BAQUERO DENTRO Y FUERA
DEL TIEMPO
"Todo poema si no forma
parte del ser de uno no es un poema. Todo poema, hable
de lo que hable, invente lo que invente, es
autobiográfico. Me gusta mucho llevar las cosas
difíciles a una risa, al humor; puede que eso sea muy
cubano, no sé. Yo tengo esa inclinación a resolver
lúdicramente muchas situaciones", escribió
Gastón Baquero, y la cita aparece recogida en el
prólogo de Efraín Rodríguez al libro La patria
sonora de los frutos. Antología poética de
Gastón Baquero, Editorial Letras Cubanas, 2001.
Efraín
Rodríguez Santana | La Habana
Si intentáramos trazar el
mapa poético baqueriano a partir de su oriente y
poniente, su principio y final, su norte y sur; si en
semejante faena —ardua y prodigiosa a la vez, cual la
propia obra que se extiende como ámbito y territorio—
nos propusiéramos ser objetivos y fieles a la historia
de la poesía y del poeta que ha engendrado el trazado y
los contornos de ese Estado o país, veríamos y
comprenderíamos, no sin asombro, que los puntos
cardinales por los cuales tendríamos que regirnos se
trastocan, se dinamizan, se fragmentan, se circularizan,
con una deslumbrante fuerza que va a su centro bullente
e intercambiable.
La espesa sonoridad, la
imaginación vestida de palabra y los sucesivos
disfraces para no ser identificados por la muerte; o
sea, la música, la imagen, la metáfora, interpretadas
al baqueriano modo, se encargarían, con muchos ejemplos
ya determinados por la obra concluida, de mostrarnos con
llana convicción que el presente y el pasado de la
poesía —los actos de ese gran mapa poético—
constituyen una dinámica unidad que se nutre en su
mutua correspondencia y se enriquece con sus miradas
introspectiva y perspectiva. Lo verdaderamente unitivo
en Gastón Baquero es su poesía, toda su obra de un
punto a otro del horizonte mágico en que se asienta,
puesto que con su vida, digamos, física, aconteció
otra cosa bien diferente: estuvo dividida de manera
drástica y también dramática al menos en dos. Una
vida dos veces vivida: para Cuba, su isla en el
nacimiento; y para España, su península de madurez
sostenida hasta la muerte.
José Gastón Eduardo
Baquero Díaz nace el 4 de mayo de 1914 en La Habana y
no en Banes y en 1918 como el propio autor nos
acostumbró a creer. Estos nuevos datos se sustentan en
la certificación de nacimiento que poseemos y que fue
expedida por el Registro del Estado Civil de Holguín el
4 de marzo de 1999. En realidad, es a los cuatro años
que viaja a Banes y se establece allí con su madre.
Esta «confusión» puede estar dada por el hecho de que
la fecha de asiento del poeta en el Registro Civil no se
produce hasta el 20 de febrero de 1918. Aproximadamente
a los trece años regresa a La Habana con su padre e
inicia estudios acelerados de nivel medio y bachillerato
con profesores particulares, hasta matricular en la
Universidad de La Habana y graduarse de ingeniero
agrónomo y químico azucarero. Paralelamente despliega
una gran curiosidad por la literatura y comienza ya en
la década de los 30 una intensa y evolutiva actividad
creativa que se extenderá en Cuba hasta finales de los
50 y que lo vincula a figuras, movimientos y
publicaciones prominentes del momento. Traduce a T. E.
Eliot, George Santayana, Paul Eluard, Hilda Aldington y
muchos otros autores de lengua inglesa y francesa. A
partir de 1945 se desempeña como redactor jefe del Diario
de la Marina y como periodista a través de sus
secciones fijas «Panorama» y «Aguja de marear»,
labor que se extenderá hasta 1958. Fue miembro
correspondiente de la Academia Nacional de Artes y
Letras.
En los primeros meses de
1959 abandona Cuba y se instala en Madrid, donde trabaja
simultáneamente en el Instituto de Cultura Hispánica y
en Radio Exterior de España. Retorna a la poesía y al
pensamiento literario. Publica Poemas escritos en
España (1960), Memorial de un testigo
(1966), Magias e invenciones (1984), Poemas
invisibles (1991) y Autoantología comentada
(1992); además, aparece en diversas antologías y se
recoge su poesía completa y sus ensayos literarios en
los tomos Poesía y Ensayo, Fundación
Central Hispano, a cargo de Alfonso Ortega Carmona y
Alfredo Pérez Alencart. Otros libros importantes
publicados en estas décadas son: Escritores
hispanoamericanos de hoy (1961), La evolución
del marxismo en hispanoamérica (1966), Darío,
Cernuda y otros temas poéticos (1969), Indios,
blancos y negros en el caldero de América (1991), Acercamiento
a Dulce María Loynaz (1993) y La fuente
inagotable (1995). Colabora en la revista Mundo
Hispánico y en los periódicos Ya, ABC, La
Vanguardia y El País. Fue profesor de
Literatura Hispanoamericana e Historia de América en la
Escuela Oficial de Periodismo. Muere el 15 de mayo de
1997.
La obra de Baquero parece
deberle mucho a sus años de infancia en Banes, inicio
de la acumulación de vivencias a través de las
imágenes poéticas. Su pueblo natal, como él mismo lo
catalogara, poseía condiciones económicas particulares
que superaban el ámbito rural y que lo proyectaban
hacia otras «calidades de vida», sobre todo en lo que
se refiere a la educación, la proliferación de muy
buenos maestros y la aparición de un ambiente cultural
proclive a la lectura. Sin embargo, sabemos que esos
primeros años son también de una extrema pobreza para
la familia de Gastón, al punto de que éste no puede
asistir con regularidad a la escuela.
