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PARA JULIO GARCÍA ESPINOSA,
HERALDO DEL PORVENIR

La Convicción de Julio García Espinosa es que "las utopías no se anulan. Sólo se reservan para otros tiempos que las vuelven a reactivar, mientras tanto se mantienen latentes (...) Nunca se vuelve al mismo punto de partida (...) Si se ha sido fiel a sí mismo, la utopía volverá enriquecida, (...) de acuerdo con los nuevos tiempos que la solicitan."


Roberto Fernández Retamar |
La Habana

A Lola, desde luego

"Este cubano que voy a presentarles/ se hacía el serio./ No obstante (...) ello/ bailaba rumba/ con el pie izquierdo". Los versos que acabo de leerles, es de suponer que autobiográficos, proceden del libro Aquí en mi país, que, en modesta edición de autor, prácticamente desconocida hoy, Julio García Espinosa publicara el año 1952, en Roma, donde entonces residía, al igual que Tomás Gutiérrez Alea. Ambos se encontraban entonces en esa ciudad por una razón que años después mencionaría Gabriel García Márquez, al referirse a una generación de latinoamericanos fanáticos del cine que se fueron a estudiar en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma, atraídos por el impacto del neorrealismo italiano, varias de cuyas inolvidables películas Gabo consideraba las más humanas jamás filmadas. Julio evocó no hace mucho, en su chispeante texto "O sole mio", aquellos días italianos que le resultaron decisivos. Jóvenes como ellos (entre quienes se encontraban, además de Julio y Titón, el propio Gabo y Fernando Birri: "la banda de los cuatro", como iba a llamarlos después, en La Habana, Gianni Miná), aprendiendo en otra tierra, pensaban, soñaban estar "aquí en mi país". No es extraño que, junto a otros similares, acabaran fundando el nuevo cine latinoamericano. Para este último, el conmovedor cine italiano de aquella época (de aquella insisto: ahora estamos conmemorando el centenario de Vittorio de Sica) resultó ser el estímulo que la poesía francesa de finales del XIX fue para buena parte de la poesía modernista hispanoamericana; la Escuela de París, para nuestra vanguardia plástica, o la novela angloestadunidense de la primera mitad del siglo XX para la novela latinoamericana que hizo eclosión en los años sesenta de ese siglo (aunque el tan comentado realismo mágico probablemente no sea ajeno a Milagro en Milán). Curiosa manera de ser fieles, a la vez, a lo germinativo mundial y a lo propio. 
Esa doble avidez es una buena introducción a la obra siempre en fermento de Julio García Espinosa, a quien esta tarde el Instituto Superior de Arte le rinde merecido homenaje, casi coincidente con los que acaba de recibir del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva y de la Casa de América, de Madrid (antes los había recibido en entidades como la Cineteca Nacional de México, la Universidad Veracruzana, los Festivales de Innsbruck, Friburgo y New England). La riqueza de su obra explica sobradamente tales homenajes. Pero además, Julio acaba de cumplir sus bodas de diamante con la existencia, y es justo que el acontecimiento sea celebrado arrojando el ISA por la ventana, que es lo que supongo que significa (hablando en términos imperfectos) haberle concedido el Doctorado Honoris Causa en Arte. Razón por la cual estoy ahora leyendo estas palabras, que me solicitara mi querida exalumna y maravillosa rectora Ana María González, sobre mi fraterno Julio.
No es la primera vez, y espero que no sea la última, que hablo o escribo de él. Hasta anda por ahí un poema que le dediqué. Tuve el gusto de prologarle, a instancias suyas, su primera colección de ensayos editada en Cuba. Y sobre todo, he estado siguiendo con el mayor interés, a lo largo de los años, sus variadas producciones, nacidas orgánicamente de una vida tan inquieta como fértil. Esas producciones, según dije, son variadas. Por algo comencé evocando un libro suyo de poemas. Él ha seguido escribiéndolos, aunque no necesariamente publicándolos. Pertenece a la estirpe de los que creo que Vinicius de Moraes llama poetas bisiestos. Además, muy temprano estudió piano, y ha conservado