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AMERICANIDAD Y CUBANIDAD

Alejo Carpentier

Ya que hemos emprendido la tarea de considerar la evolución de la novela, de la música y de la cultura americana, en general, en función, además de nuestra cultura nacional, o sea, de la cultura cubana, llevada a su más alta expresión, en el sentido editorial, en el sentido de la revalorización de todo aquello que significa un acervo auténtico en nuestra producción en todos los sentidos por obra del Gobierno Revolucionario. 
Conviene que, al situarnos en el comienzo, empecemos por definir cuáles son las características de una americanidad y cuáles son las características de una cubanidad; es decir, debemos partir de las raíces; debemos partir del comienzo; debemos partir de aquel momento en que la noción de América, se dibuja, define y perfila en la mente del hombre que, entonces, era, solamente, el hombre de Occidente.
Un día, un periodista francés, que me estaba entrevistando en París, hace tres años, me preguntó cuál era, a mi juicio, la fecha más importante de la historia del mundo y le contesté sin vacilar: la fecha en que fue el Descubrimiento de América. ¿Por qué? --me dijo él. Le dije: Por una razón muy sencilla: es a partir de ese día que el Hombre cobra una cabal noción de cómo es el mundo, de cómo es el orbe en donde vive; es decir, el conocimiento del mundo, la noción de la totalidad del mundo, de los elementos que integran realmente el mundo, parten de ese día del Descubrimiento.
Decíamos en nuestra última charla, que prácticamente, el primer hombre en cuya obra se había asentado una mentalidad, una sensibilidad latinoamericana, había sido aquel compañero de Hernán Cortés que había sido residente de nuestro país, llamado Bernal Díaz del Castillo en su libro titulado La verídica historia de la conquista de la Nueva España. Gracias a Bernal, sabemos algo de lo que ocurría en el continente americano con anterioridad a la llegada de los conquistadores y colonizadores de España.
No vamos a leer los párrafos donde Bernal nos habla del descubrimiento deslumbrador de la ciudad de México, ciudad rodeada de lagos por los que surcaban canoas, embarcaciones diversas; no vamos a citar textualmente el texto del arduo, esforzado, fiel y valiente colaborador de quien hubiese sido el alcalde de la ciudad de Baracoa que fue Hernán Cortés; pero, hay un gran escritor mexicano, muerto no hace mucho, que fue gran amigo de Cuba, que conocimos muchos en La Habana, que fue amigo de nuestro Rubén Martínez Villena, de Julio Antonio Mella y de aquellos mozos --para llamarlos así-- que, entonces, estaban fundando el famoso Grupo Minorista, allá por los años 1924-1925, que es Alfonso Reyes.
Alfonso Reyes tiene un texto antológico llamado Visión del Anáhuatl. Ese texto antológico que trata de la visión de México y el valle de México, ha sido escrito --si no me equivoco-- hacia el año 1915 y podríamos decir que en el año 1915 no había un escritor, un prosista en América Latina; poetas sí había, pero, no un prosista que hubiese escrito un texto de perfección tan grande de forma y de contenido. La Visión del Anáhuatl, de Alfonso Reyes, viene encabezada con una cita de un texto de las Cartas de relación, de Hernán Cortés que dice: "Viajero, has llegado a la región más transparente del aire". (De paso, quiero recordarles a ustedes que la novela, que le da renombre mundial al joven y admirable novelista mexicano contemporáneo, Carlos Fuentes, gran amigo de Cuba, miembro del Jurado de la Casa de las Américas, en uno de los grandes concursos, organizados por esta institución, ha tomado precisamente esta frase "la región más transparente del aire". Carlos Fuentes, ha tomado esta frase para titular una primera novela, que trata de México).
Hablando de la llegada de los conquistadores a México --y esos conquistadores venían de Cuba; habían vivido en Cuba; casi todos habían morado algún tiempo, bien en Santiago, bien en Baracoa, bien en Bayamo, bien en Trinidad-- llegan ellos a México, contemplan la ciudad desde lo alto y ven , de repente, el expectáculo extraordinario del mercado, que Alfonso Reyes nos restituye, a través de la prosa de Bernal, en su prosa perfecta, ejemplar y moderna:
