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ENTRE EL MAL Y EL MAL

Arturo Arango |
La Habana

1. Estamos habituados a pensar los conflictos que ocurren a nuestro alrededor en términos de enfrentamientos entre El Bien y El Mal. Ahora nuestro desconcierto crece porque todos los actores encarnan a El Mal (aunque, con tanta frecuencia, unos, y otros, y otros, invoquen a algún dios). Nuestro pensamiento binario se descoloca, se angustia.
2. Me espantan con igual intensidad la visión de la nave que entra en la Torre, ya se ha dicho hasta el cansancio, como cuchillo en barra de mantequilla, los misiles que caen sobre el suelo secularmente devastado de Afganistán, la fe asesina de Osama Bin Laden, y el horror a que la dictadura talibán ha sometido, durante ya tantos años, al pueblo afgano (y, muy especialmente, a sus mujeres).
3. Ningún acto realizado en nombre del horror hace bueno a quien lo comete: que el ataque contra las Torres Gemelas ocurra en el corazón del país que ha humillado a pueblos y culturas no le confiere sentido; que la guerra haya sido establecida contra los presuntos (ya casi confesos, según las declaraciones televisadas de Bin Laden y su portavoz) autores intelectuales de los actos vandálicos tampoco le confiere un ápice de razón.
4. El viejo marxismo, al que ya tan poco se acude, explicaría que tanto el gobierno de los Estados Unidos, como Osama Bin Laden, como el gobierno talibán son opresores, pertenecen, en última instancia, a una misma clase. La guerra ha sido, para muchos de ellos, un negocio. Para otros, la manera de establecer sus negocios en la impunidad.
5. Los oprimidos están en otra parte. Los oprimidos no tienen (no tenemos) poder. Serán, de nuevo, víctimas: en Kabul, en Nueva York, en Islamabad, en Bagdad, en Washington.
6. Mientras El Mal combate contra El Mal (ganará, ya sabemos, El Mal), El Bien observa, con frecuencia escribe, de forma razonable. Esas palabras, que nos parecen sabias, y que pueden ser mayoritarias, están resultando inútiles porque carecen de poder. (Las palabras se usan para ejercer el poder, en ocasiones de forma abrumadora, pero no son, ellas mismas, fuente de poder -como no lo es el amor, a pesar del candidez de ciertas frases, de algunos lemas, de canciones que nos parecen hermosas.)
7. Tampoco puedo caer en la tentación de demonizar el uso de las armas. Me niego a igualar el ataque a las Torres Gemelas con la batalla de Mal Tiempo. Definir como terrorismo toda acción armada es también un acto contra los pobres de la Tierra: contra quienes sólo podrían dejar de ser oprimidos gracias al uso de las armas. El Bien desarmado y sin poder es inútil. Hay que armarlo (como lo hizo, por ejemplo, José Martí), para hacerlo útil. El siglo XXI ha heredado una crisis de eticidad, y El Bien armado, sin una eticidad que lo sustente, se torna en Mal. 

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