estrechas relaciones amorosas con la música, ese idioma mayor de nuestra área cultural: así lo prueban no sólo los versos del inicio, sino filmes suyos como Cuba baila y Son o no son. Y luego, pricipitándose las funciones unas sobre otras, hizo radio, teatro (recuerdo vívidamente Juana de Lorena, de Maxwell Anderson, que adaptó para el Grupo Teatro Estudio, fundado por él junto con Raquel y Vicente Revuelta), dirigió las Misiones Culturales, inspiradas en La Barraca de García Lorca, para llevar el arte a lo largo de la Isla bajo el fervoroso patrocinio de Raúl Roa. Tanto entusiasmo desembocó en el cine, aunque ni siquiera en él se aquietaría. Pero sabemos que es en el cine donde encontró, para decirlo con palabras de Lezama, "su definición mejor".
No es necesario, por ser bien conocidos, mencionar todos su aportes al séptimo arte. Si se le debe la dirección del documental fundador del nuevo cine cubano, El Mégano, y de varios de los primeros documentales hechos tras el triunfo revolucionario (La vivienda y Sexto aniversario), se le debe también la película que acaso ha tenido más público en Cuba, Aventuras de Juan Quinquín, un clásico basado en otro: el libro fantasioso de Samuel Feijoo; y entre las más recientes, la muy admirada y premiada Reina y Rey, que, vuelto él mismo hacía tiempo un maestro de mirada propia, dedicó con nobleza a su maestro de ayer, el gran guionista del neorrealismo italiano Cesare Zavattini. Sobre las relaciones con éste de Julio de toda una cohorte de cineastas que tanto le debieron y luego tomaron otros rumbos, propios del cine realizado durante la última media centuria, escribiría García Espinosa el hermoso y límpido texto "Recuerdos de Zavattini". No me es posible dejar de mencionar el largometraje ensayístico de Julio Tercer Mundo, Tercera Guerra Mundial, que me dio la grata ocasión de trabajar junto a él en 1970, en medio de la terrible guerra que padecía Vietnam, y donde manifestó en acciones fílmicas concretas lo que en trabajo reciente Julio llamó "el espíritu liberador de Bertolt Brecht", su maestro más constante, de quien ha dicho con razón que él es "un apasionado".
Pero además Julio se ha volcado con generosidad y desprendimiento en la obra de otros, sea contribuyendo sin cansancio a hacer realidad instituciones de las que muchos se beneficiarían (como las Misiones Culturales y el Grupo Teatro Estudio, ya nombrados, y el Insitituto del Arte y la Industria Cinematográficos, el Comité de Cineastas de América Latina y el Caribe, la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños); sea como formador de nuevas hornadas de cineastas cubanos. Son numerosos los guiones de películas ajenas en que participara. Recuerdo cómo alguien tan exigente como Titón me hablaba de su aprecio por esta labor esforzada y modesta de Julio. Lo que le debe el cine cubano, el cine a secas, es difícil de valorar en toda su dimensión. Francisco López Villarejo, director del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, explicó hace poco que se decidió entregarle a Julio el premio honorífico Ciudad de Huelva porque el cubano es un cineasta "comprometido, inevitable e irrepetible".
Y esta faena la ha acompañado Julio con otra relevante: una meditación rigurosa sobre el cine y los medios audiovisuales, en particular de Nuestra América. Víctor Fowler considera que "si algo destaca en esa trayectoria de García Espinosa es su voluntad de pensar y vivir la vida como un hombre de la época de los medios de comunicación". Aquella meditación ha encarnado en ensayos de gran originalidad y frescura (en los varios sentidos de esta palabra). Quizá ellos solo tengan un parigual en los que Titón recogió en su memorable libro Dialéctica del espectador. Julio es hoy uno de los ensayistas más removedores con que contamos. Y sus ensayos (lo que también es válido para los de Titón) no proponen cartabones, no son programas para un conjetural desarrollo ulterior, sino que han nacido de tener las manos en el fuego: han nacido de las cuestiones con que el creador se ha topado al realizar sus obras. Y sus planteos fundamentales, su