La compensación a esa
paradoja del aprendizaje y la pobreza viene de la mano
de su tía Mina y de la propensión generalizada por el
gusto de la poesía romántica entre las mujeres del
pueblo. Todo parece indicar, según nos refiere el
poeta, que en su casa se producía un trasiego de
libretas en las cuales se transcribían aquellos poemas
llenos de música. Él rememora:
Me veo de muy niño, sin
haber aprendido del todo a leer, con una libreta de
éstas en las manos, leyéndole en voz alta poemas a la
tía, para que fuese pasando a la libreta suya. Poemas
de Darío, de Nervo, de Díaz Mirón, de Heredia, de
Zenea, de Martí, de Manuel Acuña, de Silva, de Julio
Flórez... Esto, se afirma, deja huella. Cuando me
reprocho el énfasis, lo oratorio, lo demasiado
elocuente a veces que hay en los poemas que escribo, me
consuelo pensando que no sólo he nacido en el Trópico,
en el retumbante mundo antillano, sino que además
entré en el mundo de la poesía arrastrado por unas
melodías que eran más bien sonsonete y trompetería,
énfasis y sentimentalismo sin límites.1
En ese estado es que
surgen los primeros textos de nuestro poeta —me
refiero a «Parque» y «Niña muerta»—, impregnados
de una precocidad asombrosa si se tiene en cuenta que
están escritos entre los once y los trece años. Son
sobrios, precisos, profundos y con un lenguaje muy
elaborado, y desmienten esa tendencia del autor a la
sobredimensionalidad. Observemos en este soneto, escrito
todavía en la niñez, semejantes cualidades:
Niña Muerta
A la niña que ha muerto
esta mañana
le hemos puesto en el
pecho una azucena;
y hemos puesto además
una manzana
junto a su mano pálida y
serena.
Los niños han venido. Ya
está llena
su habitación de leve
porcelana.
Parece que se mira en la
azucena
y que tiende su mano a la
manzana.
Nos alejamos quedos de su
lecho
contemplando otra vez su
faz serena.
Mientras muere el sollozo
en nuestro pecho
y nos sigue el olor de la
azucena,
le decimos adiós, vamos
derecho
a llorar en lo oculto
nuestra pena.
Ya en las décadas del 30
y 40 se consolidará esa multiplicidad creativa y
surgirán nuevos poemas compulsados por una fuerte
imaginería, que definirán la ambición creativa del
poeta. Y siguiendo los pasos de esta vocación
irrefrenable, el amplio ejercicio del periodismo que lo
acompañará siempre.
Gastón Baquero
reconoció en más de una ocasión su facilidad personal
para estudiar y aprender. En los 40 habrá cuajado como
escritor y se verificará su versatilidad en casi todas
las publicaciones periódicas del momento: Social,
Verbum, Baraguá, Grafos, Espuela de Plata, Revista
Cubana, Orbe, Clavileño, Poeta, Orígenes y América,
entre otras. Es también la época en que se publican Poemas
(1942) y Saúl sobre su espada (1942), y
donde aparecen sus textos antológicos en su Diez
poetas cubanos 1937-1947 (1948). Poesía ya
cuajada que augurará el futuro de otros libros suyos y
que, sin dudas, es exponente de una voz definitiva e
influyente en el panorama de la literatura cubana de ese
período.
Al explicarse la poesía
moderna, Baquero va poniendo en claro su propia
concepción creativa. En sus ensayos «La poesía como
problema», «La poesía como reconstrucción de los
dioses y del mundo», «La poesía de cada tiempo»; en
sus estudios y acercamientos a poetas de la magnitud de
Juan Ramón Jiménez, T. S. Eliot, Luis Cernuda,
Saint-John Perse, César Vallejo, Jorge Luis Borges,
Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Rubén Darío, podemos
extraer las coordenadas filosóficas, ideológicas,
religiosas, poéticas y estilísticas que llenan la
lírica del cubano. Él mismo se encargó de construir
una especie de árbol genealógico del cual se sintió
heredero. Herencia ésta encajada en el centro de la
poesía moderna que define al siglo xx. Intentemos al
menos un esbozo parcial del mismo, a partir de sus
propias definiciones:
—Edgar Allan Poe
(«búsqueda de lo trascendente: rebelión»).
—Baudelaire («El
misterio: el mal y lo diabólico»).
—Mallarmé («lo
poético como acto puro»).
—Verlaine («la música
pura»).
—Rimbaud
(«purificación, adanización de la palabra, nueva
gloria de nombrar las cosas»).
—J. Laforgue («rehacer
a Dios»).
—Apollinaire
(«andamios verbales más estrepitosos. Poesía
totalmente nuestra, la de Apollinaire en adelante»).
—Ezra Pound («forma de
hermetismo creciente»).
—T. E. Eliot
(«desconcierto moderno ante la noción del tiempo.
Análisis objetivo, fenomenológico de las emociones
cotidianas»).
—Saint-John Perse («el
cronista de los Elementos del mundo»).
—Paul Valery
(«sentimiento contemporáneo ante la muerte y la
renuencia a morir, testimonio de la irregularidad y del
neohelenismo»).
—Trakl, Dylan Thomas,
Cocteau («poesía llena de símbolos
vivientes
y tan actuales». Cobertura del mundo por la vía del
milagro).
—R. M. Rilke («la
síntesis entre la poesía moderna y la reconquista del
saber metafísico a través de la poesía»).
—Juan Ramón Jiménez
(«Reencuentro con Dios —"deseante deseado"—»).
—César Vallejo
(Baquero cita al poeta peruano: «cualquiera que sea la
causa que tenga que defender ante Dios más allá de la
muerte, tengo un defensor: Dios»).
Así pues, para él esa
«patria sonora de los frutos» que nombra en el poema
«Testamento del pez» estaba signada por la intensa
cubanía del ritmo y la prodigalidad del vencimiento de
la muerte a través de los más diversos cantos y
miradas. Es este Gastón nuestro —todo él en ese
proceso que culmina al final y no al principio o en el
medio de la vida, como preconizara Unamuno— quien
viene a completar con su canto la parte que no se veía
en la poesía cubana de este siglo que va concluyendo.
Sin dudas, es él quien acompaña al maestro José
Lezama Lima para redondear los sentidos y las
progresiones con que se han articulado las grandes
visiones insulares que en sus sobreabundantes y
magníficas fugacidades se impregnaban con esa fijeza de
mil colores y sabores. Esos sentidos de la mirada y del
sonido que tan bien supo explicar Baquero al tratar la
poesía de Lezama y la suya propia:
Lezama, que tenía esa
manera de ser bastante exigente, me dijo una vez: «Lo
malo de usted es que escribe con el oído. Yo escribo
con el ojo, porque el verso ha de caer del ojo como una
gota de resina». A mí esa definición me parece
maravillosa. Creo que sí, que el verdadero gran verso
debe ser como un diamante que cae hecho ya sobre la
tierra. Pero no es mi caso, nunca le he dado tiempo a
mis versos para ser gotas de resina, la sonoridad me ha
arrastrado y tengo muchos poemas que son puramente
musicales. Yo he escrito con el oído. No es que sea un
defecto, porque cada uno tiene su manera de expresarse.
