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MATÍAS PÉREZ, EL QUE VOLÓ

Álvaro de la Iglesia

No estaba, ciertamente, mucho más adelantada la aerostación en el mundo de lo que hoy está la aviación, y en Cuba se habían lanzado intrépidamente a los aires hombres como Blinó y Matías Pérez, en quienes debían encontrar ejemplo de valor y decisión algunos aviadores que nacieron para el caso como nosotros para arzobispo. Sin elementos, sin el aliciente siquiera de una recompensa, sin más estímulo que el aplauso y la gloria de realizar una gran aventura, esos aeronautas de afición dejaron bien puesto el pabellón cubano o mejor dicho el nombre cubano, porque en aquellos tiempos aún no teníamos bandera, como que Cuba era una colonia sometida ya a la dictadura de Vives, ya a la más dura aún del marqués de La Habana.
Los globos no fueron conocidos en Cuba hasta el año 1796, según dijimos en nuestras Fechas de América al estudiar la aerostación en esta isla. La primera excursión aerostática se efectuó en La Habana el 19 de marzo de 1828 como uno de los más atrayentes números del programa de festejos combinado para solemnizar la inauguración del Templete de la Plaza de Armas, bajo el gobierno benéfico pero duro de don Francisco Dionisio Vives, cuyo juicio no ha hecho aún de un modo definitivo la Historia, vacilando entre la reprobación y el aplauso.
Aquellas fiestas duraron tres días, desde el 18 al 21 y el héroe del día 19 fue un aeronauta francés, M. Robertson, quien por la tarde se elevó en un globo, es de creer que desde la misma plaza de Armas para que pudiera presenciar la ascensión la primera autoridad de la isla.
Hallábase engalanada la plaza con banderas y ricas colgaduras y la iluminación consistía en multitud de farolitos de colores.
Robertson, que para eso era extranjero, sacó de aquella fiesta, no sabemos si como producto de cuestación o donativos oficiales, la importante suma de quince mil pesos. Fue a caer con su globo en un potrero cerca de Nazareno, conocido pueblito en el partido de Managua y que en aquel entonces contaba unas veinte casas.
A propósito de esas fiestas diremos que se celebró en el Templete una solemnísima misa en la que ofició el obispo don Juan Díaz de Espada y Landa, de grata recordación, quien pronunció una notable oración en presencia del general Vives. Un cuadro, de los tres que encierra el Templete, reproduce esa escena.
El brillante resultado obtenido por Robertson, fue cebo, sin duda, para que otros aeronautas extranjeros vinieran a tentar fortuna a esta capital. En mayo del año siguiente hacía su ascensión la orleanesa Virginia Marotte, que cayó en la tenería de Xifré, y este nuevo éxito despertó el amor propio cubano, que no tardó en revelarse en el hojalatero Domingo Blinó, hombre muy ingenioso: construyó él mismo su globo y preparó el gas hidrógeno para inflarlo, lo cual representa en aquella época un gran esfuerzo y un gran mérito.
Sin temor a que se le rompiera el rudimentario montgolfier, ni al brisote reinante, estando aún en el gobierno el general Vives, se lanzó a los aires el 30 de mayo de 1831, desde la plaza de toros del campo de Marte a las seis y cuarto de una tarde tempestuosa. Era todo un valiente que se ganó la admiración pública.
El globo, empujado por el viento, se alejó con rapidez y ay a gran distancia de la tierra, Blinó arrojó al espacio palomas, flores, versos y por último... ¡dos cuadrúpedos en un paracaídas! La historia no dice de qué clase eran los cuadrúpedos; pero se nos antoja creer que eran chivos.
A las siete de la tarde, el globo se perdió de vista, quedando el público lleno de consternación. Pronto un suplemento del Diario de La Habana (tirada extraordinaria que ordenó el general Vives) tranquilizó al pueblo. Blinó a quien sus paisanos consideraban en la Florida, lo menos, había caído bastante más cerca; en el potrero San José de don Pedro Menocal, en Quiebra Hacha, a una legua al suroeste de Mariel. Pero con todo, la ascensión de Blinó fue la primera y la más notable de todas las efectuadas en Cuba, excepción de la de Matías Pérez que vamos a referir; y por de pronto apostamos lo que se quiera a que ninguno de nuestros flamantes aviadores irá tan lejos aquí, en lo que resta de siglo, si hemos de juzgar por las señales.
Y dejaremos en el tintero otros pormenores referentes a nuestro proto-aeronauta Blinó para ocuparnos de Matías Pérez.
El 22 de marzo de 1856 partía en un globo desde el Campo de Marte otro francés: M. Morad. Meses después, el 12 de junio, el pueblo habanero, se agolpaba allí mismo para presenciar la ascensión de Matías Pérez. Era éste un piloto portugués; pero hay motivo para creer que estaba ya aplatanado y había constituido familia en esta ciudad, donde no sabemos si tendrá aún descendientes. Si alguno hay, serían muy de agradecer sus noticias en el asunto.
Matías Pérez era conocido por el rey de los toldistas, a causa de su habilidad en esa industria. Hizo también su globo y lleno de valentía, no engañó al público anunciando ascensiones sin realizarlas con el achaque del viento reinante. Dicho y hecho subió y fue a descender a los Filtros del Husillo. Unos días después, el 28 de junio volvió a ascender en su globo la Villa de París y tan completa, tan magna y tan sobresaliente fue su ascensión que... aún estamos esperando su regreso. Eso se llama subir y lo demás son cuentos.
Consta que se hizo una minuciosa investigación por mar y tierra para dar con el audaz aeronauta o con su cadáver; pero todas las diligencias resultaron infructuosas. Años después, cuéntase que en unos cayos próximos fueron hallados restos de un globo ¿Sería el Villa de París? ¡Quién lo sabe! Del intrépido aeronauta no ha quedado entre nosotros más que un desvanecido recuerdo y el dicho familiar y ya tradicional, refiriéndose al que hace mutis: -voló como Marías Pérez.

Tomado de Tradiciones Cubanas, Editorial Letras Cubanas, 1983.

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