uso de la paradoja y del humor no muestran signos de caducidad, como lo revela la atención que merecen de esa posteridad viva que son los auténticos jóvenes. Así, su más difundido y discutido ensayo, Por un cine imperfecto, lo escribió, según ha contado él mismo, en 1969, después de haber dirigido Aventuras de Juan Quinquín, a partir de las interrogantes que el filme despertó en él. Por cierto que este texto, del que en cierta forma al menos derivan los otros suyos de similar familia, provocó alharaca, pero, como suele ocurrir con las verdaderas novedades, no siempre fue rectamente entendido. El propio Julio volvió sobre él un cuarto de siglo después. Y el año pasado dijo en una entrevista: "Creo que lo básico, lo esencial de la posición que defendía en Por un cine imperfecto, todavía mantiene un potencial grande, puesto que todavía hoy no podemos ignorar los códigos que tiene la gente para comunicarse con el cine. Y esos códigos pueden ser utilizados al mismo tiempo que son desmontados para desalinearnos". Quienes malinterpretaron aquel texto notable al aparecer por vez primera, probablemente desconocían la observación de Piscator en su Teatro Político: "¿Qué nos importa a nosotros elevar contenido y forma al último grado de perfeccionamiento (...)? Con plena conciencia producimos obras imperfectas". O esta otra, más cerca de Julio, que escribiera en 1954 García Márquez, al comentar que Alemania, año cero, "con sus innumerables tropiezos técnicos, con su montaje difícil y su fotografía rudimentaria, sigue siendo un buen ejemplo de lo mucho que ha perdido el cine italiano por haber ganado tanto dinero, y al mismo tiempo una esperanza para los países pobres, donde la industria cinematográfica puede prosperar a base de calidad, precisamente aprovechándose de sus escasos recursos. Es preferible ver un cine sin ningún esplendor técnico, pero tan inteligente y lleno de ese tremendo calor humano que impuso Rossellini a sus maravillosas aventuras de postguerra". Al comentar recientemente Por un cine imperfecto, Juan Antonio García Borrero, quien ha compilado sobre la obra de Julio el valioso libro Las estrategias de un provocador, escribió: "Aquel texto fue la carta de presentación de un polemista ejemplar, de uno de los pocos teóricos sistemáticos con el cual desde entonces ha contado nuestro cine, y en sentido general, el audiovisual latinoamericano". Y más adelante: "Creo que si un crédito singulariza a Julio García Espinosa dentro del grupo de estudiosos que se han aproximado al cine nacional, es el hecho de haber sido nuestro primer ensayista sistemático".
Aunque no sea esta la ocasión para detenernos más en la ensayística, en el pensamiento de Julio (expresado a menudo en agudas entrevistas), no quiero terminar sin subrayar al menos tres puntos que lo caracterizan. Uno, su lucha constante y lúcida por promover lo que se cansa de llamar un cine popular, no populista. Dos, su criterio de que si son muchas las causas que pueden explicar la caída del muro de Berlín (es decir, lo que implicó esta caída), entre ellas "habría que anotar que se perdió la guerra de los medios de comunicación". Y por último (el orden en que menciono estos puntos no es jerárquico), su convicción de que "las utopías no se anulan. Sólo se reservan para otros tiempos que las vuelven a reactivar, mientras tanto se mantienen latentes (...) Nunca se vuelve al mismo punto de partida (...) Si se ha sido fiel a sí mismo, la utopía volverá enriquecida, (...) de acuerdo con los nuevos tiempos que la solicitan".
Nos alegra y enorgullece a todos y a todas los que no hemos renunciado ni renunciaremos a creer en un futuro digno, en utopías realizables, que el Instituto Superior de Arte de Cuba se haya enriquecido al otorgar su Doctorado Honoris Causa en Arte al soñador tenaz y dinámico hacedor que es Julio García Espinosa, permanente heraldo del porvenir.

Nota:
Leído el 18 de diciembre de 2001 en el Instituto Superior de Arte, La Habana, al serle entregado a Julio García Espinosa el Doctorado Honoris Causa en Arte.

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