Él era más bien un ojo en el universo y yo soy un poco
un oído..2
En relación con este
asunto de la sonoridad y la música, tan dilatado en su
obra, recuerdo que una tarde de octubre de 1995, Baquero
se refirió a la cuestión, rememorando el modo en que
surgieron dos de sus poemas. Primero mencionó
«Canción sobre el nombre de Irene»:
Este poema lo escribí
por noviembre o diciembre de 1959. Vivía en la Sierra.
Está hecho a partir de la sugerencia. Recuerda e
insiste en el Minueto sobre el nombre de Haydn,
de Ravel. Este Minueto no es más que escribir el
nombre de Haydn. Cuando un hombre como Ravel escribe el
nombre de Haydn lo convierte en una nota musical.
Procura crear música con ese nombre, su sonido, la
sensación que produce a su oído. Con Irene —con el
nombre de Irene— ocurre algo semejante (no tiene
ninguna relación con lo bizantino). Sólo que me gustó
el sonido de Irene. Placer de oír la palabra Irene. Es
el instante de traducir la emoción que significa
nombrar el nombre de Irene. El poema es una
referenciación, una respuesta. No hay poemas en el
vacío. Ahora bien, puede tener mucho interés analizar
cómo el sonido puede llegar a construir una fábula, un
afecto. Un edificio verbal que se levanta partiendo de
un vocablo:
Ah decir Irene, Irene,
Irene, Irene,
cerrando los ojos y
diciendo nada más Irene
por el solo placer y la
magia de decir Irene.
Pedaleando en el aire,
existas o no existas,
¡qué real y sólida
eres, qué verdadera eres
en medio del irreal
universo por llamarte Irene!
Después se refirió a
«Fábula», también de Memorial de un testigo:
Yo venía viajando en muy
malas condiciones —un 22 de diciembre— en un tren de
Oviedo a Ávila. Iba de pie —un gran recorrido muy
molesto. Iba en tercera clase. Intenté sentarme en un
quicio frente a una puerta que con el vaivén se abría
constantemente, y yo la cerraba cada vez que se abría.
En medio del «tracatá» del tren, de la puerta, en
medio de aquella incomodidad, escuché el nombre de
Filemón Ustariz. Era como un ritmo que se traducía en
cierto nerviosismo; algo que se movía mucho. En
realidad era como un símbolo de la huida. Este señor
se encontraba pasando un tiempo prisionero, y entonces
se inventa un viaje muy libre. Era el deseo de huir de
circunstancias difíciles:
Filemón es mi nombre,
Ustariz mi apellido.
No dormimos dos veces
bajo la misma estrella;
cada día un paisaje,
cada noche otra luz,
un viajero hoy nos halla
junto al río Amazonas,
y mañana es posible que
en el río Amarillo
aparezcamos justo al
irrumpir el sol.
Somos como las nubes,
pero reales, concretos:
un hombre, un perro, una
vaca, un sombrero,
apestamos, queremos,
odiamos y nos odian,
vagabundos, errantes, sin
más tierra que el cielo[...]
En su ensayo «La poesía
de cada tiempo», Baquero insiste en su peculiar manera
de concebir el orbe sonoro que rodea a la creación:
El hombre es sonoro, como
es sonora la estrella. Esa música lejana que nos llega
subterránea del pasado, esa remota melodía que
denominamos «La Historia», sólo es apreciable bajo
especie de «forma». Y de forma audible, por supuesto,
aunque los materiales empleados por el hombre para darle
caza sean —a tenor de la vocación de cada cual— la
palabra o la piedra, el color o el sonido.3
Esa sonoridad baqueriana
venía a consustanciar el vigoroso gesto de la poesía
origenista, y junto a la gota de resina
—espectacular
visión del «Paso es el paso del mulo en el abismo»—,
se implicaba con su obra de toda una vida al empeño
lezamiano de llenado del vacío: «como la verdadera
naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza y
nosotros hemos colocado la poesía en el sitio de
ella».4 Por su parte, Baquero ya había dejado
definidos ciertos derroteros comunes al Orígenes de
raíz católica, un catolicismo que en ambos poetas
funcionaba como vocación, fabulación y entrelazado de
conocimiento y culturas:
Se ha recordado en más
de una ocasión el término griego poiesis, y en
ocasiones se ha indicado aquella palabra querida por los
teólogos medievales: heurística. Pero en
términos corrientes puede afirmarse que se ha
redescubierto el valor de invención, de capacidad para
fabricar, mediante fábulas, los contornos verdaderos de
la realidad, y que, en consecuencia, se comprende que la
poesía es la prolongación en el hombre de la imagen y
semejanza de Dios, en cuanto creador.5
Con estos asertos,
Baquero uníase así al principio pascaliano
fundamentado por Lezama Lima, y de paso incitaba a una
serie de disquisiciones sobre el tema de la invención,
que llegó a convertirse en piedra angular de su
propuesta poética.
