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LA GLOBALIZACIÓN Y LOS MITOS 
DE LA CIENCIA DE SALÓN


Enrique Ubieta Gómez |
La Habana


Termina el primer año del siglo XXI. La caída de las torres gemelas el pasado 11 de septiembre, permitió que el decadente imperialismo norteamericano reorganizara sus fuerzas y legitimara la violencia como paliativo a las crisis económicas, sociales y políticas que lo cercan. Pero los intelectuales de salón son sordos, ciegos y mudos; eluden mencionar la palabra imperialismo, una palabra excluida de las premiaciones, las becas y las ediciones de lujo, y se refugian en un cómodo cinismo, que ignora (desprecia) las necesidades populares. Los argentinos han vivido una experiencia reveladora este fin de año.

Para arribar a conclusiones verdaderamente científicas hay que cerrar de vez en vez el gabinete abarrotado de libros “nuevos” y pegar el oído a la tierra, leer entre líneas la prensa mundial, visitar las fábricas, la bolsa de valores, escuchar a las madres argentinas de la Plaza de Mayo o asistir a la marcha del pueblo combatiente en la sitiada Habana, y tomar partido. Hay que liberarse, como sugería Martí, de la dictadura de las modas con que la seudociencia pretendidamente “pura”, “incontaminada”, intenta seducirnos. Hay que huir de la “ciencia” que enreda la vida en la telaraña de la retórica, hasta hacerla desaparecer, para que el capital-araña pueda tranquilamente devorarla. Como pedía el viejo y siempre joven Marx, hay que entender el mundo para transformarlo. Entonces su doctrina se revela insuperada y necesaria y puede uno prescindir de todos los eufemismos, de los conceptos de salón, elegantes y comedidos como sus expositores, y llamar al pan, pan y al vino, vino.

Cuatro jóvenes intelectuales cubanos se han atrevido a desafiar las normas del mercado científico y han escrito un libro desmitificador: Transnacionalización   y Desnacionalización. Ensayos sobre el capitalismo contemporáneo(1), inicialmente publicado en Buenos Aires y en proceso editorial en Cuba.
La globalización no existe en sí o por sí, afirman ellos con datos, cifras y argumentos, sino como “transnacionalización desnacionalizadora del capitalismo monopolista de Estado”, y sus manifestaciones tecnológicas, culturales, políticas, están subordinadas a ese proceso, que sólo puede entenderse cabalmente en su unidad. Mientras el capital financiero desnacionaliza y supedita a los estados menores con la ayuda de los mayores, en interés de su ilimitado acrecentamiento, la televisión, el cine, la prensa, la literatura y la “ciencia” de salón intentan convencernos de que la quiebra de las fronteras y el irrespeto a la soberanía de las naciones es un resultado “natural” y deseable de la tecnología.
Confundido ante el alud de términos imprecisos que cercan al hombre común, mi hijo adolescente me comentó un día en ese tono semi interrogativo de las afirmaciones que esperan ser confirmadas, pero Papá, la globalización es inevitable y a fin de cuentas buena, ¿no? Y yo, provocativo, sabiendo que tampoco así me desembarazaba de la trampa terminológica, le pregunté: ¿qué globalización? En efecto, Internet convierte en “vecinos de barrio” a ciertos hindúes y a ciertos japoneses, a ciertos australianos y a ciertos brasileños. Pero el espejismo se desvanece cuando constatamos las cifras reales: “en el mundo de la fibra óptica y las computadoras de enésima generación –recuerdan los autores del libro--, casi dos terceras partes de la humanidad nunca ha levantado un  teléfono y más del 98% de ella jamás ha visto una de las imágenes de Internet”. Como ha señalado Fidel, 378 ricos poseen hoy tanto dinero como el que ganan en un año 2 600 millones de personas. Vuelvo a preguntar entonces, ¿de qué globalización se nos habla? 

