro con él.
Algo parecido me ocurrió recientemente con el
presidente ecuatoriano Rodrigo Borja, quien me comentó
que Castro había brillado durante su estancia en Quito.
A la gente le sorprende que un hombre con tanto poder
y tanta intervención en la vida política sea tan
espontáneo. Castro se encuentra con alguna persona e
inmediatamente le crea una atmósfera grata. Esa es otra
de sus armas poderosas.
Decía mi amigo, el general Juan Domingo Perón, que
nadie escapa a su destino. Yo no puedo escapar a ese
pasado. No puedo escapar a un pasado que está ahí:
bueno o malo, pero está ahí. Eso pesa. Esas fotos que
has visto son recuerdos de una etapa de mi vida de la
cual no estoy ni estaré nunca arrepentido. Eso forma
parte de mi vida. Para mí Castro y el Che son dos
figuras que están en la historia.
LB: A pesar de las diferencias políticas, usted
siente admiración por Fidel.
JPLl: Es cierto. No lo puedo negar. Los cubanos que
tuvimos su amistad en el fondo sentimos aquella etapa
como un grato recuerdo, pero con nostalgia. No la
podemos olvidar aunque queramos.
Los que se fueron se fueron, Luis. Están fuera
porque no entienden y, además, porque no les gusta el
sistema. Ese es mi caso. Pero todo esto sin rencor.
Después que pasan los años, las cosas se ven de otra
manera: un poco más sosegadas y con más perfil
histórico. Castro nos ganó de eso no hay dudas. Nos
ganó y por muchos pasos, la carrera; pero nunca he
tenido ni odio ni resentimiento contra él. Cómo voy a
negar a alguien que aplaudí y respaldé en un momento
determinado de mi vida. Otra gente no lo reconoce. Allá
ellos. Allá cada cual con su carga de odio o de
felicidad.
¿Acaso crees que puedo olvidar una ocasión en que
Fidel —para mí aquel entonces era Fidel— se encontraba
de visita en casa esperando que regresara del programa
de radio y a mi esposa, embarazada, se le presenta una
hemorragia, y es él quien la carga, la lleva al
hospital y le salva la vida? Eso no se puede olvidar.
Eso está ahí. Eso es parte de mi vida.
LB: Por primera vez, en el transcurso de esta larga
conversación usted se refirió al líder cubano por su
nombre. Así lo llamamos las personas que lo queremos y
admiramos.
JPLl: Te voy a confesar algo... para mí también
sigue siendo Fidel.
(Cali, Colombia, noviembre de 1988.)
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