Alejar cualquier vestigio
romántico alrededor del llamado sujeto lírico que
implicara una aproximación marcadamente sensible ante
el lector, es una de las constantes del proceder
baqueriano. El poeta se distancia premeditadamente de
cualesquiera de esos artificios donde el «yo» tiende a
prevalecer. En el «ver y el transver» los objetos de
un modo especial, desentrañados de dentro a fuera,
desde una cantidad de oscuridad tentadora hacia una
iluminación de artesanía medieval, se asienta uno de
los pilares de su sistema de escritura. La poesía de
Baquero es espléndidamente discursiva, y sobre la base
de reescribir fragmentos de la historia humana es que se
proyecta ese alejamiento «recargado» con respecto a
las cosas que le provocan contar. Según Baquero, hay
que hundirse titánicamente en las entrañas de los
objetos, lo cual requiere de paciencia para poder llegar
al éxtasis, a la alianza precisa, a la síntesis y el
develamiento de lo oculto: «intuición poética de la
realidad como sueño de las formas», diría Cintio
Vitier; «penetración insistente entre ambos mundos (el
de lo real y el de lo maravilloso)», precisaría José
Olivio Jiménez.6 Es así que puede «transver»
justamente hasta donde está oculto y allí ejercer su
influencia sobre los hechos y las cosas que, según su
intuición y su inteligencia, son susceptibles de ser
relacionables entre sí a pesar de sus aparentes
disparidades e incongruencias. De acuerdo con el propio
Baquero, lo que sucede en su proceso creativo es «el
impulso, innato en mí, de relacionar y sacar de su
contexto habitual las cosas para que dejen de estar
ocultas», o sea, «convertir la relacionalidad en
iluminación».7
Todo ello nos lleva a
afirmar que para Baquero el texto es la principal fuente
confiable de creatividad, el plano sobre el cual se
articulan los mundos imaginarios, aquellos que se
refocilan con los disfraces y las abundantes
permutaciones temporales y espaciales. Insistente juego
adanizado, realidad transfigurada, paso «de lo real
concreto a lo real poetizado», tropología de la
historia, en la que ésta aparece como sinfonía y
descripción constructiva de una remota melodía.
Gastón Baquero, amante de las estrellas y las rosas,
deudor del asombro que implica contemplar esa maquinaria
tentadora, oscura, inexplicable del universo, que
produce en él esa aprensiva «extrañeza del estar»,
sabe que el acto de invención poética comienza y
concluye con la belleza y el canto de las formas.
A propósito del tema de
Dios y la belleza, se refiere a esta crucial relación
en términos de bien y mal. Una observación objetiva
con cierta dosis de ironía: «Por la belleza siempre se
llega a Dios, aun cuando se haga una estación en el
infierno, y hay quienes se sienten tan seguros en el
infierno como otros se sienten seguros en el
paraíso».8 Es su peculiar modo de aproximarse a la
gloria y a la angustia, a lo plausible y a lo
escéptico, al sí y al no, a la vida y a la muerte. Es,
al mismo tiempo, una forma de incorporar la poesía
contemporánea, estudiada y asumida acuciosamente, en
tanto es la vía que puede conducir a la originalidad,
al redes-cubrimiento de la sustancia poética que tiene
un sentido afirmativo para él: «Siempre hay algo
detrás de la nada: éste es el infierno del pensador y
el paraíso del poeta».9
Para Lezama Lima el poema
constituye un «cuerpo resistente frente al tiempo»;
para Baquero es el «alejarme del yo protagonista,
porque estimo que en poesía sólo hay un protagonista
legítimo: el poema mismo, lo que llegue a cristalizar
en poema».10 Baquero es más radical y quizás también
más injusto al prescindir del poeta como «guardián de
la semilla». Es la manera de explicar su fobia ante la
excesiva personalización del acto de creación y su
secuela poetizable.
En todo caso, expone sus
diversos conjuros poéticos sobre la muerte:
Yo en otro tiempo
escamoteaba la guillotina del tiempo
Mudando de nombre cada
día para no ser localizado
Por la señora Aquella,
La que transforma todo
nombre en un pretérito
Decorado por las
lágrimas.
(«Los
lunes me llamaba Nicanor»)
La vejez, la
destrucción, la desaparición de lo bello:
Porque después de todo
hay que anticiparse a la destrucción,
Destruyendo a nuestro
gusto cuanto amamos.
(«Manos»)
El exterminio o
mutilación de la libertad :
Busca las cenizas de sus
hijos
Detrás de todo cuerpo
derribado.
(«Saúl
sobre su espada»)
La suntuosidad y las
mezclas del placer:
Exprima usted entre el
pulgar y el índice un pequeño limón
verde
traído de Martinica.
Tome el zumo de una piña
cultivada en Barbados por
brujos mexicanos. Tome
dos o tres gotas de
elixir de maracuyá, y media botella
de un ron fabricado en
Guayana para la violenta sed
de nuestros marinos,
nietos de Walter Raleigh.
(«Oscar Wilde dicta en
Montmartre a Toulouse-Lautrec la receta del cocktail
bebido la noche antes en el salón de Sarah Bernhardt»)
La dinámica del suceder:
No sé si antes o
después o siempre o nunca, pero yo estaba
allí, asomado a todo
y todo se me confunde en
la memoria, todo ha sido lo mismo:
un muerto al final, un
adiós, unas cenizas revoladas, ¡pero no un olvido!
(«Memorial
de un testigo»)
El amor y sus nexos:
No hay para nosotros una
marcha nupcial,
Ni muestran una alianza
de oro nuestras manos.
Nosotros reunimos
nuestras soledades desautorizadamente,
Pero sabemos que Dios
tiene una respuesta para todo.
(«Palabras
de Paolo al hechicero»)
La voluntad del ser y del
existir:
Cuando
yo mismo sueño que estoy solo,
tiendo la mano para no
ver el vacío,
y esta mano real, este
concreto universo de la mano,
con destino en sí misma,
inexorablemente creada para ser
osamenta
y ser polvo,
me rompe la soledad, y se
aferra a la mano del niño,
y
partimos
hacia el bosque donde el
Unicornio canta,
donde la pobre doncella
se peina infinitamente,
mientras espera, y
espera, y espera, y espera,
acompañada por las rotas
soledades de otros seres,
conscientes del misterio,
decididos a insistir en sus preguntas,
reacios a morir sin haber
encontrado la clave de esta trampa.
(«Silente
compañero»)
Sin embargo, en todos
estos ejemplos que ilustran un peculiar mundo temático,
el poeta existe con intensidad, protegido, recubierto a
su manera de la «piel interior» de sus palabras.
Es su invención que
tiene un carácter marcadamente selectivo, de
puntualidad formal, de enajenación de todo elemento
espurio; que deviene síntesis pluralizada y
concatenación de códigos culturales y acontecimientos
históricos siempre en una dimensión de nuevo
descubrimiento, de progresión hacia su imagen. Es la
invención que se nutre de lo aparencial para llegar a
lo no aparencial y que se sustenta en la relación de
pares opuestos, esto es, lo verosímil de lo
inverosímil y lo real de lo irreal. Es la «forma como
fondo» (cita que el poeta hace de Valery), que a su vez
nos remite al verso de Ángel Silesius, recordado por
Jorge Luis Borges: «La rosa sin porqué florece porque
florece». Y es un constante ir y venir de pasado a
futuro, del haber sido hacia la futuridad.
