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MUNDOS PARALELOS

Enrique Ubieta Gómez | México

Son mundos paralelos. La época a la que pertenezco, la que me da estos ojos con que mirar, leer y comprender la vida, y esa otra que yace aparentemente inerme en hojas amarillas, descrita en cartas privadas que no aspiraban a trascender. La pesada puerta de la Biblioteca del Congreso en Washington separa dos mundos lejanos pero semejantes: afuera, una manifestación popular denuncia la guerra y el terrorismo de estado, mientras algunos congresistas y políticos cubano-americanos cabildean para hacerle más dura la vida a quienes en la isla de sus orígenes se atrevieron a enarbolar la independencia absoluta; adentro, en disímiles caligrafías que transparentan el temperamento de los autores y en ocasiones, el humor del día, aparecen, desnudos ante mis ojos, personajes y personajillos decimonónicos que conspiran en Washington y en La Habana para evitar que se produzca la independencia cubana. Las cartas tienen un destinatario: José Ignacio Rodríguez, el primer emigrado que se autodefinió como cubano-americano.
En la intimidad de la correspondencia, caen etiquetas y máscaras políticas. Algunos autonomistas (reformistas) de fines del siglo XIX, rescatados hoy por cierta historiografía que intenta restaurar "el derecho de la derecha", se declaran anexionistas con inusitada franqueza. Ante el señalamiento de la inutilidad del esfuerzo reformista, Ricardo de Albate escribe el 20 de julio de 1893: "Seguro tengan razón, si solo se atiende al propósito de alcanzar de España la Autonomía; pero no se perdería el trabajo dedicado al fin de ir ganando terreno. -¿Para qué, si no viene la Autonomía? -Para preparar á nuestra gente, que mucho lo necesita, y por medio de la doctrina y la disciplina, ensayarla en los hábitos de la política seria, sensata, prosaica, modernista y anti-jacobina [perdóneme el lector la digresión, pero estas palabras las he escuchado afuera, tras los cristales de la Biblioteca], de tal manera que, -ya que los estadistas de la Casa Blanca mantienen el tradicional precepto de 'esperar que madure la fruta' podamos evitar que la nueva generación, incitada por los energúmenos (...) que tantas veces han extraviado el patriotismo cubano, no caiga en la tentación de echar abajo la fruta verde a pedradas, como muchachos perversos, por el gusto de que no se la coma el vecino. No vale esto algún esfuerzo?"
Es el mismo razonamiento que guiaba a José Ignacio Rodríguez, anexionista convencido y declarado, en su apoyo y estímulo constante a los autonomistas. En enero de 1898, Rodríguez escribió una carta pública de respaldo a la tardía Autonomía concedida por España y llamó a deponer las armas, lo que no le impediría ser, unos meses después, traductor principal y consejero de la delegación norteamericana en las discusiones del Tratado de París y sostener, entre 1899 y 1900, una intensa correspondencia con algunos autonomistas cubanos para propiciar la anexión o impedir al menos "la Absoluta", como le llamaba a la independencia real. Coincidentemente, algunos cubanos, escondidos en una retórica cientificista, "civilizada", promueven hoy un "nacionalismo suave", dispuesto a aceptar la tutela extranjera.
Las cartas de José María Gálvez muestran los vínculos de Rodríguez con importantes autonomistas cubanos. ¿Cómo es posible que un supuesto defensor de la hispanidad y más aún, de la españolidad de Cuba, acepte que otro país de cultura anglosajona ejerza en ella su dominio? ¿Cómo entender que José María Gálvez reconociera haber dicho en la efímera Cámara del Gobierno Autonomista "que prefería el hundimiento de la bóveda celeste á ver sojuzgado al pueblo cubano por otro pueblo" y después recomendara el protectorado yanqui y la anexión? El propio Gálvez ofrece una explicación casi "marxista": "La independencia absoluta es la ilusión del día -escribe el 3 de septiembre de 1899- fomentada por los 'patrioteros' y acariciada por la turba mulata. Conviene desvanecerla antes de emprender la demostración de que á la anexión ha de llegarse de todos modos, á la manera que para los católicos por todos los caminos se va a Roma. Creo haberte dicho antes y repito ahora que suspiran por la anexión todos los que tienen algo que perder, los que aspiran á adquirir, y la masa general de españoles. (...) Llegado el momento oportuno, bajo la bandera del protectorado se cobijarán todos los que vean conciliada la seguridad de los intereses materiales con la dignificación de los morales". 
La unidad e independencia absoluta de nuestra América por la que abogaba José Martí, no se sustentaba en una contradicción irreconciliable de culturas o lenguas (él aceptaba como nuestros a los países anglófonos y francófonos del Caribe), sino en la posibilidad y la necesidad de contener el avance del imperialismo norteamericano, salvaguardar el equilibrio del mundo y construir sociedades diferentes, más justas y humanas. Hoy, la precaria independencia de que disponen nuestros pueblos será entregada, si no lo impedimos, en un Acuerdo anexionista de Libre Comercio y el espantoso desequilibrio mundial permitirá que la voz de los oprimidos sea acallada con bombas teledirigidas. Hace unos meses un tal José Martínez, que no parece ser historiador, y no disfraza sus reflexiones con teorías y conceptos posmodernos, declaraba en El Nuevo Herald: "Digan lo que digan, Batista fue un gran presidente" y hablaba de la anexión que "ha sido el sueño de tantos cubanos", como una solución viable (18 de agosto de 2001). Los que perdieron sus privilegios y los que ansiaban tenerlos en Cuba, suspiran aún por la anexión, como decía de sus contemporáneos y de sí, con total franqueza, José María Gálvez. Aquellos anexionistas decimonónicos llegaron a Estados Unidos en barcos de vapor -no en aviones amenazados por invisibles terroristas-, pero no me son ajenos o desconocidos como seres humanos: las pasiones que alientan, los intereses que defienden, incluso el escepticismo que guía sus actos, me los devuelve en sus atuendos del siglo XIX, a la capital imperial del XXI. 

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