Se hallan en el mercado --dice Alfonso Reyes-- todas cuantas cosas se hallan en toda la Tierra. --Y hablándonos del cronista, dice: Y después explica que algunas más en punto a mantenimiento, vituallas y platería. Esta plaza principal está rodeada de portales y es igual a dos de Salamanca. Discurren por ella diariamente, quiere hacernos creer, sesenta mil hombres cuando menos. Cada especie o mercaduría, tiene su calle, sin que se consienta confusión. Todo se vende por cuenta o medida, pero no por peso, y tampoco se tolera el fraude. Por entre aquel torbellino andan siempre disimulados unos celosos agentes a quienes se ha visto romper las medidas falsas. Diez o doce jueces bajo su solio, deciden los pleitos del mercado, sin ulterior trámite de alzada, en equidad y a vista del pueblo. A aquella gran plaza, traían a vender los esclavos, atados en unas varas largas y sujetos por el collar. Música se escuchaba en aquel mercado; música que ha sido reconstituída por el maestro Carlos Chávez en un disco publicado en una edición limitada y donde se oye el sonido de las flautas agudas que utilizaban los aztecas; del tambor llamado teponaxtle*, que tenía un equivalente en Cuba, según nos lo dice el cronista Fernández de Oviedo; y aquella música alborotosa, ruidosa, aguda de timbre, grave en la percusión, era la que acompañaba la vida de aquel mercado que tanto deslumbrara a los conquistadores. Allí venden --dice Hernán Cortés en sus Cartas de relación-- joyas de oro y plata, de plomo, de latón, de cobre, de estaño, huesos, caracoles y plumas, tal piedra labrada o por labrar, adobes, ladrillos, madera labrada y por labrar. Venden también, oro en grano y en polvo, guardado en unos canutos de plumas que con las semillas más generales, sirven de moneda. Hay calles para la caza, donde se encuentran todas las aves que congrega la variedad de los climas mexicanos, atles como perdices y codornices, gallinas, labancos*, dorales*, tórtolas, palomas y pajarillos de cañuela; hay aves de rapiña; hay aves, también, de quien venden los plumones; hay conejos, liebres; hay calles de herbolarios. Al lado, los boticarios ofrecen ungüentos, emplastos y jarabes medicinales. Hay casas de barbería donde lavan y rapan las cabezas. Hay casas donde se come y bebe por precio. Mucha leña, astilla de ocote, carbón y bracerillo de barro, etc.; miel de abejas y cera de panal, miel de caña de maíz, tan untuosa y dulce como la de azúcar; miel de maguey, del que se hace también, azúcares y vino. --Termina este párrafo Alfonso Reyes, diciendo-- ... Cortés, describiendo esas mieles al emperador Carlos V, le dice con encantadora sencillez: "Es mejor, que el mejor que nosotros hacemos. Hay hilados, hay objetos, e incluso, hay unos artífices que fabrican joyas por encargo". 
Es curioso observar que hoy, en esta plaza donde se expandía el mercado de México, sigue siendo unas de las plazas más vastas y más hermosas del continente americano. Y en los alrededores, nos encontramos que subsisten algunas de las industrias y de los comercios que mencionó Hernán Cortés en sus admirables Cartas de relación al emperador. Todavía los dulces que él cita, se siguen mostrando y vendiendo en el ámbito de esa plaza y hay algo también, que es encantador y que es, diríamos, en cierto modo, una herencia de los viejos hábitos pre-cortesianos: hay unos escribanos públicos, numerosos, que escriben cartas y documentos para las personas que, necesitándolos, no tienen la suficiente costumbre o habilidad para escribirlos.
He hablado de la llegada de los conquistadores a México, porque la cultura mexicana va a ser una de las que van a marcar de una manera más decisiva --diríamos-- la americanidad de ciertas expresiones artísticas.
Hace años, tuve la suerte de charlar a menudo, con esos dos gigantes de la pintura mexicana, creadores, literalmente, de la pintura mexicana y, en cierto modo, de una expresión americana en la pintura, que fueron Diego Rivera y José Clemente Orozco, a quienes mucho conocí en México. Y, he de decir que, el impacto que nos produjo a los hombres de mi generación en Cuba, la visión de la pintura de estos gigantes, fue considerable, y contribuyó en mucho, en lo que se refiere a nosotros, cubanos, a la definición y a las maneras de perfilar, una cierta sensibilidad cubana, vista a través de la realidad.
Mientras los conquistadores de México proseguían su magna gesta en la Tierra Firme, 
¿qué es lo que sucedía en Cuba? Porque, como dije al comienzo, debemos remontarnos a los orígenes para definir el presente.
La primera figura que aparece, podríamos decir, en el ámbito intelectual de nuestra isla, fue el canónigo Miguel Velázquez. En un libro mío dije de él: 
Para mayor cubanidad, era hijo de india y pertenecía a la primera generación nacida en la isla. Su padre era castellano, miembro de la familia del Gobernador Velázquez. A su [privilegiada] alcurnia debió la suerte de ser enviado a estudiar a Sevilla y Alcalá de Henares (es decir, a la Complutense e Ilustre Universidad de San Idelfonso). Al volver a Cuba, [el mestizo] fue regidor del Ayuntamiento. En 1544 era canónico de la Catedral de Santiago. En España (según vemos por un texto) había aprendido a "tañer los órganos" y conocía a fondo las reglas del canto llano.