Baquero era el poeta que
aborrecía los halagos y que ponía en tela de juicio
los excesos que cierto tipo de poesía propiciaba en su
comunicación fácil e inmediata. Deploraba «lo
bonito», como le llamara a ese resultado exultativo a
que concitaban algunos de sus versos. Añoraba para sí
lo que denominaba himno, una pieza poética mayor que
contuviera dentro de sus volúmenes y espacios esa
fuerza mítica de los griegos y ese grito rupturista de
los malditos y alucinados. Himno que significara clamor
dentro de los límites de la belleza. En varias
ocasiones expresó su imposibilidad de llegar a esas
alturas que tanto admiraba. «Lo único que me ha
interesado en este viaje hacia el morir que es estar
vivo, es inventar, fabular, imaginarle a una realidad
cualquiera la parte —el completo— que creía le
faltaba».11
Siguiendo esa tendencia
suya de ser extremadamente duro en cuanto a sus
apreciaciones poéticas, comenzando por su propia obra,
pedía para la poesía fortaleza y libertad que aboliera
cualesquiera de las fronteras ideológicas y estéticas
que se interpusieran ante ese afán último. El acto de
escritura, para él, era forzosamente arduo, y pensaba
que siempre se escribía el mismo poema «con distintas
variantes, máscaras y puertas, matices».
A Gastón Baquero le
gustaba citar la famosa frase de Scheler: «el hombre es
un callejón sin salida, pero al mismo tiempo es la
salida del callejón». Paradoja salvadora de quien
concedía al acto de invención toda la primacía.
Hoy nos toca volver a
Gastón, él, que vuelve a nosotros con aquella sonrisa
que era como una puerta abierta para amigos y como un
muro para indeseables.
Lo conocí al final de su
vida y tengo la impresión de que para ese momento ya
había depurado muchas actitudes y se encontraba en un
estado de conciliación, de recogimiento consigo mismo,
de asombrosa decantación, como si hubiera atado muchos
cabos sueltos. La cordialidad era su signo prevaleciente
y acogía con respeto a los nuevos, aquellos que
llegaban a conocerlo por vez primera, vinieran de donde
vinieran. Sentía predilección por esos «jóvenes
maravillosos, nacidos con pasión por la poesía en
cualquier sitio de la plural geografía de Cuba, la de
dentro de la Isla y la de fuera de ella».12
Así pues, llegábamos y
nos instalábamos en una permanente conversación,
matizada por la iniciación y la alegría, vuelta a la
fe creativa, aferrada a la memoria de los sucesos
poéticos. Gastón, como gran conversador que era —también
lo fue José Lezama Lima—, se daba a lo
reconstructivo, y en ese afán y repaso de sus palabras,
nos adentrábamos en un mundo familiar y desconocido a
la vez, porque yo tuve la dicha de escuchar anécdotas
de La Habana de los 40 y 50, que nunca antes nadie me
había mencionado.
Gastón Baquero
perteneció casi por igual a Cuba y España, en el
sentido de haber vivido mitades de su vida en los
respectivos países; sin embargo, una música, una
sensualidad especial, unos gestos irrecusables, el trazo
de prodigiosas mezclas, ese sentido de protagonista y
hacedor que le era innato, lo inclinaban a lo cubano y
lo definían como tal.
Fue precisamente en
noviembre de 1994, durante la celebración en Madrid del
Encuentro «La Isla Entera», dedicado a homenajear el
cincuentenario de la revista y el grupo Orígenes, que
tuve la suerte de compartir mesa con él en Casa de
América, y otro tanto ocurrió en el paraninfo de la
Universidad Complutense. Fue muy amistoso conmigo, como
con todos los que viajamos de la Isla a encontrarnos con
nuestros amigos y poetas cubanos ausentes. Gastón en
aquel momento fue aleccionador e indicó con hechos el
camino de una tolerancia provechosa para todos. Más
tarde tuve la suerte de recibir una beca para
hispanistas, otorgada por el Ministerio de Asuntos
Exteriores de España, precisamente para estudiar la
obra de nuestro poeta. Así pues, en septiembre de 1995,
volví a la capital española a conocerlo con más
profundidad. Ya para entonces vivía en la Residencia de
la Tercera Edad de Alcobendas y parecía muy contento y
seguro en aquel lugar. Quedaba atrás la última soledad
de su vieja casa de Antonio Acuña no. 5 y se abrían
otros espacios cargados de mejores cuidados que a cada
rato sacaba a relucir como una bendición del destino.
Hasta allí llegué un
día frío y soleado de septiembre. Recuerdo que mi
viaje comenzaba en la estación del metro Tirso de
Molina y transcurrían las trece paradas hasta llegar a
Plaza de Castilla. En este lugar tomaba un autobús que
me conducía hasta un costado de un hipermercado de
Continente. Una vez allí, caminaba hasta la calle
Francisco Chico Méndez y concluía en la Residencia. Lo
visitaba con una frecuencia de unas cuatro a cinco veces
por semanas, conversábamos todas esas tardes,
tomábamos café o té, alguna fruta, y dulces y
galleticas de María que encantaban a Gastón. Así fue
hasta principios de marzo de 1996, cuando regresé a La
Habana. Todo ese período sirvió para hacernos amigos,
para darnos compañía durante todo aquel otoño e
invierno. Yo estudié su obra, pero tuve el privilegio
mayor de contar con sus palabras, con algunos buenos
consejos que no olvidaré nunca.
Tengo que decir que
Gastón Baquero era un hombre exigente, pero lleno
también de comprensión por los demás; a aquella
altura de su vida no estaba para malgastar energías en
controversias estériles y sí para encauzar lo más que
pudiera la nave de su poesía. Le preocupaba mucho haber
perdido su capacidad de imaginación, y a veces se
quejaba por ello, pero sin ademanes excesivos, como un
buen cazador que espera siempre la presa. No fue persona
dada al arrepentimiento; en tal sentido, repasaba el
acontecer de su existencia como forma acabada de una
vida intensamente vivida.
