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LOS HÉROES DE NUESTRO TIEMPO

Enrique Ubieta Gómez | Habana


No es cierto que los sentimientos socialmente "negativos" sean los más funcionales en la comunicación artística; la cobardía, el odio, los celos, la envidia, el egoísmo, la traición, son estados o actos del alma que despiertan una morbosa curiosidad. Por lo general, el arte indaga en sus motivaciones y elude las sentencias moralizantes, para mostrar y defender la humanidad de los protagonistas. Pero el amor, la lealtad, o la valentía, contrapartes de aquellos sentimientos, han generado obras maestras. La admiración de los lectores y de los pueblos refunda, salva, adopta a los héroes "positivos" de la literatura y de la historia.

Los héroes varían, según las épocas y las necesidades (y sensibilidades) sociales, de acuerdo a sus habilidades físicas o belleza, a su valentía o a su voluntad de triunfo, a sus capacidades intelectuales o a su sabiduría, a la desproporción o a la grandeza de sus sentimientos. En la memoria histórica y el imaginario popular conviven héroes muy diversos: intelectuales, sentimentales, de acción. La literatura y el arte recrean el ideal social del héroe, pero ellos existen y actúan como seres concretos en la historia humana.

En nuestro tiempo son muy comunes dos grandes tipos de héroes: los que emergen del pueblo y los que son fabricados por la industria de la comunicación para contrarrestar la influencia subversiva de los que emergen del pueblo. Una pared cualquiera, de una calle cualquiera del Tercer Mundo, llena de afiches y graffiti, revela sus nombres o sus rostros: Jesucristo, Madonna, Batman, el Che, Rambo, Maradona, entre otros. La libre elección que pregona el libre mercado no jerarquiza: todos son mercancías y en consecuencia, se anuncian en una dimensión explicativa ajena a los conceptos de verdad o de mentira, y de sus funciones sociales. Algunos son usufructuados por el mercado, cuando el pueblo los hace insoslayables. Otros son impuestos por el mercado, y el pueblo se acostumbra a venerarlos.

Los héroes que nacen del fervor popular son ahuecados, simplificados, y castrados con premura. De todos los matices que engrandecen la figura del Che, su imagen suele reducirse a uno solo, el más externo, el de un rebelde incansable, para así escamotearle su proyección revolucionaria. Pero un adolescente en plan de autoconfirmación que porta en el pecho la imagen del Che le lleva un tramo de ventaja al que utiliza la de Madonna: el primero, aunque aún no lo sepa, exhibe un rostro que es una puerta. Si el azar o la educación le permiten abrirla, encontrará un camino.

Los héroes son como tortugas gigantes en el océano: el tiempo va agregando musgo y pequeños seres parásitos a sus carapachos. De lejos, parecen mitos. A veces, son utilizados y manipulados como tales. La caída estrepitosa e inesperada del socialismo europeo y soviético y la llamada glasnost (que era todo, menos transparencia informativa) dejaron huérfanos de héroes a esas sociedades. Los héroes fueron presentados en el tribunal público como mitos y condenados a muerte. 

Los teóricos de la postmodernidad hicieron en los noventa un veredicto implacable: no hay héroes, sólo mitos; no existe el heroísmo como realidad histórica, sino como construcción literaria; no hay historia, sino literatura. Y finalmente dijeron: lo verdadero es lo verosímil. Al caer el socialismo europeo quisieron destruir toda esperanza. Ocúpese cada quien de sí mismo. Pero la naturaleza social del ser humano es obstinada. Y la filosofía egoísta del "sálvese quien pueda" de la selva neoliberal resultó, como siempre, una verdad a medias: los pocos que ya se habían "salvado" estaban muy unidos para impedir que la inmensa mayoría, al salvarse, redujera el espacio sobre el que descansaban placenteramente. 

Ocurrió entonces algo insólito: un ataque inesperado hizo tambalear el lujoso yate de los "elegidos". Y el país del individualismo más feroz llamó rápidamente a la unidad nacional. La televisión norteamericana, a medio camino entre el criticado realismo "socialista" y el melodramatismo de las telenovelas de Univisión, construía sus nuevos héroes-mitos. Rambo se había desgastado. La última vez que lo vimos en pantalla era un aliado de los fundamentalistas afganos en su cruzada anticomunista. Por lo pronto, estaban los bomberos de carne y hueso. Y los niños de Estados Unidos comenzaron a usar sus cascos y a soñar con que entraban en edificios incendiados a salvar víctimas. Los niños saben muy bien que los héroes existen y que el mundo los necesita. Pero los héroes de carne y hueso a veces son difíciles de manejar. Y el alcalde de Nueva York tuvo que enviar policías a reprimirlos cuando protestaban por los recortes de su presupuesto.

Por otra parte, los señores que en Miami se habían autoproclamado héroes aprovechando la confusión finisecular, enmudecieron. Esos terroristas, entrenados o financiados por la CIA, estaban formalmente en peligro ante el inusitado corrimiento de puntos de vista. Unos meses antes, sin embargo, un tribunal de Miami había hallado culpables y sentenciables a cadena perpetua o a largas condenas, a cinco jóvenes cubanos que trataban de frustrar los atentados terroristas de esos falsos héroes. 

Los niños cubanos saben también que los héroes de carne y hueso existen y cada mañana repiten, al saludar la bandera: "seremos como el Che". Pero no es fácil identificar héroes en la calle. La gente vive atareada en un país sitiado por el imperio. Y los eruditos de gabinete insisten: los héroes son bichos raros y deben estar en los museos de cera o en los manicomios. ¿De dónde salieron esos cinco jóvenes, iguales a los que andan atolondrados y rientes en las guaguas cubanas?, ¿cómo es que pasaban inadvertidos esos rostros serenos y nobles? Uno de ellos, al escuchar la sentencia que lo condenaba a dos cadenas perpetuas y 15 años de cárcel, hizo suyas las palabras de un legendario héroe negro norteamericano: "Sólo lamento no tener más que una vida para entregar por mi patria". Gerardo, Ramón, René, Fernando, Antonio, son nombres comunes, como los de cualquier vecino, pero son hijos de un pueblo que no acepta el fin de la historia y la sigue haciendo a su manera. Imagino el desconcierto de quienes creían que podían ocuparse de los asuntos más sucios, con la tranquilidad sicológica de "saber" que ya no existían héroes. 

Recientemente, altos funcionarios del gobierno norteamericano se reunieron en Holywood con ejecutivos y productores cinematográficos. Le pidieron un milagro a la industria de los milagros: fabricar héroes que "ennoblezcan" los asesinatos masivos en Afganistán y las pretensiones hegemónicas del imperio. Mientras, en las cárceles de Miami, permanecen incomunicados cinco héroes desconocidos. Los verdaderos héroes de nuestro tiempo.

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