Era, por lo tanto, maestro; además, escribía y además, era músico, cosa muy corriente en esos años tempranos del Renacimiento, todavía marcados por las disciplinas del Medioevo. Verdadero sabio en aquella pobre colonia --añado yo-- enseñaba gramática, además de cuidar de la buena observancia del canon en los oficios cantados. Se le decía "mozo de edad y anciano en doctrina y ejemplo". Y, rasgo notable, su contacto con ambientes de superior refinamiento y cultura, no habían apagado en el hijo de india --al igual que ocurría con el Inca Garcilaso del Perú--, un profundo amor por la tierra natal. Ante su miseria, la miseria que era entonces la de la isla de Cuba, colonia pobre, que había podido considerar Miguel Velázquez, mejor que nadie, como Regidor, como maestro y como canónico, habría de exclamar un día, dolorosamente: "¡Triste tierra, como tiranizada y de señorío!". Nos queda el hecho importantísimo de que el primer maestro de capilla de la Catedral de Santiago, cuyo nombre recogiera la historia, exactamente, medio siglo después del descubrimiento, fuese cubano, hijo de india y de castellano.
¿Qué es lo que encontraron los conquistadores en Cuba cuando llegaron en punto --diríamos-- a expresión de una sensibilidad artística autóctona? Los taínos, que eran los verdaderos amos de la isla, pertenecían --nos dicen los historiadores-- a la gran familia de los aruacos de América del Sur. Tenemos acerca de ellos más informes aunque de carácter descriptivo y exterior por las relaciones de los cronistas, en general, y, en particular, de Gonzalo Fernández de Oviedo, quien nos ofrece un cuadro muy detallado de cómo se bailaban esos cantos bailados, esas formas --diríamos en cierto modo, del teatro elemental de nuestra isla, que es lo que llamaban los "areítos". Dice Gonzalo Fernández de Oviedo: "Tenían estas buenas gentes la buena y gentil manera de rememorar las cosas pasadas y antiguas". Esto es muy importante porque se ve, por ello, que los cantos de los taínos de aquella época, en Cuba, eran, en cierto modo, crónicas cantadas, eran descripciones de cosas que habían sucedido, eran tradición y eran, como en todas las literaturas humanas, una forma elemental de la Historia. Y añade: "Y esto, en sus cantares y bailes que llamaban 'areíto', que es lo mismo que nosotros llamamos bailar cantando". Entonces, nos dice que esos bailes, esos areítos, se hacían de la manera siguiente: había una persona que era la guía del coro, que cantaba la letra --a lo que se llama todavía en muchos países de América Latina, actualmente, en las músicas populares, a la comodidad de la garganta; es decir, entonaba la canción, cantaba el relato en una tonalidad que le fuera cómoda para su garganta, para su tesitura --diría un cantante actual. Y entonces, en esa forma primitiva, responsorial de arte que todavía subsiste en muchas formas folklóricas de Cuba, sencillamente, el coro contestaba; es decir, la guía o el guía, el que llevaba, ponía --diríamos-- la estrofa, y el coro, contestaba mediante una repetición de la estrofa por un estribillo. Es curioso observar que ciertas formas de la música y del baile de la cual nos hablan los cronistas, han subsistido en una serie de formas del folklore cubano, y, además, de todo el continente. 
Pero hay algo que es muy interesante puesto que hablamos de las relaciones de la literatura cubana, de la expresión artística nacional nuestra, con las de América, y es que, si en ciertos países de América, solamente despierta la poesía, despierta la expresión teatral, la expresión musical, en una fecha muy tardía, nosotros podemos considerarnos como, acaso, los precursores en lo que se refiere a un cierto tipo de expresión poética.
Yo considero que es de una importancia considerable dentro de la historia literaria del continente, el hecho de que un poeta llamado Silvestre de Balboa, hubiese narrado en su poema titulado Espejo de paciencia, un combate habido entre un esclavo forzudo, llamado Salvador Golomón, y un pirata llamado Gilberto Girón, a quien, [el primero], le dio muerte, con machete de calabozo, en 1604, para libertar al cautivo Obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano. Ese poema que mencioné en la introducción a este ciclo de conferencias, hechido ya de expresión nuestra, de descripciones de lugares, descripciones de frutas, de productos de mercados, en general, de vegetaciones nuestras, haya surgido tan tempranamente, puesto que se refiere a un hecho que tuvo lugar en el año 1604, o sea, por lo tanto, en el alborear del siglo XVII. Dice Silvestre de Balboa, hablando de este Salvador Golomón que va a ser el héroe del poema: 