Una vez me escribió a La
Habana: «La salud va bien, en lo que el Almanaque
permite. Pero el problema es que he perdido
prácticamente la imaginación. La inercia interior
(hija quizás de la exterior) me puede. Me afecta pero
hasta ahora he evitado la angustia. He vuelto a leer y
anoche comencé "Pasados los setenta" de mi
querido Ernst Jünger; él por ejemplo».
Por su parte, Jünger
ofrecía respuestas que Baquero hubiera atendido con
predilección: «Habitamos un interregno: una cueva
llamada tiempo, con un destello de luz. Antes era mejor;
después será mejor; por lo menos, sin dolor; podemos
predecirlo con toda seguridad. Así que, ¿para qué
este rodeo?: esta es la pregunta vital del poeta, del
filósofo, del teólogo, de la lombriz en la tierra».
Al comienzo de nuestra
relación de trabajo Gastón fue claro conmigo: no
permitiría ni grabaciones ni fotos. Sugirió conversar
de sus poemas, y así lo hicimos. A veces transcurrían
días en los que no abordábamos específicamente el
tema, aunque siempre estaba en nuestras consideraciones
y en sus reflexiones. Nunca se separó del acto de la
poesía; por lo pronto, así fue durante el trayecto
final de su vida.
A veces yo me decía: Y
saber que este hombre vivió su infancia en Banes, un
pueblito de Oriente, en el seno de una familia muy pobre
y mestiza. Que era negro y que llegó a la cúspide del
periodismo y de la política en un medio exclusivista,
antagonista y racista. Saber que adquirió una vasta
cultura superando etapas y trabas increíbles. Saber que
llegó a vivir muy bien dada su jerarquía de redactor
jefe del Diario de la Marina. Que tuvo la mejor
música, los mejores libros, la mejor pintura, una casa
espaciosa y bella, que viajó copiosamente como
representante de su país a diferentes foros
internacionales. Saber que tuvo su forma diferente de
amar, contraviniendo las normas de una burguesía
taimada. Saber que lo perdió todo, abandonó su país,
se refugió en España y allí por muchos años fue
ignorado.
Había sido éste un
arduo recorrido para llegar a un punto en el cual
predominara lo estrictamente necesario, lo fundacional,
lo merecidamente existente. Y el devenir todo de ese
paso estuvo marcado y definido por la vitalidad de la
poesía que vivió dentro de él.
Vida y poesía se
juntaban en el antes y el después de Gastón Baquero y
lo hacían retornar a un estado en el cual las cuentas
con el acontecer histórico quedaban saldadas gracias a
la forma en que se nombraba una nueva existencia desde
una perspectiva muy personal.
Unos días antes de
regresar a La Habana, el poeta me dejó retratarlo y
grabar una extensa conversación que sostuvimos. Lo hizo
como si tal cosa, ya que para entonces era algo posible
entre nosotros. Se lo agradecí mucho, y él me
respondió, gesticulando con sus grandes manos de
director de orquesta: «Sí, ya sé, tienes ganas de
darme un beso».
De esa entrevista quiero
brindarles algunos fragmentos inéditos que llevan la
carga de su excesiva dureza al encarar asuntos
relacionados con la creación poética, en el orden de
los hallazgos y también de las frustraciones,
concebidos dentro de un contexto universal que él
vislumbrara como reprobable y menor. En todo caso,
nuestro poeta es de una osadía enorme al retratar el
mundo que vivimos con tanta esencialidad, como si
también nos estuviera brindando una parte de su
testamento poético e intelectual:
...Uno está procurando
siempre hacer una poesía que agregue una ilusión. No
es descubrir cosas, ni decir cosas originales, no, sino,
por ejemplo, describir o reinventar ese paisaje desde
otra perspectiva más personal.
[...]
Esta unión de lo
ontológico y lo estético da entonces la poesía. El
poema es tanto más bello cuanto más se acerque a una
fuerza ontológica, bastante pura, bastante original,
unida a una expresión estética que haga de esa
ontología algo bello.
[...]
Voy a decir una cosa que
puede parecer un poco audaz, pero, pensar, yo pienso
poco, se me piensan muchas cosas ellas solas. Como
decía Goethe que para pensar no hace falta pensar, los
pensamientos se piensan solos.
[...]
Nunca he estado
preocupado por un endecasílabo ni por un trisílabo
[...] a mí todo eso no me interesa. Yo creo que el
verso está o no está, y que uno no puede fabricarlo
con una medida rigurosa que cuente las sílabas.
[...]
Tengo inclusive muchos
poemas que son puramente música, música nada más, que
luego resultan creativos por una razón u otra, y la
gente les confiere diversas interpretaciones.
[...]
Hipólito Taine decía
una frase que a mí me gusta mucho, porque es muy buena:
admito que sea bello lo feo, pero es más bello lo
bello.
[...]
A través del tiempo
vamos llegando a la conclusión de que hacemos mal al
separar lo bello de lo feo y creer que nuestra
obligación, de cultura y de vida, es perpetuar lo bello
y huir de lo feo. Eso en el fondo es una frivolidad.
[...]
He sido demasiado
obediente al contorno, yo he respondido demasiado a lo
que me ha rodeado.
[...]
Es que uno lleva mucho
lastre encima, que es una desdicha; habría que echar
todo eso por tierra y yo no he sabido y sigo produciendo
estas cosas que sí, pueden ser amables, agradables y
tal, pero que a mí no me satisfacen.
[...]
Por ejemplo, el poema ese
de «Manuela Sáenz baila con Giuseppe Garibaldi el
rigodón final de la existencia». Me parece un
verdadero fracaso en comparación con lo que yo soñaba
y me hubiera gustado hacer. Comprendo que a la mayor
parte de la gente le gusta mucho, pero a mí me parece
de una pobreza lamentable. Esto no quiere decir que sea
malo, realmente es mucho mejor que otros poemas que
andan por ahí. Es que la gente le llama poemas buenos a
cosas tan detestables, que a mí no me seduce que me
metan en esa lista de poemas buenos. Lo mismo ocurre con
el poema de Vallejo. Los considero frustrados porque
anuncian una grandeza que luego no se da. En una
palabra, no es que quiera negar la opinión que tú y
otras personas tienen de mi poesía, que es muy amable y
halagadora. No, no, es que no he conseguido dar con el
tono que he soñado, es decir, que tendría que
escribirlo veinte veces más para llegar a ser el poema
que he soñado.
