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LA VERDADERA HISTORIA DE CAYO LAS BRUJAS

Las brujas de la Isla eran distintas, siempre sintieron necesidad de usar otros métodos más sutiles para de esta forma amortiguar la enorme carencia que siempre tuvimos de hadas bienhechoras.
Si no fueron tan populares como los güijes fue porque se mantuvieron ocultas y apartadas pues poseían una enorme susceptibilidad. 

Armando Paz Pineda 
| Villa Clara


En Cuba nunca fueron tradicionales las leyendas de brujas, pero les puedo asegurar que sí existieron y no tan malas como la famosa Mombi o como aquella que envenenaba manzanas y raptaba niños para convertirlos en sapos. Las de aquí eran distintas, siempre sintieron necesidad de usar otros métodos más sutiles para de esta forma amortiguar la enorme carencia que siempre tuvimos de hadas bienhechoras. Si no fueron tan populares como los güijes fue porque se mantuvieron ocultas y apartadas pues poseían una enorme susceptibilidad. 
Era muy difícil verlas habitando los innumerables edificios en ruinas de nuestras ciudades, porque, si bien mencioné que existieron, nunca dije que fueran tantas como para lograr tal cosa, además, siempre prefirieron los bosques, las lomas con cuevas y algún bohío deshabitado donde se divertían nutriendo de fantasías las crónicas de algunos guajiros de la zona.
Actualmente nuestras brujas se consideran extinguidas, su cacería fue en aumento y con el devenir del tiempo, el desarrollo de la agricultura y la urbanización las hizo huir de los campos y pueblos.
El último asentamiento del que se tuvo noticias fue de un cayo aledaño a nuestras costas al que ellas mismas bautizaron con el nombre de " Cayo Las Brujas " y en el que vivían en un castillo situado encima de un farallón, en realidad todo una maravilla, pues desde allí, sobre las más caprichosas tonalidades de verde y azul, las brujas velaban por los pescadores haciendo que los mejores peces mordieran la carnada, que los mejores vientos impulsaran las velas y las peores tormentas se alejaran para el bien de todos.
Así... por arte de magia eran incansables protectoras de aquellos hombres del mar y tan benévolas que nunca pensaron en vengarse a razón de su exterminio, solo hasta el día que decidieron abandonarnos para siempre.
Al este del castillo, las brujas con sus pases mágicos hicieron acumular toda esta cantidad de arena que hoy vemos como playa, pero esto demoró mucho tiempo, por cada abracadabra caía sólo un grano, tan puro y blanco como la nieve que fabricaban sus colegas las brujas escocesas.
Salían a caminar sus kilómetros arenosos después de terminados los ritos, velando celosamente para que nadie ensuciara sus dominios, y cuando el mar amontonaba el zargazo en la orilla allá iban las brujas, escoba en mano para barrerlo todo.
En los atardeceres solían bañarse desnudas irradiando tal luminosidad que mi tatarabuelo (cuenta mi madre) llegó a enamorarse perdidamente de una, porque quien piense que estas brujas eran unas viejecitas contrahechas y reumáticas está equivocado. Con ochenta años podían ser tan jóvenes y hermosas como cualquier ganadora de un certamen de belleza.
Algunos pescadores decían que cerca del cayo no se oían cantos de sirenas sino de brujas, y la verdad es que había que oírlas y verlas bailar para después creerlo.
Según Maurilio las brujas nunca existieron... hasta un día en que atracó en la hermosa playa para disfrutar del paisaje. Y vaya sorpresa que se llevó: alguien había desatado la chalupa y esta se encontraba a gran distancia del muelle. - Al parecer la dejé mal amarrada - decía en el mismo momento que se oyó una risa detrás de los arbustos y desde aquel día Maurilio comenzó a creer.
Casi al final de la playa existe una salina abandonada, pero antes, los cúmulos de sal hacían gigantescas montañas que eran trasladadas en sacos hacia Caibarién, el puerto más cercano. Los trabajadores de esta salina también comprobaron la existencia y veracidad de estas tímidas y delicadas criaturas que lo mismo se transformaban en flamencos que en delfines.
A Celestino, las brujas le hicieron pasar tremendo susto. La noche que velaba uno de sus hornos de carbón sintió que le tiraron de los pies, y si fue grande su sobresalto, más grande aún fue el grito que dio. Lo suficiente para asustarlas de tal forma que no salieron de sus escondrijos en una semana.
La playa era en realidad el lugar perfecto para verlas en la noche, pues en el monte no se podían distinguir entre el mangle y la oscuridad.
Pero personas extrañas comenzaron a llegar para tomar baños los domingos, y aún cuando no existía el pedraplén familias enteras buscaban aquellas costas, y las brujas, no acostumbradas, se sintieron acosadas y se internaron en el Cayo no sin antes desaparecer el castillo y lanzar los tesoros al mar convirtiéndolos en corales.
Ya no sentían alegría al ver un barco en el horizonte y todas corrían a esconderse, pues seguramente eran intrusos y no pescadores, a los que admiraban y ayudaban. Esos extraños eran insoportables para ellas, pues hacían fogatas, cazaban las aves de una manera espantosa y dejaban restos de comidas contaminando la blanca arena, pero las pobres   ¿qué podían hacer? Se martirizaban pensando que cada día la situación empeoraba y así fue que valoraron la posibilidad de mudarse de Cayo o retornar a tierra firme.
- ¿Tierra firme? 
- ¿Acaso están locas?- tales expresiones se decían unas a otras, también sabían que otros cayos no eran la solución ya que las personas que ahora merodeaban muy pronto irían a conocer los demás. Así convocaron un congreso y en singular aquelarre tomaron la decisión de marcharse sin dejar huellas de su existencia.
El último informe de haber visto una bruja fue hace cincuenta años y la vio un poeta, pero nadie quiere creer que en realidad existieron y muchos menos pensar en la posibilidad que aún quede alguna.
Hoy en el Cayo se pueden apreciar los cimientos de lo que fue su enorme morada, y en esa playa donde antes bailaban y reían me parece verlas quejarse de miedo, con los ojitos abiertos a más no poder, huyendo a la maleza cuando algún turista se acerca sigiloso. Pero se han ido montadas en una gran bandada de pájaros negros y juraron no venir nunca más, ni para ver el hotel que hoy se alza en lo que antes fue su castillo de piedras preciosas.
Me seco una lágrima y miro atónito las manos de mi amigo:
- ¡Eh Rubén! ¿Y eso?
- Una escoba que encontré tirada en la playa ¿no lo ves?
- ¿Será posible después de tantos años? - pensé en voz alta
- ¿Después de qué?
- Nada, nada, no me hagas caso -y cerré los ojos y afiné el oído con el deseo de oírlas reír alguna vez.

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