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LOS ESTRAGOS DE LA INTOLERANCIA
BUSH DECRETA LA CENSURA

Lisandro Otero | México


Una de las consecuencias más nefastas de la guerra de Bush consiste en la supresión de la libertad de información en Estados Unidos. En realidad esta no ha existido nunca porque las empresas comerciales supeditan a sus intereses la emisión del pensamiento, pero ahora esta propensión se ha agudizado. Hasta la CNN, considerada objetiva y neutral, coartó la palabra en los días ulteriores al once de septiembre, a quienes pretendían exponer con imparcialidad las razones que asisten al Islam en su justa indignación. Era evidente la intención de reducir la libre difusión de ideas que no eran bienvenidas en aquél instante. Bush decretó hace unos días que la información que se proporciona a los congresistas sea restringida por el miedo a que las indiscreciones de los padres de la patria puedan poner en peligro las operaciones militares. Además declaró, abiertamente, que en lo sucesivo se distorsionaría, enmascararía y encubriría todo lo relativo a las funciones del gobierno y el Pentágono relacionadas con su agresión contra Afganistán. La asesora de seguridad nacional Condoleezza Rice, una verdadera tigresa obcecada y rígida, una fundamentalista del american way of life, ha prohibido a las principales cadenas de televisión, CNN, ABC, NBC y FOX que difundan declaraciones de Osama bin Laden. Ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial se llegó a tales extremos y los noticieros fílmicos occidentales Pathé, Paramount y Movietone difundían imágenes de Hitler y sus colaboradores y los actos del partido nazi. Para colmo, los medios estadounidenses han enfocado su artillería propagandística contra la estación de televisión Al Jazeera que, desde el norte de Africa, distribuye sus imágenes a todo el mundo árabe y ha alcanzado una audiencia estimada en treinta y cinco millones de videntes. Al Jazeera trata de mantener, han declarado sus periodistas, una información balanceada e imparcial dando entrada a todas las vertientes de opinión en este conflicto, pero eso es algo inadmisible para Occidente. La historia de la intolerancia humana es larga. Las noventa y cinco tesis de Lutero, en Wittenberg, marcaron el inicio de un enconado combate de ideologías: una, libertaria, y otra apegada a los cánones tradicionales. Esa lucha de contrarios ha marcado la historia. Los pogromos contra los judíos en la Edad Media y el Holocausto alentado por el nazifascismo, la expulsión de los jesuítas, la Inquisición católica, la emigración masiva de hugonotes de Francia, los cristianos devorados por leones en el circo romano, la noche de San Bartolomé, son ejemplos de la atroz pesadilla de la intolerancia. Calvino y Enrique VIII se creyeron portadores de una autenticidad pura y esgrimieron una cruel intolerancia que los hizo ingratos ante la opinión de su tiempo. La muerte de Tomas Moro no le otorgó mayor legitimidad a la religión anglicana. Las aparentes desviaciones del jansenismo fortalecieron a los seguidores de Cristo. Los éxtasis de Santa Teresa constituyeron un aliento transitorio a la espiritualidad pero no la perpetuaron como institución y marginaron a quienes no experimentaban los trances exquisitos. El poder colonial español no pudo extinguir la fuerza de la masonería en América y su discurso emancipador. Las ideas del progreso y la ilustración, de tanto arraigo desde el siglo dieciocho, no han logrado erradicar las doctrinas metafísicas. La intolerancia es una fuerza ciega que nunca ha obtenido los fines que se propone y tampoco ha logrado detener el curso de la expresión política. La aldea global es una realidad. Existen mil seiscientos periódicos diarios en la red de Internet. El número de medios de comunicación obtenibles por línea telefónica aumenta cada día. En este siglo no será posible pretender la difusión de una idea, o de propagar una iniciativa, si no se está dentro del intercambio digital. Tampoco será posible tapar el sol con un dedo. El desbordamiento de la comunicación humana hará imposible todas las censuras y los intentos de confinar las ideas y la información. Otra vertiente del gigantesco panorama del intercambio humano, que se ha desarrollado por la explosión electrónica, es la industria del entretenimiento que en Estados Unidos ha pasado a ser su principal producto de exportación. Aporta más que los autos de Detroit o las computadoras del Valle del Silicio, según el Departamento de Comercio. Más de sesenta mil millones de dólares son facturados cada año por esa vía. Time Warner se ha convertido en la mayor productora y exportadora de programas de televisión y sitúa sus productos en 175 países. Sucede ahora lo mismo que en la época del Imperio Romano. En aquellos tiempos la cultura era una sola desde Tánger a Armenia, desde Escocia hasta las fuentes del Nilo. Los acueductos, las termas y las calzadas tenían un patrón similar, dictado por el Estado dominante en la época. Hoy el "modo de vida americano" constituye la ambición de muchos y ha dictado el estilo de vida imperante. Todo ello se verá encogido, sufrirá un desprestigio y mermará su irradiación de seguirse esta política de frenar el libre curso de las ideas. El estilo del gobierno de Bush es autoritario y tiene tendencias afines al totalitarismo. Ese será quizás el mayor daño que aportará su ya aciago período presidencial. 

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