[...]
Probablemente este
problema mío, el nudo en el que estoy enredado, es que
leí demasiado precozmente mucha teoría de la poesía,
y, entonces, es más fácil teorizar y plantearse
ideales supremos que realizarlos; pues, quizás, yo me
plantee una búsqueda de una poesía a la que nunca
podría llegar.
[...]
Por su parte, María
Zambrano me decía: déjese de tonterías, usted quiere
ser Monsieur Teste, usted no puede ser Monsieur Teste,
usted es un señor de aquí del Caribe; haga lo que
usted crea, manifiéstese como usted es, por lo que en
definitiva somos...
[...]
La poesía con que yo
sueño se escribirá en el porvenir.
[...]
Creo que nosotros estamos
todavía en una etapa cultural que produce lo que
podemos producir, inclusive considerando a algunos de
nosotros como representativos.
[...]
Llegará un momento en
que vayamos mucho más lejos, y un día se llegará a
hacer la poesía que yo sueño se haga, pero hoy no la
estamos haciendo. Insisto, no soy sólo yo, no encuentro
ningún poeta que esté haciendo esa gran poesía.
[...]
Es un problema general de
la cultura, hay una crisis de la sensibilidad que
incluye por supuesto otras crisis. Creo que hay una gran
decadencia del idioma español, aunque cuantitativamente
esté más rico que nunca, puesto que lo habla más
gente. No es culpa de España ni Hispanoamérica, sino
de que se está viviendo un mundo donde la cultura no es
acento primordial.
[...]
La técnica está cien
mil millones de veces más lejos que el arte y que la
imaginación lírica y que la poesía. No hay nada
comparable a la ciencia actual.
[...]
El hombre es mucho más
importante que el hombre moderno, que el hombre
contemporáneo, y tiene semillas para hacer un universo
fabuloso y no éste tan ridículo que mueve a risa.
Nosotros todos pertenecemos a una época de pequeñas
figuras, de pequeños proyectos, grados de lo que es la
humanidad. Y las cosas nuestras quedarán, sí, como
testimonio de unos deseos, de unos anhelos que tuvimos,
pero no nos creamos que hemos hecho nada importante.
[...]
Lo que quiero decir desde
hace rato es que a mí me duele, por orgullo mío, no
sé, por amor a la cultura, es no pertenecer al futuro,
integrarme, participar en él. Como decía Laforgue «y
en las dulces estrellas no llegaré a estar».
[...]
Divido la poesía en
«descripcionista» y «creacionista» en cuanto
creación; este término nada tiene que ver con aquella
escuela. Es prácticamente imposible al ser humano
describir con exactitud, con precisión, la realidad. La
realidad es inefable e inasible. Lezama, por ejemplo,
tenía la facultad, por eso es el poeta que es, que
cuando él miraba hacia un lugar, veía no sólo el
objeto, sino lo que estaba entre ese objeto y el ojo, y
lo que el ojo ve por sí mismo antes de la operación
intelectual de paralizarlo en un objeto. Su poesía por
eso se cuaja de cosas tan inesperadas a veces, tan
extrañas, porque él era un ojo viviente, un ojo
tremendo. Tenía la facultad, que casi nunca se tiene,
de sorprender a la naturaleza en el momento de crear por
la vista una cosa.
[...]
Todo poema si no forma
parte del ser de uno no es un poema. Todo poema, hable
de lo que hable, invente lo que invente, es
autobiográfico. Me gusta mucho llevar las cosas
difíciles a una risa, al humor; puede que eso sea muy
cubano, no sé. Yo tengo esa inclinación a resolver
lúdicra-mente muchas situaciones.13
Era rico y complejo el
discurso del poeta. Intuía que llegaba al final, tenía
poco tiempo y muchas ansias de continuar. Sabía dónde
podían ubicarlo y entonces apelaba a la más alta
jerarquización: la del imposible creador. Su pesimismo
estaba lleno de una fertilidad que contagiaba; prefería
la inconformidad a la sonoridad de los grupos
interesados. Nos legó un cuerpo poético apretado y de
gran significado, al tiempo que nos hizo comprender
cuán difícil era llegar a lo que él ambiciosamente
soñaba. Escribió con el oído, como había dicho su
compañero y maestro José Lezama Lima, pero también
observó con fascinación las imágenes que saltaban en
el tiempo y el espacio oculto de la historia.
Tuvo la dignidad y la
fuerza suficientes como para dejar por escrito aquellas
consideraciones que muy pocos contemporáneos
suscribirían: «Uno tendría que tener el valor, al
final del camino, de quedarse con dos o tres poemas, los
que considere más representativos de la intención, del
propósito que se persiguió, o del instinto que llevó
a escribirlos»..14
En consonancia con este
reto baqueriano, me gustaría proponer tres textos que
considero claves en su obra. Ahora, lo fascinante y a la
vez contradictorio de la conclusión del poeta con
respecto a semejante deslinde, es que a una primera
selección, podría adicionarse una segunda y una
tercera, y así hasta agotar infinidad de variantes como
lectores se enfrenten a los textos, porque es también
ese lector el encargado de decidir qué es lo perdurable
y qué lo desechable.15
En su Autoantología
comentada Gastón divide sus textos en poemas
impersonales y poemas personalizados, declarando sus
preferencias hacia los primeros por contener lo
«fabuloso», lo «irreal realizado». Vuelve a insistir
el poeta en el desdén por todo vínculo que lo ate a su
persona. Para él no existe esa categoría de lo íntimo
a través de lo personal, sino aquella «poesía por
dentro» que exprese en sí misma el fastuoso discurrir
de la imaginación. Es precisamente en este libro donde
Baquero escoge sus poemas para él definitivos, y, por
supuesto, como autor y como lector de su propia obra
incurre en omisiones que muchos consideramos
desatinadas. La más notable de ellas es la exclusión
de «Palabras escritas en la arena por un inocente».
