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Miguel Barnet l La
Habana
Miami es
cuestión de visitarla.
Miami, tiene razón Gustavo Pérez Firmat,
«es un cohete cargado de futuro,
es mucha bulla y poca ebullición».
Y no todo es en
blanco y negro, hay el tinte gris
—muy abundante por cierto—,
el rosa tenue y hasta el rojo subido.
En Miami nada cubano es ajeno, excepto Cuba.
Miami, vale la pena decirlo, es un paraíso
lingüístico.
Es el arca de Noé, con patos y cocodrilos.
Pero hay cultura en Miami.
Están la casa
de la cultura Calvin Klein,
la casa de la cultura Gucci
y la casa de la cultura McDonald.
Todo en Miami es
blue y sound machine
y te llaman «para atrás» y te dicen «bye»
y te condecoran con cadenas de oro con una Santa
Bárbara gigante y un rubí
del tamaño del diamante del Capitolio.
Pero Miami tiene
su Coconut Grove, su Ocean Drive
y su esquina de Tejas.
¡Qué bonito es
Miami de noche!
Cuando miro a
los ojos de los cubanos en Miami,
veo a mi tío Javier, a mi prima
Margarita,
a toda mi parentela feliz de vivir en Miami, Fla.
Pero yo, que voy
de paso, me quedo triste.
¿Será que no me gusta el paraíso?
¿Será que prefiero el infierno?
Me confunde Miami.
For example,
cuando voy a la calle Ocho,
tan bonita, con tantos restaurantes,
se me quita el apetito.
¿Será que hay demasiados platos, demasiadas
opciones?
¿O será que mi abuela se me aparece en La
Carreta,
como el fantasma del padre de Hamlet,
con tres vueltas de collares de bisutería
y unas ojeras imprudentes?
Me confunde Miami.
Me confunde la alegría de Miami.
¿Estaré perdiendo el gusto por la felicidad?
¿Qué hacer con tanta confusión?
La radio de Miami tiene un micrófono abierto
permanente
y es un tratado de lingüística escatológica: la
palabra mierda,
la palabra carajo, la palabra... se dicen a boca
de jarro.
En Miami mira que las palabras pesan.
En Miami mira que la confusión pesa.
Mira que el corazón pesa.
A pesar de todo.
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NOTAS AL
FASCISMO CORRIENTE
Saltan las liebres
Desde que apareció la primera edición de La Jiribilla,
muchos son los mensajes enviados para solicitar nuestras
actualizaciones. Algunos se ofrecen desde Miami, Madrid y
otras partes del mundo como colaboradores voluntarios. Y
otros, nos envían su aliento en el proyecto y hasta un poema.
Y obviamente, saltan las liebres heridas, expulsan veneno,
lloran insultos, muestran su estupor. Un plumífero corrió la
voz de que La Jiribilla es una publicación oficial del
gobierno cubano. Este señor, aunque lo niegue, sabe bien que
en Cuba todos somos gobierno. Es preferible tener gobierno a
tener amo. Un amo tan generoso como el yanqui, que se hace el
de la vista gorda cuando le paga a la misma gente, ya sea en
Radio Martí o en su recién aparecida versión digital. Y algunas
cifras son públicas, otras no. El Nuevo Herald
admitió sin pudor que solo para esta versión en Internet
entregó 250 000 dólares. ¡Oh, Jesús! |
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