Andaba entre los nuestros, diligente,
un etíope digno de alabanza,
llamado Salvador, negro valiente,
de los que tiene ...* en su labranza.


Hijo de Golomón, viejo prudente,
el cual armado de machete y lanza,
cuando vio al Gilberto andar brioso,
arremete contra él, cual león furioso.


Y después, haciendo su elogio, dice:

Oh, Salvador, criollo negro honrado
vale tu fama y nunca se consuma,
que en alabanza de tan buen soldado
es bien que no se cansen lengua ni pluma. 


Este poema que es uno de los primeros monumentos literarios de la América Latina, surge, por lo tanto, en los primeros tempranos, años del siglo XVII. Pero, nos encontramos que en Cuba, desde mediados del siglo XVI, aparecieron expresiones teatrales. Hay un texto que es clásico, que se refiere a ello, y según se nos dice, en las fiestas del Corpus Christi, donde siempre había --como dije en la charla anterior-- desfiles, espectáculos, corridas de toros, etc., tiene lugar una representación teatral que ha dejado un recuerdo en las obras de los cronistas de la época. Dice esta crónica lo siguiente --la voy a citar textualmente:
En obsequio de nuestro Gobernador, los mancebos de esta población, dispusieron una comedia, la noche de San Juan, para cuyo efecto hicieron construir una barraca en las cercanías de la Fortaleza. Titulábase esta comedia Los buenos en el cielo y los malos en el suelo. Era el primer espectáculo de esta clase que se hacía en La Habana y atrajo a todos sus moradores; hubo mucho alboroto durante la representación porque la gente, no acostumbrada a comedia, charlaba en voz alta y no quería callar hasta que el Gobernador le dirigió la palabra, amenazando con el cepo al que no guardara el debido orden. (Para ser espectador en aquella época, hacía falta tener mucha disciplina. A. Carpentier) La comedia acabó después de la una de la mañana y la gente regustada, quedó tan complacida que insistió en que volviera a principiar. 
Esto ocurría en la ciudad de La Habana a mediados del siglo XVI.
Veremos después, cómo La Habana fue cuna, también, de un teatro de carácter nacional, que nace en lo que llamábase entonces, el Teatro de la Alameda; es decir, el que se encuentra actualmente cerca del Muelle de Luz, aquel edificio que se llamó durante un tiempo el Hotel de Luz y que fue nuestro primer teatro, donde surgió a través de las obras de los primeros bufos cubanos, de nuestros primeros autores nacionales... una expresión absolutamente criolla en lo que se refiere a la literatura dramática. Allí, empezó a perfilarse el acento nuestro en una literatura.

1 de noviembre de 1964

De Alejo Carpentier. LA CULTURA EN CUBA Y EN EL MUNDO. Conferencias en Radio Habana Cuba (1964-1966). Introducción, versión, notas e índices por Alejandro Cánovas Pérez y José Antonio Baujín. Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2001.

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