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EL BOMBARDEO AÉREO,
TÁCTICA INEFICAZ
Lisandro Otero |
México
Es evidente que el gobierno de Bush se ha metido en un pantano del que difícilmente podrá salir. Muchos comparan ya la situación en Afganistán con la guerra en Vietnam. Por lo pronto las encuestas señalan un debilitamiento del apoyo de opinión pública que tuvo inicialmente la agresión contra los musulmanes.
Una consulta reciente efectuada por The New York Times y la
CBS TV demostró que la confianza en el éxito de la llamada alianza antiterrorista ha decaído del 46% al 29%. En Gran Bretaña el diario
The Guardian realizó
una indagación similar donde se demostró que el apoyo de los británicos a la guerra descendió del 74% al 62%. En Alemania el periódico
Die Woche efectuó un escrutinio de opinión pública que reveló que el soporte de los alemanes ha bajado del 69% al 55%. Es cierto que el sostén es considerable todavía pero la tendencia a la baja es alarmante para los belicistas.
Los ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea, reunidos en Luxemburgo hace dos días, expresaron su preocupación por el incremento de las víctimas civiles. Las bombas inteligentes destruyen más hospitales, asilos y viviendas cada día y no se ve por parte alguna una disminución de la voluntad de resistencia de los talibanes. La administración republicana se ve entre dos focos de presión. De una parte quienes exigen la intensificación de la acometida usando todo tipo de recursos militares y quienes, como los europeos, se muestran dudosos de un triunfo si se sigue usando el método actual.
El objetivo principal de una guerra es destruir la capacidad defensiva del enemigo y anular su voluntad de triunfo. Pero está demostrado que el bombardeo aéreo no es el mejor instrumento para alcanzar esos fines.
Alemania fue virtualmente hecha polvo durante la Segunda Guerra Mundial y el daño sicológico causado no fue el que se pretendía. Ciudades como Coventry en Inglaterra, Rotterdam en Holanda y Dresde en Alemania fueron totalmente destruidas y no se logró aplastar el espíritu combativo de sus habitantes.
Parece que en Afganistán está ocurriendo lo mismo. Los bombardeos han logrado cohesionar al pueblo en torno a su régimen. Las figuras del ulema Omar y de Bin Laden se han convertido en un símbolo de la resistencia nacional contra la agresión del exterior y son ahora más populares que nunca antes. El nuevo concepto de guerra, desde 1940, establece que hay que combatir más allá de las líneas del frente, aniquilar almacenes, carreteras, vías férreas, industrias de guerra y líneas de abastecimiento. Durante la Segunda Guerra Mundial las técnicas de bombardeo consistían en alfombrar vastos territorios de explosivos que estallaban indiscriminadamente.
Este tipo de agresión dejó al final de la guerra, solamente en Europa, cuatro mil millones cúbicos de escombros. Ahora se trata de atinar un blanco específico con misiles teledirigidos desde satélites. Desde los tiempos de escudos y armaduras, lanzas y arqueros, las técnicas de guerra han avanzado hasta el arma definitiva, el artefacto de fisión nuclear. En la explosión de Hiroshima murieron 78 mil personas y en Nagasaki 39 mil. Sin embargo el bombardeo aéreo de Dresde dejó 135 mil cadáveres y el 80 % de la ciudad quedó destruida, efectos muchos más devastadores que los de las bombas atómicas. Nada se logró con ello.
En la Guerra Civil de España los alemanes ensayaron los bombardeos en picada con sus Stuka, técnica que luego aplicaron en su Blitzkrieg o guerra relámpago. Pero al final se impusieron las mirillas telescópicas que demostraron ser sumamente ineficaces. Más del veinte por ciento de las bombas cayeron muy distantes de sus objetivos. Los misiles que fueron empleados por primera vez en la guerra contra Irak no son tan eficientes como en un inicio parecieron ser.
Los actuales Tomahawk han demostrado que pueden ser imprecisos y los aviones Stealth, pretendidamente invisibles de los alcances del radar, han sido derribados. Los civiles ajenos al conflicto siguen muriendo y las técnicas de guerra, a fin de cuentas, no han avanzado mucho más allá del garrote y la piedra, ni la estulticia humana, tampoco.
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