Es justamente por este
texto que comenzaría mi selección de tres, continuada
de «Marcel Proust pasea en barca por la bahía de
Corinto» y finalizada con «Testamento del pez». Esta
agrupación no deja de ser un tanto clásica, y lo es,
puesto que reúne en sí casi todas las aportaciones
temáticas y formales que signan la obra del maestro
cubano.
«Palabras escritas en la
arena por un inocente» es la puesta en marcha, el viaje
de un inocente hacia el reconocimiento de su humanidad
trascendente. Es la intuición de la poesía, su
relación como bufón de Dios, en el sentido
shakespereano del término; bufón que hiere con las
verdades y que enloquece en su insistir inocente como
testigo perpetuo de la circularidad de la historia que
prefigura en la arena. Sueño, inocencia, poética que
se extenderá de manera particularmente expresa en un
libro tan espléndido como Memorial de un testigo,
y que constituye la sustancia a partir de la cual se
trazará el mapa baqueriano.
Y perteneciendo también
a esos contornos bien definidos, la gustosa
especulación del tiempo a que nos somete el poeta en
«Marcel Proust pasea en barca por la bahía de
Corinto», inspiración eterna de lo indeterminado como
principio que se nutre de la belleza; belleza física
que se contagia en su trascendencia, en su felicidad, en
su quietud, en la perdurabilidad encarnada en la
escritura. Anaximandro y Marcel Proust siendo uno,
«dentro y fuera del tiempo, paladeando lentos sorbitos
de eternidad».
Con referencia a este
«juego de permutas», como le llamara alguna vez
Gastón Baquero a la «imaginización» de la historia y
dentro de ella a la conjunción de personajes de
distintas épocas y culturas, es propicio destacar cómo
desde 1937, en una serie de artículos periodísticos
que se extienden hasta 1941, el poeta comienza a
establecer esos inusitados encuentros, muy abundantes en
libros como Magias e invenciones. Así pues,
observamos desde entonces relaciones tan especiales como
las de Goya y Ramón Gómez de la Serna, Goethe y Thomas
Mann y Leonardo y Stendhal. Sobre este último binomio
escribió en Grafos:
Imaginaos un dialogar
entre Leonardo y Stendhal. Más aún, imaginaos una cita
convenida entreambos. Leonardo llegará científico,
patriarcal, exacto. Stendhal no asistirá. Pero luego,
sin el menor rubor, va a exclamar: «¡Qué queréis, no
pudimos entendernos! Verdad es que no se dignó siquiera
dirigirme la palabra». Porque oídlo, sólo esto es
verdad: toda cosa es verdad.16
Y para concluir, lo que
el mismo Baquero considerara su testamento: «Testamento
del pez», rescate de la ciudad entrevista, y amor a la
ciudad de los sueños. Ciudad y poeta ante la
revelación del augurio y la muerte. Uno y otra en sus
metamorfosis sucesivas. Así es imposible morir; así se
ciñe el poeta, el pez, el hombre ansioso, a su ciudad
de eterno retorno. Es la ciudad de los adentros, y es la
ciudad real que se imagina y la ciudad mítica que se
concreta en sus calles, en sus jardines, en su dulce
lluvia, en su escala y estruendo. Es la ciudad por la
que vivió el poeta y es el poema por el cual
trasciende:
[...]
y siempre estás, ciudad,
ensimismada,
creándote la eterna semejanza,
desdeñando la muerte,
cortándole el aliento con tu risa,
poniéndola de espalda contra un muro,
inventándote el mar, los cielos, los sonidos,
oponiendo a la muerte tu estructura
de impalpable tejido y de esperanza.
Efraín Rodríguez
Santana
La Habana, junio de 1999
Notas
1 Felipe Lázaro: «Conversación
con Gastón Baquero», en Entrevistas a Gastón
Baquero, Editorial Betania, Madrid, 1998, p.12.
2 Efraín Rodríguez Santana: «La
poesía es como un viaje», en Entrevistas a Gastón
Baquero, Editorial Betania, Madrid, 1998, p. 63.
3 Gastón Baquero: «La poesía de
cada tiempo», en Ensayo, Fundación Central
Hispano, Salamanca, España, 1995, p. 48.
4 «Interrogando a Lezama Lima»,
en Recopilación de textos sobre José Lezama Lima,
Serie Valoración Múltiple, Ediciones Casa de las
Américas, La Habana, 1970, p. 31.
5 Gastón Baquero: «La poesía
como reconstrucción de los dioses y del mundo», en Ensayo,
Fundación Central Hispano, Salamanca, 1995, p. 14.
6 Cintio Vitier: Lo cubano en la
poesía («La visión poética de Baquero», pp.
418-422), Universidad Central de Las Villas, Impresores
Úcar, García S. A., La Habana, 1958. Y José Olivio
Jiménez: Diez años de poesía española (1960-1970)
(«La poesía última de Gastón Baquero: Sobre Memorial
de un testigo -1966-», pp. 351-362), Ínsula,
Madrid, 1972.
7 Gastón Baquero: «Volver a la
Universidad», en Celebración de la existencia,
Cátedra de Poética «Fray Luis de León», Universidad
Pontificia de Salamanca, España, 1994, pp. 235-236.
8 Gastón Baquero: «La poesía
como reconstrucción de los dioses y del mundo», en Ensayo,
Fundación Central Hispano, Salamanca, España, 1995, p.
22.
9 Ídem, p. 40.
10 Gastón Baquero: «Volver a la
Universidad», en Celebración de la existencia,
ed.cit., p. 230.
11 Gastón Baquero: «Al final del
camino», en Magias e invenciones, Instituto de
Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1984, pp. 11-12.
12 Gastón Baquero:
«Dedicatoria», en Poemas invisibles, Editorial
Verbum, Madrid, 1991, p.13.
13 Efraín Rodríguez Santana:
Entrevista «La poesía es como un viaje» (fragmentos
inéditos).
14 Gastón Baquero: «Al final del
camino», en Magias e invenciones, ed. cit., p.
9.
15 En tal sentido, quisiera
proponer una serie selectiva más amplia que pudiéramos
titular «Variaciones de tres poemas. Una propuesta para
Gastón Baquero».
16 Gastón Baquero: «Para el menor
olvido de Stendhal», en Grafos, año 5, volumen
5, no. 47, marzo de 1937, p.[43].