Podría argüirse con razón que hoy el mundo es más interdependiente, que las crisis financieras o las guerras locales adquieren en días, en horas, consecuencias mundiales, que tras la caída del socialismo soviético y europeo el estado imperialista más poderoso del planeta dicta órdenes y organiza cruzadas bélicas para corregir cualquier comportamiento “indebido”, asumiendo de hecho funciones de gendarme mundial de las transnacionales, las que a su vez controlan las inusitadas posibilidades que la tecnología abre a las comunicaciones e invaden la conciencia de millones de personas con su mensaje manipulador y reductor, pero eso, en buen español, ¿no es la transnacionalización del capital monopolista que debilita o redefine, sí, las funciones clásicas de la mayor parte de los estados del mundo, pero fortalece las de unos pocos, la de los gendarmes?, ¿no es peligroso confundir la “universalización” del más feroz neoliberalismo con el noble concepto de la globalización? ¿aceptaremos la globalización del despojo y de la exclusión como la forma inevitable de integración de la cultura humana?
Situémonos por un instante fuera del alcance de las ondas de radio y de televisión, más allá de cualquier conexión telefónica, en un lugar donde no circulan autos ni periódicos, ni hay caminos, ni instalaciones eléctricas.  No es un lugar inventado. Puede ser Cimientos, una aldea ixil situada en la cumbre de una montaña sobre la selva guatemalteca del Quiché a la que sólo se puede llegar tras cinco fatigosas horas de ascenso. Puede ser río Coco arriba o abajo, en alguna de las comunidades misquitas que sobreviven, como hace dos siglos, de la pesca y la caza y de una agricultura de autoconsumo, entre dos países ajenos, Honduras y Nicaragua.  Ese lugar puede hallarse en Haití o en Bolivia, y también en las supuestamente ricas Colombia o Brasil. Es, de cierta forma, la inmensidad territorial del Africa subsahariana. No son islotes de silencio en el mar de la abundancia. Es más bien lo contrario: por mucho que nos parezca insólito o exagerado, la fastuosidad deslumbrante de las ciudades modernas, simbolizada por Paris o New York, es el verdadero islote de luz que las trasnacionales de la información nos venden como tierra firme. ¿Cómo explicar que en un solo barrio de New York, en Manhattan, existan tantos teléfonos como en todo el continente africano?, ¿o que las carreteras de Bélgica estén más iluminadas que muchos países del mundo? Algunas fotos tomadas de noche y desde el cosmos a nuestro planeta, revelan una zona de luz en el norte y otra de sombras en el sur. Pero hay también sombras fantasmales en las zonas de luz. 
“La economía natural o de autoconsumo (...) es aquella en que la mayor parte de lo producido está destinada al consumo directo --dicen los autores del libro. Este modo de producción ancestral  --cuyas formas clásicas se conservan aún en las tribus indígenas de América y África, y en las comunas patriarcales de Asia--  incluye, de forma total o parcial, la actividad económica de cientos de millones de campesinos, poseedores o no de tierra, a los trabajadores independientes y a los subasalariados, franja de la población mundial esta última que ha ido adquiriendo un singular relieve social”. En esas comunidades indígenas, aparentemente inmóviles en el tiempo, los niños descalzos suelen llevar sobre el vientre inflamado un pulóver que dice Paris, o Mickey Mouse o Rambo.  No se alimentan bien, pero toman Coca Cola. Sus habitantes no se enteran de lo que sucede más allá de cinco o seis leguas a la redonda, pero cuelgan en las paredes de bambú o barro de sus chozas, la imagen sonriente y pulcra de algún candidato a senador o a presidente, si un señor de paso les ofrece a cambio algunas libras de carne de res. 
Si las transformaciones del mundo son dispares, si la intelectual feminista de aquel salón parisino o neoyorkino, al parecer nada tiene que ver con la mujer ixil que ahora mismo prepara la masa de maíz para hacer tortillas, rodeada de ocho hijos descalzos y mugrientos en la selva guatemalteca; el capital en su movimiento continuo ensarta como aguja mágica todos los segmentos de la vida humana, convenciéndonos no sólo de que la humanidad es una en su diversidad, sino demostrando además que la modernidad  --viejo eufemismo del modo de producción capitalista--  existe como lucha de contrarios. No hay una modernidad capitalista por alcanzar, porque ésta presupone la existencia de dos mundos, el rico y el pobre, la ciudad de las luces y la oscura selva: “El capitalismo  --dicen los autores--  es incapaz de homogeneizar la economía mundial”. Más aún, “estas formas económicas (naturales o de autoconsumo) no se encuentran, en modo alguno, en vías de extinción, sino se hallan subordinadas orgánicamente al capitalismo monopolista trasnacional y constituyen condiciones de su existencia”. Pero el asunto se torna verdaderamente paradójico si constatamos que el pleno desarrollo de la libre concurrencia acaba por frenar y ahogar... la libre concurrencia. “Por su naturaleza concentradora y excluyente, el imperialismo obstaculiza, lastra, desacelera, atrofia, violenta y frena el desarrollo de las relaciones capitalistas de producción, en especial en las antiguas colonias, resulta incapaz de concluir el proceso de acumulación originaria del capital”.  En este sentido, la doctrina neoliberal acaba convirtiéndose en la negación del liberalismo primigenio.

Cuando los ideólogos del neoliberalismo reivindican como antecesores suyos a los liberales revolucionarios de los siglos XVIII y XIX, se equivocan.  Lo que emparienta a los hombres y mujeres de épocas diferentes no es exactamente la letra de sus criterios sociales o políticos, sino el lugar que ocupan en el movimiento histórico de las ideas.  De tal forma, los jacobinos franceses están más cerca de los bolcheviques rusos que de los neoliberales de hoy. Que no se nos presenten ahora como defensores del progreso, de la tecnología unificadora, de la llamada modernidad o de la posmodernidad, como adalides de la eficiencia y del útil pragmatismo que rechaza las quiméricas visiones del espíritu romántico. La ética que reclamamos no es un código del deber ser, sino, como quería Martí, del poder ser, o más aún, es la expresión de una impostergable necesidad: o somos éticos y salvamos la Naturaleza y con ella, la civilización humana, o nos autodestruimos. Nada más práctico. Los utópicos son aquellos que sueñan con un mundo indefinidamente neoliberal. La verdadera globalización, la única duradera, será la de la solidaridad. Y Cuba, pobre y bloqueada, ha abierto un camino con su ejemplo; miles de sus médicos trabajan gratuitamente en las zonas más oscuras del planeta. Una isla que no sólo ha resistido el embate ideológico y económico del unipolarismo, sino que se erige con valentía en proyecto alternativo. En esa Isla de Utopía viven y trabajan intelectuales honestos que no se venden.

(1) Rafael Cervantes, Felipe Gil, Roberto Regalado y Rubén Zardoya: Transnacionalización y Desnacionalización. Ensayos sobre el capitalismo contemporáneo, Buenos Aires, Tribuna Latinoamericana S.A., 2000, 236 pp.

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