POBRE CANManuel
González Bello l La Habana
Es imperdonable. Diríase que un
acto de crueldad. Resulta una brutal injusticia lo
que la ciudad de Miami y su prensa, incluido El
Nuevo Herald, han hecho con el periodista Wilfredo
Cancio Isla.
Cancio decidió radicarse en
Miami después de muchas indecisiones. En un viaje
al Norte, se embulló a quedarse. Nada, cosas de
él, como el elefante. Durante meses deshojó
margaritas: me quedo, no me quedo, no me quedo, me
quedo. Y entre margarita y margarita, alguna
cartica imploratoria. Al parecer le costó
definirse. Pero era de suponer que, libre de la
censura, abierto en cuerpo y alma a una prensa
libre, Wilfredo Cancio escribiría creativos
reportajes, hondos artículos.
La suposición tenía una base
cierta. Cancio es un periodista muy profesional.
Un estudioso de las técnicas más avanzadas del
periodismo internacional. Lo que se dice un
experto. Es más: un sabio. Ahora tendría la
oportunidad de aplicar todos los métodos y
recursos del nuevo periodismo. Pero no: se ha
anclado en el viejo periodismo.
Cubano al fin, desde siempre fue
un conocedor del béisbol. Incluso fue anotador.
Sabe diferenciar bien entre un hit y un foul. Sabe
cuándo hay que esperar la base o tocar por
tercera. Lamentablemente, en el periodismo de
Miami nunca lo han dejado libre para batear;
siempre los managers le ordenan tocar bola. Y
cuando intenta batear un hit, casi siempre la bola
le sale de foul. Podría sospecharse que atraviesa
un slump.
El Profesor está haciendo un
periodismo menor. Gacetilla política. Y eso no es
justo. Eso no se lo merece el pobre Can. Can, en
este caso, es un apócope cariñoso de Cancio.
Valga la aclaración para que no surjan
confusiones zoológicas.
Habrá que suponer con certeza
que el periodista sufrirá crisis
maniaco-depresivas. Que se entregará en esos
momentos a torturantes baños de angustia. O
tendrá reacciones histéricas. Igual que cuando
en La Habana acusaba de oportunista hasta a su
propio fantasma.
Esfuerzos ha hecho por pasar a
planos superiores del periodismo. En febrero de
1999, por ejemplo, entrevistó a Augusto Pinochet
Hiriart. ¿Un alma tan noble como la del Can de
tú a tú con el hijo del dictador? No, no puede
ser. Pues sí pudo ser. El hijo del dictador
chileno, Don Augusto, a quien el periodista
siempre llamó respetuosamente General, andaba por
Miami buscando dinero para pagarle a los abogados.
Y Cancio, buena gente, se transformó en algo así
como mediador entre el ex capitán Pinochito y los
hombres de negocio de Miami.
Ahí, para su juego, bateó un
hit. Pero no anotó carrera.
Cuando ocurrió el secuestro del
niño Elián González, Cancio Isla tuvo la
oportunidad única de escribir reportajes de
investigación. O de adentrarse en los
maravillosos caminos del reportaje literario que
tan bien conoce. Sin embargo, tampoco pudo mostrar
su talento ni exhibir sus habilidades creativas y
técnicas. No pasó nunca de las reseñas, las
versiones manidas, el lugar común. Aunque hay que
admitir que sí evidenció su dominio en el manejo
de la información.
Este párrafo es una joyita:
"Para los partidarios de la
permanencia del niño náufrago en territorio
estadounidense, éstas son las pruebas fehacientes
de que Elián está sometido a un ciclo de
adoctrinamiento de acuerdo con la
"reprogramación" que anunciara semanas
atrás el gobernante Fidel Castro." Las
pruebas eran la pañoleta de pionero y el uniforme
de escolar cubano. Claro, en aras del periodismo
objetivo, el reportero-gacetillero incluyó
opiniones sensatas, las opuestas a las de los
trogloditas de la FNCA. Obvio, con un balance a
favor de los secuestradores. Viejo periodismo.
Otros esfuerzos de Cancio se han
inclinado a divulgar las ideas de Hermanos al
Rescate y de su luminaria José Basulto.
Pero nada: Cancio no puede hacer
gran periodismo. El pobre. Ni siquiera le permiten
probar que es un enjundioso crítico de cine.
Cuando más la reseña rutinaria de una película
de octava categoría, que, eso sí, cuenta los
horrores del castrismo. Para él lo importante no
es la "conexión cubana", sino la
conexión anticubana.
Duele que un hombre tan culto y
apasionado, tan brillante y conocedor de los
secretos de su profesión, ande de recadero, de
vocero de causas perdidas. Una criatura tan
sensible y con cierta tendencia a la depresión,
debe sufrir mucho en la soledad, en la soledad que
no la mitigan ni sus vocaciones chismográficas.
Pobre Can. Para lo que ha quedado: